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martes, 18 de septiembre de 2018

Funes El Memorioso. Jorge Luis Borges.

Funes El Memorioso

Jorge Luis Borges


Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre
en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la
mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del
día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y
aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos
afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la
Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago
paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del
orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la
última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo
trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más
pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable
condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo—género obligatorio
en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes
no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo
representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes
era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no
lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos,
con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o
febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a
Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San
Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi
felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había
escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo
tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua
elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un
callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido
de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho
que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared.
Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro,
contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas
son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro
minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la
atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto
orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas
rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj.
Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que
algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y 
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otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la
vuelta de la quinta de los Laureles.
Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo.
El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los
conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había
volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido,
sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me
produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba
en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño
elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos
los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que
lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era
benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que
burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos
cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de
santonina.
No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del
latin. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de
Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis
historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de
latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no
tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y
ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del
día siete de febrero del año ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que
don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, “había prestado a las dos
patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó”, y me solicitaba el préstamo de
cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena
inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”. Prometía devolverlos
en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la
ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g. Al principio, temí
naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de
Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el
arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo
con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio.
El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera
inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el
prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a
todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el
perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril
estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija,
noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El
“Saturno” zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me
encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el
día.
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En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en
la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía
pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el
corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo
parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en
latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o
plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi
temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa
noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro
séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las
palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre,
fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua
momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la
historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil
punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento
que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras,
irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo
Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi
relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron
esa noche.
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa
registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por
su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que
administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la
mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo
escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos
maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él
había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un
desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria
de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien
sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió
el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan
nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó
que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad
era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los
vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las
nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos
y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que
sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el
Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples;
cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía
reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había
reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción 
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había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que
habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis
sueños son como la vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoria,
señor, es como vaciadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un
triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo
mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta
de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con
las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en
el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo
no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta
increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos
postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos
inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando.
Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que
en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo
pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el
desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras,
en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio
a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez;
en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián
Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, la caldera, Napoleón, Agustín
de Vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo
particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté
explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un
sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas,
cinco unidades; análisis no existe en los “números” El Negro Timoteo o manta de
carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
Locke, en el siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa
individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes
proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado
general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada
árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o
imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil
recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la
conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó
que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos
de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de
los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son
insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o
inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de
ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico 
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perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le
molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo
nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el
espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador
de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente
los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los
progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un
mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia,
Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los
hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el
calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía
sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil
dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la
sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo
rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y
más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia
el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las
imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección
volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y
anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho,
sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es
generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi
inmediatos.
La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía
diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce,
más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada
una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable
memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.
1942

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