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martes, 18 de septiembre de 2018

Emma Zunz

Emma Zunz

J. L. Borges

El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos
Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil,
por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y
el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve o diez líneas borroneadas
querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una
fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé.
Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río
Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.
Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en
las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya
estar en el día siguiente. Acto continuo, comprendió que esa voluntad era inútil
porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y
seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo
guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya
había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.
En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de
Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó
veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su
madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos
losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los
anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo
olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era
Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora
uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había
revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana
incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente.
Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un
sentimiento de poder.
No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la
ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció
interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma
se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue
con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo
que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas
vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss
discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios
y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los
hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa
de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así,
laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.


El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular
alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro
de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el
Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a
Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo
sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz;
el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa
mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los
pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló,
cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos
horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la
justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió;
debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la
carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.
Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá
improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece
mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en
la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la
memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle
Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se
vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos
hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida,
por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de
otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió
que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero,
para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta
y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un
vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en
Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos
graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como
tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los
forman.
¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones
inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el
sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su
desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su
madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se
refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba
español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió
para el goce y él para la justicia. Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida
los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se
incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una
impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de
soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco.
El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a
vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. 


Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al
oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la
cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido
no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos
y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes.
Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse
en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.
Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un
avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal,
temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su
escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior,
la inesperada muerte de su mujer—¡una Gauss, que le trajo una buena dote!—, pero
el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para
ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto
secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo,
corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto
a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.
La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio
sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de
Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la
sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.
Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada
anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando
al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema
que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor,
sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un
solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no
ocurrieron así.
Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la
de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa
minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada,
tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de
la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la
venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua.
Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor,
Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El
considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran
roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la
cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo
que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una
efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa.
Emma inició la acusación que había preparado (“He vengado a mi padre y no me
podrán castigar...”), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto.
No supo nunca si alcanzó a comprender.


Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el
diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó
sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con
esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor
Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...
La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente
era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el
odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las
circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.






La escritura del dios

La cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si
bien el piso (que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo,
hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un
muro medianero la corta; éste, aunque altísimo, no toca la parte superior de la
bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro
de Alvarado incendió; del otro hay un jaguar, que mide con secretos pasos iguales
el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes
corta el muro central. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto, y un
carcelero que han ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y nos
baja, en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en
la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar.
He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven
y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de
mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he
abierto el pecho de las víctimas, y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo.
La víspera del incendio de la pirámide, los hombres que bajaron de altos caballos
me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar de un tesoro
escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del dios; pero éste no me
abandonó y me mantuvo silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me
rompieron, me deformaron, y luego desperté en esta cárcel, que ya no dejaré en mi
vida mortal.
Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise
recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches enteras malgasté en recordar el
orden y el número de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así
fui revelando los años, así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. Una noche
sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente
una agitación en la sangre. Horas después empecé a avistar el recuerdo: era una de
las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían
muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia
mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más
apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la
escribió, ni con qué caracteres; pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá
un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que
mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa
escritura. El hecho de que me rodeara una cárcel no me vedaba esa esperanza;
acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba
entenderla.
Esta reflexión me animó, y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito
de la tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de
ellas podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra del dios, o un
río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos las 
montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen
mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay
mudanza. La montaña y la estrella son individuos, y los individuos caducan.
Busqué algo más tenaz, más invulnerable. Pensé en las generaciones de los
cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizá en mi cara estuviera
escrita la magia, quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba
cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios.
Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo,
imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se
amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que
los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto
de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la
otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi
conjetura y un secreto favor.
Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada
ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras
formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban
rayas trasversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían.
Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos.
No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible
descifrar aquel texto. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me
inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué
tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun
en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero;
decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que
devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del
pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda
palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo
implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el
tiempo, la noción de una sentencia divina pareciome pueril o blasfematoria. Un
dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra, y en esa palabra la plenitud. Ninguna
voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo.
Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto puede
comprender un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo,
universo.
Un día o una noche—entre mis días y mis noches ¿qué diferencia cabe?—soñé que
en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir; soñé que los granos
de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárcel, y yo moría
bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando: con un vasto
esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil: la innumerable arena me sofocaba.
Alguien me dijo: No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese
sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de
arena. El camino que habrás de desandar es interminable, y morirás antes de
haber despertado realmente.


Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: Ni una arena soñada
puede matarme, ni hay sueños que estén dentro de sueños. Un resplandor me
despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos
del carcelero, la roldana, el cordel, la carne y los cántaros.
Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es,
a la larga, sus circunstancias. Más que un descifrador o un vengador, más que un
sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansable laberinto de sueños yo
regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre,
bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la
piedra.
Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la
divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus
símbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en
una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba
delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa
Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde)
infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron,
y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio
tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa Rueda
para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la
de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que
narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros
hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros
que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi
infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé
también a entender la escriturad del tigre.
Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y me bastaría
decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta
cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser
inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en
pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio.
Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió
Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de
Tzinacán.
Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el
universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar
en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese
hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro,
qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio
la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.
A Emma Risso Platero





El Aleph

O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King of infinite space.
Hamlet, II, 2.

But they will teach us that Eternity is the Standing still of the Present Time, a
Nunc-stans (as the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no
more than they would a Hic-stans for a infinite greatnesse of Place.
Leviathan, IV, 46


La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una
imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al
miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado
no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el
incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de
una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad;
alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía
consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación.
Consideré que el 30 de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa la calle Garay
para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un
acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo
de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos
retratos, Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales
de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto
Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico;
Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el
pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos,
sonriendo; la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a
justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas,
finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban
intactos.
Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces no dejé pasar un 30 de abril sin
volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco
minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933,
una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié,
como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho con un
alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios
melancólicos y vanamente eróticos, recibí gradualmente confidencias de Carlos
Argentino Daneri.


Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada: había en su andar (si el
oximoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos
Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo
subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero
también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para
no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa
gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua,
apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en
ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz) grandes y afiladas manos hermosas.
Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas
que por la idea de una gloria intachable. "Es el Príncipe de los poetas en Francia",
repetía con fatuidad. "En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más
inficionada de tus saetas."
El 30 de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país.
Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas,
una vindicación del hombre moderno.
—Lo evoco—dijo con una admiración algo inexplicable—en su gabinete de estudio,
como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de
telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de
linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...
Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo
XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora
convergían sobre el moderno Mahoma.
Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que
las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía.
Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos
novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto—
Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin réclame, sin
bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el
trabajo y la soledad. Primero abría las compuertas a la imaginación; luego hacía
uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra; tratábase de una descripción del
planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo
apóstrofe.
Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera breve. Abrió un cajón del
escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la
Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción:
He visto, como el griego, las urbes de los hombres,
Los trabajos, los días de varia luz, el hambre;
No corrijo los hechos, no falseo los nombres,
Pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre.
—Estrofa a todas luces interesante —dictaminó—. El primer verso granjea el
aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la 
violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo
(todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la
poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la
Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero—¿barroquismo,
decadentismo, culto depurado y fanático de la forma?— consta de dos hemistiquios
gemelos; el cuarto francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de
todo espíritu sensible a los desenfados envites de la facecia. Nada diré de la rima
rara ni de la ilustración que me permite ¡sin pedantismo! acumular en cuatro
versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos de apretada literatura: la
primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela
inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano... Comprendo una
vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo.
¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!
Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su
comentario profuso; nada memorable había en ella; ni siquiera las juzgué mucho
peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la
resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores.
Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención
de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo
modificaba la obra para él, pero no para otro. La dicción oral de Daneri era
extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, transmitir esa
extravagancia al poema.10
Una sola vez en mi vida he tenido la ocasión de examinar los quince mil
dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton
registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica
de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es
menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. Éste se
proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas
hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un
gasómetro al Norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia
de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calle Once de
Setiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del
acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona
australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos:

 10 Recuerdo, sin embargo, estas líneas de una sátira en que fustigó con rigor a los malos
poetas:
Aqueste da al poema belicosa armadura
De erudición; estotro le da pompas y galas
Ambos baten en vano las ridículas alas...
¡Olvidaron cuitados el factor HERMOSURA!
Sólo el temor de crearse un ejército de enemigos implacables y poderosos lo disuadió (me
dijo) de publicar sin miedo el poema.


Sepan. A manderecha del poste rutinario,
(Viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)
Se aburre una osamenta —¿Color? Blanquiceleste—
Que da al corral de ovejas catadura de osario.
— ¡Dos audacias—gritó con exultación—rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito!
Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia, en
passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni
las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jamás a denunciar
así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una osamenta, que el
melindroso querrá excomulgar con horror, pero que apreciará más que su vida el
crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El
segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el lector, se adelanta a su viva
curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface... al instante. ¿Y qué me
dices de ese hallazgo blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que
es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían
demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el
volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía.
Hacia la medianoche me despedí.
Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera
vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, “para tomar juntos la
leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri—los
propietarios de mi casa, recordarás—inaugura en la esquina; confitería que te
importará conocer”. Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil
encontrar mesa; el “salón-bar”, inexorablemente moderno, era apenas un poco
menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas el excitado público
mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos
Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz (que,
sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta severidad:
—Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más
encopetados de Flores.
Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según
un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora
abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante
fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario,
lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a los críticos; luego, más
benigno, los equiparó a esas personas, “que no disponen de metales preciosos ni
tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de
tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro”. Acto continuo
censuró la prologomanía, “de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del
Quijote, el Príncipe de los Ingenios”. Admitió, sin embargo, que en la portada de la
nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de
garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema.
Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme
que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos 


Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar el epíteto al
calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián
Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el
poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme
portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico,
“porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo
detalle que no confirme la severa verdad”. Agregó que Beatriz siempre se había
distraído con Álvaro.
Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el
lunes con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión
del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones
tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía comprobar en los
diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije, entre adivinatorio y sagaz,
que antes de abordar el tema del prólogo describiría el curioso plan de la obra. Nos
despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los
porvenires que me quedaban: a) hablar con Álvaro y decirle que el primo hermano
aquel de Beatriz (ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla) había
elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la
cacofonía y del caos; b) no hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia
optaría por b.
A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me
indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de
Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizás coléricas quejas de
ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente, nada ocurrió—salvo el rencor
inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada
gestión y luego me olvidaba.
El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló.
Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira
balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su
desaforada confitería, iban a demoler su casa.
—¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! —
repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.
No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años,
todo cambio es un símbolo detectable del pasaje del tiempo; además se trataba de
una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese
delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri
persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los
demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil
nacionales.
El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una
seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri
dijo que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que
solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le 
era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que
un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.
—Está en el sótano del comedor—explicó, aligerada su dicción por la angustia—. Es
mío, es mío; yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del
sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo
que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo
entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí.
Al abrir los ojos, vi el Aleph.
—¡El Aleph! —repetí.
—Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde
todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía
comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el
poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el
doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.
Traté de razonar.
—Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?
—La verdad no penetra un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la Tierra
están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los
veneros de luz.
—Iré a verlo inmediatamente.
Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un
hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes
insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos
Argentino era un loco. Todos esos Viterbos, por lo demás... Beatriz (yo mismo suelo
repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había
en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez
reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de
maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.
En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño
estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una
flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de
Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura
me aproximé al retrato y le dije:
—Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida
para siempre, soy yo, soy Borges.
Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de
otro pensamiento que de la perdición del Aleph.


—Una copita del seudo coñac—ordenó—y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el
decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad,
cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de la baldosas y fijas los ojos en el
decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas
solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph.
¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el
multum in parvo!
Ya en el comedor, agregó:
—Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy
en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.
Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más
ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl
de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona
entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio
preciso.
—La almohada es humildosa—explicó —, pero si la levanto un solo centímetro, no
verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese
corpachón y cuenta diecinueve escalones.
Cumplí con su ridículo requisito; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa; la
oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total.
Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de
tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que
yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba
loco tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la
rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el
Aleph.
Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de
escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un
pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito
Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance
prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro
que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo
centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel
de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al
Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen
con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen
equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por
lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de
un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos
deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el
mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue
simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin
embargo, recogeré.


En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera
tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego
comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos
espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros,
pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna
del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos
los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las
muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra
pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos
escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno
me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta
años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de
metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos
de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el
altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda,
donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera
versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de
cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen
cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día
contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una
rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo
terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin
arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una
mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un
escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos
helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y
ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un
cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles,
precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento
en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz
Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la
modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la
tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos
habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres,
pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
Sentí infinita veneración, infinita lástima.
—Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman—dijo una voz
aborrecida y jovial—. Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta
revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!
Los pies de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca penumbra,
acerté a levantarme y a balbucear:
—Formidable. Sí, formidable.
La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:


—¿Lo viste todo bien, en colores?
En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado,
nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y
lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa
metrópoli que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave energía,
a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme y le repetí que el campo y la seguridad
son dos grandes médicos.
En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron
familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de
sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver.
Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio me trabajó otra vez el olvido.
Postdata del 1º de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble
de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del
considerable poema y lanzó al mercado una selección de “trozos argentinos”.
Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio
Nacional de Literatura.11 El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero al doctor
Mario Bonfanti; increíblemente mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto.
¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que
no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su
afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar los
epítomes del doctor Acevedo Díaz.
Dos observaciones quiero agregar: una sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su
nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua
sagrada. Su aplicación al círculo de mi historia no parece casual. Para la Cábala esa
letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la
forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo
inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el símbolo
de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las
partes. Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese nombre, o lo leyó, aplicado a
otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno de los textos
innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por increíble que parezca yo creo
que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso
Aleph.
Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de
cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una
biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el
Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal
se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres—la
séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre
(1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la Luna
 11 “Recibí tu apenada congratulación”, me escribió. “Bufas, mi lamentable amigo, de
envidia, pero confesarás... —¡aunque te ahogue!— que esta vez pude coronar mi bonete con
la más roja de las plumas; mi turbante, con el más Califa de los rubíes.

(Historia Verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de
Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlín, “redondo y hueco y
semejante a un mundo de vidrio” (The Faerie Queene, III, 2, 19)—, y añade estas
curiosas palabras: “Pero los anteriores (además del defecto de no existir) son meros
instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo,
saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra
que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el
oído a la superficie declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... la
mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones
anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por
nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea
albañilería”.
¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas
y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando
y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.
A Estela Canto.
..........................








LAS UÑAS

Dóciles medias los halagan de día y zapatos de cuero claveteados los fortifican, pero
los dedos de mi pie no quieren saberlo. No les interesa otra cosa que emitir uñas:
láminas córneas, semitransparentes y elásticas, para defenderse ¿de quién? Brutos
y desconfiados como ellos solos, no dejan un segundo de preperar ese tenue
armamento. Rehúsan el universo y el éxtasis para seguir elaborando sin fin unas
vanas puntas, que cercenan y vuelven a cercenar los bruscos tijeretazos de
Solingen. A los noventa días crepusculares de encierro prenatal establecieron esa
única industria. Cuando yo esté guardado en la Recoleta, en una casa de color
ceniciento provista de flores secas y de talismanes, continuarán su terco trabajo,
hasta que los modere la corrupción. Ellos, y la barba en mi cara.





ARGUMENTUM ORMITHOLOGICUM

Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso
menos, no sé cuantos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El
problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es
definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es
indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de nueve,
ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno,
que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es
inconcebible; ergo, Dios existe.





RAGNARÖK

En los sueños (escribe Coleridge) las imágenes figuran las impresiones que
pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una esfinge,
soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos. Si esto es así ¿cómo
podría una mera crónica de sus formas transmitir el estupor, la exaltación, las
alarmas, la amenaza y el júbilo que tejieron el sueño de esa noche? Ensayaré esa
crónica, sin embargo; acaso el hecho de que una sola escena integró aquel sueño
borre o mitigue la dificultad esencial.
El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras; la hora, el atardecer. Todo (como
suele ocurrir en los sueños) era un poco distinto; una ligera magnificación alteraba
las cosas. Elegíamos autoridades; yo hablaba con Pedro Henríquez Hureña, que en
la vigilia ha muerto hace muchos años. Bruscamente nos atudió un clamor de
manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo.
Una voz gritó: ¡Ahí vienen! Y después ¡Los Dioses! ¡Los Dioses! Cuatro o cinco
sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna. Todos
aplaudimos, llorando; eran los dioses que volvían al cabo de un destierro de siglos.
Agrandados por la tarima, la cabeza echada hacia atrás y el pecho hacia delante,
recibieron con soberbia nuestro homenaje. Uno sostenía una rama, que se
conformaba, sin duda, a la sencilla botánica de los sueños; otro, en amplio ademán,
extendía una mano que era una garra; una de las caras de Jano miraba con recelo el
encorvado pico de Thoth. Tal vez excitado por nuestros aplausos, uno, ya no sé
cuál, prorrumpió en un cloqueo victorioso, increíblemente agrio, con algo de
gárgara y de silbido. Las cosas, desde aquel momento, cambiaron.
Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían
hablar. Siglos de vida fugitiva y feral habían atrofiado en ellos lo humano; la luna
del Islam y la cruz de Roma habían sido implacables con esos prófugos. Frente muy
bajas, dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato o de chino y belfos bestiales
publicaban la degeneración de la estirpe olímpica. Sus prendas no correspondían a
una pobreza decorosa y decente sino al lujo malevo de los garitos y de los lupanares
del Bajo. En un ojal sangraba un clavel; en un saco ajustado se adivinaba el bulto de
una daga. Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados,
ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar
por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos.
Sacamos los pesados revólveres ( de pronto hubo revólveres en el sueño) y
alegremente dimos muerte a los dioses.





POEMA DE LOS DONES

A María Esther Vázquez

Nadie rebaje a lágrima o reproche
Esta declaración de la maestría
De Dios, que con magnífica ironía
Me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
A unos ojos sin luz, que sólo pueden
Leer en las bibliotecas de los sueños
Los insensatos párrafos que ceden
Las albas a su afán. En vano el día
Les prodiga sus libros infinitos,
Arduos como los arduos manuscritos
Que perecieron en Alejandría.
De hambre y de sed (narra una historia griega)
Muere un rey entre fuentes y jardines;
Yo fatigo sin rumbo los confines
De esa alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
Y el Occidente, siglos, dinastías,
Símbolos, cosmos y cosmogonías
Brindan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
Exploro con el báculo indeciso,
Yo, que me figuraba el Paraíso
Bajo la especie de una biblioteca.
Algo, que ciertamente no se nombra
Con la palabra azar, rige estas cosas;
Otro ya recibió en otras borrosas
Tardes los muchos libros y la sombra.
Al errar por las lentas galerías
Suelo sentir con vago horror sagrado
Que soy el otro, el muerto, que habrá dado
Los mismos pasos en los mismos días.
¿Cuál de los dos escribe este poema
De un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
Mundo que se deforma y que se apaga
En una pálida ceniza vaga
Que se parece al sueño y al olvido.






AJEDREZ

I
En su grave rincón, los jugadores
Rigen las lentas piezas. El tablero
Los demora hasta el alba en su severo
Ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
Las formas: torre homérica, ligero
Caballo, armada reina, rey postrero,
Oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
Cuando el tiempo los haya consumido,
Ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
Cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
Reina, torre directa y peón ladino
Sobre lo negro y blanco del camino
Buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
Del jugador gobierna su destino,
No saben que un rigor adamantino
Sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(La sentencia es de Omar) de otro tablero
De negras noches y blancos días.
Dios mueve al jugador, y este, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
De polvo y tiempo y sueño y agonías?




SPINOZA

LAS TRASLÚCIDAS MANOS del judío
Labran en la penumbra los cristales
Y la tarde que muere es miedo y frío.
(Las tardes a las tardes son iguales.)
Las manos y el espacio de jacinto
Que palidece en el confín del Ghetto
Casi no existen para el hombre quieto
Que está soñando un claro laberinto.
No lo turba la fama, ese reflejo
De sueños en el sueño de otro espejo,
Ni el temeroso amor de las doncellas.
Libre de la metáfora y del mito
Labra un arduo cristal: el infinito
Mapa de Aquel que es todas Sus estrellas.

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