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sábado, 3 de noviembre de 2018

CUMBRES BORRASCOSAS EMILY BRONTË

CUMBRES BORRASCOSAS
EMILY BRONTË




CAPÍTU LO PRIM E RO
Regreso en este momento de visitar al dueño de mi ca-
sa. Sospecho que ese solitario vecino me dará más de un
motivo de preocupación. La comarca en que he venido a
residir es un verdadero paraíso, tal como un misántropo no
hubiera logrado hallarlo igual en toda Inglaterra. El señor
Heathcliff y yo podríamos haber sido una pareja ideal de
camaradas en este bello país. Mi casero me pareció un indi-
viduo extraordinario. No dio muestra alguna de notar la es-
pontánea simpatía que experimenté hacia él al verle. Antes
bien, sus negros ojos se escondieron bajo sus párpados, y
sus dedos se hundieron más profundamente en los bolsillos
de su chaleco, al anunciarle yo mi nombre.
¿El señor Heathcliff? -le había preguntado.
Se limitó a inclinar la cabeza afirmativamente.
-Soy Lockwood, su nuevo inquilino. Me he apresurado
a tener el gusto de visitarle para decirle que confío en que
mi insistencia en alquilar la Granja de los Tordos no le ha-
brá molestado.
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BRONTE
-La Granja de los Tordos es mía -contestó, separándose
un poco de mí, y ya comprenderá que a nadie le hubiera
permitido que me molestase acerca de ella, si yo creyese
que me incomodaba. Pase usted.
Masculló aquel «pase usted» entre dientes, y más bien
como si quisiera darme a entender que me fuese al diablo.
Ni siquiera tocó la puerta para corroborar sus palabras. Pero
ello mismo me inclinó a aceptar la invitación, porque pare-
cía interesante aquel hombre, más reservado, al parecer, que
yo mismo.
Al ver que mi caballo empujaba la barrera de la valla,
sacó la mano del chaleco, quitó la cadena de la puerta y me
precedió de mala gana. Cuando llegamos al patio gritó:
-¡José! Llévate el caballo del señor Lockwood y tráenos
de beber.
La doble orden dada a un mismo criado me hizo pensar
que toda la servidumbre se reducía a él, lo que explicaba
que entre las losas del suelo creciera la hierba y que los se-
tos mostrasen señales de no ser cortados sino por el ganado
que mordisqueaba sus hojas.
José era un hombre maduro, o, mejor dicho, un viejo.
Pero, a pesar de su avanzada edad, se conservaba sano y
fuerte. « ¡Válgame el Señor! », Murmuró con tono de contra-
riedad, mientras se hacía cargo del caballo, a la vez que me
miraba con tal acritud, que me fue precisa una gran dosis de
benevolencia para suponer que impetraba el auxilio divino,
a fin de poder digerir bien la comida y no con motivo de mi
inesperada llegada.
4CUMBRES BORRASCOSAS
La casa en que habitaba el señor Heathcliff se llamaba
Cumbres Borrascosas en el dialecto de la región. Y por cier-
to que tal nombre expresaba muy bien los rigores atmosféri-
cos a que la propiedad se veía sometida cuando la
tempestad soplaba sobre ella. Sin duda se disfrutaba allí de
buena ventilación. El aire debía de soplar con mucha vio-
lencia, a juzgar por lo inclinados que estaban algunos pinos
situados junto a la casa, y algunos arbustos cuyas hojas,
como si implorasen al sol, se dirigían todas en un mismo
sentido. Pero el edificio era de sólida construcción, con
gruesos muros, según podía apreciarse por lo profundo de
las ventanas, y con recios guardacantones protegiendo sus
ángulos.
Me detuve un momento en la puerta para contemplar
las carátulas que ornaban la fachada. En la entrada principal
leí una inscripción, que decía: «Hareton Earnshaw» Aves de
presa de formas extravagantes y figuras representando mu-
chachitos en posturas lascivas, rodeaban la inscripción. Me
hubiese complacido hacer algunos comentarios respecto a
aquello y hasta pedir una breve historia del lugar a su rudo
propietario; pero él permanecía ante la puerta de un modo
que me indicaba su deseo de que yo entrase de una vez o
me fuese, y no quise aumentar su impaciencia parándome a
examinar los detalles del acceso al edificio.
Un pasillo nos condujo directamente a un salón, que en
la región llaman la casa por antonomasia, y que no está pre-
cedido de vestíbulo ni antecámaras. Generalmente, esta
pieza comprende, a la vez, comedor y cocina; pero en
Cumbres Borrascosas la cocina no estaba allí. Al menos, no
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percibí indicio alguno de que en el inmenso lugar se cocina-
se nada, pese a que en las profundidades de la casa me pare-
cía sentir ruido de utensilios culinarios. En las paredes no
había cacerolas ni cacharros de cocina. En cambio, se veía
en un rincón de la estancia un aparador de roble cubierto de
platos apilados hasta el techo, y entre los que se veían ja-
rros y tazones de plata. Había sobre él tortas de avena,
piernas de buey y carneros curados, y jamones. Pendían so-
bre la chimenea varias viejas escopetas con los cañones
enmohecidos y un par de pistolas de arzón. En la repisa de
la chimenea había tres tarros pintados de vivos colores. El
pavimento era de piedras lisas y blancas. Las sillas, anti-
guas, de alto respaldo, estaban pintadas de verde. Bajo el
aparador vi una perra rodeada de sus cachorros, y distinguí
otros perros por los rincones.
Todo ello hubiera parecido natural en la casa de uno de
los campesinos del país; musculosos, de obtusa apariencia y
vestidos con calzón corto y polainas. Salas así, y en ellas
labriegos de tal contextura sentados a la mesa ante un jarro
de espumosa cerveza, podéis ver en la comarca cuanta que-
ráis. Mas el señor Heathcliff contrastaba con el ambiente de
un modo chocante. Era moreno, y por el color de su tez
parecía un gitano, si bien en sus ropas en sus modales pare-
cía ser un caballero. Aunque ataviado con algún descuido, y
pese a su ruda apariencia, su figura era erguida y arrogante.
Yo pensaba que muchos le calificarían de soberbio y
hasta de grosero, pero sentía en el fondo que no debía de
haber nada de ello. Me parecía, instintivamente, que su re-
serva debía proceder de que era enemigo de dejar traslucir
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sus emociones. Debía de odiar y amar disimulándolo, y se-
guramente hubiera considerado como un impertinente a
quien le amase o le odiase, a su vez.
Probablemente yo me precipitaba demasiado al suponer
en mi huésped la manera de ser que me es peculiar a mí
mismo. Quizá el señor Heathcliff rehusaba su mano al ami-
go que le deparaba la ocasión por motivos muy diferentes a
los míos. Quizá mi carácter fuera único. Mi madre solía de-
cirme que yo nunca sabría crearme un agradable hogar, y el
verano pasado obré de un modo que acreditaba que la auto-
ra de mis días tenía razón.
Con ocasión de estar pasando un mes a la orilla del mar
conocí a una verdadera beldad. Me pareció hechicera. No le
dije jamás de palabra que la quería; pero si es verdad que
los ojos hablan, por la expresión de los míos hubiera podido
deducirse que yo estaba loco por ella. Cuando al fin lo notó,
me dirigió la mirada más dulce que hubiera podido esperar-
se. ¿Qué hice yo entonces? Con vergüenza declaro que re-
trocedí, que me reconcentré en mí mismo como un caracol
en su concha, que a cada mirada de la joven me alejaba
más, hasta que ella, sin duda confusa ante tales demostra-
ciones, y pensando haberse equivocado respecto a mis sen-
timientos, persuadió a su madre de que se debían marchar.
Esos cambios bruscos me han granjeado fama de cruel.
Sólo yo sé lo erróneo que es semejante juicio.
Mi casero y yo nos sentamos frente a frente junto a la
chimenea. Ambos callábamos. La perra había abandonado a
sus crías, y se arrastraba entre mis piernas frunciendo el ho-
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BRONTE
cico y enseñando sus blancos dientes. Traté de acariciarla y
emitió un largo gruñido gutural.
-Es mejor que deje usted a la perra -gruñó el señor Hea-
thcliff, haciendo dúo al animal, a la vez que reprimía sus
demostraciones feroces con un puntapié. -No está acos-
tumbrada a caricias ni la tenemos para eso.
Se puso en pie, se acercó a una puerta lateral y gritó:
-¡José!
Percibimos a José murmurar algo en las profundidades
de la bodega, pero sin dar señal alguna de acudir. En vista
de ello, su amo fue a buscarle, dejándome solo con la perra
y con otros dos perros mastines, que vigilaban atentamente
cada uno de mis movimientos. No sintiendo deseo alguno
de trabar conocimiento con sus colmillos, permanecí quie-
to; pero creyendo que las injurias mudas no les ofenderían,
comencé a hacerles guiños y muecas. La ocurrencia fue in-
fortunada. Alguno de mis gestos debió molestar sin duda a
la señora perra, y bruscamente se lanzó sobre mis pantorri-
llas. La rechacé y me apresuré a interponer la mesa entre los
dos. Mi acción revolucionó todo el ejército perruno. Media
docena de diablos de cuatro patas, de todos los tamaños y
edades, salieron de los rincones y se precipitaron en el cen-
tro de la habitación. Mis talones y los faldones de mi casaca
constituyeron desde luego el principal objetivo de sus arre-
metidas. Empuñé el atizador de la lumbre para hacer frente
a los más voluminosos de mis asaltantes, pero, aún así, tuve
que pedir socorro a gritos.
El señor Heathcliff y su criado subieron con exasperan-
te lentitud las escaleras de la bodega. A pesar de que la sala
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era un infierno de gritos y ladridos, me pareció que los dos
hombres no aceleraban su paso en lo más mínimo.
Por fortuna, una rozagante fregona acudió con más dili-
gencia. Llegó con las faldas recogidas, la faz arrebatada por
la proximidad de la lumbre y con los brazos desnudos.
Enarboló una sartén, y sus golpes, en combinación con sus
ásperas palabras, disiparon la tempestad como por arte de
magia. Y cuando Heathcliff entró, en medio de la estancia
sólo estaba ya conmigo la habitante de la cocina, como el
mar después de una tormenta.
-¿Qué diablos pasa? -preguntó él con un acento tal, que
me pareció intolerable para proferirlo después de tan inhos-
pitalaria acogida.
-Verdaderamente, se trata de diablos –repuse. ¡Creo
que los cerdos endemoniados de que hablan los Evangelios
no debían albergar más espíritus malignos que estos anima-
les de usted, señor! ¡Dejar entre ellos a un extraño es como
dejarle en compañía de una manada de tigres!
-No suelen meterse con quienes están quietos -advirtió
Heathcliff. Los perros hacen bien en vigilar. ¿Quiere us-
ted un vaso de vino?
-No; gracias.
-¿Le han mordido?
-Si me hubiesen mordido habría visto usted en el cul-
pable las señales de mi réplica.
Heathcliff hizo una mueca.
-Bueno, bueno... -dijo- Está usted algo excitado, señor
Lockwood. Beba un poco de vino. Se reciben tan pocos
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invitados en esta casa que, lo confieso, ni mis perros ni yo
sabemos casi cómo recibirles. ¡A su salud!
Correspondí al brindis y me tranquilicé considerando
que resultaría estúpido enfurecerme por la agresión de unos
perros cerriles. Por lo demás, antojábaseme que aquel sujeto
empezaba a burlarse de mí, y no me pareció bien concederle
otro motivo de mofa. Él, por su parte -pensando probable-
mente que constituiría una locura ofender a un buen inqui-
lino-, suavizó un tanto el laconismo de su conversación, y
comenzó a tratar de las ventajas y desventajas de mi nuevo
domicilio, tema que sin duda supuso que sería interesante
para mí. Me pareció entendido en las cosas de que hablaba,
y me sentí animado a anunciarle una segunda visita para el
día siguiente. Era evidente, no obstante, que él no tenía en
ello interés alguno. Sin embargo, pienso volver. Resulta
asombroso lo muy sociable que soy comparado con mi ca-
sero.
10CUMBRES BORRASCOSAS
Capítulo segundo
La tarde de ayer fue fría y brumosa. Al principio dudé
entre pasarla en casa, junto al fuego, o dirigirme a través de
los páramos y sobre los barrizales a Cumbres Borrascosas.
Pero después de comer (advirtiendo que como de una a
dos, ya que el ama de llaves que adopté al alquilar la casa
como si se tratara de una de sus dependencias, no com-
prende, o no quiere comprender, que deseo comer a las cin-
co), subiendo a mi cuarto, hallé en él a una criada
arrodillada ante la chimenea y luchando para apagar las lla-
mas con nubes de ceniza con las que levantaba una polva-
reda infernal. Semejante espectáculo me desanimó. Cogí el
sombrero y, tras una caminata de seis kilómetros, llegué a
casa de Heathcliff en el preciso instante en que comenza-
ban a caer los diminutos copos de un chubasco de aguanie-
ve.
El suelo de aquellas solitarias alturas estaba cubierto de
una capa de escarcha ennegrecida, y el viento estremecía de
frío todos mis miembros. Al ver que mis esfuerzos para le-
vantar la cadena que cerraba la puerta de la verja eran va-
11E M I L Y
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nos salté por encima, avancé por el camino que bordeaban
matas de grosellas y golpeé la puerta de la casa con los nu-
dillos hasta que me dolieron. Se oía ladrar a los muy perros.
«Tan necia inhospitalidad merecía ser castigada con el
aislamiento perpetuo de vuestros semejantes, ¡bellacos!
-murmuré mentalmente. Lo menos que se puede hacer es
tener abiertas las puertas durante el día. Pero no me impor-
ta. ¡Entraré!» Con esta decisión sacudí el aldabón. El rostro
avinagrado de José apareció en una ventana del granero.
-¿Qué quiere usted? -me interpeló. El amo está en el
corral. Dé la vuelta por la esquina del establo si quiere ha-
blarle.
-¿No hay nadie que abra la puerta? -respondí.
-Nadie más que la señorita, y ella no le abriría aunque
estuviese usted llamando insistentemente hasta la noche.
Sería inútil.
-¿Por qué no? ¿No puede usted decirle que soy yo?
-¿Yo? ¡No! ¿Qué tengo yo que ver con eso? -replicó
mientras se retiraba.
Comenzaba a caer una espesa nevada. Yo empuñaba ya
el aldabón para volver a llamar, cuando un joven sin cha-
queta y llevando al hombro una horca de labranza apareció
y me dijo que le siguiera. Atravesamos un lavadero y un
patio enlosado, en el que había un pozo con bomba y un
palomar, y llegamos a la habitación donde el día anterior fui
introducido. Un inmenso fuego de carbón y leña la caldea-
ba, y, al lado de la mesa, en la que estaba servida una abun-
dante merienda, tuve la satisfacción de ver a la señorita,
persona de cuya existencia no había tenido antes noticia
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alguna. La saludé y permanecí en pie, esperando que me
invitara a sentarme. Ella me miró y no se movió de su silla
ni pronunció una sola palabra.
-¡Qué tiempo tan malo! -comenté. Lamento, señora
Heathcliff, que la puerta haya sufrido las consecuencias de
la negligencia de sus criados. Me ha costado un trabajo tre-
mendo hacerme oír.
Ella no despegó los labios. La miré atentamente, y ella
me correspondió con una mirada tan fría, que resultaba
molesta y desagradable.
-Siéntese -gruñó la joven. Heathcliff vendrá enseguida.
Obedecí, tosí y llamé a June,la perversa perra, que esta
vez se dignó mover la cola en señal de que me reconocía.
-¡Hermoso animal! -empecé. ¿Piensa usted desprender-
se de los cachorrillos, señora?
-No son míos -dijo la amable anfitriona con un tono aún
más repelente que el que hubiera empleado el propio Hea-
thcliff.
-Entonces, ¿sus favoritos serán aquellos? -continué,
volviendo la mirada hacia lo que me pareció un cojín con
gatos.
-Serían unos favoritos bastante extravagantes -contestó
la joven desdeñosamente.
Desgraciadamente, los supuestos gatillos eran, en reali-
dad, un montón de conejos muertos. Volví a toser, me
aproximé al fuego y repetí mis comentarios sobre lo desa-
gradable de la tarde.
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-No debía usted haber salido -dijo ella, mientras se in-
corporaba y trataba de alcanzar dos de los tarros pintados
que decoraban la chimenea.
Ahora, a la claridad de las llamas, yo podía distinguir
por completo su figura. Era muy esbelta, y al parecer ape-
nas había salido de la adolescencia. Estaba admirablemente
formada y poseía la más linda carita que yo hubiese con-
templado jamás. Tenía las facciones menudas, la tez muy
blanca, dorados bucles que pendían sobre su delicada gar-
ganta, y unos ojos que hubieran sido irresistibles de haber
ofrecido una expresión agradable. Por fortuna, para mi sen-
sible corazón, aquella mirada no manifestaba en aquel mo-
mento más que desdén y algo como una especie de
desesperación, que resultaba increíble en unos ojos tan be-
llos.
Como los tarros estaban fuera de su alcance, intenté
auxiliarla; pero se volvió hacia mí con la airada expresión
del avaro a quien alguien quiere ayudarle a contar su oro.
-No hace falta que se moleste -dijo-. Puedo cogerlos yo
sola.
-Perdone -me apresuré a contestar.
-¿Está usted invitado a tomar el té? -me preguntó, po-
niéndose un delantal sobre el vestido y sentándose mientras
sostenía en la mano una cucharada de hojas de té que había
sacado del bote.
-Tomaré una taza con mucho gusto -respondí.
-¿Está usted invitado? -insistió.
-No -dije, sonriendo-; pero nadie más indicado que us-
ted para invitarme.
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Volvió a echar en el bote el té, con cuchara y todo, y de
nuevo se sentó frunciendo el entrecejo, e hizo un pucherito
con los labios como un niño que está a punto de llorar.
El joven, entretanto, se había puesto un andrajoso ga-
bán, y en aquel momento me miró como si entre nosotros
existiese un resentimiento mortal. Yo dudaba de si aquel
personaje era un criado o no. Hablaba y vestía toscamente,
sin ninguno de los detalles que Heathcliff presentaba de
pertenecer a una clase superior. Su cabellera castaña estaba
desgreñadísima, su bigote crecía descuidadamente y sus
manos eran tan burdas como las de un labrador. Pero, con
todo, ni sus ademanes ni el modo que tenía de tratar a la
señora eran los de un criado. En la duda, preferí no aventu-
rar juicio sobre él. Cinco minutos después, la llegada de
Heathcliff alivió un tanto la molesta situación en que me
encontraba.
-Como ve, he cumplido mi promesa -dije con acento
falsamente jovial- y temo que el mal tiempo me haga per-
manecer aquí media hora, si quiere usted albergarme duran-
te ese rato...
-¿Media hora? -repuso, mientras se sacudía los blancos
copos que le cubrían la ropa. ¡Me asombra que haya elegido
usted estar nevando para pasear! ¿No sabe que corre el pe-
ligro de perderse en los pantanos? Hasta quienes están fa-
miliarizados con ellos se extravían a veces. Y le aseguro que
no hay probabilidad alguna de que el tiempo mejore.
-Quizá uno de sus criados pudiera servirme de guía. Se
quedaría en la granja hasta mañana. ¿Puede proporcionarme
uno?
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BRONTE
-No; no me es posible.
-Bueno... pues entonces habré de confiar en mis pro-
pios medios...
-¡Hum...
-¡Qué! ¿Haces el té o no? -preguntó el joven del abrigo
andrajoso, separando su mirada de mí para dirigirla a la
mujer.
-¿Le sirvo también a ese señor? -preguntó ella.
-Vamos, termina, ¿no? -repuso él con tal brusquedad
que me hizo sobresaltarme. Había hablado de una forma
que delataba una naturaleza auténticamente perversa. No
sentí desde aquel momento inclinación alguna a considerar
a aquel hombre como un individuo extraordinario.
Cuando el té estuvo preparado y servido en la mesa,
Heathcliff dijo:
-Acerque su silla, señor.
Todos nos sentamos a la mesa, incluso el tosco joven.
Un silencio absoluto reinó mientras tomábamos el té.
Pensé que, puesto que yo era el responsable de aquel
nublado, debía ser también quien lo disipase. Aquella taci-
turnidad que mostraba no debía de ser su modo habitual de
comportarse. Así pues, lo intenté:
-Es curioso el considerar qué ideas tan equivocadas
solemos formar a veces sobre el prójimo. Mucha gente no
podría imaginar que fuese feliz una persona que llevaba una
vida tan apartada del mundo como la suya, señor Hea-
thcliff. Y, sin embargo, usted es dichoso rodeado de su fa-
milia, con su amable esposa, que, como un ángel tutelar,
reina en su casa y en su corazón...
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-¿Mi amable esposa? -interrumpió con diabólica son-
risa. ¿Y dónde está mi amable esposa, si se puede saber?
-Me refiero a la señora Heathcliff.
-¡Ah, ya! Quiere usted decir que su espíritu, después de
desaparecido su cuerpo, se ha convertido en mi ángel de la
guarda y custodia Cumbres Borrascosas. ¿No es eso?
Comprendí que había dicho una tontería y traté de rec-
tificarla. Debía haberme dado cuenta de la mucha edad que
llevaba a la mujer, antes de suponer como cosa segura que
fuera su esposa. Él contaba alrededor de cuarenta años, y
en esa edad en que el vigor mental se mantiene plenamente
no se supone que las muchachas se casen con nosotros por
amor. Semejante ilusión está reservada a la ancianidad. En
cuanto a ella, no representaba arriba de diecisiete años.
Entonces, como un relámpago, surgió en mí esta idea:
«El grosero personaje que se sienta a mi lado, bebiendo el
té en un tazón y comiendo el pan con sus sucias manos, es
tal vez su marido. Estas son las consecuencias del vivir le-
jos del mundo: ella ha debido casarse con este patán cre-
yendo que no hay otros que valgan más que él. Es
lamentable. Y yo debo procurar que, por culpa mía, no vaya
a arrepentirse de su elección». Semejante reflexión podrá
parecer vanidosa, pero era sincera. Mi vecino de mesa pre-
sentaba un aspecto repulsivo, mientras que me constaba
por experiencia que yo era pasablemente agradable.
-La señora es mi nuera -dijo Heathcliff, en confirma-
ción de mis suposiciones; y, al decirlo, la miró con expre-
sión de odio.
17E M I L Y
BRONTE
-Entonces, el feliz dueño de la hermosa hada es usted -
comenté, volviéndome hacía mi vecino.
Con esto acabé de poner las cosas mal. El joven apretó
los puños, con evidente intención de atacarme. Pero se con-
tuvo y desahogó su ira en una brutal maldición que me con-
cernía, y de la que no me di por aludido.
-Está usted muy desacertado -dijo Heathcliff. Ninguno
de los dos tenemos la suerte de ser dueños de la buena hada
a quien usted se refiere. Su esposo ha muerto. Y, puesto
que he dicho que era mi nuera, debe ser que estaba casada
con mi hijo.
-Entonces, este joven es...
-Mi hijo, desde luego, no.
Y Heathcliff sonrió, como si fuera una extravagancia
atribuirle la paternidad de aquel oso.
-Mi nombre es Hareton Earnshaw -gruñó el otro- y le
aconsejo que lo pronuncie con el máximo respeto.
-Creo haberlo respetado -respondí mientras me reía pa-
ra mis adentros de la dignidad con que había hecho su pre-
sentación aquel individuo.
Él me miró durante tanto tiempo y con fijeza tal, que
me hizo experimentar deseos de abofetearle o de echarme a
reír en sus propias barbas. Comenzaba a sentirme disgusta-
do en aquel agradable círculo familiar. Aquel ingrato am-
biente neutralizaba el confortable calor que físicamente me
rodeaba, y resolví no volver por tercera vez.
Concluida la colación, y en vista de que nadie pronun-
ciaba una palabra, me acerqué a la ventana para ver el
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tiempo que hacía. El espectáculo era muy desagradable; la
noche caía prematuramente y la ventisca barría las colinas.
-Creo que sin alguien que me guíe, no voy a poder vol-
ver a casa -exclamé, sin poder contenerme. Los caminos
deben de estar borrados por la nieve, y aunque no lo estu-
vieran, es imposible ver a un pie de distancia. -Hareton
-dijo Heathcliff- lleva las ovejas a la entrada del granero y
pon un madero delante. Si pasan la noche en el corral ama-
necerán cubiertas de nieve.
-¿Cómo me arreglaré? -continué, sintiendo que mi irri-
tación aumentaba.
Nadie contestó a esta pregunta. Paseé la mirada a mi al-
rededor y no vi más que a José, que traía comida para los
perros, y a la señora Heathcliff, que, inclinada sobre el fue-
go, se entretenía en quemar un paquete de fósforos que ha-
bían caído de la repisa de la chimenea al volver a poner el
bote de té en su sitio. José, después de vaciar el recipiente
en que traía la comida de los animales, rezongó:
-Me asombra que se quede usted ahí como un pasmaro-
te cuando los demás se han ido... Pero con usted no valen
palabras. Nunca se corregirá de sus malas costumbres, y
acabará yéndose al diablo en derechura, como le ocurrió a
su madre.
Creí que aquel sermón iba dirigido a mí, y me adelanté
hacia el viejo bribón con el firme propósito de darle un pun-
tapié y obligarle a que se callara. Pero la señora Heathcliff
se me anticipó.
-¡Viejo hipócrita! ¿No temes que el diablo te lleve
cuando pronuncias su nombre? Te advierto que se lo pediré
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BRONTE
al demonio como especial favor, si no dejas de provocarme.
¡Y basta! Mira -agregó, sacando un libro de un estante-: ca-
da vez progreso más en la magia negra. Muy pronto seré
maestra en la ciencia oculta. Y para que te enteres, la vaca
roja no murió por casualidad, y tu reumatismo no es una
prueba de la bondad de la Providencia...
-¡Cállese, malvada! -gritó el viejo. ¡Dios nos libre de to-
do mal!
-¡Estás condenado, reprobó! Sal de aquí si no quieres
que te ocurra algo verdaderamente malo. Voy a modelar
muñecos de barro o de cera que os reproduzcan a todos, y
al primero que se extralimite, ya verás lo que le haré... Se
acordará de mí... Vete... ¡Qué te estoy mirando!
Y la pequeña bruja puso tal expresión de malignidad en
sus ojos, que José salió precipitadamente, rezando y tem-
blando, mientras murmuraba:
-¡Malvada, malvada!
Supuse que la joven había querido gastar al viejo una
broma lúgubre, y en cuanto nos quedamos solos, quise inte-
resarla en mi problema.
-Señora Heathcliff -dije con seriedad- perdone que la
moleste. Una mujer con una cara como la suya tiene nece-
sariamente que ser buena. Indíqueme alguna señal, algún
lindero que me oriente para conocer mi camino. Tengo la
misma idea de por dónde se va a mi casa que la que usted
pueda tener para ir a Londres.
-Vaya usted por el mismo camino que vino -me contes-
tó, sentándose en una silla, y poniendo ante sí el libro y una
bujía. El consejo es muy simple, pero no puedo darle otro.
20CUMBRES BORRASCOSAS
-En este caso, si mañana le dicen que me han hallado
muerto en una ciénaga o en una zanja llena de nieve, ¿no le
remorderá la conciencia?
-¿Por qué habría de remorderme? No puedo acompa-
ñarle. Ellos no me dejarían ni siquiera ir hasta la verja.
-¡Oh! Yo no le pediría por nada del mundo que saliese,
para ayudarme, en una noche como ésta. No le pido que me
enseñe el camino, sino que me le indique de palabra o que
convenza al señor Heathcliff de que me proporcione un
guía.
-¿Qué guía? En la casa no estamos más que él, Hareton
Zillah, José y yo. ¿A quién elige usted?
-¿No hay mozos en la finca?
-No hay más gente que la que digo.
-Entonces, me veré obligado a quedarme.
-Eso es cosa de usted y su huésped, yo no tengo nada
que ver con eso.
-Confío en que esto le sirva de lección para hacerle de-
sistir de dar paseos -gritó la voz de Heathcliff desde la co-
cina. Yo no tengo alcobas para los visitantes. Si se queda,
tendrá que dormir con Hareton o con José en la misma ca-
ma.
-Puedo dormir en una de las butacas de este cuarto
-repuse.
-¡Oh, no! Un forastero, rico o pobre, es siempre un fo-
rastero. No permitiré que nadie haga guardia en la plaza
cuando yo no estoy de servicio -dijo el miserable.
Mi paciencia había llegado al colmo. Me precipité hacia
el patio, lanzando un juramento, y al salir tropecé con Ear-
21E M I L Y
BRONTE
nshaw. La oscuridad era tan profunda, que yo no atinaba
con la salida, y mientras la buscaba, asistí a una muestra del
modo que tenían de tratarse entre sí los miembros de la fa-
milia. Parecía que el joven al principio, se sentía inclinado a
ayudarme, porque les dijo:
-Le acompañaré hasta el parque.
-Le acompañarás al infierno -exclamó su pariente, señor
o lo que fuera. ¿Quién va a cuidar entonces de los caballos?
-La vida de un hombre vale más que el cuidado de los
caballos... -dijo la señora Heathcliff con más amabilidad de
la que yo esperaba. Es preciso que vaya alguien...
-Pero no por orden tuya -se apresuró a responder Hare-
ton. Mejor es que te calles.
-Bueno; pues, entonces, ¡así el espíritu de ese hombre
te persiga hasta tu muerte, y así el señor Heathcliff no en-
cuentre otro inquilino para su granja hasta que ésta se de-
rrumbe! -dijo ella con acritud.
-¡Está maldiciendo! -murmuró José, hacia quien yo me
dirigía en aquel momento.
El viejo, sentado, ordeñaba las vacas a la luz de una
linterna. Se la quité, y, diciéndole que se la devolvería al día
siguiente, me precipité hacia una de las puertas.
- ¡Señor, señor, me ha robado la linterna! -gritó el viejo,
corriendo detrás de mí. ¡G ruñón, Lobo!¡Duro con él!
En el instante en que se abría la puertecilla a la que me
dirigía, dos peludos monstruos se arrojaron a mi garganta,
derribándome. La luz se apagó. Heathcliff y Hareton pro-
rrumpieron en carcajadas. Mi humillación y mi ira llegaron
al paroxismo. Afortunadamente, los animales se contenta-
22CUMBRES BORRASCOSAS
ban con arañar el suelo, abrir las fauces y mover furiosa-
mente el rabo. Pero no me permitían levantarme, y hube de
permanecer en el suelo hasta que a sus villanos dueños se
les antojó. Cuando estuve en pie, conminé a aquellos mise-
rables a que me dejasen salir, haciéndoles responsables de
lo que sucediera si no me atendían, y lanzándoles apóstrofes
que en su incoherente violencia hacían recordar los del rey
Lear.
Mi excitación me produjo una fuerte hemorragia nasal.
Heathcliff seguía riendo y yo gritando. No acierto a imagi-
narme en qué hubiera terminado todo aquello a no haber
intervenido una persona más serena que yo y más bondado-
sa que Heathcliff. Zillah, la robusta ama de llaves, apareció
para ver lo que sucedía. Y, suponiendo que alguien me ha-
bía agredido, y no osando increpar a su amo, dirigió los tiros
de artillería contra el más joven:
-No comprendo, señor Earnshaw -exclamó- qué resen-
timientos tiene usted contra este semejante. ¿Va usted a
asesinar a las gentes en la propia puerta de su casa?
¡Nunca podré estar a gusto aquí! ¡Pobre muchacho! Es-
tá a punto de ahogarse. ¡Chis, chis! No puede usted irse en
ese estado. Venga, que voy a curarle. Estése quieto.
Y, hablando así, me vertió sobre la nuca un recipiente
lleno de agua helada, y luego me hizo pasar a la cocina. El
señor Heathcliff, vuelto a su habitual estado de mal humor
después de su explosión de regocijo, nos seguía.
El desmayo que yo sentía como secuela de todo lo su-
cedido me obligó a aceptar alojamiento entre aquellos mu-
ros. Heathcliff mandó a Zillah que me diese un vaso de
23E M I L Y
BRONTE
brandy,y se retiró a una habitación interior. Ella vino con lo
ordenado, que me reanimó bastante, y luego me acompañó
hasta una alcoba.
24CUMBRES BORRASCOSAS
Capítulo tercero
Mientras subía las escaleras delante de mí, la mujer me
aconsejó que ocultase la bujía y procurase no hacer ruido,
porque su amo tenía ideas extrañas acerca del aposento
donde ella iba a instalarme, y no le agradaba que nadie
durmiese allí. Le pregunté los motivos, pero me contestó
que sólo llevaba en la casa dos años, y que había visto tan-
tas cosas raras, que no sentía deseo alguno de curiosear
más.
Por mi parte, la estupefacción no me dejaba lugar a
averiguaciones. Cerré, pues, la puerta, y busqué el lecho.
Los muebles se reducían a una percha, una silla y una
enorme caja de roble, con aperturas laterales. Me aproximé
a tan extraño mueble, y me cercioré de que se trataba de
una especie de lecho antiguo, sin duda destinado a suplir la
falta de una habitación separada para cada miembro de la
familia. El tálamo formaba de por sí una pequeña habita-
ción, y el alféizar de la ventana, contra cuya pared estaba
arrimado, servía de mesa.
25E M I L Y
BRONTE
Hice correr una de las tablas laterales, entré llevando la
luz, cerré y sentí la impresión de que me hallaba a cubierto
de la vigilancia de Heathcliff o de cualquier otro de los ha-
bitantes de la casa.
Puse la bujía en el alféizar de la ventana. Había allí, en
un ángulo, varios libros polvorientos, y la pared estaba cu-
bierta de escritos que habían sido trazados raspando la pin-
tura. Aquellos escritos se reducían a un nombre: «Catalina
Earnshaw», repetido una y otra vez en letras de toda clase
de tamaños. Pero el apellido variaba a veces, y en vez de
«Catalina Earnshaw», se leía en algunos sitios «Catalina
Heathcliff» o «Catalina Linton».
Estaba fatigado. Apoyé la cabeza contra la ventana, y
empecé a murmurar: «Catalina Earnshaw, Heathcliff, Lin-
ton...». Los ojos se me cerraron, y antes que transcurrieran
cinco minutos, creí ver alzarse en la oscuridad una multitud
de letras blancas, como lívidos espectros. El ámbito parecía
lleno de «Catalinas». Me incorporé, esperando alejar así
aquel nombre que acudía a mi cerebro como un intruso, y
entonces vi que el pabilo de la bujía había caído sobre uno
de los viejos libros, cuya cubierta empezaba a chamuscarse,
saturando el ambiente de un fuerte olor a pergamino que-
mado. Remedié el mal, y me senté. Sentía frío y un ligero
mareo. Cogí el tomo chamuscado por la vela y lo hojeé. Era
una vieja Biblia, que hedía a apolillado, y sobre una de cu-
yas hojas, que estaba suelta, leí: «Este libro es de Catalina
Earnshaw» y una fecha de veinticinco años atrás. Cerré
aquel volumen, y cogí otro, y luego varios más. La bibliote-
ca de Catalina era escogida, y lo estropeados que estaban
26CUMBRES BORRASCOSAS
los tomos demostraban que habían sido muy usados, aun-
que no siempre para los fines propios de un libro. Los már-
genes de cada página estaban cubiertos de comentarios
manuscritos, algunos de los cuales constituían sentencias
aisladas. Otros eran, al parecer, retazos de un diario garra-
pateado por una inexperta mano infantil. Encabezando una
página en blanco, descubrí, no sin regocijo, una magnífica
caricatura de José, diseñada burdamente, pero con enérgi-
cos trazos. Sentí un vivo interés hacia aquella desconocida
Catalina, y traté de descifrar los jeroglíficos de su escritura.
«¡Qué ingrato domingo! -decía uno de los párrafos.
¡Cuánto daría porque papá estuviera aquí...! Hindley le sus-
tituye muy mal, y se porta atrozmente con Heathcliff. H. y
yo vamos a tener que rebelarnos, esta tarde comenzaremos.
»Todo el día estuvo lloviendo. No pudimos ir a la igle-
sia, y José nos reunió en el desván. Mientras Hindley y su
mujer permanecían abajo, sentados junto al fuego -estoy
segura de que, aunque hiciesen algo más, no por ello deja-
rían de leer sus Biblias- a Heathcliff, y a mí y al desdichado
mozo de mulas nos ordenaron coger los devocionarios y
que subiésemos. Nos hicieron sentar en un saco de trigo, y
José inició su sermón, que yo esperaba que abreviase a cau-
sa del frío que se sentía allí. Pero mi esperanza resultó falli-
da. El sermón duró tres horas justas, y, sin embargo, mi
hermano, al vernos bajar, aún tuvo la desfachatez de decir:
«¿Cómo habéis terminado tan pronto?» Durante las tardes
de los domingos, nos dejan jugar; pero cualquier pequeñez,
una simple risa, basta para que nos manden a un rincón.
27E M I L Y
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»-Os olvidáis de que aquí hay un jefe -suele decir el ti-
rano. Al que me exaspere, le hundo. Exijo seriedad y silen-
cio absoluto. ¡Chico! ¿Has sido tú? Querida Francisca, dale
un tirón de pelo; le he oído chasquear los dedos.
»Francisca le tiró del pelo con todas sus fuerzas. Luego
se sentó en las rodillas de su esposo, y los dos empezaron a
hacer niñadas, besándose y diciéndose estupideces. Enton-
ces nosotros nos acomodamos, como a la buena de Dios, en
el hueco que forma el aparador. Colgué ante nosotros nues-
tros delantales, como si fueran una cortina; pero enseguida,
cuando llegó José, deshaciendo mi obra, me dio una bofeta-
da y rezongó:
»-Con el amo recién enterrado, domingo como es, y las
palabras del Evangelio resonando todavía en vuestros oí-
dos, ¡y ya os ponéis a jugar! ¿No os da vergüenza? Sentaos,
niños malos, y leed libros piadosos que os ayuden a pensar
en la salvación de vuestras almas.
»Y a la vez que nos hablaba, nos tiró sobre las rodillas
unos viejos libros y nos obligó a sentarnos de manera que el
resplandor del hogar nos alumbrase en nuestra lectura. Yo
no pude soportar aquella ocupación que nos quería dar. Co-
gí el libro y lo arrojé al rincón de los perros, diciendo que
tenía odio a los libros piadosos. Heathcliff hizo lo mismo
con el suyo, y entonces empezó el jaleo.
»- ¡Señor Hindley, venga! -gritó José- La señorita Cata-
lina ha roto las tapas de La armadura de salvación y Heathcliff
ha golpeado con el pie la primera parte de E l camino de perdi-
ción.No es posible dejarles seguir siendo así. El difunto se-
ñor les hubiera dado lo que se merecen. Pero ¡ya se fue!
28CUMBRES BORRASCOSAS
»Hindley, abandonando su paraíso, se precipitó sobre
nosotros, nos cogió, a uno por el cuello y a otro por el bra-
zo, y nos mandó a la cocina. Allí José nos aseguró que el
coco vendría a buscarnos tan fijo como la luz, y nos obligó
a sentarnos en distintos lugares, donde hubimos de perma-
necer, separados, esperando el advenimiento del prometido
personaje. Yo cogí este libro y un tintero que había en un
estante y abrí un poco la puerta para tener luz y poder es-
cribir; pero mi compañero, al cabo de veinte minutos, sintió
tanta impaciencia, que me propuso apoderarnos del mantón
de la criada y, tapándonos con él, ir a dar una vuelta por los
pantanos. ¡Qué buena idea! Así, si viene ese malvado viejo,
creerá que su amenaza del coco se ha realizado, y entre tan-
to, nosotros estaremos fuera, y creo que no peor que aquí, a
pesar de la lluvia y del viento. »Catalina debió de realizar
aquel plan sin duda. En todo caso, el siguiente comentario
variaba el tema y adquiría tono de lamentación.
«¡Qué poco podía yo suponer que Hindley me hiciera
llorar tanto! Me duele la cabeza hasta el punto de que no
puedo ni siquiera reclinarla en la almohada. ¡Pobre Hea-
thcliff! Hindley le llama vagabundo, y ya no le permite co-
mer con nosotros ni tampoco sentarse a nuestro lado. Dice
que no volveremos a jugar juntos, y le amenaza con echarle
de casa si le desobedece. Hasta se ha atrevido a criticar a
papá por haber tratado a Heathcliff demasiado bien, y jura
que volverá a ponerle en el lugar que le corresponde.
»Yo estaba ya medio dormido, y mis ojos iban del ma-
nuscrito de Catalina al texto impreso. Percibí un título gra-
bado en rojo con muchas florituras, que decía: «Setenta
29E M I L Y
BRONTE
veces siete y el primero de los setenta y uno. Sermón predi-
cado por el reverendo padre Jabes Branderham en la iglesia
de Gimmerden Sough» Y me dormí meditando maquinal-
mente en lo que diría el reverendo padre sobre aquel asun-
to.
Pero la mala calidad del té y la destemplanza que tenía
me hicieron pasar una noche horrible. Soñé que era ya por
la mañana y que regresaba a mi casa llevando a José como
guía. El camino estaba cubierto de nieve, y cada vez que yo
daba un tropezón, mí acompañante me amonestaba por no
haber tomado un báculo de peregrino, afirmándome que sin
tal adminículo nunca conseguiría regresar a mi casa, y ense-
ñándome a la vez jactanciosamente un grueso garrote que él
consideraba, al parecer, como báculo. Al principio, me pa-
recía absurdo suponer que me fuera necesario para entrar en
casa semejante cosa. Y de repente una idea me iluminó el
cerebro. No íbamos a casa, sino que nos dirigíamos a escu-
char el sermón del padre Branderham sobre las setenta ve-
ces siete, en cuyo curso no sé si José, el predicador o yo,
debíamos ser públicamente acusados y excomulgados.
Llegamos a la iglesia, ante la que yo, en realidad, he pa-
sado dos o tres veces. Está situada en una hondonada, entre
dos colinas, junto a un pantano, cuyo fango, según voz po-
pular, tiene la propiedad de momificar los cadáveres. El te-
jado de la iglesia se ha conservado intacto hasta ahora; mas
hay pocos clérigos que quieran encargarse de aquel curato,
ya que el sueldo es sólo de veinte libras anuales, y la recto-
ral consiste únicamente en dos habitaciones, sin posibilidad
alguna, además, de que los fieles contribuyan a las necesi-
30CUMBRES BORRASCOSAS
dades de su pastor ni con el suplemento de un penique. Pe-
ro, en mi sueño, un numeroso auditorio escuchaba a Jabes,
quien predicaba un sermón dividido en cuatrocientas no-
venta partes, dedicada cada una a un distinto pecado. Lo
que no puedo decir es por dónde había sacado tantos peca-
dos el reverendo. Eran, por supuesto, de los géneros más
extravagantes, y tales como yo no hubiera sido capaz de
imaginármelos nunca.
¡Qué odiosa pesadilla! Yo me caía de sueño, bostezaba,
daba cabezadas y volvía a despejarme. Me pellizcaba, me
frotaba los párpados, me levantaba y me volvía a sentar, y a
veces tocaba a José para preguntarle cuándo iba a acabar
aquel sermón. Pero tuve que escucharlo hasta el fin. Cuan-
do llegó al primero de los setenta y uno, acudió a mi cere-
bro una súbita idea: levantarme y acusar a Jabes
Branderham como el cometedor del pecado imperdonable.
«Padre -exclamé-, sentado entre estas cuatro paredes he
aguantado y perdonado las cuatrocientas noventa divisiones
de su sermón. Setenta veces siete cogí el sombrero para
marcharme y setenta veces siete me ha obligado a volverme
a sentar. Una vez más es excesivo. Hermanos de martirio,
¡duro con él! Arrastradle y despedazadle en partículas tan
pequeñas, que no vuelvan a encontrarse ni sus rastros»
«Tú eres el Hombre -gritó Jabes, después de un silencio
solemne. Setenta veces siete te he visto hacer gestos y bos-
tezar. Setenta veces siete consulté mi conciencia y encontré
que todo ello merecía perdón. Pero el primer pecado de los
setenta y uno ha sido cometido ahora, y esto es imperdona-
ble. Hermanos, ejecutad con él lo que está escrito. ¡Honor a
31E M I L Y
BRONTE
todos los santos!» Tras esta conclusión, los concurrentes
enarbolaron sus báculos de peregrino y se arrojaron sobre
mí. Al verme desarmado, entablé una lucha con José, que
fue el primero en acometerme, para quitarle su garrote. Se
cruzaron muchos palos, y algunos golpes destinados a mí
cayeron sobre otras cabezas. Todos se apaleaban entre sí, y
la iglesia retumbaba al son de los golpes. Branderham, por
su parte, descargaba violentos manotazos en las tablas del
púlpito, y tan vehementes fueron, que acabaron por desper-
tarme.
Comprobé que lo que me había sugerido tal tumulto era
la rama de un abeto que batía contra los cristales de la ven-
tana agitada por el viento. Volví a dormirme y soñé cosas
más desagradables aún.
Ahora recordaba que descansaba en una caja de madera
y que el cierzo y las ramas de un árbol golpeaban la venta-
na. Tanto me molestaba el ruido, que, en sueños, me levan-
té y traté de abrir el postigo. No lo conseguí, porque la
falleba estaba agarrotada, y entonces rompí el cristal de un
puñetazo y saqué el brazo para separar la molesta rama.
Mas en lugar de ella sentí el contacto de una manecilla he-
lada. Me poseyó un intenso terror y quise retirar el brazo;
pero la manecilla me sujetaba y una voz repetía:
-¡Déjame entrar, déjame entrar!
-¿Quién eres? -pregunté, pugnando para poder soltar-
me.
-Catalina Linton -contestó, temblorosa. Me había per-
dido en los pantanos y vuelvo ahora a casa.
32CUMBRES BORRASCOSAS
No sé por qué me acordaba del apellido Linton, ya que
había leído veinte veces más el apellido Earnshaw. Miré y
divisé el rostro de una niña a través de la ventana. El horror
me hizo obrar cruelmente, y al no lograr desasirme de la
niña, apreté sus puños contra el corte del cristal hasta que
la sangre brotó y empapó las sábanas. Pero ella seguía gi-
miendo:
-¡Déjame entrar!
Y me oprimía la mano, haciendo llegar mi terror al pa-
roxismo.
-¿Cómo voy a dejarte entrar -dije, por fin-, si no me
sueltas la mano?
El fantasma aflojó su presión. Metí precipitadamente la
mano por el hueco del vidrio roto, amontoné contra él una
pila de libros y me tapé los oídos para no escuchar la dolo-
rosa súplica. Estuve así alrededor de un cuarto de hora; pe-
ro en cuanto volvía a escuchar, oía el mismo ruego
lastimero.
-¡Márchate! -grité. ¡No te abriré aunque me lo estés pi-
diendo veinte años seguidos!
-Veinte años han pasado -musitó. Veinte años han pa-
sado desde que me perdí.
Empezó a empujar levemente desde fuera. El montón
de libros vacilaba. Intenté moverme, pero mis músculos
estaban como paralizados, y, en el colmo del horror, grité.
El grito no había sido soñado. Con gran turbación sentí
que unos pasos se acercaban a la puerta de la alcoba. Al-
guien la abrió, y por aperturas del lecho percibí luz. Me sen-
té en la cama, sudoroso, estremecido aún de miedo. El que
33E M I L Y
BRONTE
había entrado murmuró algunas palabras como si hablase
solo, y luego dijo, en el tono de quien no espera recibir res-
puesta alguna:
-¿Hay alguien ahí?
Reconocí la voz de Heathcliff, y comprendiendo que
era necesario revelarle mi presencia, ya que si no buscaría y
acabaría encontrándome, descorrí las tablas del lecho. Tar-
daré en olvidar el efecto que le produjo.
Heathcliff se paró en la puerta. Vestía un camisón, sos-
teniendo una vela en la mano, y su faz estaba lívida.El rui-
do de las tablas al descorrerse le causó el efecto de una
corriente eléctrica. La vela se deslizó de entre sus dedos, y
su excitación era tal, que le costó mucho trabajo recuperar-
la.
-Soy su huésped, señor -dije, para evitar que continuase
demostrándome su miedo. He gritado sin darme cuenta
mientras soñaba. Lamento haberle molestado.
-¡Dios le confunda, señor Lockwood! ¡Váyase al...!!
-replicó mi casero. ¿Quién le ha traído a esta habitación?
-continuó, hundiendo las uñas en las palmas de las manos y
rechinando los dientes en su esfuerzo para dominar la exci-
tación que le poseía. ¿Quién le trajo? Dígamelo para echarle
de casa inmediatamente.
-Su criada Zillah -repuse, saltando del lecho y reco-
giendo mis ropas. Haga con ella lo que le parezca, porque
se lo ha merecido. Probablemente quiso probar a expensas
de mí si este sitio está verdaderamente embrujado. Y le ase-
guro que, en realidad, está bien poblado de trasgos y duen-
34CUMBRES BORRASCOSAS
des. Hace usted bien en tenerlo cerrado. Nadie le agradece-
rá a usted el dormir aquí.
-¿Qué quiere usted decir y qué está haciendo? -replicó
Heathcliff. Acuéstese y pase la noche; pero, en nombre de
Dios, no repita el escándalo de antes. No tiene otra justifi-
cación, a no ser que le estuvieran decapitando.
-Si aquella endemoniada brujita llega a entrar, a buen
seguro que me hubiese estrangulado -le respondí. No me
siento con ganas de soportar más persecuciones de sus hos-
pitalarios antepasados. El reverendo Jabes Branderham, ¿no
sería tal vez pariente suyo por parte de madre? Y en cuanto
a Catalina Earnshaw, o Linton, o como se llamara, ¡menuda
debía de ser! Según me dijo, ha andado errando durante
veinte años, lo que sin duda es justo castigo a sus pecados.
En aquel momento recordé que el apellido de Hea-
thcliff estaba unido en el libro al de Catalina, lo que había
olvidado hasta entonces. Me avergoncé de mi descortesía;
pero, como si no me diese cuenta, me apresuré a añadir:
-El caso es que a primera hora de la noche estuve... -iba
a decir «hojeando esos librotes», pero me corregí y continué
- repitiendo el nombre que hay escrito en esa ventana, co-
mo ejercicio para atraer el sueño...
-¿Cómo se atreve a hablarme de este modo estando en
mi casa? -rugía entre tanto Heathcliff. Hace falta estar loco
para hablarme así.
Se golpeaba la frente con violencia. Yo no sabía si
ofenderme o seguir explicándome; pero me pareció tan
conmovido, que sentí compasión de él, y continué refirién-
dole mi sueño y afirmando que nunca había oído pronunciar
35E M I L Y
BRONTE
hasta entonces el nombre de Catalina Linton; pero que, a
fuerza de verlo escrito allí, llegó a plasmar en una forma
concreta al dormirme.
Mientras hablaba, Heathcliff, poco a poco, había ido re-
tirándose de mi lado, hasta que acabó escondiéndose detrás
del lecho. A juzgar por su respiración anhelante, luchaba
consigo mismo para reprimir sus emociones. Fingí no darme
cuenta, continué vistiéndome y comenté:
-No son todavía las tres. Yo creía que serían las seis lo
menos. El tiempo aquí se hace interminable. Verdad es que
sólo debían de ser las ocho cuando nos acostamos.
-En invierno nos retiramos siempre a las nueve y nos
levantamos a las cuatro -replicó mi casero, reprimiendo un
gemido y limpiándose una lágrima, según conjeturé por un
ademán de su brazo. Acuéstese -añadió-, ya que si baja tan
temprano no hará más que estorbar. Por mi parte, sus gritos
me han desvelado.
-También a mí -repuse. Bajaré al patio y estaré pasean-
do por él hasta que amanezca y después me iré. No tema
una nueva intrusión. Lo sucedido, para siempre me ha qui-
tado las ganas de buscar amigos, ni en el campo ni en la
ciudad. Un hombre sensato debe tener bastante compañía
consigo mismo.
-¡Magnifica compañía! -murmuró Heathcliff. Coja la
vela y váyase a donde quiera. Me reuniré con usted ense-
guida. No salga al patio, porque los perros están sueltos. Ni
al salón, porque June está allí de vigilancia. De modo que
tiene que limitarse a andar por los pasillos y las escaleras.
36CUMBRES BORRASCOSAS
No obstante, váyase. Yo seré con usted dentro de dos mi-
nutos.
Obedecí y me alejé de la habitación cuanto pude, pero
como no sabía adónde iban a parar los estrechos pasillos,
me detuve, y entonces asistí a unas demostraciones supers-
ticiosas que me extrañaron, tratándose de un hombre tan
práctico, al parecer, como mi casero.
Había entrado en el lecho, y de un tirón abrió la venta-
na, mientras estallaba en sollozos.
-¡Ven, Catalina -decía-, ven! Te lo suplico una vez más.
¡Oh amada de mi corazón, ven, ven al fin!
Pero el fantasma, con uno de los caprichos de todos los
espectros, no se dignó aparecer. En cambio, el viento y la
nieve entraron por la ventana y me apagaron la luz.
Tanto dolor y tanta angustia se transparentaban en la
crisis sufrida por aquel hombre, que me retiré, reprochán-
dome el haberle escuchado y el haberle relatado mi pesadi-
lla, que le había afectado de tal manera por razones a que
no alcanzaba mi comprensión. Descendí al piso bajo y lle-
gué a la cocina, donde pude encender la bujía en el rescoldo
de la lumbre. No se veía allí ser viviente, excepto un gato
que salió de entre las cenizas y me saludó con un lastimero
maullido.
Dos bancos semicirculares estaban arrimados al hogar.
Me tendí en uno de ellos y el gato se instaló en el otro. Ya
empezábamos ambos a dormirnos, cuando un intruso inva-
dió nuestro retiro. Era José, que bajaba por una escalera de
madera que debía de conducir a su camaranchón. Dirigió
una tétrica mirada a la llama que yo había encendido, ex-
37E M I L Y
BRONTE
pulsó al gato, ocupando su sitio, y se dedicó a cargar de ta-
baco una pipa que medía ocho centímetros de longitud.
Debía considerar mi presencia en su santuario como una
irreverencia tal que no merecía ni comentarios siquiera.
Siempre silenciosamente se llevó la pipa a la boca, se
cruzó de brazos y empezó a fumar. Yo no interrumpí su
placer, y él, después de aspirar la última bocanada, se levan-
tó exhalando un hondo suspiro, y se fue tan gravemente
como vino.
Sonaron cerca de mí otras pisadas más elásticas, y ape-
nas yo abrí la boca para saludar, la cerré de nuevo al oír que
Hareton Earnshaw se dedicaba a recitar en voz contenida
una salmodia compuesta de tantas maldiciones como obje-
tos iba tocando, mientras revolvía en un rincón en busca de
una pala o de un azadón con que quitar la nieve. Me miró,
dilató las aletas de la nariz, y tanto se le ocurrió saludarme a
mí como al gato que me hacía compañía. Comprendiendo
por sus preparativos que se disponía a salir, abandoné mi
duro lecho y me dispuse a seguirle. Él lo observó, y con el
mango de la azada me señaló una puerta.
Tal puerta comunicaba con el salón, en donde estaban
ya las mujeres. Zillah avivaba el fuego con un fuelle colo-
sal, y la señora Heathcliff, reclinada ante la lumbre, leía un
libro al resplandor de las llamas. Mantenía suspendida la
mano entre el fuego y sus ojos, y permanecía embebecida
en la lectura, que sólo interrumpía de cuando en cuando
para reprender a la cocinera si hacía saltar chispas sobre ella
o para separar a alguno de los perros que a veces la rozaban
con el hocico. Me sorprendió ver también allí a Heathcliff,
38CUMBRES BORRASCOSAS
en pie junto al hogar, de espaldas a mí, y, al parecer, con-
cluyendo entonces de reprender a la pobre Zillah, la cual,
de cuando en cuando, suspendía su tarea, se recogía una
punta del delantal y suspiraba.
-En cuanto a ti, miserable... -y Heathcliff profirió una
palabra que no puede transcribirse, dirigiéndose a su nuera-,
ya veo que continúas con tus odiosas mañanas de siempre.
Los demás trabajan para ganarse el pan que comen, y úni-
camente tú vives de mi caridad. ¡Fuera ese mamotreto y
haz algo útil! ¡Deberías pagarme por la desgracia de estar
viéndote siempre! ¿Me oyes, bestia?
-Dejaré mi libraco, porque si no me lo podría usted qui-
tar -respondió la joven, dejándolo sobre una silla. Pero aun-
que se le abrase a usted la boca injuriándome no haré más
que lo que se me antoje.
Heathcliff alzó la mano, pero su interlocutora, proban-
do que tenía costumbre de aquellas escenas, se puso de un
salto fuera de su alcance. Como tal contienda, a estilo de
perro y gato, no era agradable de presenciar, me aproximé a
la lumbre fingiendo no haber reparado en la disputa, y ellos
tuvieron el decoro de disimular. Heathcliff, para no caer en
la tentación de golpear a su nuera, se metió las manos en
los bolsillos. La mujer se retiró a un rincón, y mientras es-
tuve allí, permaneció callada como una estatua. Pero yo no
me retrasé más tiempo. Decliné la invitación que me hicie-
ron para que les acompañase a desayunar, y en cuanto
apuntó la primera claridad de la aurora, salí al aire libre, que
estaba frío como el hielo.
39E M I L Y
BRONTE
Mi casero me llamó mientras yo cruzaba el jardín, brin-
dándose para acompañarme a través de los pantanos. Hizo
bien, ya que la colina estaba convertida en un ondulante
mar de nieve que ocultaba todas las desigualdades del te-
rreno. La impresión que yo guardaba de la topografía del
terreno no respondía en nada a lo que ahora veíamos, por-
que los hoyos estaban llenos de nieve, y los montones de
piedras -reliquias del trabajo de las canteras- que bordeaban
el camino, habían desaparecido bajo la bóveda. Yo había
distinguido el día anterior una sucesión de hitos erguidos a
lo largo del camino y blanqueados con cal, para que sirvie-
sen de referencia en la oscuridad y también cuando las ne-
vadas podían hacer confundir la tierra segura del camino
con las movedizas charcas de sus márgenes. Pero ahora ni
siquiera se percibían aquellos jalones. Mi acompañante tuvo
que advertirme varias veces para impedir que yo me saliera
del sendero.
Hablamos muy poco. A la entrada del parque de la
granja, Heathcliff se detuvo, me dijo que suponía que ya no
me extraviaría, y con una simple indicación de la cabeza
nos despedimos. En la portería no había nadie, y recorrer
las dos millas que distaban hasta la granja me costó dos ho-
ras, dadas las muchas veces que equivoqué el camino, ex-
traviándome en la arboleda y hundiéndome, en ocasiones,
en nieve hasta la nuca. El reloj daba las doce cuando llegué
a mi casa. Había caminado a razón de un kilómetro y medio
por hora desde que salí de Cumbres Borrascosas.
Mi ama de llaves y sus satélites acudieron tumultuosa-
mente a recibirme, y me aseguraron que me daban por
40CUMBRES BORRASCOSAS
muerto y que pensaban en ir a buscar mi cadáver entre la
nieve. Les aconsejé que se calmaran, puesto que al fin había
regresado. Subí dificultosamente las escaleras y entré en mi
habitación. Estaba entumecido hasta los huesos. Me cam-
bié de ropas y paseé por la estancia treinta o cuarenta minu-
tos para entrar en calor y luego me instalé en el despacho,
tal vez demasiado lejos del alegre fuego y el humeante café
que el ama de llaves había preparado con objeto de hacer-
me reaccionar.
41E M I L Y
BRONTE
Capítulo cuarto
Verdaderamente somos veleidosos los seres humanos.
Yo que había resuelto mantenerme al margen de toda so-
ciedad humana y que agradecía a mi buena estrella el haber
venido a parar a un sitio donde mis propósitos podían reali-
zarse plenamente; yo, desdichado de mí, me vi obligado a
arriar bandera, después de aburrirme mortalmente durante
toda la tarde, y, pretextando interés por conocer detalles
relativos a mi alojamiento, pedí a la señora Dean, cuando
me trajo la cena, que se sentase un momento con el propó-
sito de tirarle de la lengua y mantener una conversación que
o me levantase un poco el ánimo o me fastidiase definiti-
vamente.
-Usted vive aquí hace mucho tiempo -empecé. Me dijo
que dieciséis años, ¿no?
-Dieciocho señor. Vine al servicio de la señora cuando
se casó. Al faltar la señora, el señor me conservó como ama
de llaves.
-Ya...
42CUMBRES BORRASCOSAS
Hubo una pausa. Pensé que no era amiga de chismo-
rrear o que acaso lo sería sólo para sus propios asuntos. Y
estos no me interesaban.
Pero, al cabo de algunos momentos, exclamó, poniendo
las manos sobre las rodillas, mientras una expresión medita-
tiva se pintaba en su rostro:
-Los tiempos han cambiado mucho desde entonces.
-Sí -comenté. Habrá asistido usted a muchas modifica-
ciones...
-Y a muchos disgustos también.
«Haré que la conversación recaiga sobre la familia de
mi casero -pensé. ¡Debe de ser un tema entretenido! Me
gustaría saber la historia de aquella bonita viuda, averiguar
si es del país o no, lo cual me parece lo más probable, ya
que aquel grosero indígena no la reconoce como de su cas-
ta...» Y con esta intención pregunté a la señora Dean si co-
nocía los motivos por los cuales Heathcliff alquilaba la
Granja de los Tordos, reservándose una residencia mucho
peor.
-¿Acaso no es bastante rico? -interrogué.
-¡Bastante rico! Nadie sabe cuánto capital posee, y,
además, lo aumenta de año en año. Es lo suficientemente
rico para vivir en una casa aún mejor que esa que usted ha-
bita, pero es... muy agarrado... En cuanto ha oído hablar de
un buen inquilino para la granja no ha querido desaprove-
char la ocasión. No comprendo que sea tan codicioso cuan-
do se está solo en el mundo.
_¿No tuvo un hijo?
-Sí; pero murió.
43E M I L Y
BRONTE
-Y la señora Heathcliff, aquella tan guapa, ¿es su viu-
da?
-Sí.
-¿De dónde es?
-Pero, ¡señor, si es la hija de mi difunto amo...! De sol-
tera se llamaba Catalina Linton. Yo la crié. Me hubiera gus-
tado que el señor Heathcliff viniera a vivir aquí para estar
juntas otra vez.
-¿Catalina Linton? -exclamé, asombrado. Luego, al re-
flexionar, comprendí que no podía ser la Catalina Linton de
la habitación en que dormí. ¿Así que el antiguo habitante
de esta casa se llamaba Linton?
-Sí, señor.
_¿Y quién es aquel Hareton Earnshaw que vive con
Heathcliff? ¿Son parientes?
-No. Es el sobrino de la difunta señora Linton.
-Primo de la joven, ¿entonces?
-Sí. El marido de ella era también primo suyo. Uno, por
parte de madre, otro, por parte de padre. Heathcliff se casó
con la hermana del señor Linton.
-En la puerta principal de Cumbres Borrascosas he vis-
to una inscripción que dice: «Earnshaw». Así que supongo
que se trata de una familia antigua...
-Muy antigua, señor. Hareton es un postrero descen-
diente y Catalina la última de nosotros,... quiero decir, de
los Linton... ¿Ha estado usted en Cumbres Borrascosas?
Dispense la curiosidad, pero quisiera saber cómo ha encon-
trado a la señora.
44CUMBRES BORRASCOSAS
-¿La señora Heathcliff? Me pareció muy bonita, pero
creo que no es muy feliz.
-¡Oh Dios mío, no es de extrañar! ¿Y qué opina usted
del amo?
-Me parece un tipo bastante áspero, señora Dean. ¿Es
siempre así?
-Es áspero como el corte de una sierra y tan duro como
el pedernal; cuanto menos le trate, mejor.
-Debe de haber tenido una vida muy accidentada para
haberse vuelto de ese modo... ¿Sabe usted su historia?
-La sé toda, excepto quiénes fueron sus padres y dónde
ganó su primer dinero. A Hareton le han dejado sin nada...
El pobre chico es el único de la parroquia que ignora la es-
tafa que le han hecho.
-Vaya, señora Dean, pues haría usted una buena obra si
me contara algo sobre esos vecinos. Si me acuesto no podré
dormir. Así que siéntese usted y charlaremos un ratito...
-¡Oh, sí, señor! Precisamente tengo unas cosas que co-
ser. Me sentaré todo el tiempo que usted quiera. Pero está
usted tiritando de frío y es necesario que tome algo para
reaccionar.
Y la digna señora salió presurosamente. Me senté junto
al fuego. Tenía la cabeza ardiendo y el resto del cuerpo he-
lado. Estaba excitado y sentía los nervios en tensión. No
dejaba de inquietarme el pensar en las consecuencias que
pudieran tener para mi salud los incidentes de aquella visita
a Cumbres Borrascosas.
El ama de llaves, volvió enseguida, trayendo un tazón
humeante y una cesta de labor. Colocó la vasija en la repisa
45E M I L Y
BRONTE
de la chimenea y se sentó, con aire de satisfacción, motiva-
da sin duda por hallar un señor tan amigo de la familiaridad.
-Antes de venir a vivir aquí -comenzó, sin esperar que
yo volviese a invitarla a contarme la historia- residí casi
siempre en Cumbres Borrascosas. Mi madre había criado a
Hindley Earnshaw, el padre de Hareton, y yo solía jugar
con los niños. Andaba por toda la finca, ayudaba a las fae-
nas y hacía los recados que me ordenaban. Una hermosa
mañana de verano (recuerdo que era a punto de comenzar
la siega) el señor Earnshaw, el amo antiguo, bajó la escalera
con su ropa de viaje, dio instrucciones a José sobre las ta-
reas del día, y dirigiéndose a Hindley, a Catalina y a mí, que
estábamos almorzando juntos, preguntó a su hijo:
-¿Qué quieres que te traiga de Liverpool, pequeño? Eli-
ge lo que quieras, con tal que no abulte mucho, porque ten-
go que ir y volver a pie, y es una caminata de cien
kilómetros.
Hindley le pidió un violín, y Catalina, que aunque no
tenía todavía seis años ya sabía montar todos los caballos
de la cuadra, pidió un látigo. A mí, el señor, me prometió
traerme peras y manzanas. Era bueno, aunque algo severo.
Luego besó a los niños y se fue.
Durante los tres días de su ausencia, la pequeña Catali-
na no hacía más que preguntar por su padre. La noche del
tercer día, la señora esperaba que llegase a tiempo para la
cena, y fue alargándola hora tras hora. Los niños acabaron
cansándose de ir a la verja para ver si su padre venía. Oscu-
reció, la señora quería acostar a los pequeños, y ellos le ro-
gaban que les dejara esperar. A las once, el señor apareció
46CUMBRES BORRASCOSAS
por fin. Se dejó caer en una silla, diciendo, entre risas y
quejas, que no volvería a hacer una caminata así por todo
cuanto había en los tres reinos de la Gran Bretaña.
-Y, al fin, por poco reviento -añadió, abriendo su gabán.
Mira lo que traigo aquí, mujer. No he llevado en mi vida
peso más grande; acógelo como un don que nos envía Dios;
aunque, por lo negro que es, parece más bien un enviado
del diablo.
Le rodeamos y por encima de la cabeza de Catalina pu-
de distinguir un sucio y andrajoso niño de cabellos negros.
Aunque era lo bastante crecido para andar y hablar, ya que
parecía mayor que Catalina, cuando le pusimos en pie en
medio de todos, permaneció inmóvil mirándonos con turba-
ción y hablando en una jerga ininteligible. Nos asustó, y la
señora quería echarle de casa. Luego preguntó al amo que
cómo se le había ocurrido traer a aquel gitanito, cuando
ellos ya tenían hijos propios que cuidar. ¿Qué significaba
aquello? ¿Se había vuelto loco? El señor intentó explicar lo
sucedido, pero como estaba tan fatigado y ella no dejaba de
reprenderle, yo no saqué en limpio sino que el amo había
encontrado al chiquillo hambriento y sin hogar ni familia en
las calles de Liverpool, y había resuelto recogerlo y traerle
consigo. La señora acabó calmándose y el señor Earnshaw
me mandó lavarle, ponerle ropa limpia y acostarle con los
niños.
Hindley y Catalina callaron y escucharon hasta que la
tranquilidad se restableció. Y entonces empezaron a buscar
en los bolsillos de su padre los prometidos regalos. Hindley
era ya un rapaz de catorce años; pero cuando encontró en
47E M I L Y
BRONTE
uno de los bolsillos los restos de lo que había sido un violín,
rompió a llorar; y Catalina, al oír que el amo había perdido
el látigo que le traía por atender al intruso, demostró su dis-
gusto escupiendo al chiquillo y haciéndole despectivas
muecas. Ello le valió un bofetón de su padre. Los hermanos
se negaron en absoluto a admitirle en sus lechos, y a mí no
se me ocurrió cosa mejor que dejarle en el rellano de la es-
calera, esperando que se marchase al llegar la mañana. Bien
porque oyese sonar la voz del señor o por lo que fuera, el
chico se dirigió a la habitación del amo, y éste, al averiguar
cómo había llegado allí, y saber dónde yo le había dejado,
castigó mi despreocupación prescindiendo de mis servicios.
Así se introdujo Heathcliff en la familia. Yo volví a la
casa días después, ya que mi expulsión no llegó a ser defini-
tiva, y encontré que habían dado al intruso el nombre de
Heathcliff, que era el de un niño de los amos que había
muerto muy pequeño. Desde entonces, ese Heathcliff le
sirvió de nombre y de apellido. Catalina y él hicieron muy
buenas migas, pero Hindley le odiaba y yo también. Ambos
le maltratábamos a menudo, y la señora no intervino nunca
para defenderle.
Se comportaba como un niño adusto y paciente. Quizá
estuviera acostumbrado a sufrir malos tratos. Aguantaba sin
parpadear los golpes de Hindley y no vertía ni una lágrima.
Si yo le pellizcaba, no hacía más que suspirar profundamen-
te, como si por casualidad se hubiese hecho daño él solo.
Cuando descubrió el señor Earnshaw que su hijo maltrataba
al pobre huérfano, como él le llamaba, se enfureció. Profe-
saba a Heathcliff un sorprendente afecto (más incluso que a
48CUMBRES BORRASCOSAS
Catalina, que era muy traviesa), y creía cuanto él le decía,
aunque, desde luego, en lo referente a las persecuciones de
que era objeto, no llegaba a contar todas las que en realidad
padecía.
De manera que, desde el principio, Heathcliff sembró
en la casa la semilla de la discordia. Cuando, dos años más
tarde, falleció la señora, Hindley consideraba a su padre
como un tirano y a Heathcliff como a un intruso que le ha-
bía robado el cariño paterno y sus privilegios de hijo. Yo
compartía sus opiniones; pero cuando los niños enfermaron
del sarampión cambié de criterio. Tuve que cuidarlos, y
Heathcliff, mientras estuvo grave, quería tenerme siempre a
su lado. Debía de parecerle que yo era muy buena para él,
sin comprender que no hacía sino cumplir con mi obliga-
ción. Hay que reconocer que era el niño más pacífico que
haya atendido jamás una enfermera. Mientras Catalina y su
hermano me importunaban de un modo horrible, él era
manso como un cordero, si bien ello se debía a la costum-
bre de sufrir más que a una natural bondad.
Cuando se restableció y el médico aseguró que en parte
su alivio era consecuencia de mis cuidados, me sentí agra-
decida hacia quien me había hecho merecer tales alabanzas.
Así perdió Hindley la aliada que tenía en mí. De todos mo-
dos, mi afecto por Heathcliff no era ciego, y frecuentemen-
te me preguntaba para mis adentros qué era lo que el amo
podría ver en aquel niño, el cual, si mal no recuerdo, jamás
recompensó a su protector con expresión alguna de grati-
tud. No es que obrase con insolencia hacia el amo, sino que
demostraba indiferencia, aunque le constase que bastaba
49E M I L Y
BRONTE
una palabra suya para que toda la casa hubiera de plegarse a
sus deseos.
Recuerdo, por ejemplo, la ocasión en que el señor Ear-
nshaw compró dos potros en la feria del pueblo y regaló
uno a cada muchacho. Heathcliff eligió el más hermoso,
pero habiendo notado al poco tiempo que renqueaba, dijo a
Hindley:
-Tienes que cambiar de caballo conmigo, porque el mío
no me agrada. Si no lo quieres hacer, le contaré a tu padre
que me has dado esta semana tres palizas, y le enseñaré mi
brazo lleno de cardenales.
Hindley le abofeteó.
-Lo mejor es que hagas enseguida lo que te digo
-continuó Heathcliff, saliendo al portal desde la cuadra,
donde estaban-. ¡Ya sabes que si hablo a tu padre te pegará!
-¡Largo de aquí, perro! -gritó Hindley amenazándole
con un pilón de hierro de una romana.
-Tíramelo -dijo Heathcliff parándose. Yo diré que te
has vanagloriado de que me echarías a la calle en cuanto tu
padre muera, y veremos si entonces no eres tú el que sales
de esta casa.
Hindley le tiró la pesa, que alcanzó a Heathcliff en el
pecho. Cayó al suelo, pero se levantó enseguida, pálido y
tambaleante. A no habérselo yo impedido, hubiera ido in-
mediatamente a presentarse al amo, sólo para que por su
estado se diera cuenta de la mala acción de Hindley.
-Coge mi caballo, gitano -rugió entonces el joven Ear-
nshaw-, y ¡ojalá te desnuques con él! ¡Tómalo y maldito
seas, miserable intruso! Anda y arranca a mi padre cuanto
50CUMBRES BORRASCOSAS
tiene, y demuéstrale quién eres después, engendro de Sata-
nás. ¡Tómalo, y así te rompa a coces el cráneo!
Heathcliff se dirigió al animal y se puso a desatarlo para
cambiarlo de sitio. Hindley, al terminar de hablar, le derribó
de un golpe entre las pezuñas del caballo, y sin detenerse a
ver si sus maldiciones se cumplían, salió corriendo. Me
asombró la serenidad con que el niño se levantó y realizó
sus intenciones, cambiando, antes que nada, los arreos de
las caballerías, después de lo cual se sentó en un haz de he-
no, esperando le pasara el efecto del violento golpe sufrido,
antes de volver a entrar en la casa. No me fue difícil con-
vencerle de que atribuyese al caballo la culpa de sus contu-
siones. Había conseguido lo que deseaba, y lo demás le
importaba poco. Viendo que casi nunca se lamentó de inci-
dentes, como aquel, yo no le creía vengativo; pero mi equi-
vocación fue grande, como va usted a comprobar.
51E M I L Y
BRONTE
Capítulo quinto
Según transcurría el tiempo, el señor Earnshaw no iba
siendo el mismo. Tiempo atrás era un hombre enérgico y
sano; pero cuando sus fuerzas le abandonaron y se vio obli-
gado a pasarse la vida al lado de la chimenea, se convirtió
en suspicaz e irritable. Se ofendía por la menor cosa y se
enfurecía ante cualquier imaginaria falta de respeto. Espe-
cialmente podía apreciarse cuando se pretendía hacer a su
favorito objeto de algún engaño o avasallarle. Velaba celo-
samente para que no le molestasen de palabra, y parecía
que tenía metida en la cabeza la idea de que el cariño con
que distinguía a Heathcliff hacía que todos le odiasen y de-
seasen perjudicarle. Esto iba en perjuicio del muchacho,
porque como ninguno queríamos hacer enfadar al amo, nos
plegábamos a todos los caprichos de su preferido, y con ello
fomentábamos su soberbia y mal carácter. En dos o tres
ocasiones, los desprecios que Hindley hacía a Heathcliff en
presencia de su padre excitaron la cólera del anciano, quien
cogía su bastón para golpear a su hijo y se estremecía de
furor al no poder hacerlo por falta de vigor.
52CUMBRES BORRASCOSAS
Finalmente, el cura (porque entonces había aquí un cu-
ra que se ganaba la vida dando lecciones a los niños de las
familias Linton y Earnshaw y labrando él mismo su terreno)
aconsejó que se enviara a Hindley al colegio, y el señor
Earnshaw consintió en ello, aunque de mala gana, ya que
decía que Hindley era torpe y que no haría nunca nada de
provecho.
Yo abrigaba la esperanza de que la paz se restableciera
entonces, porque me dolía mucho que el amo estuviera pa-
gando las consecuencias de su buena acción. Suponía que
los disgustos familiares estaban amargando su vejez. Por lo
demás, hacía cuanto quería, y las cosas no hubieran ido del
todo mal a no ser por la señorita Catalina y por José el cria-
do. Supongo que usted le habrá visto... Era, y debe de se-
guir siendo, el más odioso fariseo que se haya visto nunca,
siempre pronto a creerse objeto de las bendiciones divinas y
a lanzar maldiciones en nombre de Dios sobre su prójimo.
Sus sermones producían mucha impresión al señor Ear-
nshaw, y a medida que éste se iba debilitando, crecía su as-
cendiente sobre él. No cesaba José un momento de
mortificarle con consideraciones sobre la salvación eterna y
sobre la necesidad de educar bien y rígidamente a sus hijos.
Procuraba hacerle considerar a Hindley como a un réprobo,
y le contaba largos relatos de diabluras de Heathcliff y Ca-
talina, sin perjuicio de acumular las mayores culpas sobre
ésta, con lo que creía adular las inclinaciones del padre.
Desde luego, era la niña más caprichosa y traviesa que
se haya visto jamás, y nos hacía perder la paciencia mil ve-
ces al día. Desde que se levantaba hasta que se acostaba no
53E M I L Y
BRONTE
nos dejaba estar un minuto tranquilo. Tenía siempre el ge-
nio pronto a la disputa y no daba nunca paz a la lengua.
Cantaba, reía y se burlaba de todo el que no hiciese lo mis-
mo que ella. Sin embargo, creo que no tenía malos senti-
mientos, porque cuando hacía sufrir a alguien de veras se
apresuraba a acudir a su lado para consolarle. Pero tenía
hacia Heathcliff un excesivo afecto. No podía aplicársele
castigo mayor que separarla de él, a pesar de que por su
culpa siempre estaban riñéndola. Cuando jugaba, le gustaba
hacer de señora, y usaba las manos más de la cuenta para
imponer su voluntad. Quería hacer igual conmigo; pero yo
le hice saber que no estaba dispuesta a soportar sus golpes
ni sus mandatos.
El señor Earnshaw no sabía tolerar los juegos infanti-
les. Siempre había sido severo con los niños, y Catalina no
acertaba a explicarse por qué en su ancianidad era todavía
más gruñón. Sentía verdadero y maligno placer en provo-
carle. Era más feliz que nunca, replicándonos con mordaci-
dad y burlándose de las piadosas invocaciones de José,
buscándonos las vueltas, y, en suma, haciendo lo que más
desagradaba a su padre. Además, obraba como si estuviera
interesada en demostrar que tenía más imperio sobre Hea-
thcliff, a despecho de su insolencia, que su padre con todas
las bondades que le prodigaba. Después de hacer durante el
día todo el mal que le era posible, al llegar la noche acudía
al señor Earnshaw mimosamente, queriendo hacer las paces
con él a fuerza de zalamerías.
-Vete, vete, Catalina -decía el anciano-; no me es posi-
ble quererte. Eres todavía peor que tu hermano. Anda, vete
54CUMBRES BORRASCOSAS
a rezar y pide a Dios que te perdone. Mucho temo que haya
de pesarnos el haberte traído al mundo.
Al principio, estos razonamientos le hacían llorar, pero
luego se habituó a ellos y se echaba a reír cuando su padre
le mandaba que pidiese perdón de sus faltas.
Al fin llegó el momento en que terminasen los dolores
del señor Earnshaw en este mundo. Murió una noche de
octubre, plácidamente, estando sentado en su sillón al lado
del fuego. Soplaba un fuerte viento en torno a la casa, reso-
nando en el cañón de la chimenea. Era un viento salvaje y
tempestuoso, pero no frío. Todos estábamos juntos: yo un
poco apartada de la lumbre haciendo calceta, y José leyendo
la Biblia. Los criados, entonces, una vez que terminaban
sus faenas solían reunirse con los amos en el salón. La seño-
rita Catalina estaba aplacada, porque se hallaba convale-
ciente y permanecía apoyada en las rodillas de su padre.
Heathcliff se había tumbado en el suelo, con la cabeza en-
cima de la falda de Catalina. El señor, me acuerdo muy
bien, antes de caer en el letargo de que no debía salir, acari-
ciaba la hermosa cabellera de la muchacha, y, extrañado de
verla tan juiciosa, decía:
-¿Por qué no has de ser siempre una niña buena? Ella le
miró, se echó a reír y repuso:
-¿Y usted, padre, por qué no había de ser bueno?
Pero viendo que se disgustaba, le besó la mano y le dijo
que iba a cantar para que se adormeciese. Empezó, en efec-
to, a cantar en voz baja. Al cabo de un rato, los dedos del
anciano se desprendieron de los cabellos de la niña y reclinó
la cabeza sobre el pecho. Le dije que se callara y que no se
55E M I L Y
BRONTE
moviera para no despertar al amo. Durante más de media
hora permanecimos en silencio, y aún hubiéramos seguido
más tiempo así, a no haberse levantado José diciendo que
era hora de despertar al señor para rezar y acostarse. Se
adelantó y le tocó en el hombro; mas notando que no se
movía, cogió la vela para observarle mejor. Cuando retiró la
luz comprendí que pasaba algo anormal. Cogió a cada niño
por un brazo y les dijo en voz baja que subiesen a su cuarto
y rezasen solos, porque él tenía mucho que hacer aquella
noche.
-Voy primero a dar las buenas noches a papá -dijo Ca-
talina.
-¡Oh, ha muerto, Heathcliff! Ha muerto...
Y ambos empezaron a sollozar de un modo que desga-
rraba el alma.
Yo también comencé a llorar; pero José nos interrumpió
diciéndonos que por qué nos lamentábamos por un santo
que se había ido al cielo. Después me mandó ponerme el
abrigo y correr a Gimmerton a buscar al médico y al sacer-
dote. Yo no podía comprender de qué iban a servir ya uno
ni otro; pero, no obstante, salí presurosamente, a pesar del
viento y la lluvia. El médico vino inmediatamente. Dejé a
José explicándose con el doctor y subí al cuarto de los ni-
ños. Tenían la puerta abierta y no habían pensado en acos-
tarse, aunque era más de medianoche; pero estaban más
calmados y no necesitaban de mis consuelos. En su inocen-
te conversación, las ingenuas almitas se describían mutua-
mente las bellezas del cielo como ningún sacerdote hubiera
sabido hacerlo. Mientras les escuchaba, llorando, no pude
56CUMBRES BORRASCOSAS
por menos de celebrar el que nos halláramos allí los tres
juntos, a cubierto de mal...
57E M I L Y
BRONTE
Capítulo sexto
El señor Hindley vino para asistir al entierro, y, con
gran asombro de la vecindad, trajo una mujer con él. Nunca
nos dijo quién era ni dónde había nacido. Debía de carecer
de fortuna y de nombre distinguido, porque, en otro caso,
no hubiera dejado de anunciar al padre su matrimonio.
Ella no causó muchas molestias en casa. Se mostraba
encantada de cuanto veía, excepto lo relacionado con el
sepelio. Viéndola cómo obraba durante la ceremonia, juz-
gué que era medio tonta. Me hizo acompañarla a su habita-
ción, a pesar de que yo tenía que vestir a los niños, y se
sentó, temblando y apretando los puños. No hacía más que
preguntarme:
-¿Se lo han llevado ya?
Enseguida empezó a explicar de una manera histérica el
efecto que le producía tanto luto. Viéndola estremecerse y
llorar, le pregunté lo que le pasaba, y me contestó que temía
morir. Me pareció que tan expuesta estaba a morir como yo.
Era delgada, pero tenía la piel fresca y juvenil, y sus ojos
brillaban como diamantes. Noté, sin embargo, que cual-
58CUMBRES BORRASCOSAS
quier ruido inesperado la sobresaltaba, y que tosía de cuan-
do en cuando; pero yo ignoraba lo que tales síntomas pro-
nosticaban, y no sentía, además, afecto hacia ella.
Aquí, en general, señor Lockwood, no solemos simpati-
zar mucho con los forasteros, a no ser que ellos empiecen
por simpatizar con nosotros.
El joven Earnshaw había cambiado mucho en aquellos
tres años. Estaba más delgado y más pálido, y vestía y ha-
blaba de un modo distinto. El mismo día que llegó, nos ad-
virtió a José y a mí que debíamos limitarnos a la cocina,
dejándole el salón para su uso exclusivo. Al principio pensó
en acomodar para saloncito una estancia interior, empape-
lándola y acondicionándola; pero tanto le gustó a su mujer
el salón, con su suelo blanco, su enorme chimenea, su apa-
rador y sus platos, y tanto le satisfizo la amplitud y comodi-
dad que se disfrutaba allí, que prefirieron utilizar aquella
habitación para cuarto de estar.
Al principio, la mujer de Hindley se manifestó contenta
de ver a su cuñada. Andaba con ella por la casa, jugaban
juntas, la besaba y le hacía obsequios; pero pronto se cansó,
y a medida que disminuía en sus muestras de cariño, Hin-
dley se volvía más déspota. Cualquier palabra de su mujer
que indicase desafecto hacia Heathcliff despertaba en él sus
antiguos odios infantiles. Le hizo instalar con los criados, y
le mandó que se aplicase a las mismas tareas de labranza
que los otros mozos de la finca.
Al principio, Heathcliff toleró bastante resignadamente
su nuevo estado. Catalina le enseñaba lo que ella aprendía,
trabajaba en el campo con él y jugaban juntos. Los dos iban
59E M I L Y
BRONTE
creciendo en un abandono completo, y el joven amo no se
preocupaba para nada de lo que hacían, con tal que no le
molestaran. Ni siquiera se ocupaba de que fueran a la igle-
sia los domingos. Cada vez que los chicos se escapaban y
José o el cura le censuraban su descuido, se limitaba a man-
dar que apaleasen a Heathcliff, y que castigasen sin comer a
Catalina. No conocían mejor diversión que escaparse a los
pantanos, y cuando se les castigaba por ello, lo tomaban a
risa. Aunque el cura marcase a Catalina cuantos capítulos
se le antojaran para que los aprendiera de memoria, y aun-
que José pegase a Heathcliff, hasta dolerle el brazo, los chi-
quillos lo olvidaban todo en cuanto volvían a estar juntos.
Yo lloré más de una vez silenciosamente, viéndoles crecer
más traviesos cada día; pero no me atrevía a decirles nada,
por temor a perder el poco ascendiente que aún conservaba
sobre las desamparadas criaturas. Un domingo, por la tarde,
les hicieron salir al salón en virtud de alguna travesura que
habían cometido, y cuando fui a buscarlos, no los encontré
por ningún sitio. Registramos la casa, el patio y el establo,
sin hallar huella de ellos. Finalmente, Hindley, indignado,
mandó cerrar la puerta con cerrojo y prohibió que nadie les
abriese si volvían durante la noche. Todos se acostaron
menos yo, que me quedé en la ventana, con objeto de
abrirles, si llegaban, a pesar de la prohibición del amo. Al
poco rato, oí pasos y vi brillar una luz al otro lado de la
verja. Me puse un pañuelo a la cabeza, y me apresuré a sa-
lir, a fin de que no llamasen, y despertaran al señor. El re-
cién llegado era Heathcliff, y el corazón me dio un vuelco al
verle solo.
60CUMBRES BORRASCOSAS
-¿Dónde está la señorita? -grité con impaciencia. Espe-
ro que no le haya pasado nada.
-Está en la Granja de los Tordos -repuso-, estaría yo
también si hubiesen tenido la atención de decirme que me
quedase.
-Bueno -le dije-; pues ya pagarás las consecuencias. No
pararás hasta que te echen de casa. ¿Qué teníais que hacer
en la Granja de los Tordos?
-Déjame cambiar de ropa, y ya te lo contaré, Elena
-contestó.
Le recomendé que procurara no despertar al amo, y
mientras yo esperaba a que se desnudase para apagar la ve-
la, continuó:
-Pues Catalina y yo salimos del lavadero pensando dar
una vuelta. Luego vimos las luces de la Granja, y se nos
ocurrió ir a ver si los niños de los Linton se pasan los do-
mingos escondidos en los rincones y temblando, mientras
sus padres comen, beben, ríen, cantan y se queman las pes-
tañas delante del fuego. ¿Tú crees que lo pasan así, o bien
que el criado les pronuncia sermones, les enseña el catecis-
mo y les hace que se aprendan de carretilla una lista de
nombres de la Sagrada Escritura si no contestan con acier-
to?
-No lo creo -respondí-, porque son niños buenos y no
merecen que se les trate como a vosotros por lo mal que os
portáis.
-¡Tonterías! -replicó. Fuimos corriendo desde las Cum-
bres hasta el parque sin pararnos. Catalina llegó rendida,
porque iba descalza. Tendrás que buscar mañana sus zapa-
61E M I L Y
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tos en el barro. Entramos por un hueco que encontramos en
el seto, subimos a tientas el sendero y nos instalamos en
una maceta bajo la ventana del salón. No habían cerrado las
maderas; las cortinas estaban a sólo medio echar, y una es-
pléndida luz salía a través de los cristales. Nos empinamos,
y sujetándonos al antepecho de la ventana, vimos una mag-
nífica habitación con una alfombra carmesí. El techo era
blanco como la nieve, tenía una orla dorada y pendía de él
un torrente de gotas de cristal, suspendidas de una cadena
de plata, y brillando con la luz, de muchas bujías. Los viejos
Linton no estaban allí, y Eduardo y su hermana disponían
de todo aquel cuarto para ellos. ¿Cómo no iban a ser feli-
ces? A nosotros nos hubiera parecido estar en el cielo. Y
ahora vamos a ver si adivinas lo que hacían esos niños bue-
nos que tú dices. Isabel (que me parece que tiene once
años, uno menos que Catalina) estaba en un rincón, gritan-
do como si las brujas le pinchasen con agujas ardientes.
Eduardo estaba junto a la chimenea, llorando en silencio, y
encima de la mesa vimos un perrito, al que casi habían par-
tido en dos al pelearse por él, según comprendimos por los
reproches que se dirigían uno a otro y por los gruñidos del
animal. ¡Vaya unos tontos! ¡Pelearse por un montón de pe-
los calientes! Y en aquel momento lloraban porque, después
de pegarle para cogerlo, ya no lo querían ninguno de los
dos.
Nosotros nos moríamos de risa contemplando aquello.
¿Cuándo me has visto alguna vez, cuando estamos solos,
gritar, y llorar, y revolcarnos, cada uno en un extremo del
salón? ¡No cambiaría la vida que hace Eduardo Linton en la
62CUMBRES BORRASCOSAS
Granja de los Tordos por la que hago yo aquí ni aunque me
diesen la satisfacción de poder tirar a José desde lo alto del
tejado y de pintar la fachada de la casa con la sangre de
Hindley!
-¡Cállate, cállate! -le interrumpí- Y, dime, Heathcliff:
¿cómo se ha quedado allí Catalina?
-Como te he dicho, nos echamos a reír. Los Linton nos
oyeron, y se precipitaron a la puerta veloces como flechas.
Hubo un momento de silencio, y después les oímos chillar
«¡Papá, mamá, venid! ¡Ay!» Creo que era algo así lo que gri-
taban. Hicimos entonces un ruido espantoso para asustarlos
más aún, y luego nos soltamos de la ventana y echamos a
correr, porque oímos que alguien intentaba abrirla. Yo lle-
vaba a Catalina de la mano, y le decía que se apresurase,
cuando de pronto cayó al suelo. «¡Corre, Heathcliff! -me
dijo-. Han soltado al perro, y me ha agarrado.» El animal la
había cogido por el tobillo, Elena. Le oí gruñir. Catalina no
gritó. Le habría parecido despreciable gritar aunque se hu-
biese visto entre los cuernos de un toro bravo. Pero yo sí
grité. Lancé tantas maldiciones, que habría bastante con
ellas para pulverizar a todos los diablos del infierno. Luego
cogí una piedra y la metí en la boca del animal, tratando
furiosamente de introducírsela en la garganta. Salió una bes-
tia de criado con un farol y gritó: «¡Sujeta fuerte, E spía, su-
jeta fuerte!» Pero en cuanto vio en qué situación se hallaba
el perro, cambió de tono. El animal tenía un palmo de len-
gua fuera de la boca y chorreaba sangre por el hocico. El
hombre cogió a Catalina, que estaba medio desvanecida, no
de miedo, sino de disgusto, y se la llevó, seguido por mí,
63E M I L Y
BRONTE
que profería toda clase de insultos y amenazas de vengar-
me.
-¿A quien habéis capturado, Roberto? -preguntó Linton
desde la puerta.
-E spía ha agarrado a una muchachita, señor -repuso el
criado-, y aquí hay también un mozalbete que me parece
que es una buena pieza -añadió, sujetándome. Seguramente
los ladrones se proponían hacerlos entrar por la ventana
para que abriesen la puerta cuando estuviéramos dormidos
y poder así asesinarnos impunemente. ¡Calla la lengua, mal-
dito, ladrón! Esa hazaña te costará la horca. No suelte la
escopeta, señor Linton.
-No la suelto, Roberto -contestó el viejo imbécil. Los
truhanes habrán logrado enterarse de que ayer fue día de
cobro, y les habrá parecido buena ocasión. ¡Entrad, entrad,
que os recibiremos bien! Juan, echa la cadena. Eugenia,
dale agua al perro. ¡Han venido a meterse en la ratonera! ¡Y
en domingo nada menos! ¡Qué insolencia! Mira, querida
María: es un niño; no tengas miedo. Pero tiene tan mala fa-
cha, que se haría un bien a la sociedad ahorcándole antes
que realice los crímenes que ha de cometer, a juzgar por su
catadura.
Me llevó bajo la araña del salón. La señora Linton se
puso las gafas para examinarme, y los cobardes chicos se
acercaron también, muy asustados. Isabel balbució:
-¡Qué horror! Enciérralo en el sótano, papá. Se parece
mucho al hijo de la gitana que me robó mi faisancito do-
mesticado. ¿Verdad, Eduardo?
64CUMBRES BORRASCOSAS
Mientras me miraba, apareció Catalina, y se echó a reír
al oír a Isabel. Eduardo Linton, después de contemplarla
fijamente, llegó un momento en que la reconoció. Algunas
veces nos hemos encontrado en la iglesia.
-¡Es Catalina Earnshaw! -exclamó. Y mira cómo le san-
gra el pie, mamá.
-No digas disparates. ¡Catalina Earnshaw en compañía
de un gitano! ¡Oh! Y, sin embargo, lleva luto. Pues es ella.
¡Y pensar que podría haberse quedado coja!
-¡Qué descuido tan incomprensible en su hermano!...
-dijo el señor Linton, volviéndose hacia Catalina- Verdad es
que he sabido por el padre Shielded que no se ocupan para
nada de su educación. ¿Y éste? ¿Quién es éste? ¡Ah, ya!, es
aquel niño vagabundo que nuestro difunto vecino trajo de
Liverpool.
-De todos modos es un niño malo, que no debía vivir
en una casa respetable -observó la vieja señora. ¿Oíste có-
mo hablaba, Linton? Me disgusta que mis hijos le hayan
oído.
Volví a maldecirles cuanto pude -perdóname, Elena- y
entonces mandaron a Roberto que me echase fuera. No
quise irme sin Catalina; pero él me llevó a la fuerza al jar-
dín, me entregó un farol, me dijo que iba a hablar al señor
Earnshaw de mi comportamiento, y, después de ordenarme
que me largara, cerró la puerta.
Como las cortinas seguían descorridas, volví a donde
antes habíamos estado, proponiéndome romper todos los
cristales de la ventana si Catalina quería irse y no se lo per-
mitían. Pero ella estaba sentada tranquilamente en el sofá, y
65E M I L Y
BRONTE
la señora Linton, que le había quitado el mantón de la cria-
da, que habíamos cogido para hacer nuestra excursión, le
hablaba, supongo que reprendiéndola. Como era una señori-
ta la trataban de otra forma que a mí. La criada trajo una
palangana de agua caliente y le lavaron el pie. Luego el se-
ñor Linton le ofreció un vasito de vino dulce, mientras Isa-
bel le ponía en el regazo un plato de bollos y Eduardo
permanecía silencioso a poca distancia. Después le secaron
los pies, la peinaron, le pusieron unas zapatillas que le ve-
nían muy grandes y la sentaron junto al fuego. Así la dejé,
lo más alegre que te puedes imaginar, repartiendo los dulces
con Espía y con el perro pequeño, y a veces haciéndole
cosquillas en el hocico. Todos estaban admirados de ella. Y
no es extraño, porque vale mil veces más que ellos y que
cualquier otra persona. ¿Verdad que sí, Elena?
-Esto traerá consecuencias, Heathcliff -le contesté,
abrigándole y apagando la luz. Eres incorregible. El señor
Hindley tendrá que apelar a medidas rigurosas, ya lo verás.
Mis palabras fueron más ciertas de lo que yo deseara.
Aquella aventura enfureció a Earnshaw. Para colmo, al día
siguiente el señor Linton vino a hablar con el amo y le soltó
tal sermón sobre su modo de educar a los niños, que Hin-
dley se consideró obligado a tener a raya a Heathcliff. No
ordenó que se le pegara, pero le comunicó que a la primera
palabra que dirigiera a Catalina le echarían a la calle. La se-
ñora Earnshaw se encargó de corregir a su cuñada cuando
volviese a casa por medio de la persuasión, ya que por la
fuerza no lo hubiera conseguido.
66CUMBRES BORRASCOSAS
Capítulo séptim o
Catalina estuvo cinco semanas en la Granja de los Tor-
dos, y regresó en Navidad. La herida se le curó, y sus mo-
dales mejoraron mucho. Mientras tanto, la señora la visitó
frecuentemente y puso en práctica su plan de educación,
procurando despertar en Catalina la propia estimación y
haciéndole valiosos regalos de vestidos y otras cosas. De
modo que cuando Catalina volvió, en vez de aquella pe-
queña salvaje que saltaba por la casa toda despeinada, vi-
mos apearse de una bonita jaca negra a una digna personita,
cuyos rizos pendían bajo el velo de un sombrero con plu-
mas, envuelta en un manto largo, que tenía que sostener
con las manos para que no le arrastrase por el suelo.
-Te has puesto muy guapa, Catalina. No te hubiera co-
nocido. Ahora pareces una verdadera señorita. ¿Verdad,
Francisca, que Isabel Linton no puede compararse con ella?
-Isabel Linton no tiene la gracia natural que Catalina,
pero es preciso que esta se deje conducir y no vuelva a ha-
cerse intratable -repuso la esposa de Hindley. Elena, ayuda
67E M I L Y
BRONTE
a desvestirse a la señorita Catalina. Espera, querida, no te
desarregles el peinado. Voy a quitarte el sombrero.
Cuando la despojó del manto apareció bajo él una boni-
ta chaqueta de seda a rayas, pantalones blancos y brillantes
polainas. Los perros acudieron a ella, y aunque sus ojos res-
plandecían de júbilo, no se atrevió a tocar a los animales
por no descomponerse el atuendo. A mí me besó, pero con
precaución, pues yo estaba preparando el bollo de Navidad
y me encontraba toda enharinada. Después buscó con la
mirada a Heathcliff. Los señores esperaban con ansia el
momento de su encuentro con él, a fin de juzgar las proba-
bilidades que tenían de separarla definitivamente de su
amigo.
Heathcliff apareció enseguida. Ya de por sí era muy
Adán y nadie por su parte se cuidaba de él antes de la au-
sencia de Catalina; pero entonces estaba mucho más desa-
seado. Yo era la única que me preocupaba de hacer que se
lavase una vez siquiera a la semana. Los muchachos de su
edad no suelen ser amigos del agua. Así que (prescindiendo
de su traje, que estaba como puede suponerse después de
andar tres meses entre el barro y el polvo) tenía el cabello
desgreñado y la cara y las manos cubiertas de una capa de
mugre. Permanecía escondido, mirando a la preciosa Cata-
lina que acababa de entrar, asombrado de verla tan bien
ataviada y no hecha una facha como él.
-¿Y Heathcliff? -Preguntó la joven, quitándose los
guantes y descubriendo unos dedos que, de no hacer nada
ni salir de casa nunca, aparecían blancos y delicados.
68CUMBRES BORRASCOSAS
-Sal, Heathcliff -gritó Hindley, congratulándose por an-
ticipado del mal efecto que el muchacho, con su traza de
pilluelo, iba a producir a Catalina. Ven a saludar a la señori-
ta como lo han hecho los demás criados.
Catalina al ver a su amigo corrió hacia él, lo besó seis o
siete veces en cada mejilla, y después, separándose un poco,
le dijo, riendo:
-¡Huy, qué negro estás y qué cara de enfadado tienes!
Claro, es que me he acostumbrado a ver a Eduardo y a Isa-
bel. ¿Me has olvidado, Heathcliff?
-Dale la mano, Heathcliff -dijo Hindley, con aire de
condescendencia. Por una vez la cosa no tiene importancia.
-No lo haré -repuso el muchacho. No estoy dispuesto a
que se rían de mí.
Y trató de alejarse, pero Catalina le sujetó.
-No quise burlarme de ti. No pude contenerme al ver tu
aspecto. Anda, dame la mano siquiera. Si te lavas la cara y
te peinas parecerás otro. Pero ¡ahora estás tan sucio!
Examinó los negros dedos que tenía entre los suyos y
luego se miró el vestido, temiendo que con aquel contacto
hubiese sufrido algo que no fuera precisamente embellecer-
se.
-Nadie te mandaba tocarme -dijo él, separando de un ti-
rón su mano. Soy tan sucio como me da la gana, y me agra-
da estar sucio, y seguiré estándolo.
Y se lanzó fuera de la habitación, con gran contento de
los amos y enorme turbación de Catalina, que no acababa
de comprender por qué sus comentarios le habían produci-
do tal exasperación.
69E M I L Y
BRONTE
Después de haber ayudado a desvestirse a la recién lle-
gada, de poner los bollos al horno y de encender la lumbre,
me senté dispuesta a entretenerme cantando villancicos, sin
hacer caso a José, que me aseguraba que el tono que yo
empleaba era demasiado profano. Él se marchó a su cuarto
a rezar, y los señores Earnshaw distraían a la joven ense-
ñándole varios regalitos que habían comprado para los Lin-
ton en prueba de agradecimiento por sus atenciones.
Habían invitado a los Linton a pasar el siguiente día en
Cumbres Borrascosas, y había sido aceptada la invitación,
contando que los hijos de Linton no tuvieran que tratar con
aquel «travieso chico de lenguaje soez».
Me quedé sola. La cocina olía fuertemente a las espe-
cias de los guisos. Yo miraba la brillante batería de cocina,
el reluciente reloj, los vasos de plata alineados en la bandeja
y la impecable limpieza de suelo, de cuyo barrido y fregado
me había preocupado con especial esmero. Todo me pare-
ció a punto y digno de alabanza, y recordé una ocasión en
que el anciano amo -que siempre solía dar un vistazo en
casos como aquel-, viendo lo bien que estaba todo, me ha-
bía regalado un chelín, llamándome, además «buena moza».
Luego pensé en el cariño que había sentido hacia Heathcliff
y en el temor que tenía de que fuera abandonado al faltarle
él, y pensando en la situación presente del muchacho, casi
me dieron ganas de llorar. Considerando después que mejor
que lamentar sus desdichas sería procurar remediarlas, me
levanté y fui al patio a buscarle. Le encontré enseguida: es-
taba en la cuadra cepillando el lustroso pelo de la jaca negra
y dando de comer a los demás animales.
70CUMBRES BORRASCOSAS
-Apresúrate -le dije. La cocina está muy confortable y
José se ha ido a su cuarto. Procura acabar pronto para ves-
tirte decentemente antes de que salga la señorita Catalina.
Así podréis estar juntos y charlar al lado de la lumbre hasta
la hora de irse a dormir.
Él siguió haciendo su faena, procurando no mirarme.
-Anda, ven -proseguí. Necesitarás media hora para ves-
tirte. Hay un pastel para cada uno de vosotros.
Esperé otros cinco minutos; pero en vista de que no me
contestaba, me fui. Catalina comió con sus hermanos. José
y yo celebramos una cena muy poco cordial, amenizada con
sus censuras y malas contestaciones mías. El pastel y el
queso de Heathcliff estuvieron toda la noche sobre la mesa
para alimento de duendes. Él estuvo trabajando hasta las
nueve, y a esa hora se fue a su habitación, siempre taciturno
y obstinado. Catalina estuvo hasta muy tarde preparándolo
todo para recibir a sus nuevos amigos, y una vez que entró
en la cocina para buscar a su antiguo camarada, viendo que
no estaba se contentó con preguntar por él y marcharse. A
la mañana siguiente, Heathcliff se levantó temprano, y co-
mo era día de fiesta, se fue, malhumorado, a los pantanos, y
no volvió a aparecer hasta después de que la familia se fue
a la iglesia. Pero el ayuno y la soledad debieron hacerle re-
flexionar, y cuando regresó, después de estar un rato con-
migo, me dijo de pronto:
-Elena, vísteme. Voy a ser bueno.
-Ya era hora, Heathcliff -comenté. Has disgustado a
Catalina. Cualquiera diría que la envidias porque la miman
más que a ti.
71E M I L Y
BRONTE
La idea de sentir envidia hacia Catalina le resultó in-
comprensible, pero lo de disgustarla lo comprendió muy
bien. Me preguntó, poniéndose muy serio:
-¿Se ha enojado?
-Se echó a llorar cuando le dije esta mañana que te ha-
bías ido.
-También yo he llorado esta noche -respondió-, y con
más motivos que ella.
-¿Sí? ¿Qué motivos tenías para irte a la cama con el co-
razón lleno de soberbia y el estómago vacío? Los soberbios
no hacen más que dañarse a sí mismos. Pero si estás arre-
pentido, debes pedirle perdón cuando vuelva. Vas arriba, le
pides un beso y le dices... Bueno; ya sabes tú lo que le tie-
nes que decir. Pero hazlo sinceramente, y no como si ella
fuera una extraña por el hecho de que la hayas visto mejor
ataviada. Ahora voy a arreglármelas para vestirte de un mo-
do que Eduardo Linton parezca un muñeco a tu lado. ¡Y
claro que lo parece! Aunque eres más joven que él, eres
mucho más alto y doble de ancho. Podrías turbarle de un
soplo, ¿verdad?
-Sí, Elena; pero aunque yo le tumbara veinte veces, no
dejaría de ser él más guapo que yo. Quisiera tener el cabello
rubio y la piel blanca como él, vestir bien y tener modales
como los suyos, y ser tan rico como él llegará a serlo.
-¡Eso! Y llamar a mamá constantemente, y asustarte
siempre que un chico aldeano te amenace con el puño y
quedarte en casa cada vez que lloviera un poco. No seas
pobre de espíritu, Heathcliff. Mírate al espejo y oye lo que
tienes que hacer. ¿Ves esas arrugas que tienes entre los
72CUMBRES BORRASCOSAS
ojos, y esas espesas cejas que se contraen en lugar de ar-
quearse, y esos dos negros demonios que jamás abren fran-
camente sus ventanas, sino que centellean bajo ellas
corridas, como si fueran espías de Satanás? Propónte y es-
fuérzate en suavizar esas arrugas, levantar esos párpados sin
temor y convertir esos demonios en dos ángeles que vean
siempre amigos en dondequiera que no haya enemigos in-
dudables. No adoptes ese aspecto de perro cerril, que pare-
ce justificar la justicia de los puntapiés que recibe y que
odia a todos tanto como al que le maltratara.
-Sí; debo proponerme adquirir los ojos y la frente de
Eduardo Linton. Ya lo deseo; pero ¿crees que haciendo lo
que me dices conseguiré alguna vez tenerlos así y ser como
él?
-Si eres bueno de corazón serás agradable de cara, mu-
chacho, aunque fueras un negro. Ahora que estás lavado y
peinado y pareces más alegre, ¿no es verdad que te encuen-
tras más guapo? Te aseguro que sí. Puedes pasar por un
príncipe de incógnito. ¡Y a saber si tu padre no era empera-
dor de la China y tu madre reina de la India y si con sus ren-
tas de una sola semana no podrían comprar Cumbres
Borrascosas y la Granja de los Tordos reunidas! Quizá te
robaran unos marineros y te trajeron a Inglaterra. Yo, si es-
tuviera en tu caso, me haría figuraciones como ésas, y con
ellas iría soportando las miserias que tiene que aguantar un
labrador...
Mientras yo hablaba así y conseguía que Heathcliff fue-
se poco a poco desarrugando el ceño, oímos un estrépito
que al principio sonaba en la carretera y luego llegó al patio.
73E M I L Y
BRONTE
Heathcliff acudió a la ventana y yo a la puerta, en el mismo
momento en que los Linton se apeaban de su carruaje, to-
dos envueltos en abrigos de pieles, y los Earnshaw descen-
dían de sus caballos. Catalina cogió a los muchachos de la
mano y se los llevó a la chimenea, donde se sentaron, y cu-
yo fuego enrojeció sus blancos semblantes.
Yo estimulé a Heathcliff para que acudiera y mostrara
su buen talante; pero tuvo la desgracia de que, al abrir la
puerta de la cocina, tropezara con Hindley, que la estaba
abriendo por el otro lado. El amo, ya porque le incomodara
verle tan animado y tan arreglado, o quizá por complacer a
la señora Linton, le empujó violentamente, y dijo a José:
-Hazle entrar en el desván hasta después de que haya-
mos comido. De lo contrario, tocaría los dulces con los de-
dos y robaría las frutas si se le permitiera estar un solo
minuto aquí.
-No hará nada de eso, señor -me atreví a replicar. Y es-
pero que participe de los dulces como nosotros.
-Participará de la paliza que le pegaré si le veo por aquí
abajo antes de la noche -gritó Hindley. ¡Largo, vagabundo!
De modo que quieres lucirte, ¿verdad? Como te agarre esos
mechones ya verás si te los pongo más largos todavía...
-Ya los tienes bastante largos -comentó el joven Linton,
que acababa de aparecer en la puerta. Le caen sobre los
ojos como la crin de un caballo. No sé cómo no le dan do-
lor de cabeza.
Aunque hizo aquella observación sin ánimo de moles-
tarle, Heathcliff, cuyo rudo carácter no toleraba impertinen-
cias, y más viniendo de alguien a quien ya consideraba
74CUMBRES BORRASCOSAS
como su rival, cogió una fuente llena de jugo de manzana
caliente y se lo tiró a la cara. El muchacho lanzó un grito
que hizo acudir enseguida a Catalina y a Isabel. El señor
Earnshaw cogió a Heathcliff y se lo llevó a su habitación,
donde sin duda le debió de aplicar un enérgico correctivo,
ya que cuando bajó estaba sofocado y rojo como la grana.
Yo cogí un trapo de cocina, limpié la cara a Eduardo y, no
sin despecho, le dije que se había merecido la lección por su
impertinencia. Su hermana se echó a llorar y quería volver a
su casa, y Catalina, a su vez, estaba muy disgustada de lo
que ocurría.
-No debiste dirigirle la palabra -dijo al joven Linton..
Estaba de mal humor; ahora le pegarán, y has estropeado la
fiesta... Yo ya no tengo apetito. ¿Por qué le hablaste,
Eduardo?
-Yo no le hablé -sollozó el muchacho, desprendiéndose
de mis manos y terminando de limpiarse con su fino pa-
ñuelo. Prometí a mamá no hablarle, y lo he cumplido.
-Bueno -dijo Catalina con desdén -; cállate, que viene
mi hermano. No te ha matado, después de todo. No com-
pliques más. Cállate tú también, Isabel. ¿Te ha hecho algo
alguien?
-¡A sentarse, niños! -exclamó Hindley reapareciendo..
Ese bruto de chico me ha hecho entrar en calor. La próxima
vez, Eduardo, tómate la venganza con tus propios puños, y
eso te abrirá el apetito.
La gente menuda recobró su alegría al servirse los su-
culentos manjares. Todos sentían apetito después del pa-
seo, y se consolaron fácilmente, ya que ninguno había
75E M I L Y
BRONTE
sufrido daño grave. El señor Earnshaw trinchaba con jovia-
lidad, y la señora animaba la mesa con su conversación. Yo
atendía al servicio, y me entristecía al ver que Catalina, con
ojos enjutos y aire indiferente, partía en aquel momento un
ala de ganso que tenía en su plato a punto de comer.
«¡Qué niña tan insensible!», pensé. Nunca hubiera creí-
do que la suerte de su antiguo compañero de juego la tuvie-
ra tan sin cuidado.
Ella estaba llevándose en aquel momento un bocado a
la boca, pero de pronto lo soltó; las mejillas se le enrojecie-
ron ' y por su rostro corrieron las lágrimas. Dejó caer el te-
nedor y aprovechó la ocasión de inclinarse para disimular su
emoción. Durante todo el día anduvo como alma en pena
procurando ver a Heathcliff. Pero éste había sido encerrado
por Hindley, lo que averigüé al querer llevarle ocultamente
algunas viandas.
Por la tarde se organizó un baile, y Catalina pidió que
soltaran a Heathcliff, ya que si no Isabel no tendría pareja,
pero no se la atendió y yo fui llamada a ocupar la vacante.
El baile nos puso de buen humor, y éste aumentó cuando
llegó la banda de música de Gimmerton, con sus quince
músicos, entre los que había un trompeta, un trombón, cla-
rinetes, flautas, oboes y un contrabajo, sin contar los can-
tantes. La banda suele recorrer en Navidad las casas ricas
pidiendo aguinaldos, y su llegada es siempre acogida con
alegría. Primero cantaron los villancicos de costumbre; pero
después, como a la señora Earnshaw le gustaba extraordina-
riamente la música, les pedimos que tocasen algo más, y lo
hicieron durante el tiempo que quisimos.
76CUMBRES BORRASCOSAS
Aunque a Catalina le agradaba también la música, dijo
que se oía mejor desde el rellano de la escalera, y con este
pretexto se escabulló. Yo la seguí. Cerraron la puerta de
abajo. No parecían haber reparado en nuestra ausencia. Ca-
talina subió hasta el desván donde estaba encerrado Hea-
thcliff. Le llamó, y aunque él al principio no quiso
contestar, acabaron manteniendo una conversación a través
de la puerta. Los dejé que charlaran tranquilamente, y
cuando comprendí que el concierto iba a terminar y que se
iba a servir la cena a los músicos, volví al desván con objeto
de alejar a Catalina. Pero no la hallé. Por una claraboya ha-
bía subido al tejado y por otra entrado en la buhardilla de
Heathcliff. Me costó mucho convencerla de que saliera. Lo
hizo en compañía de Heathcliff, y se empeñó en que le lle-
vara a la cocina conmigo, ya que José se había ido a casa de
un vecino para librarse de la «diabólica salmodia», como
llamaba a la música. Yo les advertí que no contaran conmi-
go para engañar al señor Hindley; pero por esta vez lo haría,
ya que el prisionero no había comido desde el día anterior.
Él bajó, se sentó junto a la lumbre y yo le ofrecí muchas
golosinas; pero se sentía mal y no comió apenas, sin que
mis intentos de entretenerle tuvieran éxito. Había apoyado
los codos en las rodillas y el mentón en las manos, y perma-
necía silencioso. Le pregunté en qué pensaba y me respon-
dió con gravedad:
-En el modo de hacerle pagar esto a Hindley. No sé
cuánto habré de esperar, pero no me importa, si lo consigo
al fin. ¡Ojalá no se muera antes!
77E M I L Y
BRONTE
-¡Qué vergüenza, Heathcliff! -le dije. Sólo corresponde
a Dios castigar a los malos. Nosotros tenemos que saber
perdonarlos.
-No será Dios quien tenga esa satisfacción, que yo me
reservo –repuso. Lo único que necesito es saber cómo y
cuándo la alcanzaré. Pero ya acertaré con el plan conve-
niente. Este pensamiento me evitará sufrir más.
Me estoy dando cuenta, señor Lockwood, de que estas
historias no deben tener interés para usted. No sé cómo he
hablado tanto. Está usted durmiéndose. ¡Hubiera podido
contarle en una docena de palabras todo lo que le interesara
a usted de la vida de Heathcliff!
Después de esta interrupción, el ama de llaves se puso
en pie y guardó la labor. Yo no me retiré de la chimenea.
Estaba sin pizca de sueño.
-Siéntese, señora Dean -le dije-, y siga con su historia
media horita más. Ha hecho bien en contarla a su manera.
Me han interesado mucho sus descripciones.
-Pero, señor, ¡si están dando las once!
-Es igual; yo no suelo acostarme hasta muy tarde. Le-
vantándome a las diez, no importa acostarse a las dos.
-Es que no debía usted dormir hasta las diez. Pierde us-
ted lo mejor del día. Cuando a esa hora no se ha hecho ya la
mitad de la faena diaria, es muy probable que no se pueda
hacer el resto.
-Es lo mismo, señora Dean... Vuelva a sentarse. Creo
que tendré mañana que estarme acostado hasta después de
comer, porque, o mucho me equivoco, o no me libro de un
buen constipado.
78CUMBRES BORRASCOSAS
-Confío en que no suceda así, señor. Bien; pues daré un
salto de tres años, o sea hasta que la señora Earnshaw...
-No; nada de saltos. ¿No sabe usted lo que siente el
que se encuentra ocupado en mirar cómo una gata lame a
sus gatillos y se indigna cuando ve que deja de lamer una de
las orejas de uno de ellos?
-Creo que quien haga eso no es más que un perezoso.
-No lo crea... Bueno; yo me encuentro en ese caso aho-
ra. De modo que cuente usted la historia con todo detalle.
En sitios como éste, las gentes adquieren a los ojos del que
las observa un valor que puede compararse con el de una
araña a los ojos de quién la contempla en un calabozo. La
araña en un calabozo tiene una importancia que no tendría
en la casa de un hombre en libertad. Pero, de todos modos,
el cambio no se debe sólo a la distinta situación del obser-
vador. Las gentes aquí viven más honradamente, más re-
concentradas en sí mismas y menos atraídas por la parte
superficial de las cosas. En un sitio así yo sería capaz hasta
de creer en un amor eterno, y eso que he creído siempre
imposible que una pasión dure más de un año.
-Los de aquí, cuando se nos conoce, somos como los de
cualquier otro sitio -contestó la señora Dean, algo descon-
certada por mi inesperado discurso.
-Perdone, amiga mía -repuse-; pero usted misma es una
negación viviente de lo que dice. Usted, aparte de algunos
modismos locales muy secundarios, no suele hablar ni obrar
como las personas de su clase. Tengo la evidencia de que
ha pensado mucho más de lo que suelen hacerlo la mayoría
de las personas de su profesión. Como no ha tenido usted
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que ocuparse de frivolidades, ha necesitado meditar en co-
sas serias.
La señora Dean se echó a reír.
-Naturalmente, me tengo por una persona sensata -
replicó-; pero no creo que sea por vivir recluida entre mon-
tañas y ver sólo un aspecto de las cosas, sino por haberme
sometido a una severa disciplina que me hizo aprender a
tener buen juicio. Además, señor Lockwood, he leído más
de lo que usted se imagina. No hay un libro de la biblioteca
que yo no haya ojeado y del que no aprendiera algo, excep-
to los libros griegos y latinos, o los franceses... Y aun éstos
sé distinguirlos unos de otros... ¿Qué más va usted a pedir a
la hija de un pobre? De todos modos, si se empeña en que
le siga contando la historia como hasta ahora, lo mejor será
que dé un salto; pero no de tres años, sino hasta el verano
siguiente, o sea el de mil setecientos setenta y ocho, hace
veintitrés años...
80CUMBRES BORRASCOSAS
Capítulo octavo
Un hermoso día de junio, por la mañana, nació el pri-
mer niño que yo había de criar y el último de la antigua raza
de los Earnshaw. Estábamos recogiendo heno en un prado
lejano cuando vimos venir con una hora de anticipación a la
muchacha que nos traía habitualmente el almuerzo.
-¡Qué niño más hermoso! -dijo. Nunca se ha visto otro
más guapo... Pero, según dice el médico, la señora vivirá
muy poco. Al parecer se ha ido consumiendo durante los
últimos meses. He oído como se lo decía al señor Hindley,
y le ha asegurado que morirá antes del invierno. Venga a
casa enseguida, Elena. Tiene que cuidar del niño, darle le-
che y azúcar. Me gustaría estar en su lugar, porque cuando
la señora muera va usted a quedar completamente a cargo
del niño.
-¿Tan enferma está? -pregunté, soltando el rastrillo y
anudándome las cintas del sombrero.
-Creo que sí -repuso la muchacha-, aunque está muy
animada y habla como si fuese a vivir hasta ver al pequeño
hecho un hombre. No cabe en sí de alegría. Verdaderamen-
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te, el niño es una hermosura. Si yo estuviera en su caso, no
me moriría. Sólo con mirar al niño sanaría, diga Kennett lo
que quiera. Estoy loca por el pequeñín. La señora Archer
llevó el angelito al amo, y no había hecho más que presen-
társelo, cuando se adelanta el viejo gruñón de Kennett, y le
dice: «Señor Earnshaw, es una fortuna que su mujer le haya
dado un hijo. Cuando la vi por primera vez tuve la seguri-
dad de que no viviría largo tiempo, y ahora puedo decirle
que no pasará del invierno. No se aflija, porque la cosa no
tiene remedio; pero debió haber buscado usted una esposa
menos endeble.» -¿Y qué contestó el amo? -pregunté a la
muchacha.
-Creo que una blasfemia; pero no me fijé, porque estaba
pendiente de ver al niño.
Y la chica empezó a describirme al nene con entusias-
mo. Yo me apresuré a correr a casa, ya que tenía tantos de-
seos de verlo como ella; pero me daba pena de Hindley.
Sabía que en su corazón sólo había lugar para dos afectos:
el de su mujer y el de sí mismo. A ella la adoraba, y me pa-
recía imposible que pudiese soportar su pérdida.
Cuando llegamos a Cumbres Borrascosas, él se hallaba
en pie ante la puerta. Le pregunté cómo estaba el niño.
-A punto de echar a correr, Elena -me replicó, sonrien-
do.
-¿ Y la señora? -osé preguntarle. Creo que el médico di-
ce que...
-¡Al demonio con el médico! –contestó. Francisca está
bien y la semana próxima se habrá restablecido del todo. Si
subes, dile que ahora iré a verla, siempre que prometa no
82CUMBRES BORRASCOSAS
hablar. Me he ido de la habitación porque no quería callar-
se, y es preciso que guarde silencio. Dile que el señor Ken-
nett exige que se esté quieta.
Comuniqué aquella indicación a la señora, y ella, que
parecía muy animada, respondió:
-Sólo hablé una palabra, Elena, y a pesar de ello salió
dos veces llorando de la habitación. Le prometo callarme
pero ello no me impedirá reírme de él.
A la pobre no le faltó el humor hasta una semana antes
de morir. Su marido seguía obstinándose en que su salud
mejoraba constantemente. El día en que Kennett le advirtió
que ya no recetaba más medicinas, porque eran totalmente
inútiles, dado el grado a que había llegado la enfermedad,
Hindley le replicó:
-Ya sé que no las necesita, ni tampoco los cuidados
médicos. Nunca ha estado enferma del pecho. Padeció una
fiebre, sí; pero ya ha desaparecido. Su pulso es ahora tan
normal como el mío y sus mejillas están frescas. A su mujer
le decía lo mismo, y ella parecía creerlo. Pero una noche,
mientras Francisca reclinaba la cabeza en el hombro de su
esposo y le decía que pensaba levantarse al día siguiente, le
acometió un leve ataque de tos. Se abrazaron y ella fue pa-
lideciendo cada vez más, hasta que expiró. El niño, Hare-
ton, fue entregado a mis cuidados. El señor Earnshaw se
conformaba, respecto al pequeño, con saber que estaba
bien y con oírle llorar. Pero, por su parte, estaba desespera-
do. Su dolor era de los que no se manifiestan con lamenta-
ciones. No sollozaba ni rezaba, sino maldecía de Dios y de
los hombres, y se entregó a una vida de loco libertinaje.
83E M I L Y
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Ningún criado soportó mucho tiempo el tiránico compor-
tamiento que nos daba, y sólo nos quedamos a su lado José
y yo. Yo había sido su hermana de leche y me faltó valor
para abandonarle. En cuanto a José, se quedó porque así
podía mandar despóticamente a los jornaleros y arrendata-
rios, y también porque siempre se sentía a gusto dondequie-
ra que hubiese maldades que reprochar.
Los pésimos hábitos y las malas compañías que había
contraído el amo constituían un lamentable ejemplo para
Catalina y Heathcliff. Éste era tratado de tal manera, que
aunque hubiera sido un santo tenía que acabar convirtién-
dose en un demonio. Y, en verdad, el muchacho parecía
endemoniado en aquella época. La degradación de Hindley
le colmaba de placer, y su aspereza y rusticidad eran cada
día mayores.
Vivíamos en un infierno. El cura dejó de acudir a la ca-
sa, y terminaron imitándole todas las personas decentes.
Nadie nos trataba, excepto Eduardo Linton, que a veces
venía a visitar a Catalina. A los quince años, ella se trans-
formó en la reina de la comarca. Ninguna podía igualarla, y
se convirtió en un ser terco y caprichoso. Desde que había
dejado de ser niña, yo no la quería y procuraba humillar su
altanería por todos los medios, pero no me hacía caso. Con-
servó un afecto constante hacia Heathcliff, a quien quiso
como a nadie, incluso al joven Linton. Este fue mi último
señor; su retrato está ahí, sobre la chimenea. Antes, al otro
lado, estaba colgado el de su esposa, y es una pena que lo
hayan quitado, porque así podría usted haberse hecho una
idea de lo que fue. ¿Puede usted separar eso de ahí?
84CUMBRES BORRASCOSAS
A la luz de la bujía que levantaba la señora Dean dis-
tinguí un rostro de finas facciones, muy semejante al de la
joven de las Cumbres, pero más pensativo y menos adusto.
Era un cuadro agradable. El cabello era rubio y levemente
rizado en las sienes, los ojos grandes y reflexivos y en con-
junto una figura que resultaba incluso demasiado graciosa.
No me maravilló que Catalina le hubiese preferido a Hea-
thcliff; pero pensando en que su opinión debía corresponder
a su aspecto, me asombro que él se hubiese sentido atraído
hacia Catalina.
-Es un bonito retrato -dijo. ¿Está parecido?
-Sí -repuso el ama de llaves. En general, era así. Cuan-
do estaba animado parecía aún más guapo.
Desde que Catalina pasara aquellas cinco semanas con
los Linton, siguió manteniendo relaciones de amistad con
ellos. Al disimular en su presencia su aspereza acostumbra-
da logró cautivarlos a todos, en especial a Isabel, que la
admiraba, y a su hermano, que terminó por prendarse de
ella. Como esto la complacía, tenía que desarrollar un doble
modo de ser, aunque no con intención aviesa. Cuando oía
comentar que Heathcliff era un joven truhán, pero que un
bruto, se cuidaba mucho de no parecerse a él; pero cuando
estaba en casa mostraba muy poca inclinación a los buenos
modales, que, por otra parte, no la hubieran hecho ser ala-
bada por nadie.
El señorito Eduardo no se atrevía a ir mucho a Cum-
bres Borrascosas, porque la mala fama que tenía Earnshaw
le asustaba y temía encontrarse con él. Le recibíamos con
muchas atenciones. El amo procuraba también no ofender-
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le, pues no dejaba de comprender la razón de sus asiduida-
des, y, como no le fuera posible mostrarse amable, a lo me-
nos procuraba no dejarse ver. Aquellas visitas me parece
que no complacían mucho a Catalina. Esta carecía de mali-
cia y no sabía ser coqueta, de modo que no le agradaba que
sus dos amigos se encontrasen, porque si Heathcliff mos-
traba desprecio hacia Linton, ella no podía mostrarse de
acuerdo, como lo hacía cuando Eduardo no estaba presen-
te; y si Linton, a su vez, expresaba antipatía hacia Hea-
thcliff, tampoco se atrevía a contradecirle. Yo me burlé
muchas veces de sus indecisiones y de los disgustos que
sufría por causa de ellas, y que trataba de ocultar. Me dirá
usted que mi actitud era censurable, pero aquella joven era
tan soberbia, que si quería hacerla más humilde era forzoso
no compadecerla nunca. Finalmente, como no encontraba
otro confidente mejor, tuvo que franquearse conmigo.
Una tarde en que el señor Earnshaw había salido, Hea-
thcliff resolvió hacer fiesta aquel día. Creo que tenía enton-
ces dieciséis años, y aunque no era tonto ni feo, su aspecto
general resultaba repelente. La educación que en sus prime-
ros tiempos recibiera se había disipado. Los trabajos a que
le dedicaban habían extinguido de él todo amor al estudio, y
el sentimiento de superioridad que en su niñez le infundie-
ran las atenciones del antiguo amo, ya no existía. Durante
bastante tiempo se esforzó en mantenerse al nivel cultural
de Catalina, pero tuvo al fin que rendirse a la evidencia. Al
comprender que ya no le era posible recuperar lo perdido,
se abandonó del todo, y su aspecto reflejaba su hundimien-
to moral. Tenía un aire innoble y grosero, del que actual-
86CUMBRES BORRASCOSAS
mente no conserva nada; se hizo insociable en extremo, y
parecía complacerse en inspirar repulsión antes que simpa-
tía en los pocos que le trataban. Cuando estaba libre de
ocupaciones seguía siendo el eterno compañero de Catalina.
Pero no le expresaba nunca su afecto verbalmente, y recibía
las afectuosas caricias de su amiga sin corresponderlas.
El día a que me refiero, entró en la habitación donde yo
estaba ayudando a vestirse a la señorita Catalina, y anunció
su decisión de no trabajar aquella tarde. Ella, que no espe-
raba tal resolución, había citado a Eduardo, y estaba prepa-
rándose para recibirle.
-¿Tienes algo que hacer esta tarde, Catalina? -le pregun-
tó. ¿Piensas salir?
-No; está lloviendo.
-Entonces ¿por qué te has puesto este vestido de seda?
Supongo que no esperarás a nadie...
-No espero a nadie, que yo sepa -repuso ella. Pero
¿cómo no estás ya en el campo, Heathcliff? Hace más de
una hora que hemos comido. Creía que te habrías ido.
-Hindley no nos libra a menudo de su odiosa presencia
-replicó el muchacho. Hoy no pienso trabajar; me quedaré
contigo.
-Mejor harías en irte -dijo la joven-, no sea que José lo
cuente.
-José está cargando tierra en la peña de Penninston y no
volverá hasta la noche, así que no tiene por qué enterarse.
Y Heathcliff se sentó al lado del fuego. Catalina frunció
el entrecejo y reflexionó unos momentos. Al fin encontró
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una disculpa para preparar la llegada de su amigo, y dijo,
tras un minuto de silencio:
-Isabel y Eduardo Linton hablaron de venir esta tarde.
Claro que, como llueve, no espero que lo hagan; pero si se
decidieran y te ven, corres peligro de que te regañen.
-Ordena a Elena que les diga que estás ocupada
-insistió el muchacho. No me hagas irme a causa de estos
tontos amigos tuyos. A veces me dan ganas de decirte que
ellos... pero me callaré.
-¿Qué tienes que decir? -gritó Catalina, turbada. ¡Ay,
Elena! -agregó, desasiéndose de mis manos. Me has despei-
nado las ondas. ¡Basta, déjame! ¿Qué estaba a punto de
decir, Heathcliff?
-Mira ese calendario que hay en la pared -repuso él se-
ñalando uno que estaba colgando junto a la ventana. Las
cruces marcan las tardes que has pasado con Linton; los
puntos, las que hemos pasado juntos tú y yo. He marcado
pacientemente todos los días. ¿Los ves?
-¡Vaya una bobada! -repuso despectivamente Catalina.
¿A qué viene eso?
-A que te des cuenta de que reparo en ello -contestó
Heathcliff.
-¿Y por qué he de estar siempre contigo? -replicó ella,
cada vez más irritada. ¿Para qué me sirve? ¿De qué me ha-
blas tú? Lo que haces para distraerme, un niño de pecho lo
haría; y lo que dices, lo diría un mudo.
-Antes no me decías eso, Catalina -repuso Heathcliff,
muy agitado. No me indicabas que te aburriera mi compa-
ñía.
88CUMBRES BORRASCOSAS
-¡Vaya una compañía la de una persona que no sabe
nada ni dice nada! -argumentó la joven.
Él se levantó, pero antes de que tuviera tiempo de se-
guir hablando, sentimos un rumor de cascos de caballos, y
el señorito Linton entró con la cara rebosando satisfacción.
Sin duda en aquel momento pudo Catalina comparar la di-
ferencia que había entre los dos muchachos, porque era
como pasar de una cuenca minera a un hermoso valle, y las
voces y modos de ambos confirmaban la primera impresión.
Linton solía hablar con dulzura y pronunciaba las palabras
como usted, es decir, de un modo más suave que el que se
emplea en la comarca.
-¿No me habré anticipado a la hora? -preguntó el joven.
Y me dirigió una mirada.
Yo estaba secando los platos y arreglando los cajones
del aparador.
-No -repuso Catalina. ¿Qué estás haciendo ahí, Elena?
-Trabajar, señorita -repuse, sin irme, porque tenía orden
del señor Hindley de asistir a las entrevistas de Linton con
Catalina.
Ella se me acercó y me dijo en voz baja:
-Sal de aquí y llévate tus trapos. Cuando hay gente de
fuera, los criados no están en las habitaciones de los seño-
res.
-Ahora que el amo está fuera debo trabajar -le dije-, ya
que no le gusta verme hacerlo en su presencia. Estoy segura
de que él me dispensará.
-También a mí me disgusta verte trabajar en presencia
mía -replicó ella imperiosamente.
89E M I L Y
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Estaba nerviosa a raíz de la disputa que había sostenido
con Heathcliff.
-Lo lamento, señorita Catalina -respondí, continuando
en mi ocupación.
Creyendo que Eduardo no la veía, me arrancó el trapo
de limpieza de las manos y me aplicó un pellizco soberbio.
Ya he dicho que yo no le tenía afecto, y que me complacía
en humillar su orgullo siempre que me era posible. Así que
me incorporé, porque estaba de rodillas, y grité con todas
mis fuerzas:
-¡Señorita, esto es un atropello, y no estoy dispuesta a
consentírselo!
-No te he tocado, embustera -me contestó, mientras sus
dedos se aprestaban a repetir la acción.
La rabia le había encendido las mejillas, porque no sa-
bía ocultar sus sentimientos, y siempre que se enfadaba, el
rostro se le ponía encarnado como una brasa.
-Entonces, ¿esto qué es? -le contesté señalando la señal
purpúrea que el brazo.
Golpeó el suelo con los pies, titubeó un momento, y
después, sin poderse contener, me dio una bofetada. Los
ojos se me llenaron de lágrimas.
-¡Oh, querida Catalina! -exclamó Eduardo disgustado
por su violencia e interponiéndose entre las dos.
-¡Márchate, Elena! -ordenó ella, temblando de rabia
El pequeño Hareton, que estaba siempre conmigo, co-
menzó también a llorar y a quejarse de la «mala tía Catali-
na». Entonces ella se desbordó contra el niño, le cogió por
los hombros y le sacudió terriblemente hasta que Eduardo
90CUMBRES BORRASCOSAS
intervino y le sujetó las manos. El niño quedó libre; pero en
el mismo momento, el asombrado joven recibió en sus pro-
pias mejillas una réplica asaz contundente para ser tomada
a juego. Se apartó de ella consternado.
Cogí a Hareton en brazos y me fui a la cocina, dejando
la puerta abierta para ver cómo se desenlazaba aquel inci-
dente. El visitante, ofendido, pálido y con los labios tem-
blorosos, se dirigió a coger su sombrero.
«Haces bien -pensé para mí-. Aprende, da gracias a
Dios de que ella te haya mostrado su verdadero carácter, y
vete» ¿Adónde vas? -preguntó Catalina, avanzando hacia la
puerta.
Él trató de pasar, pero ella dijo con energía:
- ¡No quiero que te vayas!
-Debo irme -replicó él.
-No -contestó Catalina, sujetando el picaporte. No te
vas todavía, Eduardo. Siéntate; no me dejes en este estado
de ánimo. Pasaría una noche horrible y no quiero sufrir por
causa tuya.
-¿Crees que debo quedarme después de haber sido
ofendido? -preguntó Linton.
Catalina guardó silencio.
-Me he avergonzado de ti -continuó diciendo el joven -
No volveré más.
Los ojos de Catalina brillaron y las lágrimas empezaron
a brotar de sus pestañas.
-Además, has mentido -dijo él.
91E M I L Y
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-No es verdad -contestó la muchacha. Lo hice todo sin
querer. Anda, márchate si quieres... Ahora me pondré a llo-
rar, y lloraré hasta que no pueda más...
Se dejó caer de bruces en una silla y rompió en sollo-
zos. Eduardo llegó hasta el patio y allí se paró. Resolví in-
fundirle valor.
-La señorita -le dije- es tan caprichosa como un niño
mimado. Vale más que se vaya usted a casa, porque si no es
capaz de aparentar que está enferma con tal de disgustar-
nos.
Pero él miró a la ventana. El pobrecillo era tan capaz
de irse como un gato lo es de dejar a medio matar un ratón
o a medio devorar un pájaro.
«Estás perdido -pensé. Te precipitas tú mismo hacia tu
destino...» Y ocurrió lo que yo pensaba: se volvió brusca-
mente, entró en la casa, cerró la puerta, y cuando al cabo de
un rato fui a advertirles de que el señor Earnshaw había
vuelto beodo y con ganas de armar escándalo, pude com-
probar que lo sucedido no había servido sino para aumentar
su intimidad y para romper los diques de su timidez juvenil,
hasta el punto que habían comprendido que no sólo eran
amigos, sino que estaban enamorados.
Al oír que Hindley había llegado, Linton se fue rápida-
mente a buscar su caballo y Catalina a su alcoba. Yo me
ocupé de esconder al pequeño Hareton y de descargar la
escopeta del señor, ya que él tenía la costumbre, cuando se
hallaba en aquel estado, de andar con ella, con grave riesgo
de la vida para cualquiera que le provocara o simplemente
le hiciera alguna observación. De este modo me proponía
92CUMBRES BORRASCOSAS
evitar que causase daños si en su delirio se le ocurría dispa-
rar el arma.
93E M I L Y
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Capítulo noveno
Hindley entró, como me temía, muy exasperado y pro-
nunciando tremendas imprecaciones, sorprendiéndome en
el momento en que trataba de ocultar a su hijo en la alacena
de la cocina. A Hareton le espantaban tanto las muestras de
afecto como ser objeto de la ira de su padre, porque, o bien
corría el riesgo de que le ahogara con sus brutales abrazos,
o se exponía a que le estrellara contra un muro. Así es que
el niño permanecía siempre quieto en los sitios donde yo le
escondía.
-¡Al fin le encuentro! -vociferó Hindley, atenazándome
por el cuello. ¡Todos os habéis conjurado para matar al ni-
ño! Ahora comprendo por qué le mantenéis siempre aparta-
do de mí. Pero con la ayuda de Satanás, Elena, te voy a
hacer tragar este cuchillo. No lo tomes a risa; acabo de
echar a Kennett, cabeza abajo, en el pantano del Caballo
Negro, y ya tanto se me dan dos como uno. Tengo ganas de
mataros a uno de vosotros, y no pararé hasta que lo haga.
94CUMBRES BORRASCOSAS
-Vaya, señor Hindley -repuse-, déjeme en paz. No me
gusta el sabor a arenques del cuchillo. Mejor es que me pe-
gue un tiro, si quiere.
-¡Quiero que te vayas al diablo! -contestó. Ninguna ley
inglesa impide que un hombre tenga una casa decorosa, y la
mía es detestable. ¡Abre la boca!
-¡Ah! -dijo, soltándome de pronto. Ahora me doy cuen-
ta de que aquel granuja no es Hareton. Perdona, Elena. Si
lo fuera, merecería que le desollaran vivo por no venir a
saludarme y estarse ahí chillando como si yo fuera un es-
pectro. Ven aquí, engendro desnaturalizado. Yo te enseñaré
a engañar a un padre crédulo y bondadoso. Dime Elena:
¿no es cierto que este chico estaría mejor sin orejas? El cor-
társelas vuelve más feroces a los perros, a mí me gusta la
ferocidad. Dame las tijeras. Apreciar tanto las orejas es un
sentimiento diabólico. No por dejar de tenerlas cesaríamos
de ser unos burros. Silencio, niño... ¡Anda, pero si es mi
hijito! Sécate los ojos y bésame, pequeñín. ¡Cómo! ¿No
quieres? ¡Bésame, Hareton; bésame, condenado! Señor,
¿cómo habré podido engendrar monstruo semejante? Le
voy a partir la cabeza...
Hareton se debatía entre los brazos de su padre, lloran-
do y pataleando, y redobló sus alaridos cuando Hindley se
lo llevó a lo alto de la escalera y le suspendió en el vacío.
Le grité que iba a asustar al niño y me apresuré a correr para
salvarle.
Al llegar arriba, Hindley se había asomado a la barandi-
lla escuchando un rumor que sentía abajo, y casi se había
olvidado lo que tenía entre las manos.
95E M I L Y
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-¿Quién es? -me preguntó, sintiendo que alguien se
acercaba al pie de la escalera.
Reconocí el paso de Heathcliff y me asomé para hacerle
señas de que se detuviese, pero en el momento en que dejé
de mirar al niño, éste hizo un movimiento y cayó.
Casi antes de que yo pudiera estremecerme de horror,
ya había reparado en que el pequeño estaba a salvo. Hea-
thcliff llegaba en aquel momento preciso, y, por un impulso
instintivo, cogió al niño, lo puso en el suelo y miró al cau-
sante de lo ocurrido. Cuando vio que se trataba del señor
Earnshaw, el rostro de Heathcliff manifestó una impresión
análoga a la que sentiría un avaro que vendiese un billete de
lotería de cinco chelines y se encontrase al día siguiente con
que había perdido así un premio de cinco mil libras. En la
expresión del rostro de Heathcliff se leía claramente cuánto
le pesaba haberse convertido en instrumento del fracaso de
su venganza. Yo juraría que, de no haber habido luz, hu-
biera remediado su error, permitiendo que el niño se estre-
llase contra el pavimento... Pero, en fin, gracias a Dios,
Hareton se salvó, y a los pocos instantes yo me hallaba
abajo, apretando contra mi corazón su preciosa carga. Hin-
dley, reponiéndose de su borrachera, bajó muy confuso.
-Tú has tenido la culpa -me dijo. No has debido po-
nerme al niño a mi alcance. ¿Se ha lastimado?
-¿Lastimado? -grité, indignada. Tonto será si no se mue-
re. Me asombra que su madre no se alce del sepulcro para
ver cómo le trata usted. Es usted peor que un enemigo de
Dios. ¡Tratar así a su propia sangre!
96CUMBRES BORRASCOSAS
Quiso tocar al niño, que al sentirse conmigo se había
repuesto de su susto; pero Hareton entonces comenzó de
nuevo a gritar y a agitarse.
-¡Déjele! -le increpé. Le odia, como le odian todos, por
supuesto. ¡Qué familia tan feliz tiene usted y a qué bonita
situación ha venido a parar!
-¡Peor será en adelante, Elena! -replicó aquel desgracia-
do, volviendo a recuperar su habitual aspecto de dureza..
Márchate y llévate al niño de aquí. Tú, Heathcliff, haz lo
mismo. Por esta noche creo que no os mataré, a no ser que
se me ocurra pegar fuego a la casa... Ya veremos.
Mientras hablaba, se sirvió una copa de brandy.
-No beba más -le rogué. Apiádese de este pobre niño,
ya que no se apiada de sí mismo.
-Con cualquiera le irá mejor que conmigo -me contestó.
-¡Tenga compasión de su propia alma! -dije, intentando
arrebatarle la copa de la mano.
-¡Quia! Me encantará enviarla al infierno para castigar a
su Creador -repuso. ¡Brindo por su eterna condenación!
Bebió y nos hizo salir, no sin soltar una serie de jura-
mentos que más vale no repetir.
-¡Qué lástima que no se mate bebiendo! -comentó Hea-
thcliff, repitiendo a su vez otra sarta de imprecaciones
cuando se cerró la puerta. Hace todo lo posible para ello,
pero es de una naturaleza muy robusta, y no lo conseguirá.
El señor Kennett asegura que va a vivir más que todos los
de Gimmerton y que encanecerá bebiendo, a no ser que le
ocurra algo anormal.
97E M I L Y
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Me senté en la cocina, y empecé a arrullar a mi corderi-
to para dormirlo. Heathcliff cruzó la estancia, y yo pensé
que se encaminaba al granero. Pero luego resultó que había
preferido tumbarse en un banco, junto a la pared, y allí
permanecer silencioso.
Yo mecía a Hareton sobre mis rodillas y había comen-
zado a cantarle una canción que empieza:
E ra de noche, y lloraban los niños,
cuando en sus cuevas los gnomos lo oyeron...
De pronto, la señorita Catalina asomó la cabeza por la
puerta de su habitación y dijo:
-¿Estás sola, Elena?
-Sí, señorita -contesté. Entonces entró y se acercó a la
lumbre. Comprendí que quería decirme algo. En su rostro
leía la ansiedad. Abrió los labios como si fuera a hablar, pe-
ro se limitó a exhalar un suspiro. Continué cantando, sin
hablarle, ya que no había olvidado su comportamiento de
antes.
-¿En dónde está Heathcliff? -preguntó.
-Trabajando en la cuadra -le dije.
Él no me desmintió. Quizá se hubiera dormido. Hubo
un silencio. Por las mejillas de Catalina se deslizaba una
lágrima. Me pregunté si estaría disgustada de su conducta,
lo cual hubiera constituido un hecho insólito en ella.
Pero no había tal cosa. No se preocupaba por nada, no
siendo por lo que le concernía.
-¡Ay, querida! -dijo, finalmente. ¡Qué desgraciada soy!
98CUMBRES BORRASCOSAS
-Es una pena -repuse- que sea usted tan difícil de con-
tentar. Con tantos amigos y tan pocas preocupaciones, tiene
motivos de sobra para estar satisfecha.
-¿Quieres guardarme un secreto, Elena? -me preguntó
mirándome con aquella expresión suya que desarmaba al
más enfadado, por muchos resentimientos que tuviese con
ella.
-¿Merece la pena? -interrogué, menos acremente.
-Sí. Y no tengo más remedio que contártelo. Necesito
saber lo que he de hacer. Eduardo Linton me ha pedido que
me case con él, y ya le he contestado. Pero antes de decirte
lo que le he respondido, dime tú qué hubiera debido contes-
tarle.
-Verdaderamente, señorita, no sé qué responderle. Te-
niendo en cuenta la escena que le ha hecho usted presenciar
esta tarde, lo mejor hubiera sido rechazarle, porque si des-
pués de ella todavía le pide relaciones, es que es un tonto
completo o que está loco.
-Si sigues hablando así, no te contaré nada más -repuso,
levantándose malhumorada. Le he aceptado. Dime si he
hecho mal. ¡Pronto!
-Si le ha aceptado, no hay más que hablar. ¡No va usted
a retirar su palabra!
-Pero ¡quiero que me digas si he obrado con acierto!
-insistió con irritado tono, retorciéndose las manos y frun-
ciendo las cejas.
-Antes de contestar, habría que tener muchas cosas en
cuenta -dije sentenciosamente. Ante todo, ¿ama usted al
señorito Eduardo?
99E M I L Y
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-¿Cómo no? ¡Desde luego!
Entonces la sometí a una serie de preguntas. No era del
todo indiscreto el hacerlo, ya que se trataba de una mucha-
cha muy joven.
-¿Por qué le ama, señorita Catalina?
- ¡Qué pregunta! Le quiero, y basta.
-No es suficiente. Dígame por qué.
-Bien; porque es guapo y me gusta mucho estar con él.
-Malo... -comenté.
-Y porque es joven y de carácter alegre.
-Peor aún.
-Y porque él me ama.
-Eso no tiene nada que ver.
-Y porque llegará a ser rico y me agradará ser la señora
más acomodada de la comarca, y porque estaré orgullosa de
tener un marido como él.
-¡Ese es el peor argumento de todos! Y dígame ¿cómo
le ama usted?
-Como todo el mundo, Elena. ¡Pareces tonta!
-No lo crea... Contésteme.
-Pues amo el suelo en que pone los pies, y el aire que le
rodea, y todo lo que toca, y todas las palabras que pronun-
cia, y todo lo que mira, y todo lo que hace... ¡Le amo ple-
namente! Eso es todo.
-Bueno... y ¿qué más?
-Está bien; lo tomas a juego. ¡Es demasiada maldad!
Pero ¡para mí no se trata de una broma! -dijo la joven, dis-
gustada y contemplando distraídamente la lumbre.
100CUMBRES BORRASCOSAS
-No lo tomo a juego, señorita Catalina. Usted ama al
señorito Eduardo porque es guapo, y joven, y alegre y rico,
y porque él la ama a usted. Lo último no significaría nada.
Usted le amaría igual aunque ello no fuera así, y sólo por
ello no le querría si no reuniese las demás circunstancias.
-Claro que no; le compadecería, y puede que hasta le
aborreciera si fuera feo o fuera un hombre ordinario.
-Pues en el mundo hay otros jóvenes guapos y ricos y
más que el señorito Eduardo.
-Hay otros, o no; el único que he visto que sea así es
Eduardo.
-Pero puede usted llegar a ver algún otro, y él, además,
no será siempre joven y guapo. También podría dejar de ser
rico.
-Yo no tengo por qué pensar en lo por venir. Debías
hablar con más sentido común.
-Pues entonces, nada... Si no piensa usted más que en el
presente, cásese con el señorito Eduardo.
-Para eso no necesito tu permiso. Claro que me casaré
con él. Pero no me has dicho aún si hago bien o no.
-Está muy bien si usted se casa pensando sólo en el
presente. Ahora, contésteme usted ¿qué es lo que la preo-
cupa? Su hermano se alegrará; los ancianos Linton no creo
que pongan reparo alguno; va usted a salir de una casa de-
sordenada para ir a otra muy agradable; ama usted a Eduar-
do, y él le ama a usted. Todo está claro y sencillo. ¿Dónde
ve usted el obstáculo?
101E M I L Y
BRONTE
-¡Aquí y aquí o dondequiera que esté el alma! -repuso
Catalina, golpeándose la frente y el pecho. Tengo la impre-
sión de que hago mal.
- ¡Qué cosa tan rara! No me la explico.
-Ese es mi secreto, y te lo explicaré lo mejor que pueda,
si me prometes que no te vas a burlar de mí.
Se sentó a mi lado. Estaba triste, y noté que sus manos,
que mantenía enlazadas, temblaban.
-Elena ¿no sueñas nunca cosas extrañas? -me dijo, des-
pués de reflexionar un instante.
-A veces -contesté.
-También yo. En ocasiones, he soñado cosas que no he
olvidado nunca y que han cambiado mi modo de pensar.
Han pasado por mi alma, modificando su tonalidad, como
cuando al agua se le agrega vino. Y he tenido un sueño de
esa clase. Te lo voy a contar; pero líbrate de sonreír.
-No lo cuente, señorita -le aconsejé. Ya tenemos aquí
bastantes penas para invocar visiones que nos angustien
más. ¡Ea!, alégrese. Mire al pequeño Hareton. ¡Ese sí que
no sueña nada triste! ¿Ve cómo sonríe dulcemente?
-Sí, ¡y también con cuánta dulzura reniega su padre!
Supongo que te acordarás de cuando era como este niño.
De todos modos, tienes que escucharme, Elena. No es muy
largo. Además, no me siento con ánimos para estar alegre
esta noche.
-¡No quiero oírlo! -me apresuré a contestar.
Yo era, y soy aún, muy supersticiosa en cuestión de
sueños, y el semblante de Catalina se había puesto tan
sombrío, que temí escuchar el presagio de alguna horrorosa
102CUMBRES BORRASCOSAS
desgracia. Ella se enfadó, al parecer, y no continuó. Pasó a
otro tema, y me dijo:
-Yo sería muy desgraciada si estuviera en el cielo, Ele-
na.
-Porque no es usted digna de ir a él -respondí. Todos
los pecadores serían muy desgraciados en el cielo.
-No es por esa razón. Una vez soñé que estaba en el
cielo.
-Ya le he dicho, señorita, que no quiero enterarme de
sus sueños. Me voy a acostar -interrumpí.
Se echó a reír, y me obligó a permanecer sentada.
-Pues soñé -dijo- que estaba en el cielo; notaba que
aquello no era mi casa, y que, al fin, los ángeles se enfada-
ron tanto, que me echaron. Fui a caer en medio de la male-
za, en lo más alto de Cumbres Borrascosas, y me desperté
entre lágrimas de alegría. Ahora, con esa explicación, podrás
comprender mi secreto. El mismo interés tengo en casarme
con Eduardo Linton como de ir al cielo, y si mi malvado
hermano no hubiera tratado tan mal al pobre Heathcliff, yo
no habría pensado en ello nunca. Para mí sería una humilla-
ción casarme con Heathcliff, pero él nunca llegará a saber
cuánto le quiero, y no porque sea guapo, sino porque hay
más de mí en él que en mí misma. No sé de qué estarán he-
chas nuestras almas; pero, sean de lo que sea, la suya es
igual a la mía, y, en cambio, la de Eduardo es tan diferente
como el relámpago lo es de la luz o de la luna, o el hielo del
fuego.
Antes de que ella hubiese terminado de hablar, noté la
presencia de Heathcliff, que en aquel momento se incorpo-
103E M I L Y
BRONTE
raba y salía. Sólo había escuchado hasta que oyó decir a
Catalina que la humillaría casarse con él. Inmediatamente
se levantó y se fue. Pero ella, que estaba de espaldas, no
reparó en sus movimientos ni en su marcha. Yo me había
estremecido y le hice una señal para que se callara.
-¿Por qué? -preguntó, mirando, inquieta, en torno suyo.
-Porque José llega ya -repuse, refiriéndome al ruido del
carro, que con toda oportunidad oí avanzar por el camino.
Y Heathcliff vendrá con él. ¡A lo mejor estaba ahora mismo
detrás de la puerta!
-Desde la puerta no ha podido oírme -contestó. Dame a
Hareton para que le tenga mientras haces la cena, y después
déjame cenar contigo. ¿Verdad que Heathcliff no se da
cuenta de estas cosas, y que no sabe lo que es el amor?
-No veo por qué no ha de conocer todos estos senti-
mientos -repuse-, y si es de usted de quien está enamorado,
seguramente será muy desdichado, ya que en cuanto usted
se case, él se quedará sin amor, sin amistad y sin todo... ¿Ha
pensado en las consecuencias que tendrá para él la separa-
ción, cuando se dé cuenta de que queda enteramente solo
en el mundo, señorita Catalina?
-¡Qué separación ni qué quedarse solo en el mundo!
-replicó, indignada. ¿Quién había de separarnos? ¡Ay del
que lo intentara! Antes que abandonar a Heathcliff prescin-
diría de todos los Linton del mundo. No me propongo tal
cosa. No me casaría si hubiera de suceder así. Heathcliff
será para mí, cuando me case, lo que ha sido siempre.
Eduardo tendrá que aminorar su aversión, o, por lo menos,
soportarle. Y lo hará cuando conozca mis verdaderos sen-
104CUMBRES BORRASCOSAS
timientos. Ya lo veo, Elena, que me consideras una egoísta,
pero debes comprender que si Heathcliff y yo nos casára-
mos tendríamos que vivir como unos mendigos. En cambio,
si me caso con Linton, puedo ayudar a Heathcliff a que se
libre de la opresión de mi hermano.
-¿Con el dinero de su esposo, señorita? No será eso tan
fácil como usted cree. No tengo autoridad para opinar, pero
me parece que ese motivo es el peor de cuantos ha dado
para explicar su matrimonio con el señorito Eduardo.
-No -repuso ella. Es el mejor. Los otros se referían a sa-
tisfacer mis caprichos y a complacer a Eduardo... Yo no
puedo hacerme comprender, pero creo que tú y todos tenéis
la idea de que después de esta vida hay otra. ¿Para qué ha-
bía yo de ser creada, si antes de serlo ya estaba enteramente
contenida aquí? Todos mis dolores en este mundo han con-
sistido en dolores que ha sufrido Heathcliff, y los he segui-
do paso a paso desde que empezaron. El pensar en él llena
toda mi vida. Si el mundo desapareciera y él se salvara, yo
seguiría viviendo; pero si desapareciera él y lo demás conti-
nuara igual, yo no podría vivir. Mi amor a Linton es como
las hojas de los árboles, y bien sé que cambiará con el tiem-
po; pero mi cariño a Heathcliff es como son las rocas de
debajo de la tierra, que permanecen eternamente iguales sin
cambiar jamás. Es un afecto del que no puedo prescindir.
¡Elena, yo soy Heathcliff! Le tengo constantemente en mi
pensamiento, aunque no siempre como una cosa agradable.
Tampoco yo me agrado siempre a mí misma. No hables más
de separarnos, porque es imposible...
105E M I L Y
BRONTE
Calló y escondió la cabeza en mi regazo. Pero yo la
aparté de mí, porque me había hecho perder la paciencia
con sus locuras.
-Lo único que saco en limpio de sus disparates, señorita
-le dije- es que ignora usted los deberes de una mujer casa-
da, o que es usted una mujer sin conciencia. Y no me im-
portune con más confidencias, porque no me las callaré.
-Pero de ésta no hablará...
-No se lo prometo.
Ella iba a insistir, mas la llegada de José cortó la con-
versación. Catalina, con Hareton, se fue a un extremo de la
cocina, y allí esperó mientras yo preparaba la cena. Una vez
que estuvo a punto, José y yo empezamos a discutir acerca
de quién debía llevársela al señor Hindley, y sólo nos pusi-
mos de acuerdo cuando casi se había enfriado. El acuerdo
consistió en esperar a que el amo la pidiese, ya que le te-
míamos cuando llevaba algún rato encerrado a solas.
-Y aquel idiota, ¿no ha vuelto del campo todavía? ¿Qué
está haciendo? ¡Hay que ver qué holgazán! -dijo el viejo, al
notar que Heathcliff no se hallaba allí.
-Voy a buscarle -contesté. Debe de estar en el granero.
Le llamé, pero no obtuve contestación. Cuando volví,
cuchicheé al oído de Catalina que seguramente el mucha-
cho había escuchado parte de nuestro diálogo, y le expliqué
que le había visto salir de la cocina en el momento en que
ella se refería al comportamiento de su hermano con él.
Al oírme, dio un brinco, horrorizada, dejó a Hareton en
un asiento y se lanzó en busca de su compañero sin refle-
xionar siquiera en la causa de la turbación que sentía. Tanto
106CUMBRES BORRASCOSAS
tiempo estuvo ausente, que José propuso que no los esperá-
semos más, suponiendo, con su habitual tendencia a pensar
mal, que se quedaban fuera para no tener que asistir a sus
largas oraciones de bendición de la mesa. Añadió, pues, en
bien de las almas jóvenes, una oración más a las acostum-
bradas, y aún hubiera aumentado otra en acción de gracias
de no haber reaparecido la señorita ordenándole que saliese
enseguida para buscar a Heathcliff dondequiera que estu-
viese y hacerle venir.
-Necesito hablarle antes de subir -dijo. La puerta está
abierta, y él debe de encontrarse lejos, porque le he llamado
desde el corral, y no contesta.
José, aunque hizo algunas objeciones, acabó por poner-
se el sombrero y salir refunfuñando al verla tan excitada que
no admitía contradicción. Catalina empezó a pasearse de un
extremo a otro de la habitación, exclamando:
-¿Dónde estará? ¿Adónde habrá ido? ¿Qué es lo que
dije, Elena? Ya no me acuerdo. ¿Estará mortificado por lo
de esta tarde? ¡Dios mío! ¿Qué habré dicho que le ofendie-
ra? Necesito que venga. Quiero que esté aquí.
-¡Qué alboroto para nada! -repuse, aunque me sentía
también bastante inquieta. Se apura usted por poco. No
creo que sea motivo de alarma el que Heathcliff pasee por
los pantanos a la luz de la luna, o que esté tendido en el
granero sin ganas de hablar. A lo mejor está escuchándonos.
Voy a ver si lo encuentro.
Y salí de nuevo en su busca, pero sin resultado. A José
le ocurrió lo mismo. Volvió diciendo:
107E M I L Y
BRONTE
-¡Cuánta guerra da ese muchacho! Ha dejado abierta la
verja y la jaca de la señorita se ha escapado a la pradera
después de estropear dos haces de trigo. Ya le castigará el
amo mañana por esos juegos endemoniados, y hará bien.
Demasiada paciencia tiene por tolerar tantos descuidos.
Pero no sucederá siempre igual. Lo hemos de ver. ¡Está ha-
ciendo todo lo posible para sacar al amo de sus casillas!
-Bueno; ¿has encontrado o no a Heathcliff, so bestia?
-le interrumpió Catalina. ¿Le has buscado como te mandé?
-Con más gusto hubiera buscado al caballo, y hubiera
sido más razonable -respondió. Pero no puedo encontrar ni
a uno ni a otro en una noche tan negra como la de hoy. Y si
silbo para llamarle, bien cierto es que no vendrá. Puede que
no estuviera tan sordo si le silbara usted.
A pesar de que estábamos en verano, la noche, en efec-
to, era oscurísima. Amenazaba tormenta, y yo les aconsejé
que nos sentáramos, porque seguramente la lluvia haría
volver a Heathcliff sin necesidad de que nos ocupásemos de
encontrarle. Pero Catalina no se tranquilizó. Iba y venía, en
continua agitación, de un sitio a otro. Al fin, se apoyó en el
muro junto al camino, y allí permaneció a pesar de mis ob-
servaciones: unas veces llamando a Heathcliff; otras, escu-
chando en espera de sentirle volver, y otras, llorando
desconsoladamente. Lloraba como Hareton u otro niño
cualquiera lo hubiese hecho.
A medianoche la tormenta descargó violentamente so-
bre Cumbres Borrascosas. Fuera efecto de un rayo o del
vendaval, un árbol próximo a la casa se tronchó, y una de
sus grandes ramas cayó sobre el tejado, derribando parte del
108CUMBRES BORRASCOSAS
tubo de la chimenea, lo que hizo que se desplomara sobre el
fogón una avalancha de piedras y hollín. Creímos que había
caído un rayo entre nosotros, y José se hincó de rodillas pa-
ra pedir a Dios que se acordara de Noé y Lot y, al enviar su
castigo sobre el malo, perdonara al justo. Yo intuí que en-
tonces también nosotros íbamos a ser alcanzados por la ira
divina. En mi mente, el señor Earnshaw se me aparecía
como Jonás, y, temiendo que no viniera ya, llamé a su puer-
ta. Respondió de tal modo y con tales frases, que José hubo
de impetrar a Dios, con redoblada vehemencia, que en la
hora de su ira hiciera la oportuna distinción entre justos
como él y pecadores como su amo.
En fin: la tempestad cesó a los pocos minutos, sin ha-
bernos causado ni a José ni a mí mal alguno, aunque sí a
Catalina, que, por haberse obstinado en continuar bajo la
lluvia sin siquiera ponerse el abrigo, ni nada a la cabeza,
volvió empapada. Se sentó, apoyó la cabeza en el respaldo
del banco y acercó las manos al fuego.
-Vaya, señorita -le dije, tocándole en un hombro-; usted
se ha empeñado en matarse... ¿Sabe qué hora es? Las doce
y media. Vamos a acostarnos. No es cosa de seguir espe-
rando a ese imbécil. Se habrá ido a Gimmerton y pernoctará
allí. Ya comprenderá que no esperaremos que vuelva a estas
horas. Además, temerá que el señor esté despierto y que sea
él quien le abra la puerta.
-No debe de estar en Gimmerton -repuso José- y no me
maravillaría que yaciese en el fondo de una ciénaga. Esto
ha sido un aviso divino, y tenga en cuenta, señorita, que la
próxima vez le tocaría a usted. Demos gracias al Cielo por
109E M I L Y
BRONTE
todo. Sus designios conducen siempre a lo mejor, aun las
desgracias, como dicen las Sagradas Escrituras.
Y comenzó a citar pasajes de la Biblia, mencionando
los capítulos y versículos correspondientes.
Harta de insistir a la terca joven para que se secara y se
cambiara de ropa, los dejé: a ella, con su tiritona, y a José,
con sus sermones, y me fui a acostar con el pequeño Hare-
ton, que estaba profundamente dormido. Oí a José leer,
luego le sentí subir la escalera, y en seguida me dormí.
A la mañana siguiente me levanté algo más tarde que de
costumbre, y al bajar vi a la señorita Catalina, que seguía
sentada junto al hogar. El señor Hindley, soñoliento y con
profundas ojeras, estaba en la cocina también y le pregun-
taba:
-¿Qué te pasa, Catalina? ¡Estás más abatida que un ca-
chorro chapuzado! ¿Por qué estás tan mojada y tan pálida?
-No me pasa otra casa -contestó, malhumorada, Catali-
na sino que he cogido una mojadura y siento frío.
Noté que el señor estaba ya sereno, y exclamé:
- ¡Es muy traviesa! Se caló hasta los huesos cuando la
lluvia de ayer, y se ha obstinado en quedarse toda la noche
al lado de la lumbre.
-¿Toda la noche?... --exclamó, sorprendido, el señor
Earnshaw -. ¿Y por qué? No habrá sido por miedo a la tem-
pestad...
Como ni ella ni yo deseábamos mencionar a Heathcliff
mientras pudiéramos evitarlo, contesté que se le había an-
tojado quedarse allí, y ella no dijo nada.
110CUMBRES BORRASCOSAS
Hacía una mañana clara y fresca. Abrí las ventanas, y
los perfumes del jardín penetraron en la estancia. Pero Ca-
talina me dijo:
-Cierra, Elena. Estoy extenuada.
Y sus dientes rechinaban, mientras se acercaba a la
lumbre, casi fría.
-Está enferma -aseguró Hindley, tomándole el pulso..
Por eso no se acostó. ¡Qué condenación! Está visto que no
puedo estar libre de enfermedades en esta casa. ¿Por qué te
expusiste a la lluvia?
-Por andar detrás de los muchachos, como de costum-
bre -se apresuró a decir José, dando suelta a su maldita len-
gua. Si yo estuviera en el caso de usted, señor, les daría con
la puerta en las narices a todos ellos, señoritos y aldeanos.
Todos los días que usted sale, el Linton se cuela aquí como
un gato. Mientras tanto, la tal Elena, ¡qué es buena tam-
bién!, vigila desde la cocina, y cuando usted entra por la
puerta, él sale por la opuesta. Y entonces, nuestra señorona
corre al lado del otro. ¡Hay que ver! ¡Andar a las doce de la
noche a campo traviesa con aquel endiablado gitano de
Heathcliff! Se imaginan que estoy ciego; pero se equivocan.
Yo he visto al joven Linton ir y venir, y te he visto a ti, ¡so
bruja! -añadió mirándome-, estar atenta y avisarlos en cuan-
to los cascos del señor sonaron en el camino.
-¡Silencio, insolente! -gritó Catalina. Linton vino ayer
por casualidad, Hindley, y le dije que se fuera cuando vinis-
te, porque supuse que no te agradaría verle dada la forma
en que venías.
111E M I L Y
BRONTE
-Mientes, Catalina; estoy seguro... Y eres una condena-
da idiota -repuso su hermano. No me hables de Linton por
el momento... Dime si has estado esta noche con Hea-
thcliff. No temas que le maltrate. Le odio; pero hace poco
me hizo un favor y ello detiene mis impulsos de partirle la
cabeza. Lo que haré será echarle a la calle hoy mismo, y a
partir de entonces tened cuidado, porque todo mi mal hu-
mor caerá sobre vosotros.
-No he visto a Heathcliff esta noche -contestó Catalina,
sollozando. Si le echas de casa, me iré con él. Pero quizá no
puedas hacerlo ya. Tal vez se haya ido...
Una angustia incontenible la dominó y empezó a profe-
rir sonidos inarticulados. Hindley le dirigió un chaparrón de
groserías y la hizo subir a su cuarto amenazándola con que
de lo contrario tendría verdaderos motivos para llorar. Yo
hice que le obedeciera, y jamás olvidaré la escena que me
dio cuando estuvo en su alcoba. Me aterrorizó hasta el pun-
to de que pensé que iba a volverse loca, y encargué a José
que corriera a llamar al médico. El señor Kennett pronosti-
có un comienzo de delirio; dijo que estaba enferma de gra-
vedad, le hizo una sangría para disminuir la fiebre, y me
encargó que le diese solamente leche y agua de cebada, y
que la vigilase mucho para impedir que se arrojase por la
ventana o por la escalera. Enseguida se marchó, porque te-
nía excesivo trabajo, ya que entre las casas de sus pacientes
solía haber una distancia de cuatro o cinco kilómetros.
Confieso que no me porté como una excelente enferme-
ra, y José y el amo tampoco lo hicieron mejor que yo; pero,
pese a ello y a sus propios caprichos, la enferma logró ven-
112CUMBRES BORRASCOSAS
cer la gravedad de su estado. Entretanto, la señora Linton
nos hizo varias visitas, procuró ordenar las cosas de la casa;
estaba siempre dándonos órdenes y reprendiéndonos, y, por
fin, cuando Catalina estuvo mejor, se la llevó a convalecer a
la granja, lo que por cierto le agradecimos mucho.
Pero la pobre señora tuvo motivo para arrepentirse de
su gentileza, porque ella y su marido contrajeron la fiebre y
fallecieron con un intervalo de pocos días.
La joven volvió a casa más violenta y más intratable
que nunca. No habíamos vuelto a saber nada de Heathcliff.
Un día en que ella me había hecho perder la paciencia, co-
metí la ligereza de achacarle la culpa de la desaparición del
muchacho, lo que en realidad era la verdad pura, como a
ella le constaba, y mi acusación hizo que rompiera conmigo
todo trato, excepto el inevitable para las cosas de la casa.
Ello duró varios meses. José cayó también en desgracia. No
sabía callarse sus pensamientos y se obstinaba en seguir
sermoneándola como si aún fuera una chiquilla, cuando en
realidad era una mujer hecha y derecha, y, además, nuestra
ama. Para colmo, el médico había recomendado que no se
la contrariase, y ella consideraba que cometíamos un crimen
cuando la contradecíamos en algo. No trataba tampoco a su
hermano ni a los amigos de su hermano. Hindley, a quien
Kennett había hablado sinceramente, procuraba dominar
sus arrebatos y no excitar el mal carácter de Catalina. Inclu-
so se portaba con demasiada indulgencia, aunque más que
por afecto lo hacía porque deseaba que ella honrase a la
familia casándose con Linton. Le importaba muy poco que
113E M I L Y
BRONTE
Catalina nos tratara a nosotros como esclavos, siempre que
no le importunase a él.
Eduardo Linton se sintió tan entontecido como tantos
otros lo han estado antes que él y lo seguirán estando en lo
sucesivo, el día en que llevó al altar a Catalina, tres años
después de la muerte de sus padres.
Contra mi gusto, me obligaron a abandonar Cumbres
Borrascosas para acompañar a la joven señora. El pequeño
Hareton tenía entonces cinco años y yo había empezado a
enseñarle a leer. La despedida fue muy triste. Pero las lá-
grimas de Catalina pesaban más que las nuestras. Al princi-
pio no quise marcharme con ella, y viendo que sus ruegos
no me conmovían fue a quejarse a su novio y a su hermano.
El primero me ofreció un magnífico sueldo y el segundo me
ordenó que me largase, ya que no necesitaba mujeres en la
casa, según dijo. De Hareton se haría cargo el cura. Así que
no tuve más remedio que obedecer. Dije al amo que lo que
se proponía era alejar de su lado todas las personas decen-
tes para precipitarse más pronto en su propia ruina; besé a
Hareton y me fui. Desde entonces, el niño ha sido para mí
un extraño. Aunque parezca mentira, creo que ha olvidado
por completo a Elena Dean, y que no se acuerda de aque-
llos tiempos en que él lo era todo en el mundo para ella y
ella todo en el mundo para él.
Al llegar a esta altura de su relato mi ama de llaves miró
el reloj y se asombró de ver que las manillas marcaban la
una y media. Se negó a seguir sentada ni un segundo más, y,
en verdad, yo me sentía también bastante propicio a que su
relato se aplazase. Ahora que se ha ido, voy a decidirme a
114CUMBRES BORRASCOSAS
acostarme, a pesar del entorpecimiento que invade mis
músculos y mi cabeza.
115E M I L Y
BRONTE
Capítulo diez
¡Me he lucido con el principio que ha tenido mi vida de
eremita! ¡Cuatro semanas enfermo, tosiendo constantemen-
te! ¡Oh, estos implacables vientos y estos sombríos cielos
del Norte! ¡Oh, los intransitables caminos y los calmosos
médicos rurales! Pero peor que todo, incluso que la priva-
ción de todo semblante humano en torno mío, es la conmi-
nación de Kennett de que debo permanecer en casa, sin
salir, hasta que apunte la primavera...
El señor Heathcliff me ha hecho el honor de visitarme.
Hace siete días me envió un par de guacos, que, al parecer,
son los últimos de la estación. El muy villano no está exen-
to de responsabilidades en mi enfermedad, y no me faltaban
deseos de decírselo; pero ¿cómo ofender a un hombre que
tuvo la bondad de pasarse una hora a mi cabecera hablán-
dome de temas diferentes, de píldoras y medicaciones? Su
visita constituyó para mí un gran paréntesis en mi dolencia.
Aún estoy demasiado débil para leer. ¿Por qué, pues,
no pedir a la señora Dean que continúe relatándome la his-
toria de mi vecino? La dejamos en el momento en que el
116CUMBRES BORRASCOSAS
protagonista se había fugado y en que la heroína se casaba.
Voy a llamar a mi ama de llaves; seguramente le agradará
entablar una animada conversación conmigo durante un
buen rato.
La señora Dean acudió.
-Dentro de veinte minutos le corresponde tomar la me-
dicina, señor -empezó a decir.
- ¡Fuera medicinas! Lo que deseo es...
-El médico dice que debe usted suspender los polvos
de...
-¡Con mucho gusto! Siéntese. No acerque los dedos a
esa odiosa hilera de frascos. Saque la labor del bolsillo y
continúe relatándome la historia del señor Heathcliff desde
el punto en que la suspendió el otro día. ¿Concluyó su edu-
cación en el continente y volvió hecho un caballero? ¿O
logró ingresar en un colegio? ¿O bien emigró a América y
alcanzó una posición exprimiendo la sangre de los naturales
de aquel país? ¿O es que se enriqueció más deprisa actuan-
do en los caminos reales de Inglaterra?
-Quizá hiciera un poco de todo, señor Lockwood, pero
no puedo garantizárselo. Como antes le dije, no sé cómo
ganó dinero, ni cómo se las arregló para salir de la ignoran-
cia en que había llegado a caer. Si le parece, continuaré ex-
plicándome a mi modo, si cree usted que no se fatigará y
que encontrará en ello alguna distracción. ¿Se siente usted
mejor hoy?
-Mucho mejor.
-Esa es una agradable novedad.
117E M I L Y
BRONTE
La señorita Catalina y yo nos trasladamos a la Granja
de los Tordos, y ella comenzó portándose mejor de lo que
yo esperaba, lo que me sorprendió bastante. Parecía estar
enamoradísima del señor Linton y también demostraba mu-
cho afecto a su hermana. Verdad es que ellos eran muy
buenos para con Catalina. Aquí no se trataba del espino
inclinándose hacia la madreselva, sino de la madreselva
abrazando al espino. No es que los unos se hiciesen conce-
siones a los otros, sino que ella se mantenía de pie y los
otros se inclinaban. ¿Quién va a demostrar mal genio cuan-
do no encuentra oposición en nadie? Yo notaba que el se-
ñor Linton tenía un miedo terrible a irritarla. Procuraba
disimularlo ante ella; pero si me oía contestarle destempla-
damente, o veía molestarse a algún criado cuando recibía
alguna orden imperiosa de su mujer, expresaba su descon-
tento con un fruncimiento de cejas que no era corriente en
él cuando se trataba de cosas que le afectasen personalmen-
te. A veces me reprendía mi acritud, diciéndome que el ver
disgustada a su esposa le producía peor efecto que recibir
una puñalada. Procuré dominarme, a fin de no contrariar a
un amo tan bondadoso. Durante medio año, la pólvora, al
no acercarse a ella ninguna chispa, permaneció tan inofen-
siva como si fuese arena. Eduardo respetaba los accesos de
melancolía y taciturnidad que invadían de cuando en cuan-
do a su esposa, y los atribuía a un cambio producido en ella
por la enfermedad, ya que antes no los había padecido nun-
ca. Y cuando ella se restablecía, ambos eran perfectamente
felices, y para su marido parecía que hubiera salido el sol.
118CUMBRES BORRASCOSAS
Pero aquello se acabó. Indudablemente, en el fondo,
cada uno debe mirar por sí mismo. Precisamente los buenos
son más egoístas que los dominantes. Y aquella dicha tuvo
su fin cuando una de las partes se apercibió de que no era el
objeto de los desvelos de la otra. En una tarde serena de
septiembre yo volvía del huerto llevando un cesto de man-
zanas que acababa de recoger. Había oscurecido ya y la lu-
na brillaba por encima de la tapia del patio produciendo
sombras en los salientes de la fachada del edificio. Yo dejé
el cesto en los peldaños de la escalera de la cocina y me de-
tuve un momento para aspirar el aire tranquilo y suave.
Mientras, oí detrás de mí una voz que me decía:
-Elena, ¿eres tú?
El tono profundo de aquella voz no me era desconoci-
do del todo. Me volví para ver quién hablaba, algo descon-
certada, ya que la puerta estaba cerrada y no había visto
aproximarse a nadie a la escalera. En el portal distinguí una
sombra, y al avanzar hacia allí me encontré con un hombre
alto y moreno, vestido de negro. Estaba apoyado en la
puerta y tenía puesta la mano en el picaporte, como si tu-
viese la intención de abrir él mismo.
« ¿Quién será? -pensé. No es la voz del señor Ear-
nshaw.» -Llevo una hora esperando -me dijo-, quieto como
un muerto. No me atreví a entrar. ¿Es que no me conoces?
¡No soy un extraño para ti!
Un rayo de luna iluminó sus facciones. Tenía las meji-
llas lívidas y negras patillas las adornaban. Sus cejas eran
sombrías y sus ojos profundos, inconfundibles. Yo recorda-
ba íntegramente la expresión de aquellos ojos.
119E M I L Y
BRONTE
-¡Oh! -exclamé, levantando las manos con asombro, y
aun dudando de si debía considerarle como a un visitante
corriente. ¿Es posible que sea usted?
-Sí; soy Heathcliff -respondió, dirigiendo la vista a las
ventanas, en las que se reflejaba la luna, pero de las que no
salía ninguna luz. ¿Están en casa? ¿Está Catalina? ¿No te
alegras de verme, Elena? No te asustes. Vamos, dime si ella
está aquí. Necesito hablar a tu señora. Anúnciale que una
persona de Gimmerton desea verla.
-No sé lo que le parecerá -dije. Estoy asombrada. Esto
le va a hacer perder la cabeza. Sí; usted es Heathcliff... Pero
¡qué cambiado está! Me parece imposible. ¿Ha sido usted
soldado?
-Haz lo que te he dicho -me interrumpió impaciente-
mente. ¡No puedo esperar más!
Entré; pero al llegar al salón donde estaban los señores
me quedé parada sin saber qué decir. Al fin les pregunté,
como pretexto, si querían que encendiese la luz, y abrí la
puerta.
Ellos estaban sentados junto a una ventana abierta
desde la que se veían los árboles del jardín, las incultas
frondas del parque, el valle de Gimmerton cubierto por una
franja de bruma... Cumbres Borrascosas se alzaba al fondo,
sobre la neblina. Pero la casa no se divisaba, ya que está
construida en la otra ladera del monte. El paisaje, habita-
ción y los que había en ella estaban sumidos en un maravi-
llosa paz. Me era muy violento dar el recado, y principiaba a
iniciar la marcha sin transmitirlo, cuando un impulso de lo-
cura me hizo volverme y decir:
120CUMBRES BORRASCOSAS
-Hay ahí una persona de Gimmerton que desea verla
señora.
-¿Qué quiere? -preguntó la señora Linton.
-No se lo he preguntado -repuse.
-Bien. Echa las cortinas y trae el té. En seguida vengo.
Salió de la habitación el señor había venido.
-Una persona que la señora no esperaba –repuse- Hea-
thcliff; ¿no se acuerda? Aquel que vivía en casa del señor
Earnshaw.
-¡Ah, el gitano, el mozo de labranza! ¿Cómo no le has
dicho a Catalina quién era?
-No le llame por esos nombres, señor -le aconsejé-,
porque ella se ofendería si le oyera. Cuando se fue estuvo
muy disgustada. Seguramente se alegrará de verle volver.
El señor Linton se asomó a una ventana que daba al
patio y gritó a su mujer
-No estés ahí, querida. Haz entrar a ese visitante.
Oí rechinar el picaporte y Catalina subió corriendo, to-
da sofocada y con una excitación tal, que hasta borraba de
su rostro toda señal de alegría. Viéndola, casi parecía, por
su exaltación, que había asistido a una terrible desgracia.
-¡Eduardo, Eduardo, -exclamó ella, jadeante- ¡Eduar-
do, amor mío: Heathcliff ha vuelto!
Y le abrazaba hasta casi ahogarle.
-Bien, bien -repuso su esposo, un tanto mohíno. No
creo que por eso hayas de estrangularme. No me parece que
ese Heathcliff sea un tesoro maravilloso. ¡No es como para
volverse locos porque haya vuelto!
121E M I L Y
BRONTE
-Ya sé que no te agrada mucho -replicó Catalina, repri-
miéndose un poco. Pero tenéis que ser amigos ahora, aun-
que sólo sea por mí. ¿Le digo que suba?
-¿Al salón?
-¿Dónde si no? -contestó ella.
Él, algo molesto, indicó que el sitio oportuno hubiera
sido la cocina. Ella le contempló entre risueña y contraria-
da.
-No -contestó. No voy a estar yo en la cocina. Elena,
trae dos mesas... Una para el señor y la señorita Isabel que
son nobles, y otra para Heathcliff y para mí, que somos ple-
beyos. ¿Te parece bien, querido? ¿O prefieres que le reciba
en otra parte? Si es así, dilo. Voy a buscar a nuestro visitan-
te. ¡Me parece una felicidad demasiado grande para que sea
verdadera!
Iba a volver a salir, pero Eduardo la detuvo.
-Mándale subir -me ordenó-, y tú, Catalina, alégrate, si
quieres; pero no hagas cosas absurdas. No hay por qué dar
el espectáculo de recibir a un criado huido como a un her-
mano.
Bajé y encontré a Heathcliff esperando en el portal que
le hiciesen subir. Me siguió en silencio y le conduje a pre-
sencia de los amos, cuyas encendidas mejillas delataban la
reciente discusión. La señora se ruborizó más aún, y corrió
hacia Heathcliff, le cogió las manos e hizo que Linton y él
se las estrechasen, aunque a regañadientes. A la luz del fue-
go y de las bujías me asombró más aún la transformación de
Heathcliff.
122CUMBRES BORRASCOSAS
Se había convertido en un hombre alto, atlético y bien
constituido. Mi amo parecía un jovenzuelo a su lado. Vien-
do su erguido continente se pensaba que debía de haber
servido en el Ejército. Su semblante mostraba una expre-
sión más firme y resuelta que el del señor Linton, dejaba
transparentar inteligencia y no conservaba huella alguna de
su antigua inferioridad. En sus cejas fruncidas y en el negro
fulgor de ojos persistía aún algo de su nativa ferocidad, pero
dominada. Sus modales eran dignos y sobrios, aunque no
graciosos. Mi amo quedó, al notar todo aquello, tan estupe-
facto como yo misma. Estuvo un momento indeciso, sin
saber cómo dirigirse a él. Heathcliff dejó caer la mano y es-
peró hasta que Linton optó por hablarle.
-Siéntese -dijo, al fin. Mi mujer, recordando los viejos
tiempos, me ha pedido que le acoja con cordialidad. No hay
que decir que cuanto a ella la satisface, me complace a mí.
-Lo mismo digo -repuso Heathcliff. Pasaré con mucho
gusto aquí una o dos horas.
Catalina no apartaba los ojos de él, como si temiese que
se desvaneciera cuando dejara de contemplarle. Heathcliff
sólo la miraba de cuando en cuando, y en sus ojos se pinta-
ba el placer que le producía el volver a ver a su amiga. Es-
taban tan satisfechos, que ni siquiera les quedaba lugar para
sentirse turbados. El señor Linton, al contrario, palidecía
cada vez más, y su enojo llegó al extremo cuando su mujer
se puso en pie, cruzó la habitación, cogió las manos de
Heathcliff y comenzó a reír.
-Mañana pensaré haber soñado -exclamó. Me parecerá
imposible haberte visto, tocado y oído otra vez. No te me-
123E M I L Y
BRONTE
recías esta acogida, Heathcliff. ¡En tres años de ausencia,
en ninguna ocasión te has acordado de mí!
-Más de lo que tú hayas pensado en mí, Catalina. Hace
poco me enteré de tu matrimonio, y entonces, mientras es-
peraba abajo, sólo tenía un pensamiento: verte, contemplar
tu mirada de sorpresa y de acaso fingido placer, arreglar las
cuentas que tengo pendientes con Hindley y quitarme de en
medio por mis propias manos. El modo que has tenido de
recibirme ha disipado estas ideas en mí; pero procura no
recibirme la próxima vez de otro modo. Mas no... Creo que
no me despedirás otra vez. ¿Te disgustó mi ausencia real-
mente? Había motivos. Desde que me separé de ti he vivi-
do amargamente. Perdóname... ¡Todo lo he hecho por ti!
-Haz el favor de sentarte, Catalina, porque de lo contra-
rio vamos a tomar el té frío -dijo el señor Linton, que se
esforzaba por dominarse. Doquiera que el señor Heathcliff
vaya a pasar esta noche, tendrá seguramente que andar mu-
cho, y yo, por mi parte, siento sed.
Catalina se sentó, acudió Isabel y yo me retiré. La cola-
ción no duró más de diez minutos. La señora apenas probó
bocado y Eduardo tampoco. El visitante no estuvo más de
una hora. Cuando salió le pregunté si se iba a Gimmerton.
-Voy a Cumbres Borrascosas -repuso. El señor Ear-
nshaw me invitó cuando estuve esta tarde a visitarle.
¡De manera que había visto al señor Earnshaw y éste le
había invitado! Acaso Heathcliff había adquirido hábitos
hipócritas y regresaba con el propósito de actuar perversa-
mente, de una forma disimulada y pérfida. Tuve el presen-
124CUMBRES BORRASCOSAS
timiento de que hubiera sido preferible que permaneciera
lejos de nosotros.
A medianoche la señora Linton vino a mi alcoba, se
sentó junto a mi lecho y me tiró del cabello.
-No consigo dormirme, Elena -me dijo como explica-
ción. Siento la necesidad de que alguien comparta mi dicha.
Eduardo está disgustado porque me alegro de una cosa que
no le interesa, se niega a hablar y no dice más que tonterías
y recriminaciones, y me trata de cruel porque quiero ha-
blarle de esto cuando se encuentra, según él, cansado y
muerto de sueño. Dice que se siente mal; en cuanto algo le
contraría siempre sale con lo mismo. Le hice algunos elo-
gios de Heathcliff, y entonces, o por envidia o porque en
realidad le duela la cabeza, se ha puesto a llorar. Me he le-
vantado y me he ido.
-No debía usted elogiar a Heathcliff en presencia suya -
contesté. Ya sabe que de muchachos se odiaban. Tampoco
a Heathcliff le hubiera agradado oír elogios de su esposo.
Los hombres son así. No hable usted a su esposo de Hea-
thcliff, a no ser que quiera usted provocar un choque entre
ellos.
-Eso es señal de inferioridad -dijo Catalina. Yo no en-
vidio el rubio cabello de Isabel, ni su piel blanca, ni el cari-
ño que toda la familia siente hacía ella. Cuando discuto por
algo con Isabel, tú te pones de parte suya, y yo cedo en to-
do, como una madre débil y condescendiente. A su herma-
no le gusta que seamos buenas amigas, y a mí también. Pero
son dos niños mimados, que se figuran que el mundo ha
125E M I L Y
BRONTE
sido creado para complacerles. Yo procuro complacerles, sí;
pero no dejo de pensar que les sentaría bien una lección.
-Está usted equivocada, señora Linton -dije-; son ellos
los que procuran complacerla a usted. Me consta lo que pa-
saría en caso contrario. Ellos podrán tener algún capricho;
pero, en cambio, no hacen más que amoldarse a todos sus
deseos. Y desee usted, señora, que no se presente alguna
ocasión de probar su carácter, porque si llega ese caso, esos
que usted supone inferiores y débiles demostrarán tanta
energía como usted misma.
-En ese caso, lucharemos hasta la muerte, ¿no? -repuso
Catalina, echándose a reír. Tengo tanta confianza en el
amor de Eduardo, que creo que podría hasta matarle sin
que él se defendiese.
Yo entonces le aconsejé que estimara aquel cariño en
cuanto valía.
-Ya lo estimo -contestó-, pero él no debería romper en
lágrimas por pequeñeces. Eso es una niñería. Cuando le he
dicho que Heathcliff merecía ahora el respeto de todos y
que cualquiera se honraría con su amistad, ha debido mos-
trarse de acuerdo conmigo. Tiene que acostumbrarse a él y
hasta podría llegar a apreciarle. Heathcliff se portó bien con
él, si tenemos en cuenta los motivos que tiene para no sen-
tir simpatía hacia su persona.
-¿Qué opina de su visita a Cumbres Borrascosas? -dije.
Al parecer, se ha corregido en todo y perdona a sus enemi-
gos, como buen cristiano.
-Estoy tan asombrada como tú -repuso ella. Según él ha
explicado, fue allí para preguntar por mí, pensando que tú
126CUMBRES BORRASCOSAS
seguirías viviendo en la casa. José se lo dijo a Hindley, y
éste salió y empezó a hacerle preguntas sobre su vida. Lue-
go le mandó pasar. Había varias personas jugando a las car-
tas, y Heathcliff tomó parte en el juego. Mi hermano le
ganó algún dinero, y viendo que lo tenía en abundancia, le
pidió que volviese de nuevo. Hindley es tan dejado, que no
comprenderá la imprudencia que comete buscando la amis-
tad de aquel a quien tanto ha ofendido. Heathcliff dice que
si ha accedido a reanudar las relaciones con mi hermano es
para poder verme con más frecuencia de lo que le sería po-
sible si viviese en Gimmerton. Piensa pagar bien los gastos
de su alojamiento en Cumbres Borrascosas, y esto compla-
cerá a mi hermano, que siempre ha sido codicioso, a pesar
de que cuanto coge con una mano lo tira con la otra.
-Mal sitio es para vivir un joven -dije-. ¿No teme usted
las consecuencias, señora Linton?
-Para mi amigo, no. Es lo bastante precavido para li-
brarse de todo riesgo. Si algo temo, es por Hindley; pero tan
bajo ha caído moralmente, que dudo que pueda descender
más. Respecto a daño físico, yo medio entre ambos. El re-
greso de Heathcliff me ha reconciliado con Dios y con los
hombres. ¡He sufrido mucho, Elena! Si él comprende cuán-
to, sentirá vergüenza de ensombrecer mi alegría con sus
rencores. Y todo lo he aguantado por cariño hacia él. Pero
ya pasó. En adelante, estoy dispuesta a soportarlo todo. Si
el más ínfimo de los seres me diese un bofetón en una meji-
lla, no sólo le ofrecería la otra, sino que le pediría, además,
que me perdonase. Y, para demostrarlo, voy ahora mismo a
127E M I L Y
BRONTE
hacer las paces con Eduardo. Buenas noches. ¡Soy tan bue-
na como un ángel!
Se fue, pues, muy satisfecha de sí misma, y a la mañana
siguiente se hizo evidente el resultado de su decisión.
Eduardo, aunque algo violento aún por la excesiva anima-
ción de Catalina, había cejado en su enfado, y hasta consin-
tió en que ella fuese aquella tarde con Isabel a Cumbres
Borrascosas. Ella, en cambio, le mostró tanto amor y le hi-
zo tantas caricias, que la casa durante varios días fue un
paraíso.
Heathcliff -en realidad debo decir ya el señor Hea-
thcliff- era discreto al principio en las visitas que hacía a la
Granja de los Tordos, como si midiese hasta dónde podía
llegar con su presencia sin incomodar al señor. Catalina, a
su vez, procuró moderar sus transportes de alegría cuando
llegaba él, y así consiguió Heathcliff imponer su asiduidad.
El carácter reservado que le distinguía desde la infancia le
permitía reprimir la exteriorización de su afecto. Mi amo se
sosegó momentáneamente. Pero pronto había de encontrar
motivos de inquietud.
El nuevo manantial de sus desventuras fue el amor que
de repente sintió Isabel Linton hacia Heathcliff. Isabel era
una hermosa muchacha de dieciocho años, de apariencia
muy infantil, muy inteligente y también de genio muy vio-
lento si se la irritaba. Su hermano, que la quería mucho,
quedó consternado cuando notó sus sentimientos.
Aparte de la bajeza que significaba un matrimonio con
un hombre ordinario y la posibilidad de que sus bienes, si
no tenía hijos, pasaran a manos de aquel personaje, el amo
128CUMBRES BORRASCOSAS
comprendía bien que, en el fondo, el carácter de Heathcliff,
pese a las apariencias, no se había modificado. Y temblaba
ante la idea de entregarle a Isabel. Él atribuyó lo ocurrido a
maniobras de Heathcliff, aunque, en verdad, Isabel se había
enamorado espontáneamente, sin que Heathcliff le corres-
pondiera.
Durante cierto tiempo, todos veníamos notando que un
secreto disgusto consumía a la señorita Isabel. Se hizo hos-
ca y susceptible, y con cualquier pretexto reñía con Catali-
na, a riesgo de acabar con la poca paciencia de su cuñada.
Al principio, supusimos que no estaba bien de salud, ya que
la veíamos adelgazar y decaer ostensiblemente. Pero, al fin,
un día se manifestó impertinente hasta el colmo. Se negó a
desayunar, diciendo que los criados no la obedecían, que
Eduardo no se ocupaba de ella y que Catalina la tenía cohi-
bida. Agregó que se había enfriado porque habían dejado el
fuego apagado y las puertas abiertas expresamente para
molestarla, y aún dijo otras simplezas. En respuesta, la se-
ñora Linton le ordenó que se acostara y la amenazó con
llamar al médico. Al oír hablar de Kennett, la joven respon-
dió en el acto que disfrutaba de una excelente salud y que
era la dureza de Catalina lo que la hacía sufrir.
-¿Que soy dura contigo, niña mimada? -dijo la señora-.
¿Cuándo he sido dura contigo?
-Ayer.
-¿Ayer? -exclamó su cuñada- ¿En qué momento?
-Cuando salimos a pasear con el señor Heathcliff me
dijiste que podía irme a donde quisiera para quedarte sola
con él.
129E M I L Y
BRONTE
-¿Y a eso le llamas dureza? Era una indirecta para que
nos dejaras solos, porque nuestra conversación no era inte-
resante para ti -dijo Catalina, riendo.
-No -replicó la joven. Querías que me fuera porque sa-
bías que me agradaba estar allí.
-¿Se habrá vuelto loca? -me dijo la señora Linton. Voy a
repetir nuestra conversación, palabra por palabra, Isabel, y
luego me dirás qué interés podía ofrecerte.
-No me importaba la conversación -repuso Isabel. Lo
que me interesaba era estar con...
-¿Con...? -interrogó Catalina.
-Con él, y por eso me hiciste marcharme -repuso Isabel.
Tú obras como el perro del hortelano, Catalina, y no puedes
soportar que amen a nadie más que a ti misma.
-Eres una impertinente -dijo la señora Linton. No pue-
do creer en tanta estupidez. ¿Es posible que desees que
Heathcliff te admire y que le consideres un hombre agrada-
ble? Supongo que no...
-Le amo más de lo que tú puedas amar a Eduardo
-contestó la muchacha -, y estoy segura de que él me amaría
si tú no te mezclaras entre ambos.
-¡Ni aunque me dieran un reino quisiera estar en tu ca-
so! -dijo Catalina. Elena, ayúdame a hacerle comprender
que está loca. Dile, dile quién es Heathcliff: un ser indómi-
to, sin cultura, sin refinamiento; un campo árido cubierto de
abrojos y pedernal. Más capaz sería yo de poner a aquel ca-
nario en medio del parque un día de invierno que aprobar
que te enamores de Heathcliff. Mira, niña, esa idea se te ha
metido en la cabeza porque no le conoces. Escucha: no te
130CUMBRES BORRASCOSAS
figures que oculta tesoros de bondad y ternura bajo una
apariencia hosca. No imagines que es un diamante en bruto
o la ostra que contiene una perla, no. Es un hombre impla-
cable y feroz como un lobo. Yo jamás le digo que deje tran-
quilos a éste o a aquel de sus enemigos en nombre del daño
que podrá causarles, sino en nombre de mi voluntad. Si te
unieses a él, Isabel, y encontrara que le estorbas, te aplasta-
ría como si fueses un huevo de gorrión. Es absolutamente
incapaz de amar a una Linton, aunque muy capaz de casar-
se contigo por tu fortuna y por lo que puedes llegar a tener.
El vicio que le domina ahora es el amor al dinero. Te lo he
retratado tal como es. Fíjate en que soy amiga suya, y en
que si él realmente hubiera pensado en casarse contigo,
puede que yo no hubiera dicho nada, para que cayeras en
sus redes.
Pero la señora Linton miró con indignación a su cuña-
da.
- ¡Qué vergüenza! -dijo. ¡Eres peor que veinte enemi-
gos, mala amiga!
-¿No me crees? ¿Te figuras que hablo así por egoísmo?
-Estoy segura -respondió Isabel-, y me horroriza verte.
-Está bien -contestó Catalina. Yo te he hablado lo que
debía. Ahora, haz lo que te parezca bien.
-¡Cuánto egoísmo tengo que aguantar! -exclamó Isabel,
llorando, cuando su cuñada salió de la habitación. Todos se
ponen contra mí. Ella ha mentido, ¿no es cierto, Elena? El
señor Heathcliff es un alma digna y sincera, y no un demo-
nio. De lo contrario, no hubiera vuelto a acordarse de Cata-
lina.
131E M I L Y
BRONTE
-No piense más en él, señorita -le aconsejé. El señor
Heathcliff es un pájaro de mal agüero: no le conviene a us-
ted. No puedo negar que es verdad cuanto ha dicho la seño-
ra Linton. Ella lo conoce mejor que yo y que nadie, y nunca
le hubiera pintado más malo de lo que es. Las personas hon-
radas no ocultan sus actos. Y él, ¿cómo se ha enriquecido?
¿Qué hace en Cumbres Borrascosas, en donde vive el hom-
bre a quien aborrece? Se asegura que el señor Earnshaw
marcha cada vez peor desde que vino Heathcliff. Ambos se
pasan la noche en vela. Hindley ha hipotecado todas sus
tierras y no hace más que jugar y beber. Me enteré de ello
hace una semana; me lo contó José, a quien encontré en
Gimmerton. Me dijo: «Vamos a acabar viendo al juzgado en
casa, Elena. El uno, antes se dejaría cortar un dedo que
ayudar al otro a salir del pantano en que se hunde más cada
vez. Y éste es el amo, Elena. Y la cosa avanza deprisa. No
teme ni a la justicia, ni a San Juan, ni a San Pedro, ni a San
Mateo, ni a nadie. Al contrario: se ríe de ellos. Y ¿qué me
dices del tal Heathcliff? ¡Ya puede reírse, ya, de ese juego
diabólico! ¿No os cuenta, cuando os visita, la buena vida
que se da entre nosotros? Pues se levantan al caer el sol,
cierran las ventanas, juegan y beben brandyhasta el medio-
día del día siguiente. Entonces, aquel loco se marcha a su
cámara, jurando, y el otro miserable se embolsa los dineros,
duerme, se harta de comer y después va a divertirse con la
mujer de su vecino. Por supuesto que cuenta a doña Catali-
na cómo se está hinchando la bolsa con el dinero del amo,
que en paz descanse. Hindley se precipita por el camino de
perdición, a lo que él le estimula cuanto puede». José, seño-
132CUMBRES BORRASCOSAS
rita Isabel, es un viejo bribón, pero no un embustero, y
¿verdad que, si su relato sobre Heathcliff es cierto, usted no
se casaría jamás con un hombre así?
-No te quiero escuchar, Elena -me dijo Isabel. Te has
puesto de acuerdo con los demás... ¡Con qué malevolencia
procuráis todos convencerme de que no hay dicha posible
en el mundo!
No sé si hubiera llegado a dominar su capricho o no,
porque tuve poco tiempo para reflexionar sobre él. Al día
siguiente hubo un juicio en la villa cercana, y mi amo tuvo
que asistir. Heathcliff, enterado de ello, nos visitó más tem-
prano que de costumbre. Catalina e Isabel estaban en la bi-
blioteca, y permanecían silenciosas, mirándose con
hostilidad. Isabel estaba alarmada por la indiscreta revela-
ción que había hecho, y Catalina realmente ofendida contra
su cuñada, de la que se burlaba, pero a la que no quería
permitir que se burlase de ella a su vez. Cuando vio por la
ventana que llegaba Heathcliff, se alegró. Yo estaba lim-
piando la chimenea, y descubrí en sus labios una maligna
sonrisa. Isabel, absorta en sus reflexiones o en la lectura, no
percibió a Heathcliff hasta que éste entró, y cuando ya era
tarde para irse, lo que hubiera hecho, sin duda, de buena
gana.
-Llegas oportunamente -exclamó jovialmente la señora,
acercándole una silla. Allí tienes a dos mujeres necesitadas
de un tercero que rompa el hielo que se ha establecido entre
ellas. Heathcliff, me enorgullezco de haber encontrado a
alguien que aún te quiere más que yo. Sin duda te sentirás
halagado. No; no es Elena; no la mires... Se trata de mi po-
133E M I L Y
BRONTE
bre cuñadita, a la que se le parte el corazón sólo con verte.
¡En tus manos está llegar a ser hermano de Eduardo! ¡No te
vayas, Isabel! -exclamó sujetando a la joven que, indignada,
quería marcharse. Nos peleábamos por ti como gatas, Hea-
thcliff, y me ha vencido en nuestro torneo de alabanzas y
admiraciones. Aún me ha dicho más, y es que si yo me se-
parara de vosotros por un momento, te flecharía de tal mo-
do, que tu alma quedaría eternamente ligada a la suya,
mientras que yo sería relegada al olvido.
-¡Catalina! -dijo Isabel, procurando apelar a toda su
dignidad. Te agradeceré que te atengas a la verdad y que no
te burles de mí ni aun en broma. Señor Heathcliff, tenga la
bondad de pedir a su amiga que me deje.
Ella olvida que usted y yo no somos amigos íntimos y
que a mí me disgusta lo que la divierte a ella.
Pero el visitante no contestó. Tomó asiento, indiferente
a la admiración que había despertado. Isabel se volvió a su
cuñada y le rogó que la dejase en paz.
-¡Quia! -respondió la señora Linton. No quiero que me
llames otra vez el perro del hortelano. Tienes que quedarte.
Heathcliff, ¿no te congratulan mis agradables noticias? Isa-
bel dice que el amor que Eduardo siente hacia mí no es na-
da en comparación al que siente hacia ti. Dijo algo
parecido, ¿verdad, Elena? Y no ha querido comer desde
que ayer le hice separarse de tu lado.
-Me parece -dijo Heathcliff, volviéndose hacia ella que
no está de acuerdo contigo y que, al menos por ahora, no
siente deseo alguno de estar a mi lado.
134CUMBRES BORRASCOSAS
Y contempló fijamente a Isabel con la expresión con
que pudiera mirar a uno de esos extraños y repulsivos ani-
males que se contemplan por su rareza a pesar de la repug-
nancia que producen. La jovencita no podía más. Se
ruborizó y palideció en el espacio de pocos segundos y, al
ver que no lograba desasirse de Catalina, esgrimió sus uñas
y trazó en la piel de su cuñada varios sangrientos arañazos.
-¡Caramba, qué tigresa! -exclamó la señora Linton sol-
tándola al sentir el dolor. ¡Por amor de Dios, márchate y
que no te vea yo la cara! ¡Mira que mostrar tus garras a tu
preferido...! ¡Eres tonta! ¿No comprendes lo que él pensará?
Fíjate, Heathcliff, qué instrumentos de tortura. ¡Cuidado
con los ojos!
-Le cortaría los dedos como osara amenazarme -dijo él
brutalmente cuando la joven hubo salido. Pero ¿por qué has
atormentado a esa muchacha, Catalina? No hablabas en
serio, ¿eh?
-He dicho la verdad -repuso ella. Está sufriendo por ti
hace varias semanas. Esta mañana se puso furiosa porque le
mencioné todos tus defectos, a fin de aminorar la pasión
que siente hacia ti. No pienses más en ello. Sólo me he pro-
puesto castigarla por su insolencia. La quiero demasiado,
Heathcliff, para dejarte que la caces y la devores.
-Y yo la quiero lo suficientemente poco para no propo-
nérmelo -contestó él-, a no ser que lo hiciera para proceder
con ella como un vampiro. Oirías cosas extraordinarias si
yo viviera con esa asquerosa muñeca. Lo habitual sería pin-
tarle en la cara todos los colores del arco iris y ponerle a
135E M I L Y
BRONTE
menudo negros esos ojos azules tan odiosamente parecidos
a los de su hermano.
-Pero ¡si son deliciosos! -dijo Catalina. Son ojos de pa-
loma, ojos de ángel...
-Es la heredera de su hermano, ¿no? -preguntó él tras
un corto silencio.
-Me disgustaría que lo fuese -contestó Catalina. ¡Quiera
el Cielo que antes de que eso suceda, media docena de so-
brinos lo hereden todo! No pienses en esto y recuerda que
codiciar los bienes de tu prójimo equivale, en este caso, a
codiciar los míos.
-No serían menos tuyos si los tuviera yo -observó Hea-
thcliff. Pero aunque Isabel sea tonta, no creo que sea tan
loca como todo eso. Lo mejor es dejarlo, como tú dices.
No hablaron más de ello, y Catalina debió incluso de
olvidarlo. Pero el otro debió de recordar aquello varias ve-
ces durante la tarde. Le noté sonreír sin motivo aparente y
caer en una meditación de mal agüero cada vez que la seño-
ra Linton salía de la habitación.
Resolví vigilarle. Yo me sentía más inclinada al amo
que a Catalina, ya que él era bueno y honrado. Es verdad
que respecto a ella no podía decirse que no lo fuese, pero
yo confiaba muy poco en sus principios y tenía escasísima
simpatía hacia sus sentimientos. Ansiaba algo que librase a
la Granja y a la vez a Cumbres Borrascosas de la mala in-
fluencia de Heathcliff. Sus visitas eran una obsesión para
mí. Y creo que también para el amo. Su residencia en Cum-
bres Borrascosas nos preocupaba extraordinariamente. Yo
tenía la impresión de que Dios había abandonado allí, en
136CUMBRES BORRASCOSAS
plena locura, a la oveja descarriada, y que el lobo esperaba,
atento, el momento oportuno para precipitarse sobre ella y
destrozarla.
137E M I L Y
BRONTE
Capítulo once
A veces, meditando sobre estas cosas a solas, me levan-
taba, poseída de un súbito terror, me ponía el sombrero y se
me ocurría ir a ver lo que sucedía en Cumbres Borrascosas.
Tenía la convicción de que mi deber era hablar a Hindley
de lo que la gente decía de él. Pero cuando recordaba lo
empecinado que estaba en sus vicios, me faltaba valor para
entrar en su casa, comprendiendo que mis palabras sólo po-
drían surtir efectos muy dudosos.
Una vez, yendo a Gimmerton me desvié un tanto de mi
camino y me paré ante la cerca de la propiedad. Era una
tarde clara y fría. La tierra estaba desolada por el invierno y
el camino se extendía ante mi vista endurecido y seco. Lle-
gué a una bifurcación del sendero. Hay allí un jalón de pie-
dra arenisca que tiene grabadas las letras C.B. en su cara
que mira al norte; G., en la que mira al este, y G.T. en la
que da al sudeste. Esta piedra sirve para marcar las distintas
direcciones: las cumbres, el pueblo y la granja. El sol baña-
ba con sus dorados rayos la parte alta del hito. Esto me hi-
zo pensar en el verano, y un aluvión de infantiles recuerdos
138CUMBRES BORRASCOSAS
acudió a mi mente. Aquel sitio era el preferido por Hindley
y por mí veinte años atrás. Durante largo rato estuve con-
templando el mojón. Inclinándome, vi junto a su base un
agujero donde solíamos almacenar guijarros, conchas de
caracol y otras menudencias, que todavía continuaban allí.
Y tuve la alucinación de que veía a mi antiguo compañero
de juegos excavando la tierra con un pedazo de pizarra.
-¡Pobre Hindley! -murmuré sin querer.
Me pareció que el niño alzaba el rostro y me miraba a la
cara. La visión desapareció inmediatamente, pero en el acto
experimenté un vivo deseo de ir a Cumbres Borrascosas. Un
sentimiento supersticioso me impulsaba.
«¡Podría haber muerto o estar a punto de morir!», pen-
sé, relacionando aquella alucinación con un presagio fatídi-
co.
Mi agitación aumentaba a medida que me iba acercan-
do a la casa, y al final temblaba todo mi cuerpo. Al ver un
niño desgreñado apoyando la cabeza contra los barrotes de
la verja tuve la impresión de que la aparición se había ade-
lantado a mí. Pero pensando más despacio comprendí que
debía ser Hareton, mi Hareton, al que no veía hacía tiempo.
-¡Dios te bendiga, querido! -exclamé. Hareton, soy Ele-
na, tu ama.
Se separó de mí y cogió un pedrusco.
-He venido a ver a tu padre, Hareton -le dije, compren-
diendo que, si se acordaba de Elena, al menos no recordaba
mi figura.
Esgrimió la piedra y, aunque intenté calmarle, me la
arrojó, alcanzándome en el sombrero. Al propio tiempo, el
139E M I L Y
BRONTE
pequeño soltó una retahíla de maldiciones que, conscientes
o no, emitía con la firmeza de quien sabe lo que dice. Sentí
más dolor que cólera y me faltó poco para llorar. Saqué una
naranja del bolsillo y se la ofrecí. Dudó un momento, y, de
pronto, me la quitó bruscamente de las manos, como si cre-
yera que intentaba engañarle. Le mostré otra, pero guardán-
dome bien de ponerla al alcance de su mano.
-¿Quién te ha enseñado esas bonitas palabras, hijo? -le
pregunté. ¿El cura?
-¡Malditos seáis el cura y tú! -contestó. ¡Dame eso!
-Si me dices quién te ha enseñado a hablar así, te lo da-
ré.
-El diablo de papá -replicó.
-Y papá, ¿qué te enseña? -seguí preguntando.
Se lanzó sobre la fruta, pero yo la quité pronto de su al-
cance.
-Nada -me contestó. No quiere que esté a su lado, por-
que reniego de él y digo palabrotas.
-¿Y es acaso el diablo quien te enseña a maldecir a pa-
pá?
- ¡Ah!, no.
-¿Quién entonces?
-Heathcliff.
Le pregunté si quería al señor Heathcliff y me dijo que
sí. Al preguntarle los motivos, repuso:
-Porque él trata mal a papá, como papá me trata a mí, y
porque él reniega de papá, como papá reniega de mí, y por-
que me deja hacer todo lo que quiero.
-Entonces, ¿el cura no te enseña a leer y escribir?
140CUMBRES BORRASCOSAS
-No. Han dicho que le partirían la cabeza si entrara por
la puerta. ¡Heathcliff lo ha jurado!
Le di la naranja y encargué que dijera a su padre que
una mujer llamada Elena Dean quería verle. Se dirigió a la
casa por el sendero; pero en lugar de Hindley salió Hea-
thcliff. Al verle, eché a correr como si hubiera visto a un
fantasma. Esto no tiene relación con el asunto de la señori-
ta Isabel más que porque influyó para que yo redoblara mis
precauciones y procurara que el influjo pernicioso de aquel
hombre no se extendiera a la Granja, lo cual me costó, por
cierto, una disputa con la señora Linton.
El primer día que Heathcliff volvió a casa, la señorita
Isabel estaba en el corral dando de comer a las palomas.
Hacía tres días que no hablaba con su cuñada, pero había
prescindido también de sus protestas, con gran contento de
todos. Heathcliff, generalmente, no decía a Isabel ni una
palabra superflua; pero esta vez, después de lanzar una
ojeada a la casa -yo estaba en la ventana de la cocina, pero
me retiré para que no me viera, se acercó a ella y le habló.
La joven estaba turbada y parecía ansiosa de alejarse, pero
él la retuvo por el brazo. Isabel separó la cara. Él le hizo
una pregunta a la que la señorita no quería contestar, al pa-
recer. Él volvió a mirar a la casa, y, creyendo que nadie le
veía, tuvo el descaro de besar a Isabel.
-¡Oh, judas, traidor! -proferí. ¿Conque eres también un
villano, un hipócrita seductor?
-¿Qué pasa, Elena? -dijo Catalina, que entraba en aquel
momento, sin que yo, absorta en la escena que contempla-
ba, lo hubiese notado.
141E M I L Y
BRONTE
-¡Su miserable amigo! -exclamé furiosa. ¡El villano
Heathcliff! Ya entra; nos ha visto... ¡A ver qué excusa le da
a usted para explicarle por qué hace el amor a la señorita
después de haber dicho que la despreciaba!
La señora Linton vio cómo Isabel se soltaba y echaba a
correr. Heathcliff entró inmediatamente. Yo di rienda suelta
a mi indignación, pero Catalina me mandó callar, amena-
zándome con expulsarme de la cocina.
-¡Cualquiera diría que tú eres la señora! -exclamó. Pro-
cura no meterte en lo que no te importa -y agregó, dirigién-
dose a Heathcliff-: ¿Qué te propones? Ya te he advertido
que dejes en paz a Isabel. Prescinde de hacerlo, a no ser que
te hayas cansado de venir aquí y quisieras que Linton te
prohíba la entrada.
-¡Dios lo quiera! -contestó el rufián. ¡Le odio cada día
más! Si Dios no le conserva paciente y pacífico, acabaré por
no resistir el deseo que siento de enviarle al otro mundo.
-¡Cállate y no me exasperes! -ordenó Catalina. ¿Por qué
has olvidado lo que te dije? ¿Fue Isabel la que te buscó?
-¿Qué te importa? -contestó. Puedo besarla, si ella lo
consiente. No soy tu marido; no tienes derecho a estar celo-
sa.
-No estoy celosa de ti, sino por ti -contestó la señora.
Cálmate. Si te gusta Isabel, te casarás con ella. Pero dime si
la amas de verdad, Heathcliff. ¿Ves cómo no contestas?
Estoy segura de que no te interesa.
-¿Aprobaría el señor Linton que su hermana se casase
con ese hombre? -interrogué.
-Lo aprobaría -replicó Catalina con tono decisivo.
142CUMBRES BORRASCOSAS
-También podría evitarse esa molestia -dijo Heathcliff-,
porque yo no necesito su consentimiento para nada. Y a ti,
Catalina, te diré dos palabras, ya que se presenta la oportu-
nidad. Entérate de que me has tratado horriblemente,
¿comprendes?, horriblemente. Si te figuras que no lo sé,
eres mema; y si te imaginas que me consuelas con palabras
dulces, eres una idiota; y si piensas que no me tomaré ven-
ganza de ello, pronto te convencerás de lo contrario. Me
alegro de que me hayas dicho el secreto de tu cuñada, y te
juro que sabré sacarle partido. ¡No te interpongas en mi
camino!
-Pero ¿qué es esto? -exclamó, asombrada, la señora Lin-
ton. ¡Qué te he tratado mal y vas a vengarte! ¿Cómo vas a
vengarte, ingrato? ¿Cuándo te he tratado horriblemente yo?
-No me vengaré de ti -dijo Heathcliff con menos vio-
lencia. No es ése mi proyecto. El tirano oprime a sus escla-
vos, y estos, en lugar de volverse contra él, se vengan en los
que tienen debajo. Atorméntame cuanto quieras, si ello te
divierte, pero déjame divertirme del mismo modo, y guárda-
te muy bien de burlarte de mí. Ya que has derruido mi pala-
cio, no te empeñes en erigir en sus ruinas una choza y
hacerme habitar en ella por caridad. Si yo creyese que tenías
interés en que me casase con Isabel, me haría un tajo en la
garganta antes de hacerlo.
-¿Así que lo que te ofende es que yo no esté celosa?
-gritó Catalina. Pues no me volveré a preocupar de buscarte
esposa, no te apures. Sería como ofrecer al diablo un alma
condenada. Te encanta provocar tragedias. Ahora que
Eduardo ha dominado el disgusto que le produjo tu llegada
143E M I L Y
BRONTE
y que yo empiezo a estar tranquila, tú te empeñas en buscar
camorra. Peléate con Eduardo, si quieres, y engaña a su
hermana, y así te habrás vengado de mí, y mucho más de lo
que pudieras imaginarte.
La conversación cesó por el momento. La señora Lin-
ton se sentó, ceñuda y silenciosa, al lado del fuego. El de-
monio, que había estado sumiso a ella, se había convertido
en indomable. Heathcliff permaneció en pie ante la lumbre,
cruzado de brazos, maquinando, sin duda, perversos planes,
y yo los abandoné y me fui a buscar al amo. Éste estaba ex-
trañado de no ver a su mujer.
-¿Has visto a la señora? -me preguntó.
-Está en la cocina, señor -respondí. Está enfadada por
la conducta que observa el señor Heathcliff, y, si me quiere
usted hacer caso, creo que convendría poner coto a sus visi-
tas. A veces es peligroso ser demasiado bueno...
Le relaté la escena del patio y la disputa que se había
producido a continuación, tan exactamente como me lo
permitió mi atrevimiento. Pensaba que no causaría mucho
perjuicio a la señora, a no ser que ella misma se empeñase
en causárselo tomando la defensa del intruso. El señor Lin-
ton tuvo que contenerse mucho para oírme hasta el fin. Y
sus frases indicaban claramente que no dejaba por un mo-
mento de achacar a su mujer toda la culpa de lo ocurrido.
-¡Esto es intolerable! -exclamó. ¡Es ignominioso que le
tenga por amigo y que me obligue a aceptar su trato! Llama
a dos de los criados. Catalina no continuará discutiendo con
ese rufián. ¡Ya he sido demasiado condescendiente!
144CUMBRES BORRASCOSAS
Mandó a los sirvientes que esperasen en el pasillo, y,
seguido por mí, se dirigió a la cocina. La señora, en aquel
instante, hablaba acaloradamente. Heathcliff estaba junto a
la ventana, algo acobardado, al parecer, por los reproches
de Catalina. Fue el primero en ver al señor, y le hizo un ges-
to para que callase. Ella le obedeció inmediatamente.
-¿Qué es esto? -dijo Linton dirigiéndose a Catalina-.
¿Qué noción tienes del decoro para permanecer aquí des-
pués de lo que te ha dicho ese miserable? Tal vez no das
importancia a sus palabras porque estás acostumbrada a su
clase de conversación. Pero yo no lo estoy ni quiero estarlo.
-¿Has permanecido escuchando en la puerta, Eduardo?
-preguntó ella en tono calculadoramente frío, a fin de pro-
vocar a su esposo, mostrándole a la vez su desprecio.
Heathcliff, al oír a Eduardo, había levantado la vista, y
ahora, al hablar Catalina, soltó la carcajada, con el propósi-
to de que Linton reparara en él. Y lo consiguió, pero no que
Eduardo perdiera al momento el dominio de sí mismo.
-Hasta hoy he sido tolerante con usted, señor
-pronunció mi amo secamente. No porque desconociera su
despreciable carácter, sino porque creía que no toda la cul-
pa de tenerla era suya. Y también porque Catalina deseaba
conservar su amistad. Pero si accedía a ello, no pienso con-
tinuar obrando así. Su sola presencia es un veneno mortal
capaz de contagiar al ser más virtuoso. Por tanto, y para
evitar más graves consecuencias, le prohíbo desde hoy que
vuelva a poner los pies en esta casa, y le exijo que salga de
ella inmediatamente. Le prevengo que si tarda en hacerlo
145E M I L Y
BRONTE
más de tres minutos saldrá de un modo ignominioso: a viva
fuerza.
Heathcliff examinó lenta y desdeñosamente a su adver-
sario.
-Catalina, tu corderito me amenaza como un toro. Está
exponiéndose a tener un tropiezo con mis puños. ¡Por Dios,
señor Linton, siento de veras que no tenga usted ni un mal
puñetazo!
El amo miró hacia el pasillo y me hizo una señal para
que fuese a llamar a los criados. No quería, sin duda, expo-
nerse a un choque directo. Obedecí; pero la señora, dándo-
se cuenta, me siguió, y, al ir yo a llamarles, me apartó
bruscamente y cerró la puerta con llave.
-¡ Estupendo procedimiento! -dijo como contestando a
la irritada y sorprendente mirada que le dirigió su marido. Si
no tienes valor para pegarle, preséntale tus excusas o date
por vencido. Será tu justo castigo por afectar una valentía
que no posees. ¡Antes me tragaré la llave que entregártela!
Así recompensáis mis bondades los dos. Mi benevolencia
hacia el débil carácter de uno y el mal carácter del otro, la
pagáis así. Estaba defendiéndoos a ti y a tu hermana,
Eduardo... ¡Ojalá te zurre Heathcliff hasta hundirte, ya que
has llegado a pensar tan mal de mí!
Eduardo intentó arrancar la llave a Catalina; pero ella la
arrojó al fuego, y él, asaltado de un temblor nervioso, y
después de hacer esfuerzos sobrehumanos para dominarse,
angustiado y humillado, hubo de dejarse caer en una silla,
cubriéndose la cara con las manos.
146CUMBRES BORRASCOSAS
-¡Oh cielos! En los tiempos heroicos este suceso habría
valido para que te armaran caballero... -exclamó la señora.
Estarnos vencidos... Tan capaz sería Heathcliff ahora de
alzar un dedo contra ti, como un rey de enviar su ejército
contra una madriguera de ratones. Levántate, hombre, que
nadie te va a lastimar... No; no eres un cordero, sino una
liebre...
-¡Disfruta en paz de este cobarde que tiene la sangre de
horchata!- dijo su amigo. Te felicito por la elección. ¿De
modo que me dejaste por un pobre diablo como éste? No le
daré de bofetadas, pero me complacerá asestarle un punta-
pié. Y ¿qué hacer? ¿Está llorando o se ha desmayado?
Se acercó a Linton y empujó la silla en que éste estaba
sentado. Hubiese hecho mejor en mantenerse a distancia.
Mi amo se levantó y le asestó en plena garganta un golpe
capaz de derribar al hombre más vigoroso. Durante un mi-
nuto Heathcliff quedó sin aliento. El señor Linton, entre-
tanto, salió al patio por la puerta de escape y se dirigió
hacia la entrada principal.
-¿Ves? ¡Se acabaron tus visitas! -gritó Catalina. ¡Vete
inmediatamente! Eduardo volverá con dos pistolas y media
docena de criados. Si nos ha oído, no nos perdonará jamás.
¡Qué mala pasada me has jugado, Heathcliff! Vete, vete.
No quiero verte en la situación en que ha estado Eduardo
antes.
-¿Crees que voy a tragarme el golpe que me ha dado?
-rugió él. ¡No, en nombre del diablo! Antes de salir le ma-
chacaré como a un perro... ¡si no le aplasto ahora contra el
147E M I L Y
BRONTE
suelo tendré que acabar matándole...! Así que si aprecias en
algo su existencia, déjame esperarle.
-Él no vendrá -dije, no dudando en arriesgar una inexac-
titud. Allí vienen el cochero y los dos jardineros con sendos
garrotes. ¡Supongo que no le agradará a usted que le arrojen
violentamente de la casa! El amo, probablemente, se limita-
rá a ver desde las ventanas del salón cómo se cumplen sus
órdenes.
El cochero y los jardineros estaban, en efecto, allí; pero
Linton los acompañaba. Ya habían entrado en el patio.
Heathcliff meditó un momento, y le pareció mejor evi-
tar una lucha contra tres criados. Cogió el atizador de la
lumbre, saltó la cerradura de la puerta y se escapó por un
lado mientras los demás entraban por otro.
La señora, presa de una gran excitación, me pidió que la
acompañara a su aposento. Desconocía mi intervención en
lo sucedido y procuré que se mantuviera en su ignorancia.
-Estoy fuera de mí, Elena -exclamó, dejándose caer en
el sofá. Parece que están golpeándome la cabeza mil marti-
llos de herrería. Que Isabel no aparezca ante mi vista, por-
que ella es la culpable de todo. Cuando veas a Eduardo dile
que estoy a punto de enfermar gravemente. ¡Así sea verdad!
¡No sabes lo angustiada que me siento! Si viene, me insulta-
rá. Yo le responderé, y no sé adónde iríamos a parar. Hazlo,
Elena. Tú sabes que no he obrado mal en todo este asunto.
¿Qué espíritu pérfido incitó a Eduardo a escuchar en la
puerta? Es verdad que, después de que tú saliste, Heathcliff
habló de un modo injurioso; pero yo hubiera logrado qui-
tarle de la cabeza la idea de lo de Isabel, y no hubiera pasa-
148CUMBRES BORRASCOSAS
do nada. Todo se ha estropeado por esa obsesión de oír ha-
blar mal de sí mismas, que constituye la manía de ciertas
personas. Si Eduardo no hubiese oído lo que hablábamos,
¿le hubiese sucedido algo malo por ello? Después de que
me soltó aquella rociada, cuando yo acababa de reñir con
Heathcliff por él, ya no me importaba nada lo que pasase
entre ellos, puesto que, sucediera lo que sucediera, queda-
ríamos distanciados durante mucho tiempo. Ya que no
puedo seguir teniendo por amigo a Heathcliff, y ya que
Eduardo no deja de ser celoso, procuraré desgarrarles el
corazón a los dos desgarrando el mío propio. ¡Así acabare-
mos antes! Pero eso sólo lo haré en caso extremo, y no
quiero que a Linton le coja de sorpresa. Hasta ahora ha
procedido con discreción y ha procurado no provocarme.
Hazle comprender que sería peligroso abandonar esa línea
de conducta. Recuérdale la violencia de mi carácter. ¡Si
consiguieras que desapareciese esa expresión de frialdad
que tiene en el semblante y lograras que me tratase mejor!
Sin duda debió de ser exasperante para la señora la se-
rena indiferencia con que recibí instrucciones. Yo presumí
que una persona que podía especular de antemano sobre el
giro que daría a sus arrebatos de ira, podría, de proponér-
selo, dominar también esos arrebatos. Y no me pareció ser
yo la llamada a multiplicar los disgustos de su marido me-
diante aquella especie de coacción. Así que nada le dije
cuando éste acudió; pero no me atreví a escuchar, a fin de
ver si disputaban.
Él habló primero.
149E M I L Y
BRONTE
-Quédate donde estás, Catalina -dijo, sin rencor, y muy
abatido. No he venido a disputar ni a hacer las paces. Sólo
deseo que me digas si, después de lo ocurrido, tienes el
propósito de seguir siendo amiga de...
-¡Y yo te exijo que me dejes en paz! -respondió gol-
peando el suelo con el pie. No hablemos de ello ahora. Tú
no perderás tu sangre fría, porque por tus venas no corre
más que agua helada; pero mi sangre está hirviendo y tu
frialdad me excita hasta lo inconcebible.
-Contesta a mi pregunta -repuso el señor. Tus violen-
cias no me intimidan. Ya he visto que, cuando te lo propo-
nes, permaneces tan imperturbable como cualquiera. ¿Estás
dispuesta a prescindir de Heathcliff, o prefieres prescindir
de mí? No cabe ser amiga de los dos, y te exijo que te deci-
das por uno de nosotros.
-Y yo te exijo que me dejes en paz -respondió ella enfu-
reciéndose. ¡Te lo ruego! ¿No ves que casi no puedo soste-
nerme en pie? ¡Déjame, Eduardo!
Tiró violentamente de la campanilla, y yo acudí sin
prisa alguna. Aquellos insensatos arrebatos de cólera ponían
a prueba la paciencia de un santo. La vi golpearse la cabeza
contra el brazo del sofá y rechinar los dientes de tal modo
que parecía que iba a destrozárselos. El señor Linton la mi-
raba compungido y casi arrepentido de su energía anterior.
Me mandó traer un vaso de agua. Ella no podía casi ni ha-
blar. No quiso beber, y entonces le rocié el rostro con el
agua. Un instante después se tendió en el sofá, puso los ojos
en blanco y sus mejillas palidecieron como las de una muer-
ta. Linton estaba atemorizado.
150CUMBRES BORRASCOSAS
-No es nada -murmuré. Quería que él cediera; pero en
el fondo me sentía acongojada.
-Está sangrando por la boca -me dijo el señor, estreme-
ciéndose.
-No haga caso -repuse.
Y le manifesté que ella se había propuesto, antes de en-
trar él, darle el espectáculo de un ataque de locura. Cometí
la imprudencia de decirlo en voz alta. Catalina me oyó, y se
puso repentinamente de pie. Los cabellos despeinados le
caían sobre los hombros y los tendones del cuello y de los
brazos se le habían hinchado de un modo espantoso. Me
preparé, como mínimo, a que me rompiese los huesos. Pero
no fue así; se limitó a precipitarse fuera del cuarto. El amo
me mandó que la siguiera, y lo hice hasta la puerta de su
alcoba, cuya puerta cerró para librarse de mí.
A la mañana siguiente no bajó a desayunar. Subí a pre-
guntarle si le llevaba el desayuno, y me contestó categóri-
camente que no. Lo mismo sucedió a las horas de comer y
de tomar el té. Al día siguiente recibí la misma contesta-
ción. El señor Linton se pasaba el tiempo en la biblioteca,
sin preguntar por su esposa. Había mantenido con Isabel
una conversación de una hora, en el curso de la cual pre-
tendió obtener de ella una contestación definitiva respecto
a que rechazaría a Heathcliff, sin lograr más que evasivas.
Entonces él le juró solemnemente que si ella persistía en la
locura de dar esperanzas a aquel indigno sujeto terminarían
las relaciones entre los dos hermanos.
151E M I L Y
BRONTE
Capítulo doce
Mientras la señorita Isabel vagaba por el parque y por el
jardín y su hermano continuaba encerrado en la biblioteca,
probablemente esperando que Catalina se arrepintiese y pi-
diese perdón, ella seguía obstinada en prolongar su ayuno.
Seguramente creía que Eduardo estaba medio muerto de
nostalgia y que sólo el orgullo le impedía arrojarse a sus
pies. Por mi parte, yo me limitaba a atender a mis obliga-
ciones, bien persuadida de que el único espíritu razonable
que había entre los muros de la Granja se alojaba en mi
cuerpo. No empleé, pues, palabras de compasión con la se-
ñora ni traté de consolar al señor, que se sentía ansioso de
oír pronunciar el nombre de su esposa, ya que no pudiese
oír su voz.
Resolví dejar que se las compusieran como pudiesen, y
mi decisión surtió efectos, como yo había pensado desde el
primer momento.
Al tercer día, la señora se asomó a la puerta de su habi-
tación y pidió que le renovase el agua, que se le había ago-
tado, y que le llevase un tazón de sopa de leche, porque se
152CUMBRES BORRASCOSAS
sentía morir. Supuse que esta exclamación iba dirigida a los
oídos de su esposo. Pero como no creía en ella me guardé
bien de transmitirla, y me limité a llevar a Catalina té y unos
bizcochos. Comió y bebió ávidamente, y luego se recostó
sobre la almohada, apretó los puños y comenzó a gemir.
-Quisiera morirme -decía. No le importo nada a nadie.
No debía haber tomado eso -y agregó-: No; no quiero morir.
Él no me ama y me olvidaría.
-¿Desea algo, la señora? -pregunté, sin hacer caso de
sus exageraciones.
-¿Qué hace mi flemático marido? -repuso ella, apartán-
dose del rostro, que se le había demacrado mucho en aque-
llos días, sus enmarañados cabellos. ¿Se ha muerto, o está
aletargado?
-Ni lo uno ni lo otro, señora. Está bien, aunque al pare-
cer algo ocupado, ya que se pasa el día entre los libros des-
de que no tiene otra compañía.
Si yo hubiese sabido el estado en que Catalina se en-
contraba realmente, no le hubiese hablado en aquella for-
ma; pero creí que fingía su estado anormal.
-¡De modo que entre sus libros -gritó-, mientras yo es-
toy al borde del sepulcro! Pero, ¡Dios mío!, ¿no sabe lo mal
que me encuentro? -y, mirándose a un espejo, añadió- ¿Es
ésta Catalina Linton? Quizá él crea que se trata de algún
disgusto sin importancia. Debes decirle que es algo muy
grave. Mira: si no es tarde para todo, una vez que yo sepa
cuáles son sus sentimientos hacia mí, he de adoptar una de
estas dos soluciones: o dejarme morir, o procurar restable-
153E M I L Y
BRONTE
cerme y marcharme. ¿Me has dicho la verdad? ¿Es cierto
que no se preocupa de mí?
-¿Cómo va a figurarse el señor que esté usted tan loca
como para dejarse morir de hambre?
-¿Crees que no? ¡Persuádele, convéncele de que estoy
dispuesta a hacerlo!
-Se olvida usted, señora, de que hoy mismo ha tomado
ya algún alimento...
-¡Me mataría ahora mismo -me contestó- si estuviese
segura de que con ello le mataba a él también! Llevo tres
noches sin poder cerrar los párpados. ¡Cuánto he sufrido!
Empiezo a imaginarme que tú no me quieres tampoco. ¡Y
yo que me figuraba que, aunque todos se odiasen unos a
otros, no podían dejar de amarme a mí! Ahora, en poco
tiempo, todos se han convertido en enemigos míos. ¡Es ho-
rrible morir rodeada de esos rostros impasibles! Isabel no se
atreve a entrar en la habitación por miedo a contemplar el
espectáculo de Catalina muerta. ¡Ya me parece distinguir a
Eduardo, en pie a su lado, dando gracias al Cielo porque la
paz se ha restablecido en su casa, y volviendo a los librotes!
¡Parece mentira que se ocupe de sus libros mientras yo es-
toy muriéndome!
El pensamiento de que su marido permanecía filosófi-
camente resignado, como yo le había dicho, le resultaba
inaguantable.
A fuerza de dar vueltas a esta idea en su cerebro se pu-
so frenética, y en su desvarío rasgó el almohadón con los
dientes. Luego se irguió toda encendida y me mandó que
abriese la ventana. Le opuse objeciones, porque estábamos
154CUMBRES BORRASCOSAS
en pleno invierno y el viento nordeste soplaba entonces con
mucha fuerza.
Pero la expresión de su cara y sus bruscos cambios de
tono me alarmaron mucho. Recordé las indicaciones del
doctor respecto a que no debíamos contrariarla. Un minuto
antes estaba furiosa, y, en cambio, ahora, sin darse cuenta
de que no le había hecho caso, se había apoyado sobre mi
brazo y se entretenía en sacar las plumas de la almohada
por los desgarrones que había hecho con los dientes. Colo-
caba las plumas sobre la sábana y las reunía con arreglo a
sus diferentes clases.
-Esta es de pavo -murmuraba para sí-, y esta de pato
salvaje, y esta de pichón. ¡Claro, cómo voy a morirme si me
ponen plumas de pichón en las almohadas! Pero cuando me
acueste, las tiraré. Esta es de cerceta, y esta de ave fría. La
reconocería entre mil; este pájaro solía revolotear sobre
nuestras cabezas cuando íbamos a través de los pantanos.
Buscaba su nido porque las nubes bajas le hacían presentir
la lluvia. Esta pluma ha sido cogida en los matorrales. En
invierno encontramos una vez su nido lleno de pequeños
esqueletos. Heathcliff había puesto junto a él una trampa, y
los pájaros padres no se atrevieron a entrar. Desde entonces
le hice prometer que no volvería a matar ninguna ave fría, y
me obedeció. ¡Hay más! ¿Habrá disparado sobre mis aves
frías, Elena? ¿No están manchadas de sangre algunas de
estas plumas? Déjame que lo vea...
-Vamos, no se dedique a esa tarea pueril -le dije, mien-
tras volvía el almohadón del otro lado, ya que por encima
estaba lleno de agujeros. Acuéstese y cierre los ojos. Está
155E M I L Y
BRONTE
usted delirando. ¡Qué torbellino ha armado usted! Las plu-
mas vuelan como copos de nieve.
Empecé a recogerlas.
-Me pareces una vieja, Elena -dijo ella, delirando. Tie-
nes el cabello gris y estás encorvada. Esta cama es la cueva
encantada que hay al pie de la colina de Pennistons, y tú
andas cogiendo guijarros para arrojárselos a los novillos. Me
aseguras que son copos de nieve. Dentro de cincuenta años
serás así, aunque ahora no lo seas. Te engañas, no estoy de-
lirando. Si delirara me hubiera figurado que eras, en efecto,
una bruja y hubiera creído encontrarme realmente en la
cueva de la colina de Pennistons. Percibo muy bien que
ahora es de noche y que en la mesa hay dos velas que hacen
brillar ese armario tan negro como el azabache.
-¿Qué armario negro? -pregunté. ¿Está usted soñando?
-El armario está apoyado en la pared, como siempre -
replicó. ¡Qué raro es! Distingo en él una cueva.
-En este cuarto no ha habido un armario nunca
-respondí.
Y levanté las cortinas del lecho para poder vigilarla
mejor.
-Pero ¿no ves aquella cara? -me dijo, señalando a la su-
ya propia, que se reflejaba en el espejo.
En vista de que no me era posible hacerle comprender
que el rostro que veía era el suyo, me levanté y tapé el es-
pejo con un chal.
-La cara sigue estando detrás -dijo, anhelante-, y se ha
movido. ¿Quién será? Tengo miedo de que aparezca cuando
156CUMBRES BORRASCOSAS
te vayas. ¡Elena, este cuarto está embrujado! Me espanta
quedarme sola.
Le cogí las manos y traté de calmarla. Se estremecía
convulsivamente y miraba al espejo con fijeza.
-No hay nadie en el cuarto, señora -repetí. Era su pro-
pio rostro, como sabe usted muy bien.
¡Yo misma! -exclamó suspirando. Y el reloj da las do-
ce... ¡Es horrible!
Y se tapó los ojos con las sábanas. Pretendí dirigirme a
la puerta para avisar a su marido, pero me detuvo un pene-
trante grito de Catalina. El chal acababa de caer al suelo.
-¡Vamos! -exclamé. ¿Qué sucede? ¿Quién es el cobarde
ahora? ¿No ve usted, señora, que es su cara la que se refleja
en el espejo?
Se asió a mí, y unos momentos después su semblante se
había serenado, y a su lividez sucedía el rubor.
-¡Oh, querida! -dijo. Pensaba estar en mi casa, en mi
cuarto de Cumbres Borrascosas. Como estoy tan débil, se
me turbó el cerebro y he gritado sin darme cuenta. No lo
digas a nadie y siéntate a mi lado. Tengo miedo de volver a
sufrir estas horribles pesadillas.
-Le convendría dormir, señora -le aconsejé. Estos pa-
decimientos le enseñarán a no probar otra vez a morirse de
hambre.
-¡Quién estuviera en mi lecho, en mi vieja casa!
-suspiró amargamente, retorciéndose las manos. ¡Oh aquel
viento que sopla entre los abetos, bajo las sábanas! Abre
para que pueda respirarlo; viene directo de los pantanos.
157E M I L Y
BRONTE
Para tranquilizarla abrí la ventana por unos minutos, y
una helada ráfaga de aire penetró en la habitación. Cerré la
ventana y me volví a mi sitio. La joven yacía inmóvil: el
rostro cubierto de lágrimas, con el espíritu abatido por la
debilidad que se apoderaba de su cuerpo. Nuestra orgullosa
Catalina estaba a la altura de un niño miedoso.
-¿Cuánto tiempo hace que me encerré aquí? -preguntó,
de repente.
-Se encerró el lunes por la tarde -repuse-, y ahora esta-
mos en la noche del jueves, o, más exactamente, en la ma-
drugada del viernes.
-¿De la misma semana? -comentó con extrañeza. ¿Es
posible que sólo haya pasado tan poco tiempo?
-Demasiado, sin embargo, para alimentarse durante él
sólo de agua y de mal humor -contesté.
-Me han parecido horas interminables -dijo ella, dubita-
tiva. Debe de haber transcurrido más tiempo. Recuerdo que
después de que ellos riñeron yo me fui al salón, que Eduar-
do estuvo muy cruel y muy provocativo y que vine a este
cuarto desesperada. En cuanto eché el cerrojo se me nubló
la cabeza y caí al suelo. No pude advertir a Eduardo que
estaba segura de sufrir un arrebato de locura, si seguía de-
sesperándome, porque perdí el uso de la palabra y del pen-
samiento. No sentía más impulso que el de huir de él. Antes
de que pudiese recobrarme, empezó a oscurecer, y te diré lo
que pensé y lo que he seguido imaginándome, hasta el pun-
to de hacerme temer perder la razón. Mientras estaba tendi-
da al pie de la mesa, distinguiendo confusamente el marco
gris de la ventana, me figuraba estar en mi lecho de tablas
158CUMBRES BORRASCOSAS
de Cumbres Borrascosas, y mi corazón sentía un dolor agu-
do. Traté de comprender lo que me sucedía, pensé y me
pareció como si los siete últimos años de mi vida no hubie-
ran existido. Yo era aún niña, papá acababa de morir y el
disgusto que sentía era por la orden de Hindley de que me
separase de Heathcliff. Me encontraba sola por primera vez,
y al despertar, tras una noche de llanto, alcé la mano para
separar las tablas del lecho. Tropecé con la mesa, pasé la
mano por la alfombra y entonces recuperé la memoria. Y
aquella angustia se anuló ante un frenesí de mayor desespe-
ración... No comprendo por qué me sentía tan desdichada...
Pero imagínate que a los doce años de edad me hubieran
sacado de Cumbres Borrascosas y me hubieran traído a la
Granja de los Tordos para ser la esposa de Eduardo Linton,
y tendrás una idea del profundo abismo en que me sentí
lanzada... Mueve cuanto quieras la cabeza, que no por ello
dejarás de tener parte de culpa. Si hubieras hablado a
Eduardo como debías, habrías conseguido que me dejara
tranquila. ¡Me estoy abrasando! Quisiera estar al aire libre,
ser una niña fuerte y salvaje, reírme de las injurias en lugar
de enloquecer cuando se me dirigen. En cuanto digo unas
cuantas palabras me bulle tumultuosamente toda la sangre.
¡Y yo volvería a ser la de siempre si me hallase de nuevo
entre los matorrales y los pantanos! Abre otra vez la venta-
na de par en par y déjala abierta. ¿Qué haces? ¿Por qué no
me obedeces?
-Porque no quiero matarla de frío -contesté.
159E M I L Y
BRONTE
-Querrás decir que porque no quieres darme una proba-
bilidad de revivir -dijo ella, con rencor. Pero aún no estoy
impedida, y yo misma la abriré.
Saltó del lecho, y antes de que yo pudiera oponerme,
atravesó la habitación y abrió la ventana, sin cuidarse del
aire glacial que soplaba alrededor de sus hombros y que cor-
taba como un cuchillo. Le pedí que se retirara; se negó y
quise obligarla a la fuerza. Pero el delirio le daba más fuerza
que la que yo pudiera desarrollar. No había luna, y una os-
cura sombra lo invadía todo. No brillaba una sola luz. En
Cumbres Borrascosas no se veía resplandor alguno, mas ella
aseguraba que distinguía las luces de la casa.
-¡Mira! -gritó. Aquella luz es la de mi cuarto y aquella
otra del desván donde duerme José. Sin duda está esperando
que yo vuelva a casa para cerrar la verja. Aún tendrá que
esperar un buen rato. Es un mal camino, muy desagradable
de recorrer. Hay que pasar por la iglesia de Gimmerton. A
menudo nos hemos desafiado a permanecer entre las tum-
bas llamando a los muertos. Heathcliff: si te desafío ahora,
¿te atreverás? Podrán sepultarme si quieren, a cuatro metros
de profundidad y hasta ponerme la iglesia encima, pero yo
no me quedaré allí hasta que tú no decidas quedarte tam-
bién conmigo. ¡Nunca!
Hizo una pausa, y dijo luego, con una extraña sonrisa:
-Estás pensando en que sería mejor que fuese yo a bus-
carte... Bueno; pues encuéntrame un camino que no pase
por el cementerio. ¡Qué despacio vas! Cálmate: me seguirás
siempre.
160CUMBRES BORRASCOSAS
Comprendiendo que era inútil razonar con ella, ya que
evidentemente tenía la razón alterada, me ocupaba en bus-
car algo con qué cubrirla, cuando sentí rechinar el picapor-
te, y entró el señor Linton, con gran consternación por mi
parte. Pasaba por el corredor, y al oírnos hablar, la curiosi-
dad o el temor, le impulsaron a penetrar en la alcoba.
-¡Oh, señor! -exclamé, ahogando así la exclamación que
le asomaba a los labios ante el espectáculo que distinguía en
la habitación. La señora está enferma y no puedo con ella.
Haga el favor de venir y convénzala de que se acueste. Ol-
vide su enfado; ya sabe que no se puede hacer con ella más
que lo que ella quiere.
-¿Estás enferma, Catalina? -dijo él, corriendo hacia no-
sotras. Cierra la ventana, Elena. ¿Qué te sucede, Catalina?
Se interrumpió. El aspecto de la señora le dejó terri-
blemente sorprendido, y volvió hacia mí sus ojos asombra-
dos.
-Lleva consumiéndose aquí varios días -dije-, negándo-
se a tomar alimentos y sin quejarse de nada. Hasta hoy no
ha permitido pasar a nadie, y no hemos hablado a usted del
estado en que se encuentra, porque nosotros mismos lo ig-
norábamos. No creo que sea nada de gravedad...
Yo misma comprendí que mi explicación era pobre. Mi
amo frunció las cejas.
-¿Que no es nada de gravedad, Elena Dean? Ya me ex-
plicarás mejor tu silencio sobre esto -dijo con severidad.
Cogió en brazos a su mujer y la miró angustiado. Al
principio ella no daba señales de reconocerle. Pero el delirio
que la embargaba no era permanente todavía. Sus ojos, un
161E M I L Y
BRONTE
momento velados por la contemplación de la oscuridad del
exterior, acabaron reparando en el hombre que la tenía en-
tre sus brazos.
-¿A qué vienes ahora, Eduardo Linton? -dijo con colé-
rica vivacidad. Eres de esos que siempre llegan cuando no
hacen falta, y nunca cuando interesa que lleguen. Ya veo
que vas a empezar ahora con lamentaciones, pero no por
ello conseguirás que deje de irme a mi morada definitiva
antes de que concluya la primavera. Y no reposaré en el
panteón de los Linton, sino en una fosa al aire libre, con
una simple losa encima. Tú por tu parte haz lo que quieras:
vete con los Linton o ven conmigo.
-¿Qué dices, Catalina? –preguntó. ¿Es que ya no soy
nada para ti? ¿Acaso estás enamorada de ese miserable
Heath...?
-¡Silencio! -gritó la señora. ¡Cállate, o me tiro ahora
mismo por la ventana! Y tú podrías entonces tener mi cuer-
po, pero mi alma estará allí, en las Cumbres, antes de que
puedas volver a tocarme. No te necesito, Eduardo. Vuelve
a ocuparte de tus libros. Te vendría bien para consolarte,
porque yo no he de volver a servirte de consuelo.
-Señor -interrumpí-: está delirando. Ha estado desva-
riando toda la tarde. Cuidémosla bien, procuremos que esté
tranquila, y pronto se restablecerá. En lo sucesivo debemos
tener cuidado de no disgustarla.
-No sigas dándome consejos -interrumpió el señor. Co-
nocías el modo de ser de la señora, y, sin embargo, me has
incitado a contrariarla. ¡Parece mentira que no me hayas
dicho nada de su estado durante estos tres días! ¡Qué cruel-
162CUMBRES BORRASCOSAS
dad! ¡Oh, Catalina está desfigurada, como si hubiese pade-
cido una enfermedad de muchos meses!
Me defendí de aquellas acusaciones. ¿Qué culpa tenía
yo de la aviesa inclinación de Catalina?
-Me constaba -dije- que la señora era terca y dominan-
te, pero ignoraba que usted desease fomentar su mal carác-
ter. No sabía que debiese tolerar los abusos del señor
Heathcliff por no contrariar a la señora. ¡Así me paga usted
el haber cumplido mis deberes de sirvienta leal! ¡Aprenderé
para otra vez! En lo sucesivo usted se informará de las co-
sas por sus propios ojos.
-Si vuelves a venirme con chismes, prescindiré de tus
servicios -repuso él.
-Ya comprendo -repuse. Por lo visto, el señor Hea-
thcliff está autorizado para hacer el amor a la señorita y pa-
ra predisponer a la señora contra el señor cuando usted está
ausente.
Catalina, no por tener la mente algo perturbada, dejaba
de prestar oído atento a nuestra conversación. -¡Oh, traido-
ra Elena! -exclamó. Ella es mi solapada enemiga. ¡Bruja!
¡Déjame, Eduardo, y verás cómo le hago arrepentirse!
Bajo sus párpados fulguró un relámpago de insanía, y
trató de soltarse de los brazos de Linton. Yo resolví ir a
buscar al médico de mi propia iniciativa, y salí de la estan-
cia. Al atravesar por el jardín distinguí, colgado de un garfio
de la pared, un objeto blanco que se movía extrañamente.
No quise que me quedase en la mente la duda de que pu-
diese ser un alma del otro mundo, y, a pesar de mi prisa, me
paré a averiguar de qué se trataba. Quedé estupefacta al
163E M I L Y
BRONTE
reconocer al galguito de la señorita Isabel, colgado con un
pañuelo al cuello y medio ahogado. Solté el animal y lo dejé
libre. Cuando Isabel se había ido a acostar, yo vi subir al
galgo detrás de ella, y no me podía explicar quién fuera el
malvado que le había hecho objeto de tal barbarie. Mientras
lo desataba, creí sentir el lejano galope de un caballo, ruido
asaz inusitado para oírlo a las dos de la madrugada, pero yo
tenía tanta prisa que casi no reparé en ello.
Encontré al señor Kennett saliendo de su casa para vi-
sitar a un enfermo, y lo que le relaté de la dolencia de Cata-
lina le indujo a acompañarme inmediatamente. Como
Kennett es un hombre sencillo y franco, me confesó que
dudaba mucho de que Catalina sobreviviera a aquel segun-
do ataque.
-Esto debe de tener alguna causa especial, Elena -me
dijo. ¿Qué ha sucedido? Una mujer tan fuerte como Catali-
na no enferma por pequeñeces. Personas como ella pierden
la salud rara vez, pero cuando ello sucede es ardua empresa
librarles de sus males. ¿Cómo comenzó esto?
-El amo le informará -contesté. Usted conoce el carác-
ter violento de los Earnshaw, y no ignora que la señorita
Catalina los deja a todos en mantillas. Lo único que puedo
decirle es que lo ocurrido se inició por una disputa, y que,
después de una explosión de furor, sufrió un ataque. Ella lo
ha explicado así: nosotros no lo vimos, porque se encerró
en su alcoba. Luego se negó a tomar alimento, y ahora deli-
ra unas veces y otras se entrega a sueños fantásticos. Aún
nos reconoce, pero su cabeza está llena de ideas muy extra-
ñas.
164CUMBRES BORRASCOSAS
-El señor Linton estará muy disgustado...
-¡Tanto, que se rompería la cabeza si pasase algo! Pro-
cure no alarmarle más de lo conveniente.
-Ya advertí que se anduviera con cuidado, y ahora hay
que atenerse a las consecuencias de no haberme atendido
-repuso el médico. ¿Ha intimado el señor Linton con Hea-
thcliff últimamente?
-Heathcliff iba a la Granja -reconocí-, pero no porque
ello le agradara al amo, sino aprovechando su amistad de la
infancia con la señora. Ahora se le ha invitado a no moles-
tar con sus visitas, como consecuencia de ciertas intolera-
bles aspiraciones que manifestó respecto a la señorita
Isabel. No creo que vuelva otra vez por casa.
-¿Le ha rechazado la señorita? -preguntó el médico.
-Ella no me hace confidencias -respondí.
-Sí: Isabel hace lo que le parece -dijo él-, pero obra co-
mo una locuela. Me consta que anoche (¡qué hermosa no-
che hacía, por cierto!) estuvo paseando con Heathcliff por
el jardín, y que él la quiso convencer de que huyeran juntos.
Ella se negó, pero accedió a hacerlo el próximo día que se
vieran. Lo sé de buena tinta. Lo que no sé es a qué día se
referían.
Sobrecogida de nuevos temores al saber aquella noticia,
me adelanté a Kennett y eché a correr. En el jardín encon-
tré al perrito ladrando. Cuando abrí la verja, empezó a co-
rrer de un lado a otro, olfateando la hierba, y hasta se
hubiera marchado al camino de no impedírselo yo. Subí al
cuarto de Isabel: estaba vacío. Acaso de haber sabido a
tiempo la enfermedad de la señora, ello hubiera evitado que
165E M I L Y
BRONTE
realizara su loca determinación. Pero ya no había nada que
hacer. No era posible alcanzar a los fugitivos. Yo no iba a
perseguirlos, ni era cosa de aumentar con una angustia más
la zozobra que ya padecía mi amo. No me quedaba más re-
medio que callar y dejar correr las cosas. Me apresuré a
anunciar al señor la llegada del médico. Catalina se había
dormido con un sueño agitado. Su marido había logrado
tranquilizarla un poco, e inclinado sobre ella, examinaba las
más leves contracciones de su semblante.
El médico, después de reconocer a la enferma, nos dio
esperanzas sobre su estado, siempre que le procuráramos
una tranquilidad completa.
Yo creí que, más que un peligro mortal, temía la locura
incurable.
Ni el señor Linton ni yo pudimos dormir en toda la no-
che. No nos acostamos siquiera. Los criados se levantaron
más pronto que de costumbre y se les veía dialogando en
voz baja sobre lo ocurrido. Al notar que la señorita Isabel
no estaba levantada aún, comentaron también el caso. Su
hermano, a su vez, pareció ofenderse del poco interés que
Isabel demostraba a su cuñada. Yo quería no ser la primera
en avisar la fuga. Ello corrió a cargo de una doncella que
había ido a Gimmerton a hacer un recado, y que al regresar
se precipitó hacia nosotros llena de excitación y diciendo a
grandes voces:
-¡Oh, señor! ¡Amo, la señorita...!
-¡No alborotes tanto -exclamé.
-Habla bajo, María -dijo el señor. ¿Qué pasa?
166CUMBRES BORRASCOSAS
-¡La señorita ha huido con Heathcliff -exclamó la mu-
chacha.
-No es verdad -profirió Linton, agitadísimo. ¡No puede
ser verdad! ¿Cómo se te ha ocurrido tal cosa? ¡Vete a bus-
carla, Elena! ¡Es increíble!
Mientras hablaba se llevó a la criada hasta la puerta, y
allí le preguntó por qué hacía aquella afirmación.
-Encontré en el camino a un mozo que trae leche a la
Granja, y me preguntó si estábamos disgustados. Creyendo
que se refería a la enfermedad de la señora, le dije que sí.
Entonces me contestó. «¿Habrán enviado a alguien en su
persecución?» Me quedé asombrada. Él, notando que yo no
sabía nada, me dijo que una señora y un caballero se habían
detenido a la puerta de un herrador para clavar la herradura
de un caballo, cerca de Gimmerton. La hija del herrador se
asomó a la puerta y vio que el hombre era Heathcliff. Este
entregó una moneda de oro para pagar. La señora tenía el
rostro cubierto con un manto, pero, al beber un vaso de
agua que había pedido, se descubrió y entonces pudieron
verla. Luego Heathcliff y la señorita huyeron. La moza lo
había contado ya en todo el pueblo.
Yo, por cubrir el expediente, me asomé al cuarto de
Isabel, y al volver confirmé el relato de la sirvienta. El se-
ñor estaba otra vez a la cabecera de la cama, y cuando me
vio entrar comprendió por mi aspecto lo sucedido.
-¿Qué hacemos? -pregunté.
-Isabel se ha ido voluntariamente -me respondió el se-
ñor. Era libre de hacerlo. No me menciones más su nombre.
Ha renegado de mí.
167E M I L Y
BRONTE
No habló más sobre el asunto. No realizó busca alguna,
limitándose a ordenarme que, cuando se supiese su nueva
morada, enviase a Isabel cuanto le pertenecía.
168CUMBRES BORRASCOSAS
Capítulo trece
Dos meses permanecieron ausentes los fugitivos. Du-
rante aquel intervalo la señora sufrió y dominó lo más agu-
do de una fiebre cerebral, como diagnosticaron su dolencia.
Ninguna madre hubiera cuidado a su hijo con más devoción
que Eduardo cuidó a su esposa. Día y noche estuvo a su
lado, soportando cuantas molestias le producía. Kennett no
ignoraba que aquello que él salvaba de la tumba sólo servi-
ría para aumentar los desvelos de Linton con un nuevo ma-
nantial de preocupaciones. Eduardo sacrificaba su salud y
sus energías para conservar la vida de una piltrafa humana.
No obstante, su gratitud y su alegría fueron inmensas cuan-
do Catalina estuvo fuera de peligro. Horas enteras perma-
necía sentado a su lado, vigilando los progresos de su salud,
y esperando en el fondo que su esposa recobrase también el
equilibrio mental y volviera a ser lo que había sido antes.
La primera vez que ella salió de su habitación la con-
templaron ansiosamente.
-Son las primeras flores que brotan en las Cumbres -
exclamó. Me recuerdan los vientos templados que funden
169E M I L Y
BRONTE
los hielos, el cálido sol y las últimas nieves, Eduardo, ¿sopla
el viento del Sur? ¿Se ha fundido la nieve ya?
-Aquí ya no hay nieve, querida -contestó su marido.
Sólo se divisan dos manchas blancas en toda la extensión
de los pantanos. El cielo está azul, las alondras cantan y los
riachuelos llevan mucha corriente. La primavera del año
pasado, Catalina, yo temblaba de impaciencia de tenerte
conmigo bajo este techo. Ahora, en cambio, quisiera verte
en aquellas colinas. El aire de allí es tan puro que te curaría.
-Sólo iré a aquel sitio una vez más -dijo ella. Me dejarás
allí, y allí me quedaré para siempre. Así, dentro de un año
volverás a suspirar por tenerme aquí contigo; recordarás es-
te día y pensarás que ahora eres feliz.
Linton la acarició y le prodigó las más dulces palabras;
pero Catalina, al contemplar las flores, rompió a llorar in-
voluntariamente. Como nos parecía que en realidad estaba
mejor, llegamos a la conclusión de que, al ser su larga reclu-
sión en aquel cuarto la causa de su abatimiento, éste podía
remediarse parcialmente cambiándola de lugar.
El amo me mandó que encendiera la chimenea del sa-
lón, hacía tanto tiempo abandonado, y que colocara en él
un sillón junto a la ventana. Catalina pasó un largo rato en
esta habitación y se reanimó con el calor y con la vista de
los objetos que la rodeaban, los cuales, aunque le eran fa-
miliares, diferían de los que veía a diario y que asociaba con
sus delirios. No pudiendo al oscurecer convencerla de vol-
ver a su cuarto, al que se negó a ir de nuevo, le arreglé un
lecho en el sofá, en tanto que disponíamos otro aposento.
Este cuarto donde está ahora usted fue el que arreglamos.
170CUMBRES BORRASCOSAS
Poco después, Catalina ya estaba lo suficientemente fuerte
para andar por la casa apoyándose en el brazo de Eduardo.
Yo estaba persuadida de que se curaría. De ello dependería
también que el señor encontrase de nuevo consuelo en sus
tribulaciones, ya que todos esperábamos el próximo naci-
miento de un heredero.
Isabel, seis semanas después de su fuga, envió a su
hermano una nota participándole su matrimonio con Hea-
thcliff. Era una carta muy seca, pero llevaba una posdata a
lápiz que dejaba entrever el remoto deseo de una reconci-
liación, añadiendo que no había estado en su voluntad evi-
tar lo sucedido, y que ahora ya no tenía remedio. Linton no
contestó, según se me figura, y quince días después yo reci-
bía una larga carta, increíble en una recién casada que debía
estar aún en plena luna de miel. Voy a leerla, porque la con-
servo. Todo recuerdo de un difunto es precioso, si se le si-
gue estimando como cuando estaba vivo.
«Q uerida E lena: A l llegar anoche a Cumbres Borrascosas, se
me informó por primera vez de que Catalina ha estado y está toda-
vía muy enferma. N o creo oportuno escribirle. M e parece que mi
hermano está muy disgustado conmigo, puesto que no me escribe. Co-
mo, no obstante, siento la necesidad de dirigirme a alguien, te escribo
a ti.
D ile a E duardo que quisiera, con todo mi corazón, volverle a
ver, que mi alma volvió a la G ranja de los Tordos a las veinticuatro
horas de haber salido de ella, y que en ella está en este momento.
D ile que experimento el mayor afecto hacia él y hacia Catalina y que
yo no puedo hacer lo que hace mi alma (estas palabras están subra-
yadas en la carta), aunque creo que tampoco nadie en esa casa tiene
171E M I L Y
BRONTE
por qué esperarme. Pero que E duardo no piense que es por olvido o
por falta de cariño. Q ue se figure lo que le parezca más acertado.
E l resto de esta carta va dirigido a ti. Contéstame, ante todo, a
dos preguntas:
La primera es ésta: ¿Cómo te las arreglabas para llevarte bien
con todos cuando vivías aquí? Porque yo no encuentro el modo de
entenderme con los que me rodean.
La segunda pregunta me interesa mucho: H eathcliff, ¿es un ser
humano? Y si lo es, ¿está loco? ¿O es un demonio? N o hace falta
que te explique los motivos de estas preguntas. E xplícame tú, si
puedes, cuando vengas a verme, qué clase de ser es este con el que me
he casado. N o me escribas, pero cuando vengas procura que E duardo
te dé algún recado para mí.
Te voy a contar la acogida que me han hecho en las Cumbres,
mi nueva casa, al parecer. Te lo cuento por entretenerme, no para
quejarme de tales o cuales faltas de comodidad. ¡Si esto fuera lo úni-
co que hubiera de malo y lo demás no existiera, creo que me pondría
a bailar de júbilo!
Cuando terminábamos de cruzar los pantanos, ya se ponía el
sol: debían ser sobre las seis. H eathcliff perdió media hora en inspec-
cionar el parque y los jardines, con lo cual ya era de noche cuando nos
apeamos en el patio enlosado de la quinta. V uestro antiguo criado,
José, salió a recibirnos de un modo que habla muy alto de su corte-
sía. Lo primero que hizo fue levantar hasta la altura de mi rostro la
bujía que llevaba en la mano, esbozar un guiño maligno, sacar hacia
delante el labio inferior y volver la espalda. D espués se hizo cargo de
los caballos, los llevó a la cuadra y reapareció al fin para cerrar la
puerta exterior, como si moráramos en un castillo antiguo.
172CUMBRES BORRASCOSAS
H eathcliff habló un rato con él, y yo entretanto entré en la coci-
na, que es una especie de sucia cueva que probablemente no conoce-
rías si volvieras a verla, pues ha cambiado mucho. Cerca del fuego
estaba un niño robusto, con aspecto de pilluelo, algo parecido a Ca-
talina en los ojos y la boca.
«D ebe de ser el sobrino de E duardo -pensé-, y, por tanto, es pa-
riente mío hasta cierto punto. A sí que debo darle la mano y besarle.
Procuremos establecer desde el principio relaciones amistosas en esta
casa» M e acerqué a él y, tratando de cogerte la mano, le dije:
-¿Cómo estás, queridito?
É l me replicó unas palabras ininteligibles.
-¿V amos a ser amigos, H areton? -agregué.
M e contestó con un juramento, y añadió la amenaza de azuzar
a Tragóncontra mí si no me marchaba.
-¡A rriba, Tragón-gritó el desventurado al perro, que estaba en
un rincón. Y añadió, mirándome:
-¿Q ué? ¿Te marchas?
E l instinto de conservación me hizo complacerle. Salí y esperé a
que llegaran los demás. Pero H eathcliffno aparecía por lado alguno,
y José, a quien le pedí que me acompañase a mi cuarto, contestó:
-¡Cha, cha, cha...! ¿H a oído nunca un cristiano hablar de esta
manera? ¡Q ué cháchara! ¡Cualquiera la entiende!
-¡D igo que me acompañe a la casa! -grité, creyendo que sería
sordo, y bastante enojada de su grosería.
-¡Q uia! Tengo cosas más importantes que hacer.
Y continuó ocupándose en sus menesteres, moviendo las mandí-
bulas y mirando despreciativamente mi vestido y mi rostro. Creo que
tanto como el primero tenía de bonito debía tener el segundo de ape-
nado.
173E M I L Y
BRONTE
D i la vuelta al patio, y llegué a otra puerta, a la que llamé, es-
perando que apareciese algún criado más servicial. A l poco rato
abrió un hombre alto y delgado. N o llevaba corbata y tenía un as-
pecto terrible de abandono. U na maraña de cabellos que caían hasta
sus hombros desfiguraba su semblante. Sus ojos parecían una copia
de los de Catalina.
-¿Q ué quiere? -me preguntó. ¿Q uién es usted?
-M i nombre de soltera era Isabel Linton -repuse. Ya me conoce
usted. M e he casado hace poco con el señor H eathcliff, que es quien
me ha traído aquí, supongo que con el consentimiento de usted.
-¿D e manera que él ha vuelto? -preguntó el solitario, con un re-
pentino fulgor en su mirada de lobo hambriento.
-Sí -dije-, pero me dejó a la puerta de la cocina, y cuando quise
entrar, su hijo me ahuyentó azuzando un perro contra mí.
-¡V eo que el maldito villano ha cumplido su palabra -rezongó
el hombre, mirando tras de mí como si buscase a H eathcliff.
Ya me arrepentía de haber llamado a aquella puerta, y me dis-
ponía a marcharme, cuando él me mandó pasar y cerró la puerta con
llave. E n la habitación había un gran fuego, que constituía la única
iluminación de la estancia. E l suelo era de un sucio tono grisáceo, y
los platos, que siendo yo niña me llamaban tanto la atención por su
brillo, estaban cubiertos de polvo y de moho. Pregunté si podía lla-
mar a la doncella para que me llevase a mi habitación. E arnshaw
no se dignó contestarme. Se paseaba con las manos en los bolsillos,
completamente ajeno a mi presencia al parecer, y tal era su profunda
abstracción y tan misantrópico aspecto presentaba, que no me atrevía
a importunarle una vez más.
N o te asombrarás, E lena, de que te diga que me sentí muy triste
en aquel hogar inhospitalario, mil veces peor que la soledad, y, sin
174CUMBRES BORRASCOSAS
embargo, situado a sólo seis kilómetros de mi antigua y agradable
casa, donde habitan las únicas personas a quienes quiero en el mun-
do. Pero era lo mismo que si en lugar de seis kilómetros nos separara
el Océano. U n abismo infranqueable, en todo caso...
La pena que más me angustiaba era la de no tener a quien recu-
rrir para hallar un amigo o a un aliado contra H eathcliff. Por un
lado, me alegraba de haber ido a vivir a Cumbres Borrascosas para
no tener que estar sola con él, pero sabía ya cómo era la gente de esta
casa, y no temía que interviniese en nuestros asuntos.
D urante un largo y angustioso rato permanecí entregada a mis
reflexiones. Sonaron las ocho, las nueve, y mi acompañante conti-
nuaba entregado a su paseo, inclinando la cabeza sobre el pecho y
guardando absoluto silencio, excepto alguna amarga exclamación que
se le escapaba de cuando en cuando. Procuré escuchar con la esperan-
za de oír en la casa la voz de alguna mujer, y me sentí embargada de
tan lúgubres angustias y tan dolorosos pensamientos, que al fin no
pude contener una crisis de llanto. N i yo misma me di cuenta de
cuánta era mi aflicción hasta que E arnshaw, sorprendido, se paró
ante mí. A provechando aquel momento, exclamé:
-E stoy fatigada y quisiera descansar. ¿Q uiere decirme dónde es-
tá la doncella para ir a buscarla, ya que ella no viene a buscarme a
mí?
-N o tenemos doncella -repuso. Tendrá usted que cuidarse a sí
misma.
-¿Y dónde voy a dormir? -dije, sollozando.
La fatiga y la pena me habían hecho perder ya hasta la digni-
dad.-José le enseñará el cuarto de H eathcliff -contestó. A bra la puer-
ta y le hallará allí.
Cuando iba a obedecer, agregó con singular acento:
175E M I L Y
BRONTE
-Cierre la puerta con llave y cerrojo. N o lo olvide.
-¿Por qué, señor E arnshaw? -inquirí, ya que la idea de ence-
rrarme con H eathcliff a solas no me seducía.
-¡M ire esto! -contestó, sacando del bolsillo una pistola con una
navaja de muelles de doble hoja unida al arma. ¿V erdad que consti-
tuye una tentación para un hombre desesperado? Pues no hay ni una
sola noche que pueda dominar el deseo de ir a probarla a la puerta
de H eathcliff. E l día que la encuentre abierta, es hombre perdido.
Todas las noches lo hago inevitablemente, aunque antes no dejo de
pensar en múltiples razones que me aconsejan no efectuarlo.
H ay sin duda algún demonio que quiere que le mate para des-
baratar mis propios planes. Procure usted, si ama a H eathcliff, lu-
char contra este demonio, porque, cuando le llegue la hora, ni todos
los ángeles del cielo reunidos podrían salvarle.
E xaminé el arma con curiosidad, y un horrible pensamiento vi-
no a mi mente: lo fuerte que yo me sentiría si tuviese semejante arte-
facto en mi poder. La expresión, no de asombro, sino de codicia que
mi cara adoptó durante un segundo, asombró a aquel hombre. M e
arrebató de las manos la pistola, que yo había cogido para exami-
narla, cerró la navaja y escondió el arma.
-N o me importa que le hable de esto -dijo. Puede ponerle en
guardia y velar por él. Ya veo que sabe usted las relaciones que nos
unen puesto que no se espanta del peligro que él corre.
-¿Q ué le ha hecho H eathcliff para justificar ese odio terrible? -
pregunté. ¿N o valdría más decirle que se fuera?
-¡N o -gritó E arnshaw. Si trata de abandonarme, le mato. In-
tente usted persuadirle de hacerlo y será usted responsable de su ase-
sinato. ¿Cree usted que voy a perder todo lo mío sin esperanza de
recuperarlo? ¿Cree que voy a consentir que H areton sea un mendigo?
176CUMBRES BORRASCOSAS
¡M aldición! H aré que H eathcliff me lo devuelva todo, y luego le
arrancaré su sangre, y después el diablo se apoderará de su alma.
¡Cuándo vaya al infierno, éste se volverá mil veces más horrible con
su presencia!
Yo sabía por ti, E lena, que tu amo está al borde de la locura.
Lo estaba, por lo menos, la noche pasada. Tal miedo me producía su
proximidad, que hasta la aspereza de José me parecía agradable en
comparación.
Reanudó sus silenciosos paseos, y yo entonces así el picaporte y
corrí a la cocina. José atendía la lumbre, sobre la que había colgada
una olla, y tenía a su lado un cuenco de madera con sopa de avena.
E l contenido de la olla comenzaba a hervir, y él dio media vuelta con
el fin de hundir las manos en el cazo. Suponiendo que todo aquello
estaría destinado a la cena, resolví cocinar algo que resultara comes-
tible, ya que me sentía con apetito, y exclamé:
-Yo haré la sopa.
Le quité la vasija y comencé a despojarme de la ropa de montar.
-E l señor E arnshaw -agregué- me ha dicho que debo cuidarme
yo misma. N o voy a andar aquí con remilgos, porque temo que me
moriría de hambre.
-¡D ios mío! -profirió. ¡Si ahora que he conseguido acostum-
brarme a los dos amos, voy a tener que empezar a soportar otras
órdenes y a tener que obedecer a una señora, será cosa de marcharse!
Creí que no tendría que salir nunca de esta casa, pero no habrá más
remedio que hacerlo.
M e puse a la tarea prescindiendo de sus lamentaciones, y no pu-
de por menos que suspirar al recordar las épocas en que tal trabajo
hubiera sido un entretenimiento para mí. E l recuerdo de las venturas
perdidas me angustiaba, y a mayor angustia, más vivamente agitaba
177E M I L Y
BRONTE
el batidor y más deprisa caían en el agua los puñados de harina. José
contemplaba furioso mi modo de cocinar.
-¡Q ué barbaridad! -comentaba. Te quedas sin sopa esta noche
H areton. ¡Otra vez! E n su lugar, yo echaría cazo y todo. V amos,
eche usted de una vez toda esa porquería y así concluirá antes. ¡sí,
hombre, sí! ¡Plaf! M e asombra que no se haya torcido el fondo del
cacharro.
E l preparado que vertía en los tazones era, en verdad lo confie-
so, menos que mediano. H abía en la mesa cuatro tazones y un jarro
de leche. H areton lo cogió, se lo aplicó a los labios y comenzó a be-
ber, vertiéndosele parte por las comisuras de la boca. Yo le reprendí y
le dije que la leche se bebía en vasos, y que yo no la tomaría después
de llevarse él el jarro a la boca. E l viejo rufián se mostró muy enoja-
do de mis escrúpulos, y me aseguró con insistencia que el chico valía
tanto como yo y que estaba sano.
E l chiquillo continuaba sorbiendo y babeando, y me miraba ce-
ñudo, como si me desafiara.
-M e voy a cenar a otro sitio -dije. ¿N o hay aquí algo parecido a
un salón. ¿Salón? -se enojó José. N o; no hay salón. Si nuestra com-
pañía no le conviene, tiene la de los amos, y si la de ellos no le gusta,
la nuestra.
-M e voy arriba -repuse. E nséñeme una habitación.
Puse mi tazón en una bandeja y me fui a buscar más leche yo
misma. E l hombre se levantó a regañadientes y me acompañó al piso
superior. Llegamos al desván y me fue mostrando sus distintas divi-
siones.
-A quí hay un cuarto que no está mal para comer en él una sopa
-dijo. E n aquel rincón hay un montón de trigo limpio. D e todos mo-
dos, ponga encima el pañuelo si quiere preservar su elegante vestido.
178CUMBRES BORRASCOSAS
E l tal cuarto era una buhardilla donde olía a cebada y a trigo,
y contra las paredes se apilaban los sacos.
-¡V aya!-dije molesta. N o voy a dormir aquí. M uéstreme una
alcoba.
-¡U na alcoba! A hora le enseñaré todas las que hay. A quella es
la mía.
Y me señaló otro camaranchón sólo distinto del primero porque
había en él una cama baja y grande, sin cortinas y con una colcha de
color.
-Su alcoba no me interesa -dije. E nséñeme la alcoba del señor
H eathcliff.
-H aberlo dicho antes -replicó, como si le hubiese hablado de algo
extraordinario. Ya le hubiera contestado que no perdiera el tiempo,
puesto que es seguro que allí no le dejará entrar. E ste hombre no
permite el paso a nadie.
-¡Linda casa y magníficos habitantes! -repuse. Ya veo que la
quintaesencia de la locura humana invadió mi alma el día que me
casé con ese hombre. E n fin: no importa; otras habitaciones habrá.
¡D ese prisa y enséñeme algún sitio donde poder instalarme!
Bajó sin contestar y me llevó a una habitación que, por las tra-
zas, debía de ser la mejor. H abía una buena alfombra, aunque cu-
bierta de polvo, una chimenea con una orla de papel pintado que se
caía a pedazos, una excelente cama de roble con cortinas carmesí
modernas y costosas... Pero todo tenía un aspecto descuidadísimo.
Las cortinas colgaban de cualquier manera, medio arrancadas de sus
anillas, y la varilla metálica que las sustentaba estaba torcida, de
modo que los cortinajes arrastraban por el suelo. Las sillas estaban
estropeadas y grandes desperfectos afeaban el empapelado de las pa-
redes.
179E M I L Y
BRONTE
M e preparaba a posesionarme de la alcoba, cuando oí decir a
mi torpe guía:
-E sta es la habitación del amo.
E ntretanto, la cena se había enfriado, el apetito disipado, y se
me había agotado la paciencia. Insistí violentamente en que se me
diese un sitio donde descansar.
-¿D óndedemonios?...-comenzó el bendito viejo. ¡D ios me per-
done! ¿D ónde demonios quiere instalarse usted? ¡V aya una lata!
Ya le he enseñado todo, menos el tabuco de H areton. N o hay en
toda la casa otro sitio donde dormir.
Furiosa ya, tiré al suelo la bandeja y cuanto contenía. D espués
me senté en el rellano de la escalera y rompí a llorar.
-¡M uy bien, señorita, muy bien!-dijo José. A hora, cuando el
amo encuentre los restos de los cacharros, verá la que se arma. ¡Q ué
mujer tan necia! M erece usted no comer hasta N avidad, ya que ha
arrojado al suelo el pan nuestro de cada día. Pero me parece que no
le durarán mucho esos arrebatos. ¿Se figura que H eathcliff le va a
aguantar semejantes modales? N o quisiera otra cosa sino que la hu-
biera visto en este momento. E ra bastante.
M ientras me reprendía, cogió la vela, se dirigió a su cuchitril y
me dejó sumida en tinieblas.
D espués de mi arranque de cólera, medité y comprendí que era
preciso dominar mi orgullo y procurar no excitarme. E ncontré un
auxiliar imprevisto en tragón,al que no tardé en reconocer como hijo
de nuestro viejo E spía.D e cachorrillo había estado en la G ranja, y
mi padre se lo había regalado al señor H indley. D ebió de conocerme,
porque me frotó la nariz con su hocico como saludo, y luego empezó a
comerse la sopa derramada, mientras yo andaba por los peldaños
180CUMBRES BORRASCOSAS
cogiendo los cacharros que tirara y limpiando con el pañuelo las man-
chas de leche de la barandilla.
E stábamos terminando la faena cuando sentimos los pasos de
E arnshaw en el corredor. E l perro encogió el rabo y se acurrucó con-
tra la pared. Yo me deslicé por la puerta más cercana. E l ruido de
una caída escaleras abajo y varios aullidos lastimeros me hicieron
comprender que el perro no había podido esquivar el encuentro. E ar-
nshaw no me vio; fui más afortunada. Pero un momento después
llegó José con H areton, en cuyo cuarto yo me había refugiado, y me
dijo:
-Creo que ya está la casa vacía. Q ueda sitio para las dos: usted
y su soberbia. Ocúpelo y permanezca con el que todo lo ve y todo lo
sabe y no desprecie ni aun las malas compañías.
M e acomodé en una silla al lado del fuego, y a poco me dormí
profundamente. Pero mi sueño, aunque agradable, duró muy poco.
H eathcliff, al llegar, me despertó y me preguntó amablemente qué
hacía allí. Le dije que no me había acostado todavía porque él tenía
en el bolsillo la llave de nuestro cuarto. La expresión de nuestro le
ofendió inmensamente, juró que no era ni sería jamás mío y dijo...
Pero te hago gracia de su lenguaje y de su comportamiento habitual.
É l procura excitar mi odio por todos los medios. Su modo de obrar
me produce a veces una estupefacción que me hace olvidar el temor
que siento. Y eso que un tigre o una serpiente venenosa no me atemo-
rizarían más que él. M e habló de la enfermedad de Catalina y culpó
a mi hermano de ser el causante de ella, agregando que me conside-
raba como si yo fuese el propio E duardo a efectos de vengarse...
¡Le odio! ¡Q ué desgraciada soy y qué necia he sido! Pero no ha-
bles en casa de todo esto. Te espero con afán. N o faltes.
Isabel»
181E M I L Y
BRONTE
Capítulo catorce
En cuanto leí aquella carta fui a ver al amo, y le dije
que su hermana estaba en Cumbres Borrascosas y que me
había escrito interesándose por Catalina, manifestándome
que tenía interés en verle a él y que deseaba recibir alguna
indicación de haber sido perdonada.
-Nada tengo que perdonarle -repuso Linton. Vete a
verla, si quieres, y dile que no estoy enfadado, sino entriste-
cido, porque pienso, además, que es imposible que sea feliz.
Pero que no espere que voy a ir a verla. Nos hemos separa-
do para siempre. Sólo me haría rectificar si el villano con
quien se ha casado se marchara de aquí.
-¿Por qué no le escribe unas líneas? -insinué, suplican-
te.
-Porque no quiero tener nada de común con la familia
de Heathcliff -respondió.
Aquella frialdad me deprimió infinitamente. En todo el
tiempo que duró mi camino hacia las Cumbres no hice más
que pensar en la manera de repetir, suavizadas, a Isabel las
palabras de su hermano. Dijérase que ella había estado es-
182CUMBRES BORRASCOSAS
perando mi visita desde primera hora. Al subir por la senda
del jardín la distinguí detrás de una persiana y le hice una
señal con la cabeza; pero ella desapareció, como si desease
que no se la viera. Entré sin llamar. Aquella casa, antes tan
alegre, ofrecía un lúgubre aspecto de desolación. Creo que
yo, en el caso de mi señora, hubiera procurado limpiar algo
la cocina y quitar el polvo de los muebles; pero el ambiente
se había apoderado de ella. Su hermoso rostro estaba des-
cuidado y pálido, y tenía despeinados los cabellos. Al pare-
cer, no se había arreglado la ropa desde el día anterior.
Hindley no estaba. Heathcliff se hallaba sentado ante
una mesa revolviendo unos papeles de su cartera. Al verme,
me saludó con amabilidad y me ofreció una silla. Era el
único que tenía buen aspecto en aquella casa; creo que
mejor aspecto que nunca. Tanto había cambiado la decora-
ción, que cualquier forastero le habría tomado a él por un
auténtico caballero y a su esposa por una vulgar pordiosera.
Isabel se adelantó impacientemente hacia mí, alargando
la mano como si esperase recibir la carta que aguardaba que
le escribiese su hermano. Volví la cabeza negativamente. A
pesar de todo, me siguió hasta el mueble donde fui a poner
mi sombrero, y me preguntó en voz baja si no traía algo pa-
ra ella.
Heathcliff comprendió el objeto de sus evoluciones, y
dijo:
-Si tienes algo que dar a Isabel, dáselo, Elena. Entre
nosotros no hay secretos.
-No traigo nada -repuse, suponiendo que lo mejor era
decir la verdad. Mi amo me ha encargado que diga a su
183E M I L Y
BRONTE
hermana que, por el momento, no debe contar con visitas ni
cartas suyas. Le envía la expresión de su afecto, le desea
que sea muy feliz y le perdona el dolor que le causó. Pero
entiende que debe evitarse toda relación que, según dice,
no valdría la pena.
La señora Heathcliff volvió a sentarse junto a la venta-
na. Sus labios temblaban ligeramente. Su esposo se sentó a
mi lado y comenzó a hacerme preguntas relativas a Catali-
na.
Traté de contarle solamente lo que me pareciera opor-
tuno, pero él logró averiguar casi todo lo relativo al origen
de la enfermedad. Censuré a Catalina como culpable de su
propio mal, y acabé manifestando mi opinión de que el pro-
pio Heathcliff seguiría el ejemplo de Linton y evitaría todo
contacto con la familia.
-La señora Linton ha comenzado a convalecer -terminé
-; pero, aunque ha salvado la vida, no volverá nunca a ser la
Catalina de antes. Si tiene usted afecto hacia ella, no debe
interponerse más en su camino. Más le diré: creo que debe-
ría usted marcharse de la comarca. La Catalina Linton de
ahora no se parece a la Catalina Earnshaw de antes. Tanto
ha cambiado, que el hombre que vive con ella sólo podrá
hacerlo recordando lo que fue anteriormente y en nombre
del deber.
-Posible es -respondió Heathcliff- que tu amo no sienta
otros impulsos que los del deber hacia su esposa. Pero ¿cre-
es que dejaré a Catalina entregada a esos sentimientos?
¿Crees que mi cariño a Catalina es comparable con el suyo?
Antes de salir de esta casa, has de prometerme que me pro-
184CUMBRES BORRASCOSAS
porcionarás una entrevista con ella. De todos modos, la ve-
ré, quieras o no.
-Ni usted debe hacerlo -contesté- ni podrá nunca contar
conmigo para ello. La señora no resistirá otro choque entre
usted y el señor.
-Tú puedes evitarlo -repuso él-, y, en último caso, si
fuera así, me parece que habría motivos para apelar a un
recurso extremo. ¿Crees que Catalina sufriría mucho si per-
diese a su marido? Sólo me contiene el temor de la pena
que ello pudiera causarle. Ya ves lo diferentes que son
nuestros sentimientos. De haber estado él en mi lugar y yo
en el suyo, jamás hubiera osado alzar mi mano contra él.
Mírame con toda la incredulidad que quieras, pero es así.
Jamás le hubiera arrojado de su compañía mientras ella le
recibiera con satisfacción. Ahora que, apenas hubiera deja-
do de mostrarle afecto, ¡le habría arrancado el corazón y
bebido su sangre! Pero hasta ese momento me hubiera de-
jado descuartizar antes que tocar un cabello de su cabeza.
-Sí -le interrumpí-; pero da la impresión de que le tiene
sin cuidado a usted deshacer toda esperanza de curación
volviendo a producirle nuevos disgustos con su presencia.
-Bien sabes, Elena -contestó-, que no me ha olvidado.
Te consta que por cada pensamiento que dedica a Linton a
mí me dedica mil. Sólo dudé un momento, al volver este
verano. Pero únicamente hubiera confirmado tal idea si Ca-
talina me declarase que era verdad. Y en ese caso no existi-
rían ya, ni Linton, ni Hindley, ni nada... Mi existencia sin
ella sería un infierno. Pero fui un estúpido al suponer, aun-
que fuese por un solo momento, que ella preferiría el afecto
185E M I L Y
BRONTE
de Eduardo Linton al mío. Si él la amase con toda la fuerza
de su alma mezquina, no la amaría en ochenta años tanto
como yo en un día. Y Catalina tiene un corazón como el
mío. Antes se podría meter el mar en un cubo que el amor
de ella pudiera reducirse a él. Le quiere poco más que a su
perro o a su caballo. No le amará nunca como a mí. ¿Cómo
va a amar en él lo que no existe?
-Catalina y Eduardo se quieren tanto como cualquier
otro matrimonio -exclamó bruscamente Isabel. Nadie posee
el derecho de hablar de esta manera, y no te consentiré que
desprecies a mi hermano en presencia mía.
-También a ti tu hermano te quiere mucho, ¿no?
-comentó Heathcliff despreciativamente. Mira cómo se
apresura a dejarte abandonada a tu propia suerte.
-Él ignora cuánto sufro -dijo ella. No se lo he contado.
-Eso quiere decir que le has contado algo.
-Le escribí para anunciarle que me casaba. Tú mismo
viste la carta.
-¿No has vuelto a escribirle?
-No.
-Me duele ver lo desmejorada que está la señorita
-intervine yo. Se ve que le falta el amor de alguien, aunque
no esté yo autorizada para decir de quién.
-Me parece -repuso Heathcliff- que el amor que le falta
es el amor propio. ¡Está convertida en una verdadera frego-
na! Se ha cansado enseguida de complacerme. Aunque te
parezca mentira, el mismo día de nuestra boda ya estaba
llorando por volver a su casa. Pero precisamente por lo po-
co limpia que es, se sentirá a sus anchas en esta casa, y ya
186CUMBRES BORRASCOSAS
me preocuparé yo de que no me ridiculice escapándose de
ella.
-Debía usted pensar, señor -repliqué-, que la señora
Heathcliff está acostumbrada a que la atiendan y cuiden, ya
que la educaron, como hija única que era, en medio de mi-
mos y regalos. Usted debe proporcionarle una doncella y la
debe tratar con benevolencia. Piense usted lo que piense
sobre Eduardo, no tiene derecho a dudar del amor de la se-
ñorita, ya que, de otro modo, no hubiese abandonado, para
seguirle, las comodidades que la rodean ni hubiese dejado a
los suyos para acompañarle a este horrible desierto.
-Si abandonó su casa -argumentó él- fue porque creyó
que era un héroe de novela y esperaba toda clase de cosas
de mi caballeresca pleitesía hacia sus encantos. De tal mo-
do se comporta respecto a mi carácter y tales ideas se ha
formado sobre mí, que dudo en suponerla un ser dotado de
razón. Pero empieza a conocerme ya. Ha prescindido de las
estúpidas sonrisas y de las muecas extravagantes con que
quería fascinarme al principio, y noto que disminuye la in-
capacidad que padecía de comprender que yo hablaba en
serio cuando expresaba mis opiniones sobre su estupidez.
Para averiguar que no la amaba tuvo que hacer un inmenso
esfuerzo de imaginación. Hasta temí que no hubiera modo
humano de hacérselo comprender. Pero, en fin, lo ha com-
prendido mal o bien, puesto que esta mañana me dio la ad-
mirable prueba de talento de manifestarme que he logrado
conseguir que ella me aborrezca. ¡Te garantizo que ha sido
un trabajo digno de Hércules! Si cumple lo que me ha di-
cho, se lo agradeceré en el alma. Vaya, Isabel, ¿has dicho la
187E M I L Y
BRONTE
verdad? ¿Estás segura de que me odias? Sospecho que ella
hubiera preferido que yo me comportara ante ti deshecho
en dulzura, porque la pura verdad ofende su soberbia. Me
tiene sin cuidado. Ella sabe que el amor no era mutuo. Ja-
más la engañé a este respecto. No dirá que le haya dado ni
una prueba de amor. Lo primero que hice cuando salimos
de la Granja juntos fue ahorcar a su perro, y cuando quiso
defenderle, me oyó expresar claramente mi deseo de ahor-
car a todo cuanto se relacionara con los Linton, excepto un
solo ser. Quizá creyera que la excepción se refería a ella
misma y le tuviera sin cuidado que se hiciera mal a todos
los demás, con tal que su valiosa persona quedase exenta de
daño. Y dime, ¿no constituye el colmo de la mentecatez de
esta despreciable mujer el suponer que yo podría llegar a
amarla? Puedes decir a tu amo, Elena, que jamás he trope-
zado con nadie más abyecto que su hermana. Deshonra has-
ta el propio nombre de los Linton. Alguna vez he intentado
suavizar mis experimentos para probar hasta dónde llegaba
su paciencia, y siempre he visto que se apresuraba a arras-
trarse vergonzosamente ante mí. Agrega, para tranquilidad
de su fraternal corazón, que me mantengo estrictamente
dentro de los límites que me permite la ley. Hasta el presen-
te he evitado todo pretexto que le valiera para pedir la sepa-
ración aunque, si quiere irse, no seré yo quien me oponga a
ello. La satisfacción de poderla atormentar no compensa el
disgusto de tener que soportar su presencia.
-Habla usted como hablaría un loco, señor Heathcliff
-le dije. Su mujer está, sin duda, convencida de ello, y por
esa causa le ha aguantado tanto. Pero ya que usted dice que
188CUMBRES BORRASCOSAS
se puede marchar, supongo que aprovechará la ocasión.
Opino, señora, que no estará usted tan loca como para que-
darse voluntariamente con él.
-Elena -replicó Isabel, con una expresión en sus ojos
que patentizaba que, en efecto, el éxito de su marido en
hacerse odiar había sido absoluto-, no creas ni una palabra
de cuanto dice. Es un diablo, un monstruo, y no un ser hu-
mano. Ya he probado antes de irme y no me ha dejado de-
seos de repetir la experiencia. Te ruego, Elena, que no
menciones esta vil conversación ni a mi hermano ni a Cata-
lina. Que diga lo que quiera, lo que en realidad se propone
es desesperar a Eduardo. Asegura que se ha casado conmi-
go para cobrar ascendiente sobre mi hermano; pero antes de
darle el placer de conseguirlo preferiré que me mate. ¡Ojalá
lo haga! No aspiro a otra felicidad que a la de morirme o
preferiblemente, verle muerto a él.
-Todo eso es magnífico -dijo Heathcliff. Si alguna vez
te citan como testigo, ya sabes lo que piensa Isabel, Elena.
Anota lo que me dice: me conviene. No, Isabel, no... Como
no estás en condiciones de cuidar de ti misma, yo, tu pro-
tector según la ley, debo ser el encargado de tenerte bajo mi
guarda. Y ahora, sube. Tengo que decir a Elena una cosa en
secreto. Por allí no; te he dicho que arriba. ¿No ves que ése
es el camino de la escalera?
La tomó de un brazo, la arrojó de la habitación, y al
volver exclamó:
-No puedo ser compasivo, no puedo... Cuanto más veo
retorcerse a los gusanos, más ansío aplastarlos, y cuanto
más los pisoteo, más aumento el dolor...
189E M I L Y
BRONTE
-Pero ¿sabe usted acaso lo que es ser compasivo?
-respondí, mientras cogía precipitadamente el sombrero.
¿Lo ha sido alguna vez en el curso de su vida?
-No te vayas aún -dijo, al notar mis preparativos de
marcha. Escucha un momento. O te persuado a que me
procures una entrevista con Catalina, o te obligo a ello. E
inmediatamente. No me propongo causar daño alguno. Ni
siquiera molestar a Linton. Sólo quiero que ella misma me
diga cómo se encuentra, y preguntarle si puedo hacer algo
en su favor. Anoche pasé seis horas rondando el jardín de la
Granja, y hoy volveré, y siempre, hasta que logre entrar. Si
me encuentro con Eduardo, no titubearé en golpearle hasta
que no pueda impedirme la entrada. Y si sus criados acu-
den, ya me desembarazaré de ellos con estas pistolas. ¿Ver-
dad que valdrá más que no me sea necesario chocar con
ellos o con tu amo? Y a ti te es tan fácil... Yo te diría cuan-
do me propongo ir; tú podrás facilitarme la entrada, vigilar y
después verme marchar sin que tu conciencia tuviese nada
de que reprocharse. Así se evitarían males mayores.
Yo me negué a desempeñar tan bajo papel y le afeé su
intención de volver a destruir la tranquilidad de la señora
Linton.
-Cualquier cosa le causa un trastorno inmenso -le ase-
guré. Está hecha un verdadero manojo de nervios. No resis-
tirá la sorpresa: estoy segura de que no... ¡Y no insista,
señor, porque tendré que avisar de ello a mi amo, y él toma-
rá disposiciones para impedir lo que se propone usted!
-Y yo a mí vez tomaré disposiciones para asegurarme
de ti -repuso Heathcliff. No saldrás de Cumbres Borrasco-
190CUMBRES BORRASCOSAS
sas hasta mañana por la mañana. ¿Qué es eso de que Cata-
lina no podrá resistir la sorpresa de volver a verme? Ade-
más, no me propongo sorprenderla. Tú la puedes preparar y
preguntarle si me permite ir. Me has dicho que no le hablan
de mí ni menciona nunca mi nombre... ¡Cómo lo va a hacer
si está prohibido pronunciarlo en vuestra casa! Se imagina
que todos vosotros sois espías de su marido. Tengo la evi-
dencia de que estáis haciéndole la vida imposible. Sólo en el
hecho de que calle percibo una prueba de lo que siente.
¡Vaya una demostración de sosiego que es el que suela sen-
tir angustias y preocupaciones. ¿Cómo diablos dejaría de
sentirse trastornada, viviendo en ese horrible aislamiento?
Y luego, ese despreciable ser que la cuida «porque es su de-
ber...» «¡Su deber! » Antes germinaría en un tiesto la semilla
de roble que él logre restablecer a su esposa con ese género
de cuidados. Vaya, concluyamos. ¿Optas por quedarte aquí
mientras yo me abro paso a la fuerza, entre Linton y sus
criados, hasta Catalina? ¿O prefieres obrar amistosamente,
como hasta ahora? Resuelve pronto, porque si continúas
encerrada en tu obstinación, no tengo un minuto que per-
der.
Por más que argumenté y me negué, acabé teniendo que
ceder. Consentí en llevar a mi señora una carta de Hea-
thcliff y en avisarle si ella accedía a verle aprovechando la
primera ocasión en que Linton estuviera fuera de casa. Yo
procuraría quedarme aparte y me las ingeniaría para que la
servidumbre no se diese cuenta de aquella visita.
No sé si obré bien o mal. Acaso mal. Pero yo me pro-
ponía con ello evitar otras violencias y hasta pensé que aca-
191E M I L Y
BRONTE
so el encuentro produjese una reacción favorable en la do-
lencia de Catalina. Después, al recordar los reproches que el
señor Linton me hiciera por contarle historias, como él de-
cía, me tranquilicé algo más y me prometí finalmente que
aquella traición, si así podía llamarse, sería la última. Pero,
con todo, volví a casa más triste de lo que había salido de
ella, y antes de resolverme a entregar la carta de Heathcliff
a la señora Linton dudé mucho.
-Allí veo venir al médico. Voy a bajar y a decirle que se
encuentra usted mejor, señor Lockwood. Este relato es un
poco prolijo y todavía nos hará gastar una mañana más en
contarlo entero.
«Prolijo y lúgubre -pensé, mientras la buena señora ba-
jaba a recibir al médico. No es del estilo que yo hubiera,
elegido para entretenerme. En fin: ¡qué le vamos a hacer!
Convertiré las amargas hierbas que me propina la señora
Dean en salutíferas medicinas y procuraré no dejarme fasci-
nar por los brillantes ojos de Catalina Heathcliff. ¡Sería muy
notable, ciertamente, que se me ocurriera enamorarme de
esa joven y la hija resultase una segunda edición de su ma-
dre! »
192CUMBRES BORRASCOSAS
Capítulo quince
Ha transcurrido una semana más. Heme aquí más cerca,
pues, de la salud y de la primavera. Ya he oído en todas sus
partes la historia de mi vecino, de boca de la señora Dean,
cuyo relato reproduciré, aunque procurando extractarlo un
poco. Pero conservaré su estilo, porque encuentro que narra
muy bien y no me siento lo bastante fuerte para mejorarlo.
La tarde que fui a Cumbres Borrascosas -siguió contán-
dome- estaba tan segura como si lo hubiera visto que Hea-
thcliff rondaba por los alrededores. Procuré no salir de casa
en consecuencia, ya que llevaba su carta en el bolsillo y no
quería exponerme a sus reproches y amenazas por no ha-
berla entregado. Pero yo había resuelto no dársela a Catali-
na hasta que el amo no estuviera fuera, pues no sabía cómo
reaccionaría la señora. De modo que no se la entregué hasta
tres días más tarde. Al cuarto, que era domingo, se la llevé a
su habitación, cuando todos se marcharon para ir a la igle-
sia. En la casa sólo habíamos quedado otro criado y yo. Era
habitual dejar cerradas las puertas; pero aquel día era tan
agradable, que las dejamos abiertas. Y con objeto de cum-
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BRONTE
plir mi misión encargué al criado que fuese a comprar na-
ranjas al pueblo para la señora. El criado se fue y yo subí.
La señora Linton estaba sentada junto a la ventana
abierta. Vestía de blanco y llevaba un chal sobre los hom-
bros. Su espesó y largo cabello, cortado al comienzo de su
enfermedad, caía en trenzas sobre sus hombros. Había
cambiado mucho, como yo dijera a Heathcliff; pero, no
obstante, cuando estaba serena, ostentaba una especie de
belleza sobrenatural. En lugar de su antiguo fulgor, sus ojos
poseían ahora una melancólica dulzura. No parecía que mi-
rase lo que la rodeaba, sino que contemplase cosas muy le-
janas, algo que no fuera ya de este mundo. Su rostro estaba
aún pálido; pero no tan demacrado como antes, y el aspecto
que le daba su estado mental, aunque impresionaba doloro-
samente, despertaba más interés aún hacia ella en los que la
veían. Creo que aquel aspecto suyo indicaba de modo claro
que estaba condenada a morir...
Sobre el alféizar de la ventana había un libro, y el vien-
to agitaba sus páginas. Debió de ser Linton quien lo puso
allí, ya que ella no se preocupaba jamás de leer ni de hacer
nada, a pesar de que él intentaba distraerla por todos los
medios. Catalina se daba cuenta de ello, y lo soportaba
tranquilamente cuando estaba de buen humor, aunque a
veces dejaba escapar un reprimido suspiro, y otras, con be-
sos y tristes sonrisas, le impedía continuar haciendo aquello
que él pensaba que la distraía. En ocasiones parecía enoja-
da, ocultaba la cara entre las manos, y entonces hasta em-
pujaba a su marido para que saliese, lo que él se apresuraba
a hacer, creyendo mejor en tales casos que estuviese sola.
194CUMBRES BORRASCOSAS
Sonaban a lo lejos las campanas de Gimmerton, y el
melodioso rumor del arroyo que regaba el valle acariciaba
dulcemente los oídos. Cuando los árboles estaban poblados
de hojas, el rumor de la fronda agitada por el viento apaga-
ba el del fluir del arroyo. En Cumbres Borrascosas se escu-
chaba con gran intensidad durante los días que seguían a un
gran deshielo o a una temporada de lluvias. Evidentemente,
oyendo el ruido del arroyo, Catalina debía estar pensando
en Cumbres Borrascosas, en el supuesto de que pensara y
oyera algo, puesto que su mirada vaga y errática parecía
mostrar que estaba ausente de toda clase de cosas materia-
les.
-Me han dado una carta para usted, señora -le dije, de-
positándosela en su mano, que tenía apoyada en la rodilla.
¿La abro?
-Sí -repuso Catalina sin alterar la expresión de su mira-
da. La abrí. Era brevísima.
-Léala usted -proseguí.
Ella dejó caer el pliego. Volví a colocarlo en su regazo
y esperé; pero viendo que no prestaba atención alguna dije:
-¿Quiere que la lea yo? Es del señor Heathcliff.
Se sobresaltó y cruzó por sus ojos un relámpago que in-
dicaba que luchaba para coordinar las ideas. Cogió la carta,
la repasó superficialmente y suspiró -al leer la firma. Pero
no se había dado cuenta de su contenido, porque al pregun-
tarle qué contestación debía transmitir, me miró con una
expresión interrogativa y angustiada.
-Quiere verla -repuse, adivinando lo que quería signifi-
carme. Está esperando impaciente en el jardín.
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Mientras yo hablaba, noté que el perro que estaba en el
jardín, se erguía, estiraba las orejas, y luego, desistiendo de
ladrar y moviendo la cola, daba a entender que quien se
acercaba le era conocido. La señora Linton se asomó a la
ventana y escuchó conteniendo la respiración. Un minuto
después sentimos pasos en el vestíbulo. La puerta abierta
representaba una tentación harto fuerte para Heathcliff. Sin
duda pensó que yo no había cumplido mi promesa y resol-
vió confiar en su propia audacia.
Catalina miraba ansiosamente hacia la entrada de la ha-
bitación. Heathcliff, al principio, no encontraba el cuarto, y
la señora me hizo una señal para que fuera a recibirle; pero
él apareció antes de que llegase yo a la puerta y un momen-
to después ambos se estrechaban en un apretado abrazo.
Durante cinco minutos él no le habló, limitándose a
abrazarla y a besarla más veces que lo hubiese hecho en to-
da su vida. En otra ocasión, mi señora habría sido la prime-
ra en besarle. Bien eché de ver que él sentía, al verla, la
misma impresión que yo, y que estaba convencido de que
Catalina no recobraría la salud.
-¡Oh, querida Catalina! ¡No podré resistirlo! -dijo, al
fin, en tono de desesperación. Y la miró con tal intensidad,
que creí que aquella mirada le haría deshacerse en lágrimas.
Pero sus ojos, aunque ardían de angustia, permanecían se-
cos.
-Me habéis desgarrado el corazón entre tú y Eduardo,
Heathcliff -dijo Catalina, mirándole ceñuda. Y ahora os la-
mentáis como si fuerais vosotros los dignos de lástima. No
te compadezco. Has conseguido tu objeto, me has matado.
196CUMBRES BORRASCOSAS
Tú eres muy fuerte. ¿Cuántos años piensas vivir después de
que yo muera?
Heathcliff había puesto una rodilla en tierra para abra-
zarla. Fue a levantarse, pero ella le sujetó el cabello y le hi-
zo permanecer en aquella postura.
-Quisiera tenerte así -dijo- hasta que ambos muriéra-
mos. No me importa nada que sufras. ¿Por qué no has de
sufrir? También sufro yo. ¿Me olvidarás, Heathcliff? ¿Serás
capaz de ser feliz después de que yo haya sido enterrada?
Dentro de veinte años dirás quizás: «Aquí está la tumba de
Catalina Earnshaw. Mucho la he amado, pero la perdí, y ya
ha pasado todo. Luego he amado a otras muchachas. Quie-
ro más a mis hijos que lo que la quise a ella, y me apenará
más morir y dejarlos que me alegrará el ir a reunirme con la
mujer que quise.» ¿Verdad que dirás eso, Heathcliff ?
-No me atormentes, Catalina, que me siento tan loco
como tú -gritó él. Había desprendido la cabeza de las ma-
nos de su amiga y le rechinaban los dientes.
El cuadro que ambos presentaban era singular y terri-
ble. Catalina podía, en verdad, considerar que el cielo sería
un destierro para ella, a no ser que su mal carácter quedara
sepultado con su carne perecedera. En sus pálidas mejillas,
sus labios exangües y sus brillantes ojos, se pintaba una ex-
presión rencorosa. Apretaba entre sus crispados dedos un
mechón del cabello de Heathcliff, que había arrancado al
aferrarle. Él, por su parte, la había cogido ahora por el bra-
zo, y de tal manera la oprimía, que, cuando la soltó, distin-
guí cuatro amoratadas huellas en los brazos de Catalina.
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-Sin duda estás poseída del demonio -dijo él con feroci-
dad- al hablarme de esa manera cuando te estás muriendo,
¿no comprendes que tus palabras se grabarán en mi memo-
ria como un hierro ardiendo, y que seguiré acordándome de
ellas cuando tú ya no existas? Te consta que mientes al de-
cir que yo te he matado, y te consta también que tanto po-
dré olvidarte como olvidar mi propia existencia. ¿No basta
a tu diabólico egoísmo el pensar que, cuando tú descanses
en paz, yo me retorceré entre todas las torturas del infierno?
-Es que no descansaré en paz -dijo lastimeramente Ca-
talina.
Y cayó otra vez en un estado de abatimiento. Se sentía
latir su corazón con tumultuosa irregularidad. Cuando pudo
dominar el frenesí que la embargaba, dijo más suavemente:
-No te deseo, Heathcliff, penas más grandes que las que
he padecido yo. Sólo quisiera que nunca nos separáramos.
Si una sola palabra mía te doliera, piensa que yo sentiré
cuando esté bajo tierra tu mismo dolor. ¡Perdóname, ven!
Arrodíllate. Nunca me has hecho daño alguno. Si estás
ofendido, ello me dolerá a mí más que a ti mis palabras du-
ras. ¡Ven! ¿No quieres?
Heathcliff se recostó en el respaldo de la silla de Cata-
lina y volvió el rostro. Ella se ladeó para poder verle; pero
él, para impedirlo, se volvió de espaldas, se acercó a la chi-
menea y permaneció silencioso.
La señora Linton le siguió con la mirada. Encontrados
sentimientos nacían en su alma. Al fin, tras una prolongada
pausa, exclamó, dirigiéndose a mí:
198CUMBRES BORRASCOSAS
-¿Ves, Elena? No es capaz de ceder un solo instante, ni
aun tratándose de retardar el momento de mi muerte. ¡Qué
modo de amarme! Me da igual... Pero éste no es mi Hea-
thcliff. Yo seguiré amándole como si lo fuera, y será esa
imagen la que llevaré conmigo, ya que ella es la que habita
en mi alma. Esta prisión en que me hallo es lo que me fati-
ga -añadió. Estoy harta de este encierro. Ansío volar al
mundo esplendoroso que hay más allá de él. Lo vislumbro
entre lágrimas y sufrimientos, y, sin embargo, Elena, me
parece tan glorioso, que siento pena de ti, que te consideras
satisfecha de estar fuerte y sana... Dentro de poco me habré
remontado sobre todos vosotros. ¡Y pienso que él no estará
conmigo entonces! -continuó como si hablase consigo mis-
ma. Yo creía que él quería estar también conmigo en el más
allá. Heathcliff, querido mío, no quiero que te enfades...
¡Ven a mi lado, Heathcliff!
Se incorporó y se apoyó en uno de los brazos del sillón.
Heathcliff se volvió hacia ella con una expresión de inmen-
sa desesperanza en la mirada. Sus ojos, ahora húmedos,
centelleaban al contemplarla, y su pecho se agitaba convul-
sivamente. Un instante estuvieron separados; luego Catali-
na se precipitó hacia él, y él la abrazó de tal modo que temí
que mi señora no saliera con vida de sus brazos. Cuando se
separaron, ella cayó como exánime sobre la silla, y Hea-
thcliff se desplomó en otra inmediata. Me acerqué a ver si
la señora se había desmayado, y él, rechinando los dientes,
echando espuma por la boca, me separó con furor. Me pa-
reció que no me hallaba en compañía de seres humanos.
199E M I L Y
BRONTE
Traté de hablarle, pero no parecía entenderme, y acabé
apartándome llena de turbación.
A poco, Catalina hizo un movimiento, y esto me tran-
quilizó. Levantó la mano, cogió la cabeza de Heathcliff y
acercó su mejilla a la suya. Heathcliff la cubrió de exaspe-
radas caricias y le dijo, con marcado acento feroz:
-Ahora me demuestras lo cruel y falsa que has sido
conmigo. ¿Por qué me desdeñaste? ¿Por qué hiciste traición
a tu propia alma? No sé decirte ni una palabra de consuelo,
no te la mereces... Bésame y llora todo lo que quieras,
arráncame besos y lágrimas, que ellas te abrasarán y serán tu
condenación. Tú misma te has matado. Si me querías, ¿con
qué derecho me abandonaste? ¡Y por un mezquino capricho
que sentiste hacia Linton! Ni la miseria, ni la bajeza, ni aun
la muerte nos hubiera separado, y tú, sin embargo, nos se-
paraste por tu propia voluntad. No soy yo quien ha desga-
rrado tu corazón. Has sido tú, y al desgarrártelo has
destrozado el mío. Y si yo soy más fuerte, ¡peor para mí!
¿Para qué quiero vivir cuando tú...? ¡Oh Dios, quisiera es-
tar contigo en la tumba!
-¡Déjame! -contestó Catalina sollozando. Si he causado
mal, lo pago con mi muerte. Basta. También tú me abando-
naste; pero no te lo reprocho y te he perdonado. ¡Perdóna-
me tú también!
-¡Perdonarte cuando veo esos ojos y toco esas manos
enflaquecidas! Bésame, pero no me mires. Sí; te perdono.
¡Amo a quien me mata! Pero ¿cómo puedo perdonar a
quien acaba con tu vida?
200CUMBRES BORRASCOSAS
Callaron, juntaron sus rostros y mutuamente se bañaron
en lágrimas. No sé si me equivoqué al suponer que Hea-
thcliff lloraba también; pero, en verdad, el caso no era para
menos.
Yo me sentía inquieta. Caía la tarde y se veía salir ya a
la gente de la iglesia de Gimmerton y esparcirse por el valle.
El criado que había enviado al pueblo estaba de regreso.
-El oficio religioso ha concluido -anuncié- y el señor
volverá antes de media hora.
Heathcliff profirió un juramento y abrazó más apreta-
damente aún a Catalina, que permaneció inmóvil. A poco
distinguí a los criados que avanzaban en grupo por el cami-
no. El señor Linton los seguía a corta distancia. Abrió por sí
mismo la verja. Parecía extasiado en contemplar la belleza
de la tarde estival y aspirar sus suaves perfumes.
-Ya ha llegado -exclamé-, ¡Baje enseguida, por Dios!
No encontrará usted a nadie en la escalera principal. Ocúl-
tese entre los árboles hasta que el señor haya entrado.
-Debo irme, Catalina -dijo Heathcliff, separándose de
sus brazos. Pero, de no morirme, te volveré a ver antes de
que te hayas dormido... No me separaré ni cinco metros de
tu ventana.
-No te irás -repuso ella, sujetándole con todas sus fuer-
zas. No tienes por qué irte.
-Vuelvo antes de una hora -aseguró él.
La señora insistió:
-No te vayas ni un instante.
-Me es forzoso marcharme -repitió, alarmado, Hea-
thcliff. Linton estará aquí dentro de un momento.
201E M I L Y
BRONTE
Por su deseo, él se hubiera levantado y desprendido de
ella a viva fuerza; pero Catalina le sujetó firmemente, mien-
tras pronunciaba expresiones entrecortadas. En su rostro se
transparentaba una decidida resolución.
-¡No! -gritó. ¡No te vayas! Eduardo no nos hará nada.
¡Es la última vez, Heathcliff, me muero!
-¡Maldito imbécil! Ya ha llegado -exclamó Heathcliff
dejándose caer otra vez en la silla. ¡Calla, Catalina! ¡Calla,
alma mía! Si me matase ahora, moriría bendiciéndole.
Y volvieron a unirse en un estrecho abrazo. Sentí subir
a mi amo por la escalera. Un sudor frío bañaba mi frente.
Estaba horrorizada.
-Pero ¿es que va usted a hacer caso de sus delirios?
-dije a Heathcliff fuera de mí. No sabe lo que dice. ¿Es que
se propone usted perderla aprovechando que le falta la ra-
zón? Levántese y márchese inmediatamente. Este crimen
sería el más odioso de cuantos haya cometido usted. Todos
nos perderemos por culpa suya; el señor, la señora y yo.
Grité y me retorcí las manos con desesperación. Al
oírme gritar, el señor Linton se apresuró más aún. No dejó
de aliviar un tanto mi turbación al ver que los brazos de
Catalina, dejando de oprimir a Heathcliff, caían lánguida-
mente y su cabeza se inclinaba con laxitud.
«Se ha desmayado o se ha muerto -pensé. Mejor. Vale
más que muera que no que siga siendo una causa de desgra-
cia para todos los que la rodean» Eduardo, pálido de estu-
por y de ira al divisar al inesperado visitante, se lanzó hacia
él. No sé lo que se proponía. Pero Heathcliff le detuvo en
202CUMBRES BORRASCOSAS
seco poniéndole entre los brazos el inmóvil cuerpo de su
esposa.
-Si no es usted un demonio -dijo Linton-, ayúdeme pri-
mero a atenderla y ya hablaremos después.
Heathcliff se marchó al salón y permaneció sentado. El
señor Linton recurrió a mí, y entre los dos, con grandes es-
fuerzos, logramos reanimar a Catalina. Pero había perdido
la razón completamente: suspiraba, emitía quejidos inarti-
culados y no reconocía a nadie. Eduardo, en su ansiedad
por su esposa, se olvidó de su odiado rival. Aproveché la
primera oportunidad que tuve para ir a rogarle que se fuese,
afirmándole que Catalina estaba un poco repuesta y que a la
mañana siguiente le llevaría noticias suyas.
-Saldré de la casa -dijo él-, pero permaneceré en el jar-
dín. No te olvides de cumplir tu palabra mañana, Elena.
Estaré bajo aquellos pinos; tenlo en cuenta. De lo contra-
rio, volveré, esté Linton o no.
Echó una rápida mirada por la puerta entreabierta de la
alcoba, y al comprobar que, al parecer, yo no había faltado
a la verdad, se fue, librando a la casa de su perniciosa pre-
sencia.
203E M I L Y
BRONTE
Capítulo dieciséis
A las doce de aquella noche nació la Catalina que usted
ha conocido en Cumbres Borrascosas: una niña de siete me-
ses. Dos horas después moría su madre, sin haber llegado a
recobrar el sentido suficiente para reconocer a Eduardo o
echar de menos a Heathcliff. El señor Linton se sintió tras-
pasado de dolor por la pérdida de su esposa. No quiero ha-
blar de ello; es demasiado penoso. Alimentaba su disgusto,
a lo que se me alcanza, la pena de no tener un heredero va-
rón. También yo sentía lo mismo mientras contemplaba a la
huerfanita y maldecía mentalmente al viejo Linton, por ha-
ber decidido que en aquel caso fuese heredera su hija y no
su hijo, que hubiera, a mi juicio, resultado lo más natural.
Aquella niña llegó con verdadera inoportunidad. Si la
pobrecita se hubiese muerto llorando en las primeras horas
de su existencia, a todos en aquel momento nos hubiera
tenido sin cuidado. Más tarde rectificamos; pero el principio
de su vida fue tan lamentable como probablemente será su
fin.
204CUMBRES BORRASCOSAS
La mañana siguiente amaneció alegre y clara. La luz del
sol se filtraba, tamizándose, a través de las persianas, y con
un dulce resplandor iluminaba el lecho y a la que en él ya-
cía. Eduardo tenía los ojos cerrados y reclinaba la cabeza en
la almohada. Sus hermosas facciones estaban tan pálidas
como las del cuerpo que yacía a su lado. Su rostro transpa-
rentaba una angustia infinita, y, en cambio, el rostro de la
muerta reflejaba una infinita paz. Tenía los párpados cerra-
dos y los labios ligeramente sonrientes. Creo que un ángel
no hubiera estado más bello que ella. Me comunicó su sere-
nidad. Jamás sentí más serena mi alma que mientras estuve
contemplando aquella inmóvil imagen del reposo eterno.
Me acordé, y hasta repetí las palabras que Catalina pronun-
ciara poco antes: se había remontado sobre todos nosotros.
Fuese que se encontrara en la tierra todavía, o ya en el cielo
su espíritu, indudablemente estaba con Dios...
Tal vez sea una cosa peculiar mía; pero el caso es que
muy pocas veces dejo de sentir una impresión interna de
beatitud cuando velo un muerto, salvo si algún afligido
allegado suyo me acompaña. Me parece apreciar en la muer-
te un reposo que ni el infierno ni la tierra son capaces de
quebrantar, y me invade la sensación de un futuro eterno y
sin sombras. Sí; la eternidad. Allí donde la vida no tiene
límites en su duración, ni el amor en sus transportes, ni la
felicidad en su plenitud. Y entonces comprendí el egoísmo
que encerraba un amor como el de Linton, que de tan
amarga manera lamentaba la liberación de Catalina.
Claro está que, en rigor, teniendo en cuenta la agitada y
rebelde vida que había llevado, cabía dudar de si entraría o
205E M I L Y
BRONTE
no en el reino de los cielos; pero la contemplación de aquel
cadáver con su aspecto sereno eliminaba toda duda de que
el alma que la alentó gozaba ahora de la misma paz inefable
que aquel exánime cuerpo.
-¿Usted cree -preguntó la señora Dean- que personas
así pueden ser felices en el otro mundo? Daría algo bueno
por saberlo.
No contesté a la interrogación de mi ama de llaves,
pregunta que me pareció un tanto poco ortodoxa. Y ella
continuó diciendo:
-Temo al pensar en la vida de Catalina Linton, que no
es muy dichosa en el otro mundo. Pero, en fin, dejémosla
tranquila, que ya está en presencia de su Creador...
Como el amo parecía dormir, me aventuré a escaparme
al exterior poco después de salir el sol. Los criados se ima-
ginaron que yo salía para desentumecer mis sentidos, fati-
gados del prolongado velatorio; pero, en realidad, lo que me
proponía era hablar al señor Heathcliff, quien había pasado
la noche entre los pinos y no debía de haber sentido el mo-
vimiento de la granja, a no ser que hubiese oído el galope
del caballo del criado que enviáramos a Gimmerton. De
estar más próximo, el movimiento de puertas y luces le ha-
bría hecho comprender, probablemente, que pasaba algo
grave. Yo sentía a la vez deseo y temor de encontrarle. Por
un lado, me urgía comunicarle la terrible noticia, y por otro,
no sabía cómo hacerlo para no irritarle.
Le vi en el parque, apoyado contra un añoso fresno,
destocado y con el cabello impregnado del rocío, que go-
teaba desde las ramas lentamente. Debía de llevar mucho
206CUMBRES BORRASCOSAS
tiempo en aquella actitud, porque reparé en una pareja de
mirlos que iban y venían a menos de un metro de distancia
de él, ocupándose en construir su nido y tan ajenos a la pre-
sencia de Heathcliff como si fuera un tronco de árbol. Al
acercarme, echaron a volar, y él, levantando los ojos, me
dijo:
-¡Ha muerto! ¡Tanto esperar para acabar recibiendo esa
noticia! Vamos; fuera ese pañuelo. No me vengas con llan-
tos... ¡Idos todos al diablo! ¿De qué le servirán vuestras lá-
grimas?
Yo lloraba tanto por él como por ella. Es frecuente
compadecer a personas que son incapaces de experimentar
tal sentimiento hacia el prójimo y hasta hacia sí mismos. Al
verle se me ocurrió que quizá sabía ya lo sucedido y que se
había resignado y rezaba, porque movía los labios y bajaba
la vista.
-Ha muerto -contesté, enjugando mi llanto- y está en el
cielo, adonde todos iríamos a reunirnos con ella si aprove-
cháramos la lección y dejáramos el mal camino para seguir
el bueno.
-¿Acaso ha muerto como una santa? -preguntó sarcásti-
camente Heathcliff. Vaya... Cuéntame... ¿Cómo ha muer-
to...?
Quiso pronunciar el nombre de la señora; pero la voz
expiró en sus labios y se los mordió. Se notaba en él una
silenciosa lucha interna.
- ¿Cómo ha muerto? -volvió a preguntar.
207E M I L Y
BRONTE
Noté que pese a toda su audacia insolente se sentía más
tranquilo teniendo a alguien a su lado. Un profundo temblor
recorría todo su cuerpo.
«¡Desdichado! -pensé-. Tienes corazón y nervios como
cualquier otro. ¿Por qué ese empeño en ocultarlos? ¡Tu so-
berbia no engañará a Dios! Le estás provocando a que te
atormente y humille hasta hacerte estallar» -Murió mansa
como un cordero -repuse-. Suspiró, hizo un movimiento
como un niño al despertar y cayó en un letargo. A los cinco
minutos sentí que su corazón palpitaba fuerte... Y luego,
nada...
-¿Habló de mí? -preguntó él, vacilante, como si temiera
oír los detalles que me pedía.
-Desde que usted se separó de ella no volvió en sí ni
reconoció a nadie. Sus ideas eran confusas, y había retroce-
dido en sus pensamientos a los años de su infancia. Su vida
ha concluido en un dulce sueño. ¡Ojalá despierte de la
misma manera en el otro mundo!
-¡Ojalá despierte entre mil tormentos! -gritó él con es-
pantosa vehemencia, pateando y vociferando en un brusco
acceso de furor. Ha sido falsa hasta el fin. ¿Dónde estás?
En la vida imperecedera del cielo, no. ¿Dónde estás? Me
has dicho que no te importan mis sufrimientos. Pero yo no
repetiré más que una plegaria: «¡Catalina! ¡Haga Dios que
no reposes mientras yo viva!» Si es cierto que yo te maté,
persígueme. Se asegura que la víctima persigue a su asesino.
Hazlo, pues; sígueme hasta que me enloquezcas. Pero no
me dejes solo en este abismo. ¡Oh! ¡No puedo vivir sin mi
vida! ¡No puedo vivir sin mi alma!
208CUMBRES BORRASCOSAS
Apoyó la cabeza contra el árbol y cerró los ojos. No pa-
recía un hombre que sufre, sino una fiera acosada cuyas
carnes desgarran las armas de los cazadores. En el tronco
del árbol distinguí varias manchas de sangre, y sus manos y
frente estaban manchadas también. Escenas idénticas a
aquella debían de haber sucedido durante la noche. Más que
compasión, sentí miedo; pero me era penoso dejarle en
aquel estado. Él fue quien, al darse cuenta de que yo seguía
allí, me gritó que me fuera, lo que hice enseguida, puesto
que no podía consolarle ni devolverle la tranquilidad. Hasta
el viernes siguiente -día en que había de celebrarse el fune-
ral- Catalina permaneció en su ataúd, en el salón, que esta-
ba cubierto de plantas y flores. Todos menos yo ignoraron
que Linton pasó allí todo aquel tiempo sin descansar apenas
un momento. A su vez, Heathcliff también pasaba fuera las
noches, por lo menos, sin reposar tampoco ni un minuto. El
martes, aprovechando un instante en que el amo, rendido
de fatiga, se había retirado para dormir un par de horas, abrí
una de las ventanas, a fin de que Heathcliff pudiera dar a su
adorada un último adiós. Aprovechó la oportunidad y entró
sin hacer el más ligero ruido. Sólo pude darme cuenta de
que había penetrado al apreciar lo desordenadas que esta-
ban las ropas en torno del rostro del cadáver y hallar en el
suelo un rizo rubio. Examinado con cuidado, comprobé que
había sido arrancado de un dije que Catalina llevaba al cue-
llo, y sustituido por un negro rizo de los cabellos de Hea-
thcliff. Yo uní ambos cabellos en el medallón y los guardé
en él.
209E M I L Y
BRONTE
Se invitó al señor Earnshaw a que acudiese al entierro
de su hermana, pero no apareció ni se excusó siquiera. A
Isabel no se le avisó. De modo que el duelo estuvo com-
puesto, aparte de mi amo, solamente de criados y colonos.
Con gran extrañeza de los aldeanos, Catalina no fue en-
terrada en el panteón de la familia Linton ni entre las tum-
bas de los Earnshaw. Se abrió una fosa en un verde rincón
del cementerio. El muro es tan bajo por aquel lado, que los
brezos y los arándanos trepan sobre él y se inclinan sobre la
tumba. Su esposo yace ahora en el mismo sitio, y una sen-
cilla lápida con una piedra gris al pie cubre la sepultura de
cada uno.
210CUMBRES BORRASCOSAS
Capítulo diecisiete
El día del entierro fue el único que hizo bueno aquel
mes, hasta el anochecer. El viento cambió de dirección y
empezó a llover y luego a nevar. Al otro día resultaba in-
creíble que hubiéramos disfrutado ya tres semanas de buena
temperatura. Las flores quedaron ocultas bajo la nieve, las
alondras enmudecieron y las hojas tempranas de los árboles
se ennegrecieron, como si hubieran sido heridas de muerte.
¡Aquella mañana transcurrió más lúgubre y triste! El señor
no salió de su habitación. Yo me instalé en la solitaria sala,
con la niña en brazos, y mientras le mecía miraba caer la
nieve a través de la ventana. De pronto, la puerta se abrió y
entró una mujer jadeando y riéndose. Me enfurecí y me
asombré. Imaginando al principio que era una de las criadas
grité:
-¡Silencio! ¿Qué diría el señor Linton si te oyese reír
ahora?
-Perdona -contestó una voz que me era conocida-; pero
sé que Eduardo está acostado y no he podido contenerme.
211E M I L Y
BRONTE
Mientras hablaba, se acercó a la lumbre, apretándose
los costados con las manos.
-He volado más que corrido desde las Cumbres aquí -
continuó-, y me he caído no sé cuántas veces. Ya te lo ex-
plicaré todo. Únicamente quiero que ordenes que engan-
chen el coche para irme a Gimmerton y que me busquen
algunos vestidos en el armario.
La recién llegada era la esposa de Heathcliff. El cabello
le caía sobre los hombros y estaba empapada en agua y la
cubrían aún algunos copos de nieve. Llevaba el vestido que
solía usar de soltera: un vestido escotado, con manga corta,
y no tenía cubierta la cabeza ni abrigado el cuello. En los
pies calzaba unas leves chinelas. Para colmo, tenía una he-
rida en el cuello junto a la oreja, aunque no sangraba, por-
que el frío coagulaba la sangre, y su rostro estaba blanco
como el papel y lleno de arañazos y de contusiones.
-¡Oh, señorita! -exclamé. No ordenaré nada ni la escu-
charé hasta que no se haya cambiado esa ropa mojada.
Además, esta noche no irá usted a Gimmerton. De modo
que no hace falta enganchar el coche.
-Me iré aunque sea a pie -repuso. Respecto a mudarme,
está bien. Mira cómo sangro ahora por el cuello. Con el ca-
lor, me duele.
Hasta que no mandé disponer el carruaje y encargué a
una criada que preparase ropas se negó a que la atendiese y
le curase la herida. Cuando todo estuvo hecho, se sentó al
fuego ante una taza de té y dijo:
-Siéntate, Elena. Quítame de delante la niña de Catali-
na. No quiero verla. No creas que no me ha afectado la
212CUMBRES BORRASCOSAS
muerte de mi cuñada. He llorado por ella como el que más.
Nos separamos enfadadas y no me lo perdono. Esto basta-
ría para que no pudiese querer a ese ser dichoso. Mira lo
que hago con lo único que llevo de él.
Arrancó de sus dedos una alianza de oro y la tiró.
-Quiero pisotearla y quemarla luego -dijo con rabia pue-
ril.
Y arrojó el anillo a la lumbre.
-¡Así! Ya me comprará otro si logra encontrarme. Es
capaz de venir con tal de perturbar a Eduardo. No me atre-
vo a quedarme por temor a que acuda esa idea a su malvada
cabeza. Además, Eduardo no se ha portado bien, ¿no es
cierto? Sólo por absoluta necesidad me he refugiado aquí. Si
me hubieran dicho que estaba levantado, me habría queda-
do en la cocina para calentarme y pedirte que me llevases lo
más necesario, a fin de huir de mi..., ¡de ese maldito demo-
nio hecho hombre! ¡Estaba furioso! ¡Si llega a cogerme! ...
Siento que Earnshaw no sea más fuerte que él, porque, en
ese caso, no me hubiera marchado hasta ver cómo le acogo-
taba.
-Hable más despacio, señorita -interrumpí. De lo con-
trario, se le va a caer el pañuelo que le he puesto y va a
volver a sangrarle ese corte. Beba el té, respire y no se ría
tanto. No va bien ni con su estado ni con lo ocurrido en
esta casa.
-Tienes razón -repuso. Pero oye cómo llora esa niña.
Haz que se la lleven por una hora, que es lo que pienso es-
tar aquí.
213E M I L Y
BRONTE
Llamé a una criada, le entregué la pequeña y pregunté a
Isabel qué era lo que le había decidido a abandonar Cum-
bres Borrascosas en una noche como aquella y por qué no
quería quedarse.
-Debiera y quisiera hacerlo para atender y consolar a
Eduardo y cuidar de la niña, ya que ésta es mi verdadera
casa. Pero Heathcliff no me dejaría. ¿Crees que soportaría
el saber que yo estaba tranquila y que aquí reinaba la paz?
¡Se apresuraría a venir a perturbarnos! Estoy segura de que
me odia tanto, que no puede tolerar mi presencia. Cada vez
que me ve, los músculos de su cara se contraen en una ex-
presión de odio. Ahora bien: como no puede soportarme,
estoy segura de que no va a perseguirme a través de toda
Inglaterra. Así, pues, debo irme muy lejos. Ya no deseo que
me mate, prefiero que se mate él. Ha conseguido extinguir
mi amor. Ahora me siento libre. Sólo puedo recordar cómo
le amaba, pero de un modo vago, y aún imaginar cómo le
amaría si... Pero no; aunque me hubiese adorado, no habría
dejado de mostrar su infernal carácter. Sólo un gusto tan
pervertido como el de Catalina podía llegar a tener afecto
hacia este hombre. ¡Qué monstruo! Quisiera verle comple-
tamente borrado del mundo y de mi recuerdo.
-Vamos, calle -le dije. Sea más compasiva. Es un ser
humano, al fin. Hay otros peores que él.
-No es un ser humano -repuso- y no tiene derecho a
que le compadezca. Le entregué mi corazón, y después de
desgarrármelo me lo ha tirado a la cara. Los humanos sen-
timos con el corazón, Elena; y desde que desgarró el mío no
me es posible sentir nada hacia él, ni sentiría nada, mientras
214CUMBRES BORRASCOSAS
él no muera, aunque llorase lágrimas de sangre. ¡No, ya no
soy capaz de sentir!
Isabel rompió a llorar; pero se secó las lágrimas inme-
diatamente y continuó:
-Te diré por qué tuve que huir. Llegué a excitar su ira
hasta un extremo que sobrepasó su infernal prudencia y se
entregó a violencias contra mí. Al ver que había logrado
exasperarle sentí cierta satisfacción; luego despertó en mí el
instinto de conservación y huí. ¡Ojalá no vuelva a caer en
sus manos de nuevo!
»Como supondrás -continuó-, el señor Earnshaw se
proponía ir al entierro. No bebió, quiero decir que sólo se
emborrachó a medias, así estuvo hasta las seis, en que se
acostó. A las doce se levantó con lo que se llama la resaca
de la embriaguez; de un humor de perros, por tanto, y con
tanta gana de ir a la iglesia como al baile. De modo que se
sentó al fuego y empezó a beber. Heathcliff, ¡me escalofría
pronunciar su nombre!, casi no apareció por casa desde el
domingo. No sé si le daban de comer los ángeles o quién.
Pero con nosotros no come hace una semana. Al apuntar el
alba se encerraba en su habitación, ¡como si temiese que
alguien buscara su agradable compañía!, y allí se entregaba
a fervientes plegarias.
»Pero te advierto que el dios que invocaba es sólo pol-
vo y ceniza, y al invocarle lo confundía de extraña manera
con el propio demonio que le engendró a él. Terminadas
estas magníficas oraciones, que duraban hasta enronquecer
y ahogársele la voz en la garganta, se iba inmediatamente
camino de la Granja. ¡Cómo que me extraña que Eduardo
215E M I L Y
BRONTE
no le haya hecho vigilar por un alguacil! Por mi parte, aun-
que lo de Catalina me entristecía mucho, me sentía como si
tuviese una fiesta al disfrutar de tal libertad. Así que recu-
peré mis energías hasta el punto de poder escuchar los ser-
mones de José sin echarme a llorar y de poder andar por la
casa con más seguridad de la acostumbrada. José y Hareton
son detestables hasta el punto de que la horrible charla de
Hindley me resultaba mejor que estar con ellos.
»Cuando Heathcliff está en casa -siguió diciendo Isa-
bel-, muchas veces tengo que reunirme con los dos en la
cocina, para no morirme de hambre y para no tener que va-
gar a solas por las lóbregas y solitarias habitaciones. En
cambio, ahora que no estaba, pude permanecer tranquila-
mente sentada ante una mesa al lado del hogar, sin ocupar-
me del señor Earnshaw, que a su vez no se preocupa de mí.
Ahora está más tranquilo que antes, aunque más huraño
aún, y no se enfurece si no se le provoca. José asegura que
Dios le ha tocado el corazón y que se ha salvado por la
prueba del fuego. Pero, en fin, eso no me importa. Anoche
estuve en mi rincón leyendo hasta cerca de las doce. Me
asustaba el irme arriba. Afuera se sentía la ventisca. Yo
pensaba en el cementerio y en la fosa recién abierta. Tan
pronto como separaba los ojos del libro, la escena acudía a
mi imaginación. En cuanto a Hindley, estaba sentado de-
lante de mí, y acaso pensara en lo mismo. Cuando estuvo
suficientemente embriagado, dejó de beber y permaneció
dos o tres horas sin despegar los labios. En la casa no se oía
otro rumor que el del viento batiendo en las ventanas, el
chirrido de la lumbre y el chasquido que yo hacía a veces al
216CUMBRES BORRASCOSAS
despabilar la vela. Hareton y José se debían de estar dur-
miendo. Me sentía muy triste, y de cuando en cuando suspi-
raba profundamente. De pronto, en medio del silencio, se
sintió el ruido del picaporte de la cocina. Sin duda, la tem-
pestad había hecho regresar a Heathcliff más pronto de lo
habitual. Pero como aquella puerta estaba cerrada con lla-
ve, hubo de desistir, y le sentimos dar la vuelta para entrar
por la otra. Me levanté, casi sin poder sofocar la exclama-
ción que acudía a mis labios, lo que hizo que mi compañero
se volviera y me mirara.
»-Si no tiene usted nada que objetar -me dijo-, haré
aguardar a Heathcliff cinco minutos.
»-Por mí puede usted hacerle esperar toda la noche -
repuse. ¡Ea, eche la llave y corta el cerrojo!
»Earnshaw lo efectuó así antes de que el otro llegase a
la puerta principal. Luego acercó su silla a la mesa, y me
miró como si quisiese hallar en mis ojos un reflejo del ar-
diente odio que llameaba en los suyos. Claro está que como
él en aquel momento tenía la expresión y los sentimientos
de un asesino, no pudo hallar completa correspondencia en
mi mirada; pero, aun así, encontró en ella lo suficiente para
animarle.
»-Usted y yo -expuso- tenemos cuentas que arreglar con
el hombre que está ahí fuera. Si no fuésemos cobardes, po-
dríamos ponernos de acuerdo para la venganza. ¿Es usted
tan mansa como su hermano y está dispuesta a sufrir eter-
namente sin intentar desquitarse?
217E M I L Y
BRONTE
»-Estoy harta de aguantarle -repliqué-; pero emplear la
traición y la violencia es exponerse a emplear un arma de
dos filos con la que puede herirse el mismo que la maneja.
»-¡La traición y la violencia son los medios que han de
utilizarse con quien los emplea! -gritó Hindley. Señora Hea-
thcliff, no necesito de usted, sino que no intervenga ni grite.
¿Se siente capaz de hacerlo? Creo que debiera usted expe-
rimentar tanto placer como yo en asistir a la muerte de ese
demonio. Él acarreará, de lo contrario, la muerte de usted y
la ruina mía. ¡Maldito sea! ¡Está llamando a la puerta como
si fuera el amo! Prométame estar callada, y antes de que dé
la una aquel reloj, y sólo faltan tres minutos, habrá quedado
usted libre de ese hombre.
»Hablando así sacó el arma que te he descrito en otra
ocasión, Elena, y se dispuso a apagar la vela, pero yo se lo
impedí.
»-No callaré -le dije. No lo toque. ¡Deje la puerta cerra-
da, pero no le haga nada!
» ¡Estoy resuelto, y cumpliré lo que me propongo!
-exclamó Hindley. Haré justicia a Hareton y un favor a us-
ted misma, aunque no quiera. Y ni siquiera tiene usted que
preocuparse de salvarme. Catalina ya no vive, y nadie tiene
por qué avergonzarse de mí. Ha llegado el momento de
acabar.
»Tan fácil como con él me hubiera sido luchar con un
oso o razonar con un perturbado. Sólo me quedaba una so-
lución: correr a la ventana y avisar a la presunta víctima.
218CUMBRES BORRASCOSAS
»-Mejor será que no insistas en entrar -le dije desde la
ventana. Si lo haces, el señor Earnshaw está dispuesto a
pegarte un tiro.
»-Más te valdría abrirme la puerta -replicó Heathcliff,
añadiendo algunas galantesexpresiones que más vale no re-
petir.
»-Bien; pues allá tú -repliqué. Yo he hecho lo que debía.
Ahora, entra, y que te mate si quiere.
»Cerré la ventana y me volví junto al fuego, sin afectar
por su suerte una hipócrita ansiedad que estaba muy lejos
de sentir. Earnshaw, furioso, me increpó con violencia,
acusándome de cobarde y diciéndome que aún amaba al
villano. Pero en lo que yo pensaba en el fondo, sin sentir
remordimiento alguno de conciencia, era en lo muy conve-
niente que sería para Earnshaw que Heathcliff le librara del
peso de la vida y en lo muy conveniente que sería para mí
que Hindley me librase de Heathcliff. Mientras yo reflexio-
naba sobre estos temas, el cristal de la ventana saltó en pe-
dazos, y a través del agujero apareció el negro rostro de
aquel hombre. Pero como el marco era demasiado estrecho
para que pasase, sonreí, pensando que me hallaba a salvo
de él. Heathcliff tenía el cabello y la ropa cubiertos de nie-
ve, y sus dientes, agudos como los de un caníbal, brillaban
en la oscuridad.
»-Ábreme, Isabel, o te arrepentirás -rugió él, bufando,
como decía José.
»-No quiero cometer un crimen -repuse. El señor Hin-
dley te espera con un cuchillo y una pistola.
»-Ábreme la puerta de la cocina -respondió.
219E M I L Y
BRONTE
»-Hindley llegará antes que yo -alegué.¡Poco vale ese
amor que tienes hacia Catalina, cuando no arrostras por él
un poco de nieve! En tu lugar, Heathcliff, yo iría a tender-
me sobre su tumba como un perro fiel. ¿No es verdad que
ahora te parece que no vale la pena vivir? Me has hecho
comprender que Catalina era la única alegría de tu vida. No
sé cómo vas a poder existir sin ella.
»-¡Ah! -exclamó Hindley, dirigiéndose hacia mí. ¿Está
ahí Heathcliff? Si logro sacar el brazo, podré...
»Temo que me consideres como una malvada, Elena.
El caso es que yo no hubiera contribuido a que atentaran a
la vida de aquel hombre por nada del mundo. Pero confieso
que experimenté una desilusión cuando alargó el brazo ha-
cia Earnshaw a través de la ventana y le arrancó el arma.
»Al hacerlo, la pistola se disparó y el cuchillo se cerró,
clavándose en la mano de su propio dueño. Heathcliff se lo
quitó a viva fuerza, sin cuidarse de que, al hacerlo, el filo
desgarraba la carne de Hindley. Después, con una piedra
rompió las maderas de la ventana y pudo pasar. Su adversa-
rio, agotado por el dolor y por la pérdida de sangre, había
caído desvanecido. El miserable le pateó y pisoteó y le gol-
peó fuertemente la cabeza contra el suelo, mientras me su-
jetaba con la otra mano para impedirme que llamara a José.
Le costó un verdadero esfuerzo no rematar a su enemigo.
Al fin, ya sin aliento, lo arrastró y comenzó a vendarle la
herida con movimientos brutales, maldiciéndole y escu-
piéndole a la vez con tanta violencia como antes lo había
pateado. Entonces, al soltarme, corrí a buscar al viejo,
220CUMBRES BORRASCOSAS
quien me comprendió enseguida y bajó las escaleras de dos
en dos.
»- ¿Qué pasa? -preguntó.
»Pasa que tu amo está loco -respondió Heathcliff-, y
que, como siga así, le haré encerrar en un manicomio. Y tú,
perro, ¿cómo es que me has cerrado la puerta? ¿Qué rezon-
gas ahí? ¡Ea!, no voy a ser yo quien le cure. Lávale eso, y
ten cuidado con las chispas de la bujía. Ten en cuenta que
la mitad de sangre de este hombre está convertida en aguar-
diente.
»Heathcliff le dio un empellón hacia el herido y le
arrojó una toalla; pero José, en vez de ocuparse de la cura,
empezó a recitar una oración tan extravagante, que no pude
contener la risa. Yo me hallaba en tal estado de insensibili-
dad, que nada me conmovía. Me pasaba lo que a algunos
condenados al pie del cadalso.
»-¿Con qué le ha asesinado usted? -exclamó José. ¡Y
que yo tenga que asistir a semejante cosa! ¡Dios quiera
que...!
» ¡Me había olvidado de ti! -dijo el tirano. Vaya, encár-
gate de eso. ¡Al suelo! Conque ¿también tú conspiras con él
contra mí, víbora? ¡Cúrale!
»Me sacudió hasta hacerme rechinar los dientes, y me
arrojó junto a José. Éste, sin perder la serenidad, terminó de
rezar y después se levantó, anunciando su decisión de diri-
girse a la Granja. Decía que el señor Linton, como magis-
trado que era, no dejaría de intervenir en el asunto, aunque
se le hubiesen muerto cincuenta mujeres. Tan empeñado se
manifestó en su resolución, que a Heathcliff le pareció que
221E M I L Y
BRONTE
era oportuno que yo relatase lo sucedido, y a fuerza de insi-
diosas preguntas, me hizo explicar cómo se habían desarro-
llado las cosas. No obstante, costó mucho convencer al
viejo de que el agresor no había sido Heathcliff. Al fin,
cuando apreció que el señor Earnshaw no había muerto, le
dio un trago de aguardiente, y entonces recobró Hindley el
conocimiento. Heathcliff, comprendiendo que su adversario
ignoraba los malos tratos de que había sido objeto mientras
se hallaba desmayado, le increpó, llamándolo alcoholizado y
delirante; le dijo que olvidaría la atroz agresión que había
perpetrado contra él y le recomendó que fuese a dormir.
Después nos dejó solos, y yo me fui a mi habitación, encan-
tada de haber salido tan bien librada de aquellos sucesos.
»Cuando bajé esta mañana, a eso de las once, el señor
Earnshaw estaba sentado junto al fuego, muy enfermo en
apariencia. Su ángel malo estaba a su lado, y parecía tan
decaído como el mismo Hindley. Comí con apetito a pesar
de todo, y no dejaba de experimentar cierta sensación de
superioridad al sentir la conciencia tranquila, cada vez que
miraba a uno de los dos. Al acabar, me aproximé al fuego
-libertad inusitada en mí-, dando vuelta por detrás del señor
Earnshaw, y me acurruqué en un rincón detrás de su silla.
»Heathcliff no me miraba, y yo pude entonces exami-
narle a mi sabor. Tenía contraída la frente, esa frente que
antes me pareciera tan varonil y ahora me parecía tan dia-
bólica. Sus ojos habían perdido su brillo como consecuencia
del insomnio y acaso el llanto. Sus labios cerrados, carentes
de su habitual expresión sarcástica, delataban una profunda
tristeza. Aquel dolor, en otro, me hubiera impresionado.
222CUMBRES BORRASCOSAS
Pero se trataba de él, y no pude resistir el deseo de arrojar
un dardo al enemigo caído. Sólo en aquel momento de de-
bilidad podía permitirme la satisfacción de devolverle parte
del mal que me había hecho.
-¡Oh, qué vergüenza, señorita! -interrumpí. Cualquiera
pensaría que no ha abierto usted una Biblia en su vida. Le
debía bastar con ver cómo Dios humilla a sus enemigos. No
está bien añadir el castigo propio al enviado por Dios.
-En principio estoy de acuerdo, Elena -me contestó-;
pero en aquel caso, el mal de Heathcliff no me satisfacía si
yo no intervenía en él. Hubiera preferido que sufriera me-
nos, pero que sus sufrimientos se debieran a mí. Sólo llega-
ría a perdonarle si lograra devolverle, uno a uno, todos los
sufrimientos que me ha producido. Ya que fue él el primero
en afrentarme, que fuera él el primero en pedirme perdón. Y
entonces puede que me fuera también dable mostrarme ge-
nerosa. Pero como no me puedo vengar por mí misma,
tampoco me será posible concederle el perdón.
»Hindley pidió agua, y al dársela le pregunté cómo se
encontraba.
»-No tan mal como yo quisiera -repuso. Pero, aparte del
brazo, me duele todo el cuerpo como si hubiese luchado
con una legión de demonios.
»-No, me asombra -contesté. Catalina solía decir que
ella mediaba entre usted y Heathcliff para impedir cualquier
daño físico. Afortunadamente, los muertos no se levantan
de sus tumbas; pues, si no, ella hubiese asistido ayer a una
escena que le hubiese repugnado bastante.
223E M I L Y
BRONTE
¿No se siente usted molido como si le hubieran magu-
llado las carnes?
-¿Qué me quiere usted decir? -inquirió Hindley. ¿Es
posible que ese hombre me golpeara cuando yo yacía sin
sentido?
»-Le pateó, le pisoteó y le golpeó contra el suelo -
respondí. Por su gusto le hubiera desgarrado con sus pro-
pios dientes. Sólo es hombre en apariencia. En lo demás, es
un demonio.
»Los dos miramos el rostro de nuestro enemigo. Pero él,
abstraído en su dolor, no reparaba en nada. En su cara se
pintaba el siniestro sesgo de sus pensamientos.
»-¡Iría con gusto al infierno con tal que Dios me diese
fuerzas para estrangularle antes de morir! -gimió Earnshaw,
intentando levantarse y volviendo a desplomarse enseguida,
desesperado al comprender su impotencia para atacarle.
»-Basta con que haya matado a uno de ustedes
-comenté yo en voz alta. Todos en la Granja saben que su
hermana viviría aún a no ser por Heathcliff. En fin de cuen-
tas, su odio vale más que su amor. Cuando me acuerdo de
lo felices que éramos Catalina y todos antes de que él apa-
reciera, siento deseos de maldecir aquel día.
»Seguramente Heathcliff reconoció cuan verdadero era
lo que yo decía, sin reparar en el hecho de que fuera yo
quien lo aseverara. Un raudal de lágrimas cayó de sus ojos,
y después suspiró ruidosamente. Yo le miré y me eché a reír
desdeñosamente. Sus ojos, esos ojos que parecen ventanas
del infierno, se dirigieron un momento hacia mí, pero estaba
tan abatido, que no temí en absoluto volver a reírme.
224CUMBRES BORRASCOSAS
»-Quítate de delante -me dijo, o más bien creí enten-
derle, puesto que sólo hablaba de modo inarticulado.
»-Perdona -repliqué-; pero yo quería a Catalina, y ahora
que ya no vive, debo ocuparme de su hermano... Hindley
tiene sus mismos ojos, que tú has amoratado a golpes, y...
»-¡Levántate, imbécil, si no quieres que te mate de un
puntapié! -gritó él, iniciando un movimiento. Yo inicié otro,
preparándome a huir.
»-Si la pobre Catalina -seguí diciendo, sin dejar de man-
tenerme alerta- se hubiese casado contigo y adoptado el
grotesco y degradante nombre de señora de Heathcliff,
pronto la hubieras puesto como a su hermano. Sólo que ella
no lo hubiera soportado y te habría dado pruebas palpables
de ello...
»Como Earnshaw estaba entre él y yo, no pretendió co-
germe. Pero asió un cuchillo que había en la mesa y me lo
tiró a la cara. Me dio junto a la oreja. Le contesté con una
injuria que debió de llegarle más adentro que a mí el cuchi-
llo, y gané la puerta. Lo último que vi fue a Earnshaw in-
tentando detenerle y a ambos cayendo enlazados ante el
hogar. Al pasar por la cocina dije a José que se apresurara a
auxiliar a su amo. Tropecé con Hareton, que jugaba en una
silla con unos cachorrillos, y me lancé, feliz como un alma
que huye del purgatorio, cuesta abajo por el áspero camino.
Después corrí a campo traviesa hacia la luz que brillaba en
la Granja. Preferiría ir al infierno para toda la eternidad an-
tes que volver a Cumbres Borrascosas.
Isabel calló, tomó té, se levantó, se puso un chal y un
sombrero que le trajimos, se subió a una silla para besar los
225E M I L Y
BRONTE
retratos de Catalina y Eduardo, y sin atender mis súplicas
de que se quedase siquiera una hora más, se fue en el coche,
acompañada de Fanny,gozosa de haber vuelto a reunirse
con su dueña. No volvió más; pero desde entonces se escri-
bió periódicamente con el señor. Creo que se instaló en el
Sur, cerca de Londres. A los pocos meses dio a luz a un ni-
ño, al que puso el nombre de Linton, y que, según nos co-
municó, era una criatura caprichosa y enfermiza.
El señor Heathcliff me encontró un día en el pueblo y
quiso saber dónde vivía Isabel. Yo me negué a decírselo y él
no se preocupó mucho de insistirme, aunque me advirtió
que se guardase bien de volver con su hermano, porque no
la dejaría vivir con él. No obstante, probablemente por al-
gún otro criado, logró descubrir el domicilio de su esposa, si
bien no la molestó, lo que ella achacaría probablemente al
odio que le inspiraba. Solía preguntarme por el niño cuando
me veía, y al saber el nombre que le habían dado, exclamó:
-Por lo visto se proponen que yo odie al chico tam-
bién...
-Creo que lo único que desean es que usted no se ocupe
de él para nada -respondí.
-Pues que no se olviden de que, cuando yo quiera, le
traeré conmigo.
Afortunadamente, Isabel murió cuando el muchacho
contaba unos doce años de edad.
El día que siguió a la inesperada visita de Isabel no tu-
ve ocasión de hablar con el amo. Él eludía toda conversa-
ción y yo no me sentía con humor de hablar. Cuando al fin
le conté la fuga de su hermana, manifestó alegría, porque
226CUMBRES BORRASCOSAS
odiaba a Heathcliff tanto como se lo permitía la dulzura de
su carácter. Tanta aversión sentía hacia su enemigo, que
dejaba de acudir a los sitios donde existía la posibilidad de
verle o de oír hablar de él. Dimitió su cargo de magistrado,
no iba a la iglesia, no pasaba por el pueblo y vivía recluido
en casa, sin salir más que para pasear por el parque, llegarse
hasta los pantanos o visitar la tumba de su esposa. Y aun
esto lo hacía a horas en que no fuera fácil encontrar a nadie.
Pero era tan bueno, que no podía ser siempre desgraciado.
Con el tiempo se resignó y hasta le invadió una melancolía
suave. Conservaba celosamente el recuerdo de Catalina y
esperaba reunirse con ella en el mundo mejor al que no du-
daba que había ido.
No dejó de encontrar consuelo en su hija. Aunque los
primeros días pareció indiferente a ella, esa frialdad acabó
fundiéndose como la nieve en abril, y aun antes de que la
niña supiese andar ni hablar reinaba en su corazón despóti-
camente. Se la bautizó con el nombre de Catalina; pero él
nunca la llamó así, sino Cati. En cambio, a su esposa nunca
le había dado tal nombre, tal vez porque Heathcliff lo ha-
cía.
Creo que quería más a su hija porque le recordaba a su
esposa que por ser hija suya.
Al comparar su caso con el de Hindley, yo no lograba
comprender bien cómo ambos en un mismo caso habían
seguido tan opuestos caminos. Hindley, que parecía más
fuerte, había manifestado ser más débil. Al hundirse el bar-
co que capitaneaba, abandonó su puesto, dejándolo entre-
gado a la confusión, mientras Linton, al contrario, había
227E M I L Y
BRONTE
confiado en Dios y demostrado el valor de un corazón leal y
fiel. Este esperó y el otro había desesperado. Cada cual eli-
gió su propia suerte y recibió la justa recompensa de sus
respectivas actitudes. En fin, señor Lockwood: no creo que
usted necesite para nada mis deducciones morales, que sa-
brá sacar por cuenta propia.
Earnshaw acabó como era de suponer. A los seis meses
de morir su hermana, falleció él. En la Granja supimos muy
poco de su estado. Fue el señor Kennett quien nos lo co-
municó.
-Elena -dijo una mañana temprano, entrando en el pa-
tio a caballo-, ¿quién crees que ha muerto?
-¿Quién? -exclamé, temblando.
-Adivina -contestó-, y coge la punta de tu delantal; te
va a ser necesario.
-Seguramente no se trata del señor Heathcliff -repuse.
-¿Ibas a llorar por él? No, Heathcliff está robusto y
fuerte, en apariencia al menos. Le he visto ahora mismo.
Por cierto que ha engordado mucho desde que perdió a su
amiga.
-¿Quién ha muerto, pues, señor Kennett? -dije, impa-
ciente.
-¡Hindley Earnshaw! Tu viejo amigo y malvado com-
pañero mío. No se ha portado bien conmigo últimamente,
pero... Ya te dije que llorarías. ¡Pobre muchacho! Murió,
según era de esperar, borracho como una cuba. Lo he senti-
do. Siempre se lamenta la falta de un camarada... ¡Aunque
me haya hecho muchas más perrerías de las que puedas
228CUMBRES BORRASCOSAS
imaginarte! Y el caso es que sólo tenía tu edad: veintisiete
años. ¡Cualquiera lo diría!
Ese golpe me impresionó más que la muerte de Catali-
na. Antiguos recuerdos se agolpaban en mi corazón. Me
senté en el umbral de la puerta, dije al señor Kennett que
buscase otro criado que le anunciase, y rompí a llorar. Me
preocupaba mucho pensar si Hindley habría fallecido de
muerte natural o no, y a tanto llegó mi inquietud sobre ello,
que pedí permiso al amo para ir a Cumbres Borrascosas. El
señor Linton no quería; pero yo le hice comprender que mi
hermano de leche tenía tanto derecho como el propio señor
a mis atenciones póstumas, y que Hareton era sobrino de su
esposa, por lo que él debía instituirse en tutor suyo a falta
de más cercanos parientes, examinar la herencia y ver cómo
andaban los asuntos de su difunto cuñado. Al fin me encar-
gó que viese a su abogado y me dio permiso para ir a las
Cumbres. El abogado lo había sido también de Earnshaw.
Cuando le hablé de aquello y le pedí que me acompañase,
me contestó que valdría más dejar en paz a Heathcliff, y
que la situación de Hareton era poco más o menos la de un
mendigo.
-El padre ha muerto cargado de deudas -me explicó-.
Toda la herencia está hipotecada, y lo mejor para Hareton
será que procure ganarse el cariño del acreedor de su padre.
Al llegar a las Cumbres encontré a José muy afectado, y
me expresó su satisfacción por mi llegada. El señor Hea-
thcliff dijo que mi presencia no era precisa; pero que me
quedase, si me parecía bien, y que ordenase lo necesario
para el sepelio.
229E M I L Y
BRONTE
-En realidad, ese loco debía ser enterrado sin ceremonia
alguna al borde de un camino -dijo. Ayer le dejé sólo diez
minutos por casualidad, y en el intervalo me cerró la puerta
y se pasó la noche bebiendo hasta que se mató. Esta maña-
na, al oír que resoplaba como un caballo, tuvimos que saltar
la cerradura. Estaba tendido sobre el banco, y no hubiera
despertado aunque le desollásemos. Envié a buscar a Ken-
nett; pero antes de que viniera, ya la bestia se había conver-
tido en carroña. Estaba muerto, rígido y helado, y no se
podía hacer nada por él.
El viejo criado confirmó el relato, pero agregó:
-Habría valido más que hubiera ido él a buscar al médi-
co. Yo habría atendido al amo mejor. Cuando me fui no
había muerto aún.
Insistí en que el entierro debía ser solemne. Heathcliff
me autorizó a organizarlo como quisiera, aunque recordán-
dome que tuviera en cuenta que el dinero que se gastara
había de salir de su bolsillo. Se mostraba indiferente y duro.
Podía apreciarse en él algo como la satisfacción de quien ha
terminado un trabajo con éxito. Hasta en un momento da-
do, creí notar en él un principio de exaltación. Fue cuando
sacaban el ataúd de la casa. Acompañó al duelo. ¡Hasta ese
punto extremó su hipocresía!.
Le vi sentar a Hareton a la mesa y murmurar como
complacido:
-¡Vaya, chiquito, ya eres mío! Si la rama crece tan tor-
cida como el tronco, con el mismo viento la derribaremos.
El pequeño pareció alegrarse de aquellas palabras, aga-
rró las patillas de Heathcliff y le dio palmaditas en la cara.
230CUMBRES BORRASCOSAS
Pero yo comprendí bien lo que Heathcliff quería decir, y
advertí:
-Este niño debe venir conmigo a la Granja de los Tor-
dos. No hay cosa en el mundo sobre la que tenga usted me-
nos derecho que sobre este pequeño.
-¿Lo ha dicho Linton? -me preguntó.
-Sí; me ha ordenado que me lo lleve -repuse.
-Bueno -respondió el villano. No quiero discusiones
sobre el asunto. Pero me siento inclinado a ver qué maña
me doy para educar a un niño. Así que si os lleváis a ese
haré venir conmigo al mío. Díselo a tu amo.
Con esto nos dejó imposibilitados de obrar. Repetí sus
palabras a Eduardo Linton, y éste, que por su parte no sen-
tía gran interés en ello, no volvió a hablar del tema para na-
da.
Ahora, el antiguo huésped de Cumbres Borrascosas se
había convertido en su dueño. Tomó posesión definitiva,
probando legalmente que la finca estaba hipotecada, ya que
Hindley había ido estableciendo hipotecas sucesivas sobre
toda la propiedad. El acreedor era el propio Heathcliff. Y
por eso Hareton, que debía ser el hombre más acomodado
de la región, está sometido ahora al enemigo de su padre, y
vive como un criado en su propia casa, aunque sin recibir
salario alguno, e incapaz de volver por sus fueros, ya que
ignora el atropello de que ha sido víctima.
231E M I L Y
BRONTE
Capítulo dieciocho
Los doce años que siguieron a aquella triste época
-prosiguió diciendo la señora Dean- fueron los más dichosos
de toda mi vida. Mis únicas preocupaciones consistían en
las pequeñas enfermedades que sufría la niña, como todo
niño padece, sea rico o pobre. A los seis meses empezó a
crecer como un pino y andaba y hasta hablaba a su manera
antes que las plantas floreciesen dos veces sobre la tumba
de la señora Linton. Era el más hechicero ser que haya ale-
grado jamás una casa desolada. Tenía los negros ojos de los
Earnshaw, y la blanca piel y los rubios cabellos de los Lin-
ton. Su carácter era altivo, pero no brusco, y su corazón
sensible y afectuoso en extremo. No se parecía a su madre.
Era dulce y mansa como una paloma. Tenía la voz suave y
la expresión pensativa. Jamás se enfurecía por nada. Empe-
ro es preciso confesar que contaba entre sus cualidades al-
gunos defectos. Ante todo, su tendencia a mostrarse
insolente y la torcida manera de ser que todo niño mimado,
sea bueno o malo, demuestra. Si alguno la contrariaba, salía
siempre con lo mismo: «Se lo diré a papá» Cuando él la re-
232CUMBRES BORRASCOSAS
prendía, aunque sólo fuese con un gesto, ella consideraba el
suceso como una terrible desgracia. Pero me parece que el
señor no le dirigió jamás una palabra áspera. El mismo se
preocupó de instruirla. Afortunadamente, era inteligente y
curiosa, y aprendió muy deprisa.
A los trece años de edad aún no había cruzado ni una
sola vez el recinto del parque sin ir acompañada. En alguna
ocasión el señor Linton se la llevaba a pasear a dos o tres
kilómetros de distancia, pero no la confiaba a nadie más.
Para la niña, la palabra Gimmerton no quería decir nada.
No había entrado en otra casa que en la suya, no siendo en
la iglesia. Para ella no existían ni Cumbres Borrascosas ni el
señor Heathcliff. Vivía en perfecta reclusión y parecía con-
tenta de su estado. A veces, mientras miraba el paisaje des-
de la ventana, me preguntaba:
-Elena, ¿cuánto se tardaría en llegar a lo alto de aque-
llos montes? ¿Y sabes tú que hay al otro lado? ¿Allí está el
mar?
-No, señorita -contestaba yo. Hay otros montes iguales.
-¿Qué aspecto tienen esas rocas doradas cuando se está
junto a ellas? -me preguntó un día.
El despeñadero del risco de Penniston atraía mucho su
atención, sobre todo cuando el sol poniente bañaba su cima
dejando en penumbra el resto del panorama. Yo le dije que
eran áridas masas de piedra, entre cuyas grietas crecía algún
que otro árbol raquítico.
-¿Y cómo brillan tanto después de oscurecer? -siguió
preguntando.
233E M I L Y
BRONTE
-Porque están mucho más altas que nosotros –repuse.
Usted no podría subir a esas rocas, son demasiado abruptas
y altas. En invierno nieva allí antes que en sitio alguno.
Hasta en pleno verano he hallado nieve yo en una grieta
que hay al nordeste.
-Si tú has estado -dijo, regocijada-, también yo podré ir
cuando sea mayor. ¿Papá ha estado allí, Elena?
-Su papá le diría -me apresuré a contestar- que ese sitio
no merece la pena de visitarlo. El campo por donde pasea
usted con él es mucho más hermoso, y el parque de esta
casa es el sitio más bonito del mundo.
-Pero yo conozco el parque, y ese sitio no -murmuró
ella como para sí. ¡Cuánto me gustaría mirar desde lo alto
de aquella cumbre! Tengo que ir alguna vez en mi jaquita
M inny.
Una de las criadas le habló un día de la Cueva Encan-
tada. Esto le interesó tanto, que no hizo más que marear al
señor Linton con su insistencia en ir a visitarla. Él le prome-
tió que la complacería cuando fuera mayor. Pero la niña
contaba su edad de mes en mes, y frecuentemente pregun-
taba:
- ¿Soy ya bastante grande?
Mas Eduardo no tenía deseo alguno de ir, porque el
camino pasaba cerca de Cumbres Borrascosas, y esto no le
placía. Solía, pues, contestar:
-Aún no, querida, aún no.
Como dije, la señora Heathcliff no vivió más que doce
años después de haber abandonado a su esposo. Su débil
constitución era un mal congénito en la familia. Ni ella ni
234CUMBRES BORRASCOSAS
su hermano disfrutaban de la robustez que es común en la
comarca. No sé de qué murió, pero creo que los dos de lo
mismo: una especie de fiebre lenta, que en un momento
dado consumía las energías rápidamente. Así que llegó un
momento en que escribió a su hermano para advertirle del
probable desenlace funesto a que la abocaba una enferme-
dad que venía padeciendo desde cuatro meses atrás, y le
rogaba que fuese a verla, ya que tenían que arreglar muchas
cosas y deseaba entregarle a Linton antes de morir. Espera-
ba que Heathcliff dejase a Linton a cargo de su hermano
como le habían dejado a cargo de ella, y le alegraba la con-
vicción que albergaba de que su padre no deseaba ocuparse
del niño. El amo se apresuró a cumplir su deseo. Al irse
dejó a Cati a mi custodia, recomendándome mucho que no
la dejase salir del parque ni siquiera conmigo. No pasaba
por su cerebro la idea de que sola pudiese andar por parte
alguna.
Tres semanas estuvo fuera. La niña, al principio, pasaba
su tiempo en un rincón de la biblioteca, y tan triste que no
jugaba ni leía. Pero a esta tranquilidad sucedió una etapa de
inquietud. Y como yo estaba ya algo madura y muy ocupa-
da en mis quehaceres, encontré un medio de que se divirtie-
se, sin que me molestase. Le enviaba a pasear por la finca, a
caballo o a pie, y cuando volvía escuchaba pacientemente
el relato de sus reales o imaginarias aventuras.
Empezó el verano, y tanto se aficionó Cati a aquellas
solitarias excursiones, que muchas veces salía después de
desayunar y no volvía hasta la hora de la cena. Luego entre-
tenía la velada contándome fantásticas historias. Yo no te-
235E M I L Y
BRONTE
mía que saliera del parque, porque la verja estaba cerrada, y
aunque se hubiese hallado abierta, pensaba yo que ella no
se arriesgaría a salir sola. Pero desgraciadamente me equi-
voqué. Una mañana, a las ocho, Cati vino a buscarme y me
dijo que aquel día ella era un mercader árabe que iba a atra-
vesar el desierto, y que necesitaba muchas provisiones para
sí y para su caravana, consistente en el caballo y en tres
camellos. Los camellos eran un gran sabueso y dos perros
pachones. Preparé un paquete de golosinas y lo metí en una
cesta que colgué del arzón. Saltó ligera como una sílfide
sobre la jaca y partió alegremente al trote, con su sombrero
de alas anchas que la defendía contra el sol de julio, riendo
y mofándose de mis exhortaciones de que volviera pronto y
no galopara. Pero a la hora del té no volvió. El sabueso,
que era un perro viejo, poco amigo ya de tales andanzas,
regresó, mas no ella ni los dos pachones. Envié a buscarla,
y al final, viendo que nadie la encontraba, partí yo misma,
junto a los límites de la finca hallé a un campesino y le pre-
gunté si había visto a la señorita.
-La vi por la mañana -respondió. Me pidió que le corta-
ra una vara de avellano y luego hizo saltar a su jaca por en-
cima del seto.
Imagínese cómo me puse al oír tal cosa. Inmediatamen-
te pensé que se había dirigido al risco de Penniston. Me
precipité a través de un agujero del seto que el hombre es-
taba arreglando, y corrí hacia la carretera. Anduve kilóme-
tros y kilómetros hasta que avisté Cumbres Borrascosas. Y
como Penniston dista dos kilómetros de la casa de Hea-
236CUMBRES BORRASCOSAS
thcliff, y seis de la Granja, empecé a temer que la noche
caería antes de que yo llegase al risco.
«A lo mejor ha resbalado trepando por las rocas -
imaginé- y se ha matado o se ha roto un hueso»
Mi ansiedad disminuyó algo cuando, al pasar junto a las
Cumbres, distinguí a Carlitos , el más fiero de los perros que
acompañaban a Cati, tendido bajo la ventana, con la cabeza
tumefacta y sangrando por una oreja. Me dirigí a la puerta y
llamé fuertemente. Una mujer que yo conocía de Gimmer-
ton y que había ido a las Cumbres como sirvienta al morir
Earnshaw, me abrió:
-¿Viene usted a buscar a la señorita? -dijo. Está aquí y
no le ha pasado nada. Pero me alegro de que el amo no ha-
ya venido.
-¿Así que no está en casa? -dije, casi sin poder respirar
por la fatiga de la carrera y por la inquietud que sentía un
momento antes.
-Él y José están fuera -repuso- y volverán dentro de una
hora poco más o menos. Pase y descansará usted.
Entré y vi a mi oveja descarriada sentada junto al hogar
en una sillita que había pertenecido a su madre cuando era
niña. Había colgado su sombrero en la pared, y al parecer
estaba a sus anchas. Reía y hablaba animadamente con Ha-
reton -que era entonces un arrogante mozo de dieciocho
años-, y él la miraba sin comprender casi nada de aquel cho-
rro de palabras con que le abrumaba.
-Está bien, señorita -exclamé, disimulando mi satisfac-
ción bajo una máscara de enfado. Éste habrá sido el último
237E M I L Y
BRONTE
paseo que dé hasta que vuelva su papá. No volveré a de-
jarla salir de casa sola. Es usted una niña traviesa.
-¡Ay, Elena! -gritó ella alegremente, corriendo hacia
mí-. ¡Qué bonita historia tengo para contar esta noche!
¿Cómo me has encontrado? ¿Has estado aquí alguna vez
antes de ahora?
-Póngase el sombrero y vámonos enseguida -dije. Estoy
muy enfadada con usted, señorita Cati. No, no haga puche-
ritos, que con eso no me quita usted el susto que me ha da-
do. ¡Cuándo pienso en cuánto me encargó el señor Linton
que no saliera usted de casa, y cómo se me ha escapado us-
ted! No nos fiaremos de usted nunca más.
-Pues ¿qué he hecho? -repuso ella, reprimiendo un so-
llozo. Papá no te encargó nada de lo que dices. Él no se en-
fada nunca como tú.
-¡Venga, venga! -exclamé. ¡Qué vergüenza! ¡Con trece
años que tiene ya y hacer estas chiquilladas!
Le dije esto porque ella se había vuelto a quitar el som-
brero y se había escapado de mi alcance.
-No riña a la nena, señora Dean -dijo la criada. Fuimos
nosotros los que la entretuvimos. Ella quería haber seguido
su camino por no causarle preocupación. Hareton se ofreció
a acompañarla, y a mí me pareció bien, porque el camino es
muy malo y muy difícil.
Entretanto, Hareton estaba en pie, con las manos en
los bolsillos, y no parecía muy satisfecho de mi aparición.
-Vamos -dije-, no me haga esperar más. Dentro de diez
minutos será ya de noche. ¿Y la jaca? ¿Y Fénix? Le advierto
238CUMBRES BORRASCOSAS
que si no se apresura me marcho y la dejo a usted aquí.
¡Vamos!
-La jaca está en el patio -respondió- y Fénix encerrado.
Le han mordido a él y a Carlitos . Me proponía decírtelo, pe-
ro no te contaré nada por haberte enfadado.
Me preparé a ponerle el sombrero; pero ella, viendo que
los demás adoptaban su partida, empezó a correr de un sitio
a otro, escondiéndose detrás de los muebles. Todos se reían
de mí, hasta que me hicieron gritar, ya enfurecida:
-¡Si usted supiera a quién pertenece esta casa, señorita
Cati, no volvería a poner los pies en ella!
-Es de su padre, ¿verdad? -preguntó ella a Hareton.
-No -replicó él, ruborizándose y apartando la vista.
No se atrevía a mirarla frente a frente. Y por cierto que
ambos tenían idénticos los ojos.
-¿Entonces, de su amo? -insistió ella.
Él se ruborizó más aún, profirió un juramento en voz
baja y se retiró.
-¿Quién es el amo de la casa? -preguntó la muchacha
dirigiéndose a mí. Este joven me ha hablado de un modo
que me hizo creer que era el hijo del propietario. No me ha
llamado señorita, si es un criado, debiera haberlo hecho.
Hareton se puso sombrío al oír aquella pueril observa-
ción. Yo logré que ella se resolviese al fin a acompañarme.
-Tráigame el caballo -dijo la joven, hablando a su primo
como lo hubiera hecho a un mozo de cuadra. Puede usted
acompañarme. Quiero ver aparecer al cazador fantasma del
pantano, y las hadas de que me ha hablado usted, pero
apresúrese. ¡Vamos, tráigame el caballo!
239E M I L Y
BRONTE
-Primero te veré condenada que ser tu criado –dijo.
¡Cómo! -exclamó Cati sorprendida.
-Condenada he dicho, bruja insolente.
-Vea con qué buena compañía ha venido usted a en-
contrarse, señorita Cati -interrumpí yo. ¡Ea!, no dispute con
él. Cojamos a M innynosotras mismas y vayámonos.
-¿Cómo se atreve a hablarme así, Elena? -preguntó ella,
saltándosele las lágrimas. Y agregó: ¿Cómo no hace lo que
le digo? ¡Malvado! Contaré a papá lo que me ha dicho.
Hareton se preocupó muy poco de la amenaza. Cati se
volvió a la mujer.
-Tráigame la jaca -dijo- y suelte a mi perro inmediata-
mente.
-No hay que tener tantos humos, señorita –repuso la
criada. No perdería usted nada con ser más atenta.
Yo no soy sirvienta suya, y el señor Hareton, aunque no
sea hijo del amo, es primo de usted.
-¡Mi primo! -exclamó desdeñosamente Cati.
-Sí, su primo.
-¿Cómo les permites decir esas cosas, Elena? -me inter-
peló Cati. A mi primo ha ido a buscarle a Londres papá.
¡Vaya! ¡Este mi primo! -exclamó, disgustada ante la idea de
que pudiese ser primo suyo semejante patán.
-Uno puede tener muchos primos de todas clases, seño-
rita -contesté yo-, y no valer menos por ello. Con no buscar
su compañía, si no le agrada, está resuelto todo.
-No, Elena; no puede ser mi primo -insistió la joven. Y,
como si tal idea la asustase, se refugió en mis brazos.
240CUMBRES BORRASCOSAS
Yo estaba muy disgustada contra ella y contra la criada
por lo que mutuamente se habían descubierto. Comprendía
que Heathcliff sería enseguida informado del regreso de
Linton con el hijo de Isabel y comprendía también que la
joven no dejaría de preguntar a su padre acerca de aquel
primo tan hosco. En cuanto a Hareton, que ya había reac-
cionado del disgusto que le produjera ser tomado por un
criado, pareció lamentar la pena de su prima, se dirigió a
ella, después de haber sacado la jaca a la puerta, y le quiso
regalar un cachorrillo de los que había en la perrera. Ella le
contempló con horror, interrumpiendo sus lamentos para
mirarle.
Semejante antipatía hacia el joven me hizo sonreír. Él,
en realidad, era un mozo bien formado, bien parecido y ro-
busto, aunque vistiera la ropa propia de los trabajos que
hacía en la finca. Yo creía notar en su rostro mejores cuali-
dades que las que su padre tuviera, cualidades que sin duda
hubieran florecido copiosamente al desarrollarse en un am-
biente más apropiado. Me parece que Heathcliff no lo había
maltratado físicamente, a lo cual era opuesto por regla ge-
neral. Parecía haber aplicado su malignidad a hacer de Ha-
reton un bruto. No le había enseñado a leer ni a escribir, ni
le reprendía ninguna de sus costumbres censurables, salvo
las que molestaban al propio Heathcliff. Nunca le ayudó a
dar un paso hacia el bien ni a separarse un paso del mal.
José, con las adulaciones que le dedicaba en concepto de
jefe de la familia, acabó de estropearle. Y, así como cuando
Heathcliff y Catalina Earnshaw eran niños, cargaba sobre
ellos todas las culpas, hasta agotar la paciencia del señor,
241E M I L Y
BRONTE
ahora acusaba de todos los defectos de Hareton al usurpa-
dor de su herencia.
Cuando Hareton juraba, José no le respondía. Dijérase
que le complacía verle seguir el mal camino. Creía que su
alma estaba condenada; pero el pensar que Heathcliff ten-
dría que responder de ello ante el tribunal divino, le conso-
laba. Había infundido al joven el orgullo de su nombre y de
su alcurnia. Y le hubiera gustado despertar en él un vivo
odio hacia Heathcliff; pero se lo impedía el temor que sen-
tía hacia éste, por lo cual se limitaba a dirigirle vagas ame-
nazas proferidas entre gruñidos. No es que yo crea estar
bien informada de cómo se vivía entonces en Cumbres Bo-
rrascosas, ya que hablo de oídas. Los colonos aseguraban
que el señor Heathcliff era más cruel y duro para sus arren-
datarios que todos los amos anteriores; pero la casa ahora,
administrada por una mujer, tenía cierto aspecto, y las or-
gías de los tiempos de Hindley habían dejado de celebrarse.
El nuevo amo era harto lúgubre para gustar de compañía
alguna, ni buena ni mala, y ha seguido siendo igual hasta
ahora.
En fin: con todo esto no adelanto nada en mi historia.
La señorita Cati rechazó el regalo del cachorro y pidió sus
perros. Ambos aparecieron renqueando, y las dos, muy
mohínas, nos volvimos a casa. No pude obtener de la joven
otra explicación de sus andanzas sino que se había dirigido
a la peña de Penniston, como yo supuse, y que al pasar jun-
to a Cumbres Borrascosas había sido atacado su perruno
cortejo por los canes de Hareton. El combate duró bastan-
te, hasta que sus amos respectivos lograron imponerse.
242CUMBRES BORRASCOSAS
Así trabaron los primos conocimiento. Cati dijo a Hare-
ton adónde iba, y él le sirvió de guía, mostrándole todos los
secretos de la Cueva Encantada. Mas como yo había caído
en desgracia, no tuve la fortuna de saber lo que Cati hubiera
visto en aquellos prodigiosos lugares. Pero sí noté que su
improvisado guía había sido su favorito hasta el instante en
que ella le ofendió llamándole criado, cuando la sirvienta de
Heathcliff le comunicó que era primo suyo. El lenguaje que
Earnshaw había usado para con ella la tenía hondamente
disgustada. Ella, que en la Granja era siempre «querida»,
«amor mío», «ángel» y «reina», había sido injuriada por un
extraño... No podía comprender, y me costó mucho arran-
carle la promesa de que no se lo contaría a su padre. Le dije
que éste tenía mucha aversión hacia los habitantes de
Cumbres Borrascosas y que se disgustaría si supiese que ella
había estado allí. Insistí, sobre todo, en que si su papá se
enteraba de mi negligencia, causante de su escapatoria, me
despediría. A Cati la asustó esta perspectiva, y no dijo nada.
Era, en el fondo, una muchachita muy buena.
243E M I L Y
BRONTE
Capítulo diecinueve
Una carta orlada de negro nos anunció el retorno del
amo. En ella se contenían instrucciones para preparar el
luto de su hermana y la instalación de su sobrino. Cati esta-
ba encantada con la idea de volver a ver a su padre, y no
hacía más que hablar de su verdadero primo, como ella de-
cía. Por fin, llegó la tarde en que el amo debía regresar.
Desde por la mañana, la joven se había ocupado en sus pe-
queños quehaceres y en vestirse de negro (aunque la pobre
no sentía dolor alguno por la muerte de su desconocida tía).
Finalmente, me obligó a que fuera con ella hasta la entrada
de la finca para recibir a los viajeros.
-Linton tiene seis meses justos menos que yo -me decía
mientras pisábamos el verde césped de las praderas, bajo la
sombra de los árboles. ¡Cuánto me gustará tener un compa-
ñero para jugar! La tía Isabel envió una vez a papá un rizo
del cabello de Linton: era tan fino como el mío, pero más
rubio. Lo he guardado en una cajita de cristal, y siempre he
pensado que me gustaría mucho ver a su dueño. ¡Y papá
viene también! ¡Querido papá! ¡Vamos de prisa, Elena!
244CUMBRES BORRASCOSAS
Se adelantó corriendo y se volvió atrás muchas veces
antes de que yo llegara lentamente a la verja. Nos sentamos
en un ribazo del camino cubierto de hierba, pero Cati no
estaba tranquila un solo momento.
-¡Cuánto tardan! ¡Ay, mira, una nube de polvo en la ca-
rretera! ¡Ya llegan! ¡Ah, no! ¿Por qué no nos adelantamos
un kilómetro, Elena? Sólo hasta aquel grupo de árboles,
¿ves? Allí...
Pero yo me negué. Al fin apareció el carruaje. Cati em-
pezó a gritar en cuanto divisó la faz de su padre en la ven-
tanilla. Él se apeó tan anheloso como ella misma, y ambos
se abrazaron, sin ocuparse de nadie más. Entre tanto, yo
miré dentro del coche. Linton venía dormido en un rincón,
envuelto en un abrigo de piel como si estuviéramos en in-
vierno. Era un muchacho pálido y delicado, parecidísimo al
señor, pero con un aspecto enfermizo que éste no tenía.
Eduardo, al ver que yo miraba a su sobrino, me mandó ce-
rrar la portezuela para que el niño no se enfriase. Cati que-
ría verle; pero su padre se obstinó en que le acompañara, y
los dos subieron a pie por el parque, mientras yo me adelan-
taba para prevenir a los criados.
-Querida -dijo el señor-, tu primo no está tan fuerte
como tú, y hace poco que ha perdido a su madre. Así que
por ahora no podrá jugar contigo. Tampoco le hables dema-
siado. Déjale que duerma esta noche, ¿quieres?
-Sí, sí, papá -respondió Catalina-; pero quiero verle, y él
no ha sacado la cabeza siquiera.
El coche se paró, despertó el muchacho y su tío le co-
gió y le bajó a tierra.
245E M I L Y
BRONTE
-Mira a tu prima Cati, Linton -le dijo, haciéndoles darse
la mano. Te quiere mucho, así que procura no disgustarla
llorando, ¿eh? Ponte alegre; el viaje se ha acabado y no tie-
nes que hacer más que pasarlo bien y divertirte.
-Entonces, déjame ir a acostar -contestó el niño, sol-
tando la mano de Cati y llevándosela a los ojos, donde aso-
maban algunas lágrimas.
-Vaya, hay que ser un niño bueno -murmuré yo, mien-
tras le conducía adentro. Va usted a hacer que llore su pri-
mita. Mire qué triste se ha puesto viéndole llorar.
Sería por él o no, pero su prima había puesto efectiva-
mente una expresión muy triste también. Subieron los tres a
la biblioteca y se sirvió el té. Yo quité a Linton el abrigo y
la gorra. Le senté en una silla, pero en cuanto estuvo senta-
do empezó a llorar otra vez. El señor le preguntó qué le pa-
saba.
-Estoy mal en esta silla -repuso el muchacho.
-Pues siéntate en el sofá y Elena te llevará allí el té
-repuso pacientemente el señor.
Yo comprendí que su buen carácter había sido puesto a
prueba durante el viaje. Linton se dirigió al sofá. Cati se
sentó a su lado en un taburete, sosteniendo la taza en la
mano. Al principio guardó silencio, pero luego empezó a
hacer caricias a su primito, a besarle en las mejillas y a ofre-
cerle té en un plato como si fuera un bebé. A él le agradó
aquello, y en su rostro se dibujó una sonrisa.
-Esto le convendrá -dijo el amo. Si podemos tenerle
con nosotros, la presencia de una niña de su misma edad le
infundirá ánimos, y si desea adquirir fuerzas lo conseguirá.
246CUMBRES BORRASCOSAS
«Eso será, en efecto, si podemos tenerle con nosotros»,
pensé bastante preocupada. Yo me imaginé lo que sería de
aquel muchacho entre su padre y Hareton. Pero nuestras
dudas se resolvieron pronto. Había yo llevado a los niños a
sus habitaciones y dejado dormido ya a Linton, y estaba en
el vestíbulo encendiendo una vela para la alcoba del señor,
cuando apareció una criada y me manifestó que José, el
criado de Heathcliff, deseaba hablar con el amo.
-¡Qué hora tan intempestiva, y más sabiendo que el se-
ñor regresa de un largo viaje! -dije. Voy a hablar yo primero
con él.
José, entretanto, había cruzado ya la cocina y entraba
en el vestíbulo. Iba vestido con el traje de los días de fiesta,
tenía en su rostro la más agria de sus expresiones, y mien-
tras sostenía en una mano el sombrero y en la otra el bas-
tón, se limpiaba las botas en la alfombrilla.
-Buenas noches, José -le dije. ¿Qué te trae por aquí?
-Con quien tengo que hablar es con el señor Linton
-repuso.
-El señor Linton se está acostando ya, y a no ser que
tengas que decirle algo muy urgente, no podrá recibirte...
Vale más que te sientes y me digas lo que sea.
-¿Cuál es el cuarto del señor? -contestó él, mirando to-
das las puertas cerradas.
En vista de su insistencia, subí a la habitación de mala
gana y anuncié al señor la presencia del importuno visitan-
te, aconsejándole que le mandara volver otro día. Pero José
me había seguido, entró, se plantó apoyado en su bastón y
247E M I L Y
BRONTE
empezó a hablar en voz fuerte, como quien se prepara a
discutir.
-Heathcliff me envía a buscar a su hijo, y no me iré sin
él.
Eduardo Linton permaneció silencioso un momento.
Una expresión de pena se pintó en su rostro. Se compadecía
del niño y recordaba las angustiosas recomendaciones de
Isabel para que le tomase a su cargo. Pero por más que bus-
có, no encontró pretexto alguno para una negativa. Cual-
quier intento de su parte hubiera dado más derechos al
reclamante. Tenía, pues, que ceder. No obstante, no quiso
despertar al muchacho.
-Diga al señor Heathcliff -respondió con serenidad- que
su hijo irá mañana a Cumbres Borrascosas. Pero ahora no,
porque está acostado ya. Dígale también que su madre le
confió a mis cuidados.
-No -insistió José golpeando el suelo con el bastón. To-
do eso no conduce a nada. A Heathcliff no le importan na-
da la madre del niño ni usted. Lo que quiere es al chico, y
ahora mismo.
-Esta noche, no -repitió mi amo. Váyase y transmita a
su amo lo que le he dicho. Acompáñele, Elena. ¡Váyase...!
Y como el viejo persistiera en no irse, le cogió de un
brazo y le sacó a la fuerza, cerrando la puerta tras él.
-¡Está bien! -gritó José mientras se iba. Mañana vendrá
mi amo y veremos si se atreve a echarle también.
248CUMBRES BORRASCOSAS
Capítulo veinte
Para evitar la posibilidad de que se cumpliese aquella
amenaza, el señor Linton, al día siguiente, temprano de ma-
ñana, me encargó que llevase al niño a casa de su padre en
la jaca de Cati, y me advirtió:
-Como ahora no vamos a poder intervenir en el destino
que le espera, sea bueno o malo, di únicamente a mi hija
que el padre de Linton ha enviado a buscarle, pero no le
digas dónde está, para impedir que sienta deseos de visitar
Cumbres Borrascosas.
Linton no quería levantarse a las cinco de la mañana, y
menos al saber que se trataba de continuar el viaje. Pero yo
le dije que era sólo cuestión de ir a pasar una temporada
con su padre, el señor Heathcliff, que tenía muchos deseos
de conocerle.
-¿Mi padre? -contestó. Mamá nunca me habló de mi
padre. Prefiero quedarme con el tío. ¿Dónde vive mi padre?
-Vive cerca de aquí -contesté. Cuando esté usted fuerte
puede venir andando. Debe usted alegrarse de verle y de
249E M I L Y
BRONTE
estar con él, y debe procurar quererle como ha querido us-
ted a su mamá.
-¿Cómo no me hablaba mamá de él y por qué no vivían
juntos? -preguntó Linton.
-Porque él tenía que estar aquí por sus asuntos -alegué-,
y a su mamá su mala salud le obligaba a vivir en el Sur.
-¿Y por qué no me habló de mi padre? Del tío me ha-
blaba mucho, y me acostumbró a que le quisiera. Pero qui-
siera que comprendiese que ¿cómo voy a querer a papá si
no le conozco?
-Todos los niños quieren a sus padres -contesté. Su
madre no le hablaría para evitar que usted quisiese irse con
él. Vamos. Un paseito a caballo en una mañana tan hermo-
sa es preferible a dormir una hora más.
-¿Vendrá con nosotros la niña de ayer? -me preguntó
Linton.
-Ahora no -repuse.
-¿Y el tío?
-No. Yo le acompañaré.
Linton, asombrado y sombrío, se hundió en la almoha-
da.
-No me iré sin el tío -acabó diciendo. No comprendo
por qué se empeña usted en que me vaya.
Yo quise convencerle, pero se resistió de tal modo que
tuve que apelar al auxilio del señor. Al fin, el pobre niño
salió, después de recibir muchas falsas promesas de que su
ausencia sería breve y de que Eduardo y Cati le visitarían
con frecuencia.
250CUMBRES BORRASCOSAS
El aire, el sol y la marcha reposada de M inny contribu-
yeron a alegrarle un poco. Comenzó a hacerme preguntas
sobre la nueva casa:
-Cumbres Borrascosas, ¿es un sitio tan hermoso como
la Granja de los Tordos? -me interrogó, mientras se volvía
para lanzar una última mirada al valle, del cual se levantaba
entonces una leve neblina hacia el azul.
-No tiene tantos árboles -contesté- y no es tan grande,
pero desde allí se ve un hermoso panorama, y el aire es más
puro y más fresco. Puede que le parezca una casa algo anti-
gua y lóbrega, pero es la segunda de la comarca. Y podrá
usted dar paseos por los campos de las inmediaciones. Ha-
reton Earnshaw, que es primo de la señorita Cati, y hasta
cierto punto de usted, le enseñará todo lo que hay de bonito
en los alrededores. Cuando haga buen tiempo puede usted
coger un libro y marcharse a leer al campo. Se encontrará a
veces con su tío, que suele pasearse por las colinas.
-¿Cómo es mi padre? ¿Es tan joven y tan guapo como
el tío?
-Es tan joven como el tío -respondí-, pero tiene negro
el cabello y los ojos. Es más alto y más grueso también, y a
primera vista aparenta ser severo. Quizá no le parezca a us-
ted cariñoso ni afable; pero trátele, no obstante, con cariño
y él le querrá a usted más que su tío, porque al fin, natural-
mente, es usted su hijo.
-¿De modo que no me parezco a él? -siguió preguntan-
do Linton. Porque, si tiene negro el cabello y los ojos...
-No se le parece mucho -repuse. Yo pensé que nada.
251E M I L Y
BRONTE
-¡Cuánto me asombra que él no fuera nunca a ver a
mamá, ¿me ha visto alguna vez siendo pequeño? Yo no me
acuerdo.
-Cuatrocientos ochenta kilómetros son mucha distancia
-le dije- y diez años no son para una persona mayor lo mis-
mo que para usted. El señor Heathcliff se propondría segu-
ramente ir de un momento a otro, y nunca llegaba la
ocasión. Vale más que no le haga usted preguntas sobre
ello.
El muchacho calló durante el resto del camino, hasta
que nos detuvimos a la puerta de la casa. Allí miró atenta-
mente la fachada de sillería, las ventanas, los árboles torci-
dos y los groselleros. Hizo un movimiento con la cabeza,
significando su disgusto, pero no dijo nada. Yo me dirigí a
abrir la puerta antes de que él se apease. Eran las seis y me-
dia y en la casa acababan de tomar el desayuno. La criada
estaba limpiando la mesa. José explicaba a su amo algo que
se refería a su caballo, y Hareton se disponía a salir.
-¡Hola, Elena! -me dijo Heathcliff al verme. Me temía
tener que ir en persona a buscar lo que es mío. Me lo has
traído, ¿no? Vamos a ver qué tal es.
Se levantó y se dirigió a la puerta, seguido por José y
por Hareton.
El pobre Linton los miró a los tres.
-¡Qué aspecto tiene! -dijo José, después de una deteni-
da inspección. Me parece, señor, que le han echado a perder
su hijo.
Heathcliff, que miraba al niño fijamente, soltó una car-
cajada de desprecio.
252CUMBRES BORRASCOSAS
-¡Dios mío, qué encanto de niño! Parece que le han
criado con caracoles y con leche agria. El diablo me lleve si
no es aún peor de lo que yo esperaba, y eso que no me ha-
cía muchas ilusiones.
Mandé al niño que se apeara y entrase. Él no había
comprendido bien las palabras de su padre, ni aún tenía se-
guridad de que fuera su padre aquel extraño. Me miraba con
creciente temor, y cuando Heathcliff se sentó y le mandó
acercarse, él se agarró a mi falda y empezó a llorar.
-¡Ta, ta, ta! -dijo Heathcliff. Le cogió, le atrajo hacia él,
y tomándole por la barbilla, añadió: Nada de tonterías. No
vamos a hacerte nada, Linton. ¿No te llamas así? Verdade-
ramente, eres el retrato de tu madre. ¿Qué hay mío en ti,
pollito?
Le quitó el sombrero y le echó hacia atrás los rizos. Le
palpó los brazos y manos. Linton dejó de llorar y contempló
a su vez al hombre con sus grandes ojos azules.
-¿Me conoces? -preguntó Heathcliff, después de cercio-
rarse de la fragilidad de los miembros de su hijo.
-No -dijo Linton, mirándole con temor.
-¿Ni te han hablado de mí?
-No.
-No, ¿eh? Tu madre debía haberse avergonzado de no
despertar tu cariño hacia mí. Bueno, pues entérate: eres mi
hijo, y tu madre fue una malvada bribona al no explicarte
qué clase de padre tienes. ¡Vamos, te ruborizas! Algo es
convencerse de que no tienes blanca la sangre también.
Ahora a ser buen chico. Elena, siéntate, si estás cansada, y
vuélvete a tu casa, si no. Ya supongo que contarás en la
253E M I L Y
BRONTE
Granja todo lo que estás viendo y oyendo. Y el chico no se
hará al ambiente mientras no se quede con nosotros solo.
-Espero, señor Heathcliff -contesté-, que se portará
bien con el niño, porque de lo contrario no le tendrá mucho
tiempo a su lado. Piense que es el único familiar que le
queda.
-Seré buenísimo con él, no tengas miedo -repuso. Ahora
que nadie más lo será. Procuraré monopolizar su afecto. Y
para empezar mis bondades, ¡José, trae algo de desayunar al
niño! Hareton, cachorro del diablo, vete a trabajar -y cuan-
do ambos se fueron, agregó-: Sí, Elena, mi hijo es el futuro
propietario de tu casa y no quiero que muera hasta estar
seguro de que yo seré su heredero. Además, es hijo mío, y
quiero ver a mi descendiente dueño exclusivo de los bienes
de los Linton y a estos o a sus descendientes cultivando las
tierras de sus padres a las órdenes de mi hijo. Es lo único
que me interesa de este chico. Le odio por lo que me evoca,
y le desprecio por lo que es. Pero lo que te he dicho basta
para que le cuide y le atienda tanto como tu amo pueda
atender y cuidar a su hija. He preparado para él una habita-
ción lindamente amueblada y he encargado a un maestro
que venga, desde una distancia de treinta kilómetros, a
darle lección tres veces a la semana. A Hareton le he man-
dado que le obedezca, y, en fin, he hecho todo lo necesario
para que Linton se sienta superior a los demás de la casa.
Pero me disgusta que valga tan poco. Lo único que me hu-
biera consolado es que fuese digno de mí, y he experimen-
tado una desilusión viendo que es un pobre infeliz que no
sabe hacer otra cosa que llorar.
254CUMBRES BORRASCOSAS
José llegó trayendo un tazón de sopa de leche. Linton,
después de dar muchas vueltas al cacharro, dijo que no lo
quería. El viejo criado, según noté, sentía hacia el niño el
mismo desprecio que su padre, pero procuraba disimularlo,
teniendo en cuenta el deseo de Heathcliff de que le respeta-
ran.
-¿Conque no quiere comerlo? -dijo José en voz muy
baja. Pues el señorito Hareton no comía otra cosa cuando
era niño, y era tan bueno como usted.
-Llévatelo -repuso Linton. No lo quiero.
José, indignado, cogió el tazón y se lo presentó a Hea-
thcliff.
-¿Qué hay en esto de malo? -preguntó.
-No creo que haya nada malo -dijo Heathcliff.
-Pues su hijo no quiere comerlo -respondió José. Pero
¡se saldrá con la suya! Su madre era lo mismo. Pensaba que
todos éramos unos asquerosos y que nuestro contacto en-
suciaba el trigo con el que había de cocer su pan.
-Guárdate de mencionar a su madre -gruñó Heathcliff,
enojado. Trae algo que le guste, y basta. ¿Qué suele comer,
Elena?
Indiqué que le convendría té o leche hervida, y la criada
recibió orden de prepararlo. Yo reflexioné que el egoísmo
de su padre contribuiría a su bienestar. Heathcliff veía que
su delicada salud exigía tratarle con cuidado. Y pensé que el
señor se consolaría cuando se lo dijese. Entretanto, como
ya no tenía pretexto para quedarme, salí al patio, aprove-
chando un momento en que Linton estaba ocupado en re-
255E M I L Y
BRONTE
chazar tímidamente las muestras de amistad que le quería
prodigar un mastín. Pero él se dio cuenta de mi marcha.
Al cerrar la puerta le oí gritar repetidamente: ¡No se va-
ya! ¡No quiero quedarme aquí! Se cerró la puerta y le impi-
dieron salir. Monté en M inny y así concluyó mi breve
custodia del muchacho.
256CUMBRES BORRASCOSAS
Capítulo veintiuno
Pasamos el día ocupados en consolar a la pequeña Cati.
Se levantó muy temprano, impaciente por ver a su primo, y
tanto lloró y se lamentó al saber que se había marchado,
que Eduardo tuvo que consolarla, prometiéndole que el
niño volvería en breve, si bien añadió: «Si lo consigo» Algo
la calmó con esta promesa, y, sin embargo, tanto puede el
tiempo, que cuando volvió a ver a Linton le había olvidado,
hasta el punto de no reconocerle.
Siempre que yo encontraba a la criada de Cumbres Bo-
rrascosas le preguntaba por el niño, y ella me solía contestar
que vivía casi tan encerrado como Cati, y que rara vez se le
veía. Su salud seguía siendo delicada, y resultaba un hués-
ped bastante molesto. El señor Heathcliff le quería cada
vez menos, a pesar de que trataba de disimularlo. Le moles-
taba su voz y no podía aguantar largo tiempo su presencia.
Hablaba poco con él. Linton estudiaba y pasaba las tardes
en una salita, cuando no se quedaba en cama, ya que era
muy frecuente que sufriese catarros, accesos de tos y todo
género de dolencias.
257E M I L Y
BRONTE
-No he visto otro ser más melindroso ni más apocado
-decía la criada. Si dejo la ventana un poco abierta por la
tarde, se pone fuera de sí, como si fuese a entrar la muerte
por ella. En pleno verano necesita estar junto al fuego, le
incomoda el humo de la pipa de José y hay que tenerle
siempre preparados bombones y golosinas, y leche y más
leche. Se pasa el tiempo al lado de la lumbre, envuelto en
un abrigo de pieles, teniendo al alcance de su mano tosta-
das y algo que beber. Y si alguna vez Hareton, que no es
malo, a pesar de su tosquedad, va a distraerle, siempre salen
uno renegando y otro llorando. Se me figura que al amo le
agradaría que Earnshaw moliese al niño a palos, si no se
tratara de su hijo, y creo que sería capaz de echarle de casa
si supiera lo mucho que el chico se cuida. Pero el señor no
entra nunca en la salita, y si Linton empieza a hacer tonte-
rías de esas en el salón, le manda enseguida irse a su cuarto.
Estas explicaciones me hicieron comprender que el jo-
ven en medio de un ambiente donde no encontraba simpa-
tía alguna, se había hecho egoísta e ingrato, si es que no lo
era ya de nacimiento, y cesé de interesarme por él, por más
que no dejara de lamentar que no le hubieran permitido es-
tar con nosotros. Pero el señor Linton me estimulaba a que
me informase de él, y creo que le hubiera agradado verle,
porque una vez incluso me mandó preguntar a la criada si el
muchacho no solía ir al pueblo.
Ella me contestó que había ido con su padre a caballo
dos o tres veces, y que siempre había vuelto rendido para
varios días. La criada a que me refiero se marchó dos años
después de llegar el niño.
258CUMBRES BORRASCOSAS
En la Granja el tiempo transcurría plácidamente. Llegó
el momento en que la señorita Cati cumplió los dieciséis
años. No celebrábamos nunca el día de su cumpleaños,
porque era también el aniversario de la muerte de su madre.
Su padre pasaba aquellos días en la biblioteca, y al oscure-
cer se iba al cementerio de Gimmerton, donde se quedaba a
veces hasta medianoche. Catalina tenía que divertirse sola.
Aquel año, el veinte de marzo hizo un tiempo excelente, y
después de que su padre hubo salido, la señora bajó vestida
y me dijo que había pedido permiso al señor para que paseá-
ramos juntas por el borde de los pantanos, con tal que no
tardáramos en volver más de una hora.
-¡Anda, Elena! -me dijo entusiasmada. Quiero ir allí,
¿ves? Por donde suelen ir las cercetas. Quiero ver si tienen
nidos.
-Eso debe de estar lejos -respondí-, porque no suelen
anidar junto a los pantanos.
-No, no está lejos -me aseguró. He ido con papá hasta
las cercanías.
Me puse el sombrero y salimos. Cati corría ante mí,
yendo y viniendo como un perrillo juguetón. Al principio lo
pasé bien. Cantaban las alondras, y mi niña mimada estaba
encantadora, con sus dorados bucles colgando hada atrás, y
sus mejillas, tan puras y encendidas como una rosa silves-
tre. Era un ángel entonces. Verdaderamente, era imposible
no desear proporcionarle todas las alegrías que se pudiese.
-Pero, señorita -dije, después de un buen rato-, ¿ dónde
están las cercetas? Estamos lejos ya de casa.
259E M I L Y
BRONTE
-Es un poco más allá, solo un poco -repetía invariable-
mente. Ahora sube esa colina, bordea esa orilla y verás qué
pronto hago que los pájaros echen a volar.
Pero tantas colinas había que subir y tantas orillas que
bordear, que al fin, me cansé y le grité que era necesario
volverse ya. Pero no me oyó, porque se había adelantado
mucho, y la tuve que seguir contra mi deseo. Empezó a
descender una hondonada. En aquel momento estábamos
más cerca de Cumbres Borrascosas que de su casa. De
pronto vi que la habían abordado dos personas y en una de
ellas reconocí al propio Heathcliff.
Habían sorprendido a Cati en el acto de coger, o al me-
nos dispersar, unos nidos de aves. Aquellas extensiones per-
tenecían a Heathcliff y él estaba amonestando a la cazadora
furtiva.
-No he cogido pájaro alguno -dijo ella, enseñando sus
manos para demostrarlo. Papá me dijo que anidaban aquí y
quería ver cómo son sus huevos.
Yo llegaba en aquel momento. Heathcliff me miró ma-
liciosamente y le preguntó:
-¿Quién es su papá?
-El señor Linton, de la Granja de los Tordos -repuso
ella. Ya he supuesto que usted no me conocía, pues de lo
contrario no me hubiera hablado de esa forma.
-¿Así que usted supone que su papá es digno de mucha
estimación y respeto? -le preguntó él irónicamente.
-¿Quién es usted? -repuso ella mirando a Heathcliff con
curiosidad. A ese hombre ya le he visto otra vez. ¿Es hijo
suyo?
260CUMBRES BORRASCOSAS
Y señalaba a Hareton, a quien los dos años transcurri-
dos le habían hecho ganar en fuerza y estatura; pero que
continuaba por lo demás tan torpe como antes.
-Señorita Cati -intervine-, tenemos que volver. Hace
tres horas que salimos de casa.
-No, no es mi hijo -contestó Heathcliff. Pero tengo
uno, y también le conoce usted. Aunque su aya tenga prisa,
creo que sería mejor que vinieran a descansar un poco a
casa. Sólo con dar la vuelta a esta colina ya estamos allí.
Será usted bien recibida, descansará un poco y volverá a la
Granja en cuanto quiera.
Yo insistí a Cati para que no aceptáramos la invitación,
pero ella respondió:
-¿Por qué no? Estoy cansada y no vamos a sentarnos
aquí. El suelo está húmedo. ¡Anda, Elena! Dice, además,
que conozco a su hijo. Yo creo que se equivoca. Vive en
aquella casa donde estuve cuando volví de la peña de Pen-
niston, ¿no?
-Exactamente -dijo Heathcliff. Cállate, Elena. Le gusta-
rá ver nuestra casa. Hareton, vete delante con la muchacha.
Tú ven conmigo, Elena.
-No irá a semejante sitio -grité. Y traté de soltarme de
Heathcliff, que me había cogido por un brazo. Pero Hare-
ton había desaparecido por un lado del camino.
-Esto es un atropello, señor Heathcliff -le reproché-.
Ella verá a Linton; cuando volvamos le contará a su padre y
todas las culpas me las cargaré yo.
261E M I L Y
BRONTE
-Deseo que vea a Linton -repuso. Está estos días de
mejor aspecto. No será difícil conseguir que la muchacha no
hable de la visita... ¿Qué mal hay en ello?
-Hay el mal de que su padre me odiaría si supiese que la
he dejado entrar en casa de usted. Además, estoy segura de
que usted lleva algún mal fin -repliqué.
-Mi fin es honradísimo -dijo-, y te lo voy a declarar.
Quiero que los dos primos se enamoren y se casen. Ya ves
que soy generoso con tu amo. La chica no tiene otras pers-
pectivas. Si ella se casara con Linton, la designaría como
coheredera.
-Lo sería de todos modos si Linton muriese -repuse-, y
ya sabe usted que la salud de éste es muy precaria.
-No lo sería -replicó-, porque ninguna cláusula del tes-
tamento lo menciona, y yo sería el heredero. Pero para evi-
tar pleitos, quiero que se casen.
-Y yo no quiero que ella entre en esa casa conmigo
-respondí.
Catalina había llegado ya a la verja. Heathcliff aconsejó
que me tranquilizase y nos precedió por el sendero. La se-
ñorita le miraba como pretendiendo darse cuenta de qué
clase de hombre era; pero él le correspondía con sonrisas, y
al hablarle suavizaba su voz. Llegué a imaginar que la me-
moria de la madre le hacía simpatizar con la joven. Encon-
tramos a Linton junto al fuego. Venía de pasear por el
campo, tenía aún puesta la gorra y en aquel momento esta-
ba pidiendo a José calzado seco. Le faltaban pocos meses
para cumplir los dieciséis años, y estaba muy crecido para
su edad. Seguía teniendo bellas facciones, y en sus ojos y en
262CUMBRES BORRASCOSAS
su piel se notaban los saludables efectos del aire y el sol que
acababa de tomar durante su paseo.
-¿Le conoce? -preguntó Heathcliff a Cati.
-¿Es su hijo? - dijo ella mirando, dudosa, a los dos.
-Sí; pero ¿cree que es la primera vez que le ve? Haga
memoria. Linton, ¿no te acuerdas de tu prima?
-¿Linton? -exclamó Catalina, agradablemente sorpren-
dida. ¿Es éste el pequeño Linton de antes? Pero ¡si está más
alto que yo!
El se adelantó hacia ella, se besaron y ambos se mira-
ron asombrados del cambio que habían experimentado los
dos. Cati estaba ya completamente desarrollada. Era a la
vez llena y esbelta, flexible como el acero y rebosante de
animación y salud. En cuanto a Linton, tenía lánguidos los
ademanes y las miradas, y era muy endeble de complexión;
pero la gracia de sus maneras compensaba aquellos defec-
tos. Luego de haber cambiado muchas caricias con él, su
prima se dirigió al señor Heathcliff, que estaba junto a la
puerta fingiendo mirar afuera; pero, en realidad, mirando
exclusivamente lo que pasaba dentro.
-¿Así que es usted tío mío? -dijo la joven, abrazándole-.
¿Y por qué no va a vernos a la Granja de los Tordos? Es
raro vivir tan próximos y no visitarnos nunca. ¿Por qué su-
cede así?
-Antes de que tú nacieras yo iba alguna vez. Anda, dé-
jate de besos... Dáselos a Linton. Dármelos a mí es perder el
tiempo.
- ¡Qué mala eres, Elena! -exclamó Cati, viniendo hacia
mí para prodigarme también sus zalamerías. ¡Mira que no
263E M I L Y
BRONTE
dejarme entrar! En adelante, vendré todas las mañanas.
¿Puedo hacerlo, tío? ¿Y puede venir conmigo papá? ¿No le
gustará veros?
-Claro que sí -repuso él, disimulando la mueca de aver-
sión que le inspiraban los dos presuntos visitantes. Mejor
será que te diga que tu padre y yo reñimos terriblemente
una vez, y si le cuentas que me visitas, es muy fácil que te
lo prohíba. Así que si quieres seguir viendo a tu primo, vale
más que no se lo digas a tu padre.
-¿Porqué riñeron? -preguntó entonces Catalina, disgus-
tada.
-Porque él creyó que yo era demasiado pobre para ca-
sarme con su hermana -exclamó Heathcliff. Se disgustó
conmigo cuando lo hicimos, y no me perdonó jamás.
-Eso no está bien -dijo la muchacha. Pero Linton y yo
no tenemos la culpa. En vez de venir yo, es mejor que él
vaya a la Granja.
-Está demasiado lejos para mí, Cati -respondió su pri-
mo-. Andar seis kilómetros me mataría. Ven tú cuando
puedas; por lo menos, una vez a la semana.
Heathcliff miró con desprecio a su hijo.
-Me temo que voy a perder el tiempo, Elena –rezongó-.
Catalina verá que su primo es tonto, y le mandará al diablo.
¡Si hubiera sido Hareton! Te aseguro que me lamento con-
tinuamente de que no sea como él, a pesar de lo degradado
que Hareton está. Si el chico fuera otro, yo le querría. No,
no hay miedo de que ella se enamore. No creo que pase de
los dieciocho años. ¡Maldito tonto! No se ocupa más que de
secarse los pies, y ni mira a su prima. ¡Linton!
264CUMBRES BORRASCOSAS
- ¿Qué, papá?
-¿No hay nada que puedas enseñar a tu prima? ¿Ni un
mal conejo o un nido de comadrejas? Anda, hombre; deja
de cambiarte el calzado, llévala al jardín y enséñale tu ca-
ballo.
-¿No prefieres sentarte aquí? -preguntó él a Cati, indi-
cando en su tono la poca gana que tenía de moverse.
-No sé... -contestó ella, dirigiendo a la puerta una mira-
da que indicaba que prefería hacer algo a sentarse.
Pero él se acomodó en su silla y se aproximó más al
fuego. Heathcliff se fue a buscar a Hareton. Se notaba que
el joven acababa de lavarse en sus mejillas brillantes y su
cabello mojado.
-Quiero hacerle una pregunta, tío -dijo Catalina. Este
no es primo mío, ¿verdad?
-Sí -contestó él. Es sobrino de tu madre. ¿No te agrada?
Catalina le miró con extrañeza.
-¿No es un buen mozo? -siguió Heathcliff.
La joven se alzó sobre las puntas de los pies y habló a
Heathcliff al oído. El se echó a reír. Hareton se puso som-
brío, y yo reparé en que era muy suspicaz para algunas co-
sas.
Pero Heathcliff le tranquilizó al decirle:
-¡Ea, Hareton, te preferimos a ti! Me ha dicho que eres
un... ¿un qué? Bueno, no me acuerdo... Una cosa agradable.
Acompáñala a dar una vuelta y pórtate como un gentilhom-
bre. No digas palabrotas, no la mires cuando ella no te mire
a ti, ruborízate cuando se ruborice ella, háblale con dulzura
265E M I L Y
BRONTE
y no lleves las manos en los bolsillos. Anda, trátala todo lo
mejor que puedas.
Y miró a la pareja cuando pasaron ante la ventana. Ha-
reton no miraba a su compañera, y parecía tan atento al pai-
saje como un pintor o un turista. Cati le miró a su vez de un
modo muy poco lisonjero. Después se dedicó a encontrar
objetos que atrajesen su interés, y, a falta de conversación,
canturreaba.
-Con lo que le he dicho -indicó Heathcliff-, verás cómo
no pronuncia ni una palabra. Elena, cuando yo tenía su
edad o poco menos, ¿era tan estúpido como él?
-Era usted peor -precisé-, porque era usted aún más hu-
raño.
-¡Cuánto me satisface verle así! -siguió Heathcliff, ex-
presando sus pensamientos en voz alta. Ha colmado mis
esperanzas. Si hubiese sido un tonto de nacimiento, no es-
taría tan contento. Pero no es tonto, no, y comprendo todos
sus sentimientos, ya que yo mismo antes que él los he expe-
rimentado. Ahora me hago cargo de cuánto padece, aunque
no es, por supuesto, más que un principio de lo que padece-
rá después. Y no logrará desprenderse jamás de su zafiedad
y su ignorancia. Lo he hecho todavía más vil de lo que su
miserable padre quiso hacerme a mí. Le he acostumbrado a
despreciar cuanto no es brutal, y llega al extremo de vana-
gloriarse de su rudeza. ¿Qué pensaría Hindley de su hijo si
pudiera verle? ¡Estaría tan orgulloso de él como yo del mío!
Con la diferencia de que Hareton es oro en bruto que hace
el papel de ladrillo y este otro es latón que hace menesteres
de vajilla de plata. El mío no vale nada, y, sin embargo, le
266CUMBRES BORRASCOSAS
haré que prospere todo cuanto se lo permitan sus cualida-
des. El otro tiene excelentes cualidades, que le he hecho
desperdiciar. ¡Y lo grande es que Hareton me quiere como
un condenado! En esto he vencido a Hindley. ¡Si el granuja
pudiera levantarse de su sepultura para venir a echarme en
cara el mal que he hecho a su hijo, éste sería el primero en
venir a defenderme, ya que me considera como el mejor
amigo que pudiera tener en el mundo!
Esta idea hizo soltar a Heathcliff una carcajada diabóli-
ca. No le repliqué, ni él lo esperaba. Mientras tanto, Linton,
que estaba sentado harto lejos de nosotros para poder oír
nuestra conversación, empezó a agitarse y a dar muestras de
que lamentaba no haber salido con Cati. Su padre distinguió
cómo miraba hacia la ventana. La mano del muchacho se
dirigía, irresoluta, hacia su gorra.
-¡Vamos, perezoso, levántate! -dijo con fingida bona-
chonería. Vete con ellos. Están junto a las colmenas.
Linton reunió sus energías y abandonó el hogar. Cuan-
do salía, oí por la ventana, que estaba abierta, cómo Cati
preguntaba a Hareton el significado de la inscripción que
había sobre la puerta. Pero Hareton levantó los ojos y se
rascó la cabeza como hubiera hecho un verdadero rústico.
-No sé leer ese condenado escrito -contestó.
-¿Que no puedes leerlo? -respondió Cati. Yo sí que lo
leo; pero lo que quiero es saber por qué está ahí.
Linton soltó una risotada, primera manifestación de
alegría que daba.
-No sabe leer -comunicó a su prima. Supongo que te
asombrará saber que es un burro tan grande.
267E M I L Y
BRONTE
-¿Está bien de la cabeza? -preguntó Catalina seriamen-
te. Sólo le he hecho dos preguntas; pero creo que no me
entiende, y, además, me habla de un modo tal, que tampoco
yo le comprendo.
Linton se volvió a reír, y miró despreciativamente a Ha-
reton, que no pareció ofenderse por ello.
-¿Verdad que todo es cuestión de pereza, Hareton? -
dijo-. Mi prima se imagina que eres un idiota. Entérate de a
lo que conduce despreciar los libracos, como tú dices. ¿Has
oído cómo pronuncia, Cati?
-¿Pa qué diablos necesito tener buena pronuncia?
-respondió Hareton. Y siguió hablando a su manera, con
gran regocijo de mi señorita.
-¿Y pa qué diablos necesitas mencionar al diablo en esa
frase? -dijo Linton, haciéndole burla. Papá te ha ordenado
hablar correctamente, y no dices dos palabras sin cometer
una incorrección. Procura portarte como un caballero.
-Si no tuvieras más de chica que de chico, te tumbaba
de un puñetazo -contestó el otro, marchándose con el rostro
encendido, ya que comprendía que le había afrentado y no
acertaba a reaccionar de otra manera.
Heathcliff, que lo había oído todo tan bien como yo,
sonrió; pero enseguida miró con animosidad a la pareja, que
se había quedado hablando en el portal. El muchacho se
animaba al referir anécdotas relativas a Hareton. En cuanto
a ella, celebraba sus comentarios, sin reparar en que deno-
taban un espíritu perverso. Con todo ello, yo empecé a abo-
rrecer a Linton, y me sentí inclinada a justificar el desprecio
que sentía hacia él su padre.
268CUMBRES BORRASCOSAS
Estuvimos hasta la tarde. El señor no salió de su habi-
tación, y esta feliz circunstancia impidió que notara nuestra
larga ausencia. Mientras volvíamos, intenté explicar a la
joven quiénes eran aquellos con los que habíamos estado;
pero a ella se le antojaba que mi prevención era injusta.
-Yo veo que le das la razón a papá -me dijo. No eres
imparcial. La prueba es que me has tenido engañada todos
estos años asegurándome que Linton vivía lejos de aquí.
Estoy incomodada; mas como, por otro lado, me siento
muy satisfecha, no te digo nada. Pero no hables mal de mi
tío. Ten en cuenta que es mi pariente. Voy a reñir a papá
por no tratarse con él.
Tuve que renunciar a mi intento de disuadirla de su
equivocación. No habló de la visita aquella noche, porque
no vio al señor Linton. Pero al día siguiente le soltó todo, y
aunque, por un lado, esto me disgustaba, me complacía, por
otro, pensar que el señor acertaría a aconsejarla mejor que
yo.
-Papá -dijo Cati, después de saludarle-, ¿a quién crees
que vi ayer cuando salí de paseo? Noto que te estremeces.
Claro; como no obré bien... Escúchame y sabrás cómo he
descubierto que tú y Elena me estabais engañando dicién-
dome que Linton vivía muy lejos, a la vez que afectaban
compadecerme cuando yo seguía hablando de él.
Contó todo lo sucedido. El señor no dijo nada hasta
que ella terminó, y sólo de cuando en cuando me miraba
con expresión de reproche. Al final le preguntó si conocía
las razones por las que le había ocultado la proximidad de
Linton.
269E M I L Y
BRONTE
-Porque tú no quieres al señor Heathcliff -contestó ella.
-¿De modo que piensas, Cati, que me preocupan más
mis sentimientos que los tuyos? No es que yo no quiera al
señor Heathcliff, sino que él no me quiere a mí. Además, es
el hombre más diabólico que ha existido, y se goza en dañar
y arruinar a los que odia, aunque no le den motivo para ello.
Yo sabía que no podías tratar a tu primo sin tratarle a él, y
me constaba que él te odiaría por ser hija mía. Por eso y por
tu propio bien procuré impedir que le vieses. Me proponía
explicártelo cuando fueras mayor, y lamento no habértelo
dicho antes.
-El señor Heathcliff se portó muy atentamente conmigo
-contestó Cati, recalcitrante. Me dijo que puedo ver a mi
primo cuando quiera, y que eres tú quien no le ha perdona-
do que él se casara con la tía Isabel. El tío está dispuesto a
permitir que me trate con Linton, y tú, no.
Entonces el amo le explicó sucintamente lo sucedido
con Isabel y el procedimiento por el que las Cumbres ha-
bían pasado a manos de Heathcliff. No se extendió en mu-
chos detalles; pero, por pocos que fueran, bastaban para
ilustrar a Cati, dada la animosidad con que los expresó su
padre, que seguía odiando a su enemigo, a quien considera-
ba como el causante de la muerte de la señora, sentimiento
que no le abandonaba jamás. La señorita Cati, que era inca-
paz de hacer mal a nadie, salvo pequeñas faltas de desobe-
diencia, quedó asombrada al oír explicar el carácter de aquel
hombre, capaz de prolongar durante años enteros sus planes
de venganza sin sentir remordimiento alguno. Tan afectada
nos pareció, que el señor creyó superfluo seguir hablando
270CUMBRES BORRASCOSAS
más. Y sólo agregó: -Ya te diré más adelante, hija mía, por
qué deseo que no vayas a su casa. Ahora ocúpate de tus
cosas, y no pienses más en eso.
Cati dio un beso a su padre, y luego dedicó, como
siempre, dos horas a sus lecciones. Dimos una vuelta por el
parque, y no hubo otra novedad. Pero a la noche, mientras
yo la ayudaba a desnudarse, se echó a llorar.
-¿No le da vergüenza, niña? -la increpé. Si tuviera usted
aflicciones de veras, no lloraría por una contrariedad tan
insignificante. Figúrese que su padre y yo faltáramos y que
usted se quedara sola en el mundo. ¿Qué sentiría usted en-
tonces? Compare lo que sufriría, en un caso así, con esta
pequeña contrariedad, y dará usted gracias a Dios, que le
concede suficientes amigos lo bastante buenos para no te-
ner que suspirar por otros.
-No lloro por mí, Elena -respondió. Lloro por Linton,
que me espera, y que tendrá mañana el desengaño de no
verme ir.
-No se figure -repuse- que él piensa en usted tanto co-
mo usted en él. Ya tiene a Hareton para hacerle compañía.
Nadie en el mundo lloraría por dejar de tratar a un pariente
al que ha visto dos veces en toda su vida. Linton compren-
derá lo que ha pasado y no se acordará más de usted.
-Podía escribirle una nota explicándole por qué no voy
y mandarle unos libros que le he prometido prestarle. ¿Por
qué no hacerlo, Elena?
-No -respondí resueltamente-, porque él, entonces, le
contestaría a usted, y sería el cuento de nunca acabar. Hay
que cortar las cosas de raíz, como lo ha mandado su papá.
271E M I L Y
BRONTE
-Pero una notita... -dijo suplicante.
-Nada de notitas -dije. Acuéstese.
Me dirigió una mirada tal, que me abstuve de besarla
después de desearle buenas noches. La tapé y salí muy dis-
gustada. Pero, arrepintiéndome de mi dureza, volví para
rectificar, y la encontré sentada a la mesa escribiendo con
un lápiz una nota, que escondió al verme entrar.
-Voy a apagar la vela -dije. Y si le escribe usted, no en-
contrará quien le lleve la carta.
Y apagué, recibiendo, al hacerlo, un golpe en la mano y
varias violentas recriminaciones, tras las cuales Cati se en-
cerró en su cuarto. La carta, con todo, fue terminada, y en-
viada por un lechero que iba al pueblo. Pero yo no me
enteré hasta más adelante. Transcurrieron varias semanas, y
Catalina abandonó su actitud violenta. Tomó entonces la
costumbre de ocultarse por los rincones. Si cuando estaba
leyendo me acercaba a ella, se sobresaltaba y procuraba es-
conder el libro, pero no lo suficiente para que yo dejase de
ver que tenía papeles sucios entre las hojas. Solía bajar
temprano de mañana a la cocina, y andaba por allí como en
espera de algo. Dio en la costumbre de echar la llave a un
cajoncito que tenía en la biblioteca para su uso.
Un día observé que en el cajoncito, que en aquel mo-
mento estaba ella ordenando, en lugar de las chucherías y
los juguetes que eran su contenido habitual, había numero-
sos pliegos de papel. La curiosidad y la sospecha me deci-
dieron a echar una ojeada a sus misteriosos tesoros.
Aprovechando una noche en que ella y el señor se habían
acostado pronto, busqué entre mis llaves hasta hallar una
272CUMBRES BORRASCOSAS
que valía para abrir aquel cajón, saqué cuanto había en él y
me lo llevé a mi cuarto. Como había supuesto, era una co-
rrespondencia procedente de Linton Heathcliff. Las cartas
de fecha más antigua eran tímidas y breves; pero las sucesi-
vas contenían encendidas frases de amor, que por su exal-
tada insensatez parecían propias de un colegial, pero que
mostraban acá y acullá, ciertos rasgos que me parecieron de
mano más experta. Algunas principiaban expresando enérgi-
cos sentimientos, y luego concluían de un modo afectado,
tal como el que emplearía un estudiante para dirigirse a una
figura amorosa inexistente. No sé lo que aquello parecería a
Cati, pero a mí me dio la impresión de una cosa ridícula.
Finalmente, las até juntas y volví a cerrar el cajón.
Como tenía por costumbre, la señorita bajó a la cocina
muy temprano. Al llegar el muchacho que traía la leche,
mientras la criada la vertía en el jarro, la señorita salió y
deslizó un papel en el bolsillo del jubón del rapaz, a la vez
que recogía algo de él. Dando un rodeo, atajé al chico,
quien defendió esforzadamente la integridad de su misiva.
Pero al fin logré arrebatársela y le hice irse amenazándole
con fieros males en caso contrario. Leí la carta de amor de
Cati. Era mucho más sencilla y más expresiva que la de su
primo. Moví la cabeza y me volví pensativa a casa. Como
llovía, Catalina no bajó aquel día al parque. Al terminar de
estudiar acudió a su cajón. Su padre estaba sentado a la me-
sa, leyendo. Yo, adrede, estaba arreglando unos flecos des-
cosidos de la cortina de la ventana.
273E M I L Y
BRONTE
Un pájaro que hubiese hallado su nido vacío no hu-
biera, con sus trinos y agitación, manifestado más angustia
que la de Cati al exclamar:
-¡Oh!
Y su rostro, que un momento antes expresaba una per-
fecta felicidad, se alteró completamente. El señor Linton
levantó los ojos.
-¿Qué te pasa, hijita? ¿Te has lastimado?
Ella comprendió que su padre no era el descubridor del
tesoro escondido.
-No -repuso. Elena, ven arriba conmigo. Me encuentro
indispuesta.
La acompañé.
-Tú las has cogido, Elena -me dijo, cayendo arrodillada
delante de mí. Devuélvemelas y no le digas nada a papá, y
no volveré a hacerlo. ¿Se lo has dicho a papá, Elena?
-Ha ido usted muy lejos, señorita Cati -dije severamen-
te. ¡Debía darle vergüenza! ¡Y vaya una hojarasca que lee
usted en sus ratos de ocio! ¡Si parecen cuartillas destinadas
a publicarse! ¿Qué dirá el señor cuando se lo enseñe? No lo
he hecho aún, pero no se figure que guardaré el secreto. Y
el colmo es que ha debido usted ser la que empezó, porque
a él creo que no se le hubiera ocurrido nunca.
-No es verdad -respondió Cati, sollozando con descon-
suelo. No había pensado en amarle hasta que...
-¡Amarle! -exclamé, subrayando la palabra con tanto
desdén como me fue posible. Es como si yo amase al moli-
nero que una vez al año viene a comprar el trigo. ¡Si no ha
visto usted cuatro horas a Linton, sumando las dos veces!
274CUMBRES BORRASCOSAS
¡Ea!, voy a llevar a su padre estas chiquilladas, y ya vere-
mos lo que él opina de ese amor.
Ella dio un salto para coger su correspondencia, pero
yo la mantuve levantada sobre mi cabeza. Me suplicó frené-
ticamente que la quemase o hiciera con ella lo que quisiera
menos enseñarla a su padre. Como a mí todo aquello me
parecía una puerilidad y estaba más cerca de reírme que de
reprochárselo, cedí, no sin preguntarle previamente:
-Si las quemo, ¿me promete usted no volver a mandar
ni a recibir cartas, ni libros, ni rizos de cabellos, ni sortijas,
ni juguetes?
-No nos enviamos juguetes -exclamó Cati.
-Ni nada, señorita. Si no me lo promete, voy a su papá.
-Te lo prometo, Elena -me dijo. Échalas al fuego...
Pero, al hacerlo, ello le resultó tan doloroso que me ro-
gó que guardase una o dos siquiera. Yo comencé a echarlas
a la lumbre.
-¡Oh cruel! Quiero siquiera una -dijo, metiendo la mano
entre las llamas y sacando un pliego medio chamuscado, no
sin menoscabo de sus dedos.
-Entonces también yo quiero algunas para enseñárselas
a su papá -repliqué, envolviendo las demás en el pañuelo y
dirigiéndome a la puerta.
Lanzó al fuego los trozos medio quemados y me excitó
a consumar el holocausto. Cuando estuvo terminado, re-
moví las cenizas y las sepulté bajo una paletada de carbón.
Se fue ofendidísima a su cuarto sin decir palabra. Bajé y dije
al amo que la señorita estaba mejor, pero que era preferible
que reposase un poco. Cati no bajó a comer ni reapareció
275E M I L Y
BRONTE
hasta la hora del té. Estaba pálida y tenía los ojos enrojeci-
dos, pero se mantenía serena. Cuando a la mañana siguiente
llegó la carta acostumbrada, la contesté con un trozo de
papel, en el que escribí: «Se ruega al señor Linton que no
envíe más cartas a la señorita Cati, porque ella no las recibi-
rá» Y desde aquel momento el muchachito venía siempre
con los bolsillos vacíos.
276CUMBRES BORRASCOSAS
Capítulo veintidós
Transcurrió el verano y comenzó el otoño. Pasó el día
de San Miguel y aún algunos de nuestros prados no estaban
segados. El señor Linton solía ir a presenciar la siega con su
hija. Un día permaneció en el campo hasta muy tarde, y
como hacía frío y humedad, atrapó un catarro que le tuvo
recluido en casa casi todo el invierno.
La pobre Cati estaba entristecida y sombría desde que
su novela de amor tuviera aquel desenlace. Su padre dijo
que le convenía leer menos y moverse más. Ya que él no
podía acompañarla, determiné sustituirle yo en lo posible.
Pero sólo podía destinar a ello dos horas o tres al día, y,
además, mi compañía no le agradaba tanto como la de su
padre.
Una tarde -era a principios de noviembre o fines de oc-
tubre y las hojas caídas alfombraban los caminos, mientras
el frío cielo azul se cubría de nubes que auguraban una fuer-
te lluvia- rogué a mi señorita que renunciásemos por aquel
día al paseo. Pero no quiso, y tuve que acompañarla hasta
el fondo del parque, paseo casi maquinal que solía dar
277E M I L Y
BRONTE
cuando se sentía de mal humor. Y esto sucedía siempre que
su padre se encontraba peor que lo corriente aunque nunca
nos lo confesaba. Pero nosotras lo notábamos en su aspec-
to. Ella andaba sin alegría y no retozaba como antiguamen-
te. A veces se pasaba la mano por la mejilla, como si se
limpiase algo. Yo buscaba a mi alrededor alguna cosa que la
distrajera. A un lado del camino erguíase una pendiente
donde crecían varios avellanos y robles, cuyas raíces salían
al exterior. Como el suelo no podía resistir su peso más que
a duras penas, algunos se habían inclinado de tal modo por
efecto del viento, que estaban en posición casi horizontal.
Cuando Cati era más niña solía subirse a aquellos troncos,
se sentaba en las ramas y se columpiaba en ellas a más de
seis metros por encima del suelo. Yo la reprendía siempre
que la veía así, pero sin resolverme a hacerla bajar. Y allí
permanecía largas horas, mecida por la brisa, cantando anti-
guas canciones que yo le había enseñado y distrayéndose en
ver cómo los pájaros anidados en las mismas ramas alimen-
taban a sus polluelos y les incitaban a volar. Y así, la mu-
chacha se sentía feliz.
-Mire, señorita -dije-: debajo de las raíces de ese árbol
hay aún una campánula azul. Es la última que queda de tan-
tas como había en julio, cuando las praderas estaban cubier-
tas de ellas como de una nube de color violáceo. ¿Quiere
usted cogerla para mostrársela a su papá?
Cati miró mucho rato la solitaria flor y después repuso:
-No, no quiero arrancarla. Parece que está triste, ¿ver-
dad, Elena?
278CUMBRES BORRASCOSAS
-Sí -convine. Tan triste como usted. Tiene usted pálidas
las mejillas. Deme la mano y echemos a correr. Pero ¡qué
despacio anda, señorita! Casi marcho más deprisa yo.
Ella continuó andando lentamente. A veces se paraba a
contemplar el césped o alguna seta que se destacaba, ama-
rillenta, entre la hierba. Y en ocasiones se pasaba la mano
por el rostro.
-¡Oh, querida Catalina! ¿Está usted llorando? -dije,
acercándome a ella y poniéndole la mano en un hombro. No
se disguste usted. Su papá está ya mejor de su resfriado.
Debe agradecer a Dios que no sea algo peor.
-Ya verás cómo será algo peor -contestó. ¿Qué haré
cuando papá y tú me abandonéis y me encuentre sola? No
he olvidado aquellas palabras que me dijiste una vez, Ele-
na. ¡Qué triste me parecerá el mundo cuando papá y tú ha-
yáis muerto!
-No se puede asegurar que eso no le suceda antes a us-
ted -aduje. No se debe predecir la desgracia. Supongo que
pasarán muchos años antes de que faltemos los dos. Su pa-
pá es joven y yo no tengo más que cuarenta y cinco años.
Mi madre vivió hasta los ochenta. Suponga que el señor
viva hasta los sesenta años tan sólo, y ya ve si quedan años,
señorita. Es una tontería lamentarse de una desgracia con
veinte años de anticipación.
-Pues la tía Isabel era más joven que papá -respondió,
con la esperanza de que yo la consolase otra vez.
-A la tía Isabel no pudimos asistirla nosotros –repliqué.
Además, no fue tan feliz como el señor y no tenía tantos
motivos para vivir. Lo que usted debe hacer es cuidar a su
279E M I L Y
BRONTE
padre y evitarle todo motivo de disgusto. No le voy a ocul-
tar que conseguiría usted matarle si obrase como una insen-
sata y siguiera enamorada del hijo de un hombre que desea
ver al amo en la tumba y se manifestase contrariada por una
separación que él le impuso con mucha razón.
-Lo único que en el momento me preocupa es la enfer-
medad de papá -dijo Cati. Sólo me interesa que se resta-
blezca pronto. Mientras yo tenga uso de razón no haré ni
diré nunca nada que pueda disgustarle. Le quiero más que a
mí misma, Elena, y todas las noches rezo para no morir an-
tes que él, por no apenarle. Ya ves si le quiero.
-Habla usted muy bien -le dije. Pero procure demos-
trarlo con hechos, y cuando él se haya restablecido no olvi-
de la resolución que ha adoptado usted en este momento en
que está preocupada por su salud.
Según íbamos hablando nos acercábamos a una puerta
que comunicaba con el exterior de la finca. Mi señorita tre-
pó alegremente a lo alto del muro para coger algunos rojos
escaramujos que adornaban los rosales silvestres que daban
sombra al camino. Al inclinarse para alcanzarlos se le cayó
el sombrero. Como la puerta estaba cerrada, saltó ágilmen-
te. Pero el volver a encaramarse no fue tan sencillo. Las
piedras eran lisas y no había hendidura entre ellas, y las zar-
zas dificultaban la subida. Yo no me acordé de ello hasta
que le oí decir, entre risas:
-Elena, no puedo subir. Vete a buscar la llave o tendré
que dar la vuelta a toda la tapia.
280CUMBRES BORRASCOSAS
-Espere un momento -dije-, que voy a probar las llaves
de un manojo que llevo en el bolsillo. Si no, iré a casa a
buscarla.
Mientras probaba todas las llaves sin resultado, Catali-
na bailaba y saltaba delante de la puerta. Ya me preparaba
yo a ir a buscar la llave, cuando sentí el trote de un caballo.
Cati cesó de saltar y yo sentí que el trote de un caballo se
detenía.
-¿Quién es? -pregunté.
-Te ruego que abras la puerta, Elena -murmuró Cati
con ansiedad.
Una voz grave, que supuse que era la del jinete, dijo:
-Me alegro de encontrarla, señorita Linton. Tengo que
hablar con usted. Hemos de tener una explicación.
-No quiero hablar con usted, señor Heathcliff -contestó
Cati. Papá dice que es usted un hombre malo y que nos
aborrece, Elena opina lo mismo.
-Eso no tiene nada que ver -oí decir a Heathcliff. Sea
como sea, yo no aborrezco a mi hijo, y a él me refiero. ¿No
solía usted escribirse con él hace unos meses? ¿De modo
que jugaban a hacerse el amor? Merecen ustedes dos una
buena zurra, y en especial, usted, que es la de más edad y la
menos sensible de ambos. Yo he cogido sus cartas, y si no
se pone usted en razón se las mandaré a su padre. Usted se
cansó del juego y abandonó a Linton, ¿eh? Pues entérese de
que le abandonó en plena desesperación. Él tomó aquello
en serio, está enamorado de usted, y, por mi vida, que le
aseguro que se muere, y no metafóricamente, sino muy en
realidad. ¡Ni Hareton tomándole el pelo seis semanas se-
281E M I L Y
BRONTE
guidas ni yo con las medidas más enérgicas que pueda usted
imaginarse, hemos logrado nada! Como usted no le cure,
antes del verano habrá muerto.
-No engañe tan descaradamente a la pobrecita -grité yo
desde dentro. Haga el favor de seguir su camino. ¿Cómo
puede mentir así? Espere, señorita Cati, que voy a saltar la
cerradura con una piedra. No crea todos esos disparates.
Comprenda que es imposible que haya quien se muera de
amor por una desconocida.
-No sabía que hubiera escuchas -murmuró el villano al
sentirse descubierto. Mi querida Elena, ya sabes que te es-
timo, pero no puedo con tus chismorreos. ¿Cómo te atreves
a engañar a esta pobre niña diciendo que la aborrezco e in-
ventando cuentos de miedo para que tome horror a mi ca-
sa? Vaya, Catalina Linton, preciosa, aproveche el que toda
esta semana estaré fuera de casa, y vaya a ver si he mentido
o no. Póngase en su lugar y piense lo que sentiría si su indi-
ferente enamorado rehusara consolarle por no darse un pe-
queño paseo. No cometa ese error. ¡Le juro que va derecho
a la tumba, y que sólo puede usted salvarle! ¡Se lo juro por
mi salvación eterna!
La cerradura saltó y yo salí.
-Te juro que Linton está muriéndose -dijo Heathcliff
mirándome con dureza. Y el dolor y la decepción están
apresurando su muerte, Elena. Si no quieres dejar ir a la
muchacha, ve tú y lo verás. Yo no vuelvo hasta la semana
que viene. Ni siquiera tu amo se opondrá.
282CUMBRES BORRASCOSAS
-¡Entre! -dije a Cati, cogiéndola por un brazo. Ella le
miraba conturbadísima, incapaz de percatarse de la falsedad
de su interlocutor a través de la severidad de sus facciones.
Él se acercó a ella y dijo:
-Si he de ser sincero, señorita Catalina, yo cuido muy
mal a Linton, y José y Hareton peor aún. No tenemos pa-
ciencia... Él está ansioso de ternura y cariño, y las dulces
palabras de usted serían su mejor medicina. No haga caso
de los crueles consejos de la señora Dean. Sea generosa y
procure verle. Él se pasa el día y la noche soñando con us-
ted y creyendo que le odia, puesto que se niega a visitarle.
Yo cerré la puerta, apoyé una gruesa piedra contra ella,
abrí mi paraguas, porque la lluvia arreciaba, y cubrí con él a
la señorita. Volvimos tan deprisa a casa que no tuvimos ni
tiempo de hablar de Heathcliff. Pero adiviné que el alma de
Cati quedaba ensombrecida. En su triste semblante se no-
taba que había creído cuanto él había dicho.
Antes de que llegáramos, el señor se había retirado a
descansar. Cati entró en su habitación y vio que dormía
profundamente. Entonces volvió y me pidió que la acom-
pañara a la biblioteca. Tomamos juntas el té; luego ella se
sentó en la alfombra y me rogó que no le hablase, porque se
sentía extenuada. Cogí un libro y fingí leerlo. En cuanto ella
creyó que yo estaba entregada a la lectura, empezó a llorar.
La dejé que se desahogara un poco y luego le reproché el
que creyese en las afirmaciones de Heathcliff. Pero tuve la
desventura de no lograr convencerla ni contrarrestar en na-
da las palabras de aquel hombre.
283E M I L Y
BRONTE
-Puede que tengas razón, Elena -dijo la joven-, pero no
me sentiré tranquila hasta cerciorarme de ello. Es necesario
que haga saber a Linton que si no le escribo no es por culpa
mía, y que no han cambiado mis sentimientos hacia él.
Hubiera sido inútil insistir. Aquella noche nos separa-
mos incomodadas, pero al otro día ambas caminábamos ha-
cia las Cumbres. Yo me había determinado a ceder, con la
remota esperanza de que el propio Linton nos manifestaría
que aquella estúpida historia carecía de realidad.
284CUMBRES BORRASCOSAS
Capítulo veintitrés
A la lluvia de la noche siguió una mañana brumosa, con
escarcha y ligera llovizna. Arroyos improvisados descen-
dían, rumorosos, de las colinas, dificultando nuestro cami-
no. Yo, mojada y furiosa, estaba muy a punto de sacar
partido de cualquier circunstancia que favoreciese mi opi-
nión. Entramos por la cocina, a fin de asegurarnos que era
verdad que el señor Heathcliff estaba ausente, pues yo no
creía nada de cuanto decía.
José se hallaba sentado. En torno suyo había organiza-
do un paraíso para su personal placer; a su lado crepitaba el
fuego; sobre la mesa a que estaba instalado había un enor-
me vaso de cerveza rodeado de gruesas rebanadas de tarta
de avena, y en la boca tenía su negra pipa. Cati se acercó a
la lumbre para calentarse. Cuando pregunté al viejo si esta-
ba el amo, tardó tanto en responderme que tuve que repe-
tírselo, temiendo que se hubiera quedado sordo.
-¡No está! -masculló. Así que te puedes volver por don-
de has venido.
285E M I L Y
BRONTE
-¡José! -gritó una voz desde dentro. Llevo un siglo lla-
mándote. Vamos, ven, no queda fuego.
José se limitó a aspirar más vigorosamente el humo de
su pipa y contemplar insistentemente la lumbre. La criada y
Hareton no aparecían por parte alguna. Reconociendo la
voz de Linton, entramos en su habitación.
-¡Ojalá te mueras abandonado en un desván!
-prorrumpió el muchacho, creyendo, al sentir que nos acer-
cábamos, que nuestros pasos eran los de José.
Y al ver que se había confundido, se turbó. Cati corrió
hacia él.
-¿Eres tú, Cati? -dijo, levantando la cabeza del respaldo
del sillón en que estaba sentado. No me abraces tan fuerte,
porque me ahogas. Papá me dijo que vendrías a verme. Cie-
rra la puerta, haz el favor. Esas odiosas gentes no quieren
traer carbón para el fuego. ¡Y hace tanto frío...!
Yo misma llevé el carbón y revolví el fuego. Él se quejó
de que le cubría de ceniza, pero tosía de tal modo y parecía
tan enfermo que no me atreví a reprenderle por su desagra-
decimiento.
-¿Te alegras de verme, Linton? ¿Puedo serte útil en al-
go? -preguntó Cati.
-¿Por qué no viniste antes? -repuso él. Debiste venir en
vez de escribirme. No sabes cuánto me cansaba escribiendo
aquellas largas cartas. Hubiera preferido hablar contigo.
Ahora ya no estoy ni para hablar ni para nada. ¿Y Zillah?
¿Quiere usted, Elena, ver si está en la cocina?
286CUMBRES BORRASCOSAS
Yo no me sentía muy dispuesta a obedecerle, tanto más
cuanto no siquiera me había agradecido el arreglarle el fue-
go, y respondí:
-Allí está José únicamente.
-Tengo sed -dijo Linton. Zillah no hace más que esca-
parse a Gimmerton desde que mi padre se fue. ¡Es una mi-
serable! Y tengo que bajar aquí, porque si estoy arriba no
me hacen caso cuando les llamo.
-¿Su padre se cuida de usted, señorito? -le pregunté.
-Por lo menos hace que los demás me atiendan -
contestó. ¿Sabes, Cati? Aquel animal de Hareton se burla
de mí. Le odio a él y a todos éstos. Son odiosos.
Cati cogió un jarro de agua que halló en el aparador y
llenó un vaso. Él le rogó que añadiese una cucharada de
vino de una botella que había encima de la mesa, y después
de beber se mostró más amable.
-¿Estás contento de verme? -volvió a preguntar la jo-
ven, animándose al ver en el rostro de su primo un esbozo
de sonrisa.
-Sí. Es muy agradable oír una voz como la tuya. Pero
papá me aseguraba que no venías porque no querías, y esto
me disgustaba. Me acusaba de ser un hombre despreciable,
y afirmaba que de haberse hallado él en mi lugar sería a es-
tas horas el amo de la Granja. Pero ¿verdad que no me des-
precias, Cati?
-¿Yo? -repuso ella. Después de a papá y a Elena, te
quiero más que a nada en el mundo. Pero no tengo simpa-
tías al señor Heathcliff y cuando él esté aquí no vendré.
¿Pasará fuera muchos días?
287E M I L Y
BRONTE
-Muchos, no... Pero suele irse a los pantanos desde que
empezó la temporada de caza, y tú podrías estar conmigo
una hora o dos cuando está ausente. Anda, prométemelo.
Procuraré no ser molesto contigo. Tú no me ofenderás, y no
te disgustará atenderme, ¿verdad, Cati?
-No -afirmó la joven, acariciándole el cabello. Si papá
me lo permitiera, pasaría la mitad del tiempo contigo. ¡Qué
guapo eres! Me gustaría que fueras mi hermano.
-¿Me querrías entonces tanto como a tu padre? -dijo
más animado. El mío dice que si fueras mi esposa me ama-
rías más que a nadie en el mundo, y por eso quisiera que
estuviésemos casados.
-Más que a mi padre, no es posible -aseguró ella grave-
mente. A veces los hombres odian a sus mujeres, pero nun-
ca a sus padres y hermanos. Así que si fueras mi hermano
vivirías siempre con nosotros, y papá te querría tanto como
a mí.
Linton negó que los esposos odien a sus mujeres; pero
ella insistió en que sí, y como prueba citó la antipatía que el
padre de Linton había mostrado hacia la tía Isabel. Yo in-
tenté cambiar la conversación; pero antes de conseguirlo, ya
Catalina había soltado todo lo que sabía al respecto. Linton,
enfadado, aseguró que aquello no era cierto.
-M padre me lo contó, y él no miente -contestó ella.
-El mío desprecia al tuyo y asegura que es un imbécil
-replicó Linton.
-Tu padre es un malvado -aseveró Cati a su vez. No sé
como eres capaz de repetir sus palabras. ¡Muy malo debe
haber sido cuando obligó a la tía Isabel a abandonarle!
288CUMBRES BORRASCOSAS
-No me contradigas. Ella no le abandonó.
- ¡Sí le abandonó! -insistió la joven.
-Pues mira -dijo Linton. Tu madre no amaba a tu padre,
para que te enteres.
-¡Oh! -exclamó Cati, furiosa.
-¡Y amaba a mi padre!
-¡Embustero! ¡Te odio! -gritó ella encolerizada.
-¡Le amaba! -repitió Linton, arrellanándose en su sillón
y malignamente complacido de la agitación que embargaba
a su prima.
-Cállese, señorito -intervine. ¡Eso es una falsedad in-
ventada por su padre!
-No es cuento -replicó él. Sí, Cati, le amaba, le amaba,
le amaba...
Cati, fuera de sí, dio un violento empellón a la silla, y él
cayó sobre su propio brazo. Le acometió un acceso de tos,
que duró tanto que a mí misma me asustó. Cati rompió a
llorar amargamente, pero no dijo nada. Linton, cuando dejó
de toser, quedó en silencio mirando a la lumbre. Cati, a su
vez, cesó de llorar, y se sentó al lado de su primo.
-¿Cómo se siente ahora, señorito? -le pregunté pasado
un rato.
-¡Ojalá se encontrara ella como yo! ¡Qué cruel es y qué
implacable! Hareton no me pega nunca. Y hoy, que yo me
encontraba mejor... -replicó él, terminando por prorrumpir
en llanto.
-No te he pegado -contestó Catalina, mordiéndose los
labios para no volver a exaltarse.
289E M I L Y
BRONTE
Gimió y suspiró, notándose que lo hacía a propósito pa-
ra aumentar la aflicción de su prima.
-Lamento haberte hecho daño, Linton -dijo ella, al fin,
traspasada de pena-; pero a mí un empellón como aquel no
me hubiera lastimado, y creí que a ti tampoco. ¿Te duele?
No quiero volver a casa con el pensamiento de haberte he-
cho daño. ¡Contéstame!
-No puedo -respondió el joven. Tú, como no la pade-
ces, no sabes lo que es esta tos. No me dejará dormir en
toda la noche. Mientras tú descansas tranquilamente yo me
ahogaré, aquí solo. No puedes figurarte las noches que pa-
so.
Y el muchacho empezó a gemir, tanta era la pena que le
inspiraban sus propios sufrimientos.
-No será la señorita quien vuelva a molestarle -dije yo.
Si no hubiese venido no habría perdido usted nada. Pero no
se preocupe, que no volverá a importunarle, estese tran-
quilo...
-¿Quieres que me vaya, Linton? -preguntó Catalina.
-No puedes rectificar el mal que me has hecho -replicó
él. ¡A no ser que quieras seguir molestándome hasta produ-
cirme fiebre!
-Entonces, ¿me voy?
-Por lo menos, déjame solo. Me es imposible ahora se-
guir hablando contigo.
Ella se resistía a marcharse; pero al fin como él no le
contestaba, cedió a mis instancias y se dirigió hacia la puer-
ta seguida por mí. Pero antes de que llegáramos oímos un
grito que nos hizo volver. Linton se había dejado caer de su
290CUMBRES BORRASCOSAS
silla y se retorcía en el suelo. Era una chiquillada de niño
mal educado que quiere molestar todo lo posible.
Comprendí por este detalle cuál era su verdadero carác-
ter y la locura que sería tratar de complacerle. En cambio,
la señorita se aterrorizó, y, deshecha en llanto, trató de con-
solarle. Pero él no dejó de gritar hasta que le faltó el aliento.
-Mire -le dije-: voy a levantarle y a sentarle, y allí re-
tuérzase cuanto quiera. No podemos hacer otra cosa. Ya se
habrá usted convencido, señorita, de que no se convienen
ustedes mutuamente, y que la falta de usted no es lo que
tiene enfermo a su primo. ¡Ea!, ya está... Ahora, cuando él
sepa que no hay nadie para hacer caso de sus caprichos, se
tranquilizará solo.
Cati le puso una almohada bajo la cabeza y le ofreció
agua. Él la rechazó y empezó a hacer dengues sobre la al-
mohada, cual si fuese incómoda como una piedra. Cati qui-
so arreglársela bien.
-Esta es demasiado baja -dijo el muchacho. No me sir-
ve.
Cati puso otra sobre la primera.
-¡Ahora queda alta en exceso! -murmuró el joven.
-Entonces, ¿qué hago? -dijo ella, desesperada.
Linton se inclinó hacia Cati, que se había arrodillado a
su lado, y descansó la cabeza sobre el hombro de la joven.
-No, eso no es posible -intervine yo. Conténtese con la
almohada, señorito Heathcliff. No podemos entretenernos
más con usted.
-Sí podemos -repuso la joven. Ahora va a ser bueno ya.
Estoy pensando en que me sentiré más desdichada que él
291E M I L Y
BRONTE
esta noche si me voy con la idea de haberle perjudicado.
Dime la verdad, Linton. Si mi visita te ha perjudicado, no
debo volver.
-Ahora debes venir para curarme -alegó él-, ya que me
has puesto peor de lo que estaba con tu presencia.
-Yo no he sido la única culpable -contestó la mucha-
cha. Has sido tú con tus arrebatos y tus llantos. Vaya, sea-
mos amigos. ¿Quieres de verdad volver a verme?
-¡Ya te he dicho que sí! -replicó el muchacho con impa-
ciencia. Siéntate y déjame que me recueste en tu regazo.
Mamá lo hacía así cuando estábamos juntos. Estate quieta y
no hables, pero canta o recítame alguna balada, o cuéntame
un cuento. Anda.
Cati recitó la balada más larga que recordaba. Aquello
le agradó mucho. Linton le pidió luego que recitara otra, y
otra después, y así siguió la cosa hasta que el reloj dio las
doce, y sentimos regresar a Hareton, que venía a comer.
-¿Vendrás mañana, Cati? -preguntó él cuando la joven,
contra su voluntad, empezaba a levantarse para irse.
-No -repuse yo-, ni mañana ni pasado.
Pero ella opinaba lo contrario, sin duda, a juzgar por la
expresión que puso Linton cuando ella se inclinó para ha-
blarle al oído.
-No volverá usted, señorita -le dije. No se le ocurrirá
semejante cosa. Mandaré arreglar la cerradura para que no
pueda usted escaparse.
-Puedo saltar por el muro -repuso ella en broma. Elena,
la Granja no es una prisión ni tú un carcelero. Tengo ya casi
diecisiete años y soy una mujer. Y Linton se repondría segu-
292CUMBRES BORRASCOSAS
ramente si yo le cuidara. Tengo más edad y más juicio que
él; no soy tan niña. Él hará lo que yo le diga si le mimo un
poco. Cuando se porta bien, es adorable. ¡Cuánto me gusta-
ría que viviera en casa! Una vez acostumbrados el uno al
otro, no reñiríamos nunca. ¿No te agrada Linton, Elena?
-¿Agradarme? ¡Es el chico más insoportable que he vis-
to en mi vida! Menos mal que no llegará a cumplir veinte
años, según dijo el mismo señor Heathcliff. Mucho dudo
que pueda vivir hasta la primavera. Y no creo que su fami-
lia pierda nada porque se muera. Hemos tenido suerte con
que no se quedara en casa. Cuanto mejor le hubiéramos tra-
tado, más pesado y más egoísta se hubiera vuelto. Celebro
mucho, señorita, que no haya ninguna posibilidad de que él
llegue a ser su esposo.
Mi compañera se puso seria al oírme, ofendida de que
hablase con tanta frialdad de la muerte de su primo.
-Es más joven que yo -repuso-, y lógicamente debiera
vivir más, o, por lo menos, tanto como yo. Está ahora tan
fuerte como cuando vino. No tiene más que un constipado,
igual que papá. Y si dices que papá se pondrá bueno, ¿por
qué no va a ponerse bueno él?
-No hablemos más -dije. Si usted se propone volver a
Cumbres Borrascosas, se lo diré al señor, y si él lo autoriza,
conformes. Si no, no se renovará la amistad con su primo.
-Ya se ha renovado -argumentó Cati ásperamente.
-Pero no continuará -aseguré.
-Ya veremos -replicó. Y espoleando la jaca partió al
galope, obligándome a apresurarme para alcanzarla.
293E M I L Y
BRONTE
Llegamos un poco antes de comer. El señor, creyendo
que veníamos de pasear por el parque, no nos pidió explica-
ciones. En cuanto entré me cambié de zapatos y medias, ya
que tenía empapados unos y otras; pero la mojadura había
producido su efecto, y a la mañana siguiente tuve que guar-
dar cama en la que permanecí tres semanas seguidas, lo que
no me había ocurrido antes, ni, gracias a Dios, me ha vuelto
a suceder.
Mi señorita me cuidó tan solícita y cariñosamente como
un ángel. Quedé muy abatida por el prolongado encierro,
que es lo peor que puede sucederle a un temperamento ac-
tivo. Cati dividía su tiempo entre el cuarto del señor y el
mío. No tenía diversión alguna, no estudiaba ni apenas co-
mía, consagrada a cuidarnos como la más abnegada enfer-
mera.
¡Muy buen corazón debía tener cuando tanto se ocupa-
ba de mí y tanto quería a su padre! Ahora bien: el señor se
acostaba temprano, y yo después de las seis no tenía nece-
sidad de nada, de modo que a Cati le sobraban las horas
siguientes al té. Yo no adiviné lo que la pobrecita hacía
después de esa hora. Y cuando venía a darme las buenas
noches, y notaba el vivo color de sus mejillas, nunca se me
ocurrió que la causa de ello fuera, no el fuego de la biblio-
teca, como suponía, sino una larga carrera a través de los
campos.
294CUMBRES BORRASCOSAS
Capítulo veinticuatro
Pasadas las tres semanas de enfermedad, empecé a salir
de mi cuarto y a andar por la casa. La primera noche pedí a
Cati que me leyese alguna cosa, porque yo me sentía con la
vista fatigada después de la dolencia. Estábamos en la bi-
blioteca, y el señor se había acostado ya. Notando que Cati
cogía mis libros, como a disgusto, le dije que eligiese ella
misma entre los suyos el que quisiese. Lo hizo así y leyó
durante una hora, pero después empezó a interrumpir la
lectura con frecuentes preguntas:
-¿No estás cansada, Elena? ¿No valdría más que te
acostaras? Vas a recaer si estás tanto tiempo levantada.
-No estoy cansada, querida -respondía yo.
Al notarme imperturbable, recurrió a otro método para
hacerme comprender que no tenía ganas de leerme nada.
Bostezó y me dijo:
-Estoy fatigada, Elena.
-No leas más. Podemos hablar un rato -respondí.
Pero el remedio fue peor. La joven estaba impaciente y
no hacía más que mirar el reloj. Al fin, a las ocho, se fue a
295E M I L Y
BRONTE
su alcoba, rendida de sueño, según me dijo. A la noche si-
guiente la escena se repitió, aumentada, y al tercer día me
dejó pretextando dolor de cabeza. Empezó a extrañarme
aquello y resolví ir a buscarla a su aposento y aconsejarla
que se estuviese conmigo, ya que si se sentía fatigada podía
tenderse en el sofá. Pero en su habitación no encontré ras-
tro alguno de ella. Los criados me dijeron que no la habían
visto. Escuché a la puerta del señor. El silencio era absolu-
to. Volví a su habitación, apagué la luz y me senté junto a
la ventana.
Hacía una luna espléndida. Una ligera capa de nieve
cubría el suelo. Pensé que acaso la joven habría resuelto
bajar al jardín a tomar el aire. Al ver una figura que se desli-
zaba junto a la tapia creí que era la señorita, pero cuando
salió de la sombra reconocí a uno de los criados. Durante
un trecho oteó la carretera, después salió de la finca y vol-
vió a aparecer llevando de la brida a M inny.La señorita iba
a su lado. El criado condujo cautelosamente la jaca a la
cuadra. Cati entró por la ventana del salón y subió sigilosa-
mente a la alcoba. Cerró la puerta y se quitó el sombrero.
Cuando estaba despojándose del abrigo yo me levanté de
pronto. Al verme, la sorpresa la dejó inmóvil.
-Mi querida señorita Catalina -le dije, aunque me sentía
tan agradecida por lo bien que me había cuidado que me
faltaban las fuerzas para reprenderla. ¿Adónde ha ido usted
a estas horas? ¿Por qué se empeñó en engañarme? Dígame
dónde ha estado.
-No he ido más que hasta el final del parque -dijo.
-¿No ha ido a otro sitio?
296CUMBRES BORRASCOSAS
-No.
-¡Oh, Catalina! -exclamé disgustada. Bien sabe usted
que ha obrado mal, porque de lo contrario no me diría esa
mentira. No sabe cuánto me afecta. Preferiría estar tres me-
ses enferma, que oír decir una cosa falsa.
Se acercó a mí y me abrazó.
-No te enfades, Elena -me dijo. Te lo contaré todo.
Le prometí que no la reñiría, y nos sentamos junto a la
ventana. Ella empezó su relato.
-Desde que enfermaste, Elena, he ido diariamente a
Cumbres Borrascosas, excepto tres días antes y dos después
de haber salido tú de tu cuarto. A Miguel le soborné para
que me sacase a M innyde la cuadra todas las noches, dán-
dole estampas y libros. No le reñirás a él tampoco, ¿verdad?
Solía llegar a las Cumbres a las seis y media y me estaba dos
horas. Luego volvía a casa galopando. No creas que era una
diversión, más bien me he sentido desgraciada allí en mu-
chas ocasiones. Si acaso, me he sentido feliz a lo sumo una
vez por semana. Como el primer día que te quedaste en
cama yo había convenido con Linton en volver a verle,
aproveché la oportunidad. Pedí a Miguel la llave del parque,
asegurándole que tenía que visitar a mi primo, ya que él no
podía venir porque su presencia no le agradaba a papá.
Después hablamos de lo de la jaca, y le ofrecí libros, sa-
biendo que es aficionado a leer. No puso muchas dificulta-
des en complacerme, porque, además, piensa despedirse
pronto para casarse.
»Cuando llegué a Cumbres Borrascosas, Linton se puso
muy contento. Zillah, la criada, arregló la habitación y en-
297E M I L Y
BRONTE
cendió un buen fuego. Nos dijo que José estaba en la iglesia
y que Hareton se dedicaba a andar con los perros por los
bosques (y, según me enteré después, a apoderarse de nues-
tros faisanes), de modo que nos encontrábamos libres de
estorbos. Zillah me trajo vino y tortas. Linton y yo nos sen-
tamos al fuego y pasamos el tiempo riendo y charlando. Es-
tuvimos planeando los sitios a que iríamos en verano, y...
Bueno, no te hablo de eso, porque dirás que son tonterías.
»Por poco reñimos a propósito de nuestras distintas
opiniones. Él me aseguró que lo mejor para pasar un día de
julio era estar tumbado de la mañana a la noche entre los
matorrales del campo, mientras las abejas zumban alrede-
dor, las alondras cantan y el sol brilla en un cielo claro. Eso
constituye para él el ideal de la dicha. El mío consistía en
columpiarse en un árbol florido mientras sopla el viento de
poniente, y por el cielo corren nubes blancas, y cantan,
además de las alondras, los mirlos, los jilgueros y los cucli-
llos. A lo lejos se ven los pantanos, entre los que se desta-
can umbrías arboledas y la hierba ondula bajo el soplo de la
brisa, y los árboles y las aguas murmuran, reinando la alegría
por doquier. Él aspiraba a verlo todo sumido en la paz, yo
en una explosión de júbilo. Le argumenté que su cielo pare-
cía medio dormido, y él respondió que el mío medio borra-
cho. Le dije que yo me dormiría en su paraíso, y él
respondió que se marcaría en el mío. Al fin resolvimos que
probaríamos ambos sistemas, y nos besamos y quedamos
amigos.
»Estuvimos sentados cosa de una hora, y luego, pen-
sando yo que podríamos jugar en aquel salón tan amplio si
298CUMBRES BORRASCOSAS
quitábamos la mesa, se lo dije a Linton, proponiéndole jugar
a la gallina ciega (como he hecho contigo a veces, ¿te
acuerdas, Elena?) y llamar a Zillah para que se divirtiese
con nosotros. Él no quiso, pero accedió a que jugásemos a
la pelota. En un armario lleno de juguetes viejos encontra-
mos dos. Una tenía marcada una C y otra una H, yo quería
la C, porque significaba Catalina, pero él no quiso la otra
porque estaba medio rota. Le gané siempre, se puso de mal
humor y volvió a sentarse. Le canté dos o tres canciones de
las que tú me has enseñado y recobró el buen humor. Al
irme me rogó que volviese al día siguiente, y se lo prometí.
Monté en Minny y regresamos veloces como el viento. Pasé
la noche soñando en Cumbres Borrascosas y en mi querido
primo.
»Al día siguiente me encontré algo triste, tanto porque
estabas enferma como porque me hubiese agradado que
papá tuviera noticias de mis paseos y consintiera en ellos.
Pero la tristeza se disipó en cuanto estuve a caballo.
»Esta noche me sentiré feliz también -pensaba yo-, y
Linton, mi hermoso Linton, también.
»Cuando subía trotando por el jardín de las Cumbres
salió a mi encuentro aquel Earnshaw, cogió las bridas y aca-
rició el cuello de Minny, diciéndome que era un bonito
animal. Parecía como si esperara que le hablase. Yo le dije
que tuviera cuidado para que la jaca no le diese una coz. Él
contestó, con su tosco acento habitual, que no le haría mu-
cho daño, aunque le cocease, y echó una ojeada a sus patas,
sonriendo. Fue a abrir la puerta, y mientras lo hacía me dijo,
299E M I L Y
BRONTE
señalando a la inscripción, y con una estúpida muestra de
contento:
»-Señorita Catalina, ya sé leer aquello.
»-¡Qué extraordinario! -dije. Ya veo que se va cultivan-
do usted.
»Él deletreó las sílabas de la inscripción: «Hareton Ear-
nshaw."
»-¿Y las cifras? -le pregunté, al ver que se paraba.
»-Eso no lo he aprendido aún -respondió.
» ¡Qué torpe! -dije riendo.
»El muy zafio me miró con asombro, como si no supie-
ra reírse también. No sabía distinguir si se trataba de una
muestra de amistad o de una burla, pero yo le saqué de du-
das aconsejándole que se fuera, ya que iba a buscar a Linton
y no a él. A la luz de la luna pude verle ruborizarse. Se se-
paró de la puerta y desapareció. Era una verdadera imagen
del orgullo ofendido. Sin duda se figuraba que se había ele-
vado a la altura de Linton por aprender a deletrear su nom-
bre, y quedó estupefacto al ver que yo no lo apreciaba así.
-Un momento, señorita -interrumpí. No seré yo quien la
riña, pero no me complace su proceder. Si hubiera pensado
que Hareton es tan primo de usted como Linton, habría
comprendido que obraba usted injustamente. Por lo menos,
la intención de Hareton, al procurar ponerse al nivel de Lin-
ton, ya habla mucho en su favor. Y crea que no aprendió
para lucirse de ello, sino porque antes le había humillado
usted por su ignorancia, y él, rectificándola, quiso hacerse
grato a sus ojos. No obró usted bien burlándose de él. Si a
usted la hubieran criado en las mismas condiciones que él
300CUMBRES BORRASCOSAS
no sería menos torpe. Era un niño inteligente y despierto, y
me duele que se le desprecie sólo porque el villano de Hea-
thcliff le haya rebajado de tal manera.
-Supongo, Elena, que no vas a ponerte a llorar por esto
-exclamó la joven, sorprendida. Espera y verás...
»-Cuando entré, Linton estaba medio tumbado. Se le-
vantó un poco y me saludó.
»-Esta noche no me encuentro bien, querida Catalina -
dijo. Habla y yo te escucharé. Antes de irte tienes que pro-
meterme volver de nuevo.
»Al saber que estaba enfermo, le hablé tan dulcemente
como pude, procurando no incomodarle ni preguntarle na-
da. Yo había llevado un libro, me pidió que le leyera algo, e
iba a complacerle cuando Earnshaw entró de repente ce-
rrando la puerta con violencia. Cogió a Linton por un brazo
y le arrojó al suelo bruscamente.
»-¡Lárgate a tu habitación! -profirió, con la voz airada y
el rostro contraído de rabia. Llévatela contigo, y si viene a
verte, libraos bien de aparecer por aquí. ¡Fuera los dos!
»Y obligó a Linton a irse a la cocina. A mí me amenazó
con el puño. Muy asustada, dejé caer el libro, y él de una
patada lo lanzó fuera de la puerta, que cerró furioso detrás
de nosotros. Oí una maligna risa, y al volverme distinguí
junto al fuego a ese odioso José, que se frotaba las manos y
decía:
» ¡Ya sabía yo que acabaría echándoles fuera! Es todo
un hombre, ¡sí! Y se va espabilando... Él sabe muy bien
quién debía ser el verdadero amo aquí. ¡Ja, ja, ja! Bien les
ha chasqueado, ¿eh?
301E M I L Y
BRONTE
»-¿Adónde vamos? -pregunté a mi primo sin atender al
viejo.
»Linton temblaba y se había puesto pálido. Te aseguro,
Elena, que no estaba nada guapo en aquel momento. Daba
miedo mirarle. Su delgado rostro y sus grandes ojos ardían
de impotente furor. Pulsó el picaporte de la puerta, pero no
pudo abrirla, porque estaba cerrada por dentro.
»José se echó a reír de nuevo burlonamente.
»-¡Ábreme o te mato! -rugió Linton. ¡Te mato, demo-
nio!
»-¡Mira, mira! -dijo el criado. Ahora es el genio del pa-
dre el que habla por su boca. ¡Claro, todos tenemos parte
del padre y parte de la madre! Pero no temas, Hareton, mu-
chacho, no te haré nada...
»Cogí las manos de Linton y quise separarle de la puer-
ta, pero gritó de tal modo que no me atreví a insistir. De
pronto, un terrible ataque de tos apagó sus gritos, echó una
bocanada de sangre por la boca y cayó al suelo. Me precipi-
té al patio, asustadísima, y llamé a Zillah. Ella dejó las va-
cas que estaba ordeñando y corrió hacia mí. Mientras le
explicaba lo sucedido procuré atraerla junto a Linton Ear-
nshaw, que había salido, se llevó a su cuarto al pobre en-
fermo. Zillah y yo le seguimos, pero Hareton me ordenó
que me fuese a casa. Le contesté que él había matado a Lin-
ton, y quise entrar. Pero José cerró la puerta con llave y me
preguntó si me había vuelto tan loca como mi primo. En
fin: yo me quedé allí llorando, hasta que volvió la criada
diciéndome que den-tro de poco estaría mejor y que no ha-
302CUMBRES BORRASCOSAS
bía por qué llorar de aquel modo. Luego me hizo ir al salón
a pesar mío.
»Yo me mesaba los cabellos, Elena. Lloré hasta abra-
sarme los ojos. Y ese rufián que te inspira tantas simpatías
se atrevió a encararse conmigo varias veces, y hasta me or-
denó callar. Le dije que iba a contárselo todo a papá, y que
a él le llevarían a la cárcel y le ahorcarían, lo que le asustó
mucho. Se marchó para ocultar su miedo. Me convencieron
por fin de que me fuera. Cuando yo estaba a unos cien me-
tros de la casa, él apareció de pronto y detuvo a Minny.
»Estoy muy disgustado, señorita Catalina -empezó a
decir-, pero es que...
»Yo, temiendo que quisiera asesinarme, le di un latiga-
zo. Me soltó y profirió horribles maldiciones. Volví a casa al
galope, medio enajenada.
»Aquella noche no te vine a ver ni al día siguiente volví
a Cumbres Borrascosas, aunque lo deseaba mucho. Temía
oír decir que Linton había muerto, y me espantaba la idea
de encontrarme con Hareton. En fin: al tercer día reuní mis
fuerzas y me atreví otra vez a escaparme. Fui a pie, creyen-
do que podría deslizarme sin que me vieran hasta el cuarto
de Linton. Pero los perros delataron mi presencia con sus
ladridos. Zillah me recibió diciéndome que el muchacho
estaba mucho mejor, y me llevó a su cuartito, limpio y bien
alfombrado, donde encontré a Linton leyendo el libro que le
llevé. Pero tenía tan mal humor que se pasó una hora sin
abrir la boca, y cuando al fin lo hizo fue para decirme que
yo era la culpable de todo y no Hareton. Entonces me le-
vanté, y, sin contestarle salí. Me llamó, pero no hice caso y
303E M I L Y
BRONTE
me fui resuelta a no visitarle más. Pero al otro día me resul-
taba tan penoso irme a acostar sin saber de él, que mi deci-
sión se esfumó antes de que llegase a madurar. Cuando
Miguel me preguntó si ensillaba a M inny contesté afirmati-
vamente, y a poco galopaba hacia las colinas. Como para
entrar en el patio tenía que pasar ante la fachada, no era
oportuno ocultar mi presencia.
»-El señorito está en el salón -me dijo Zillah.
»Earnshaw estaba también allí, pero se fue al entrar yo.
Linton estaba medio dormido en un sillón. Le hablé grave-
mente y con toda sinceridad.
»-Mira, Linton: como no me aprecias y te figuras que
vengo a propósito para perjudicarte, no pienso volver más.
Esta es la última vez. Despidámonos, y di al señor Hea-
thcliff que eres tú quien no me quieres ver, para que él no
invente más inexactitudes...
»Siéntate y quítate el sombrero, Cati -repuso. Debías
ser más buena que yo, porque eres más dichosa. Papá habla
tanto de mis defectos, que no te debe extrañar que yo haya
perdido la fe en mí mismo. Cuando pienso en ello siento
tanto dolor y tanta decepción, que aborrezco a todos. Ver-
daderamente, soy despreciable y de tan pésimo carácter,
que creo que harás bien en no volver, Cati. Sin embargo, no
quisiera otra cosa que ser bueno y amable como tú. Segu-
ramente lo sería si tuviera buena salud. Te has portado tan
bien, que te amo tanto como si fuera digno de tu amor. No
puedo impedir el mostrarte como soy; pero lo siento de
verdad, me arrepiento de ello y me arrepentiré mientras vi-
va.
304CUMBRES BORRASCOSAS
»Yo comprendí que hablaba sinceramente y que debía
perdonarle, aunque fuera para pelearnos un instante des-
pués. A pesar de la reconciliación, los dos nos pasamos el
tiempo llorando.
Me dolía pensar en el mal carácter de Linton, que in-
comodaría siempre a sus amigos y le haría padecer a sí
mismo.
»Desde aquella noche le visité siempre en su habita-
ción. Su padre había regresado al día siguiente. Que yo re-
cuerde sólo tres días hemos estado en buena relación y
fuimos felices, el resto de nuestras entrevistas han transcu-
rrido angustiosamente, ora por el egoísmo que Linton de-
muestra, o bien por lo que dice que sufre. Pero me he
acostumbrado ya, y no me disgusto. En cuanto al señor
Heathcliff, procura deliberadamente no encontrarse conmi-
go. El domingo, al llegar, le oí injuriar a Linton por el modo
que había tenido de comportarse conmigo el día anterior.
No sé cómo lo sabría, a no ser que estuviera escuchando.
Linton, en efecto, me había molestado. Yo entré y le dije a
Heathcliff que eso era cosa mía exclusivamente. Él se echó
a reír y me contestó que se alegraba de que yo tomase la
cosa de este modo. Recomendé a Linton que en lo sucesivo
me dijera en voz baja las cosas que pudieran hacer creer a
los demás que reñíamos.
»Ya lo has oído bien, Elena. Si dejo de ir a las Cumbres
habrá dos personas que sufran. Si no se lo dices a papá y
sigo yendo, nadie sufrirá nada. ¿Verdad que no se lo dirás?
Sería una crueldad muy grande.
305E M I L Y
BRONTE
-Ya lo pensaré, señorita -repuse. No quiero contestarle
sin pensarlo.
Y lo pensé en presencia de mi amo, a quien relaté todo
lo sucedido, menos el detalle de las charlas de Linton con
Cati, y sin aludir a Hareton. El señor se disgustó mucho
más de lo que aparentó. A la mañana siguiente supo Cati
que yo había traicionado su secreto y también que las visi-
tas se habían terminado. Lloró y rogó a su padre que se
compadeciese de Linton. Lo más que pudo conseguir fue
que su padre escribiera al muchacho diciéndole que podía
venir a la Granja si gustaba, pero que Cati no volvería a
Cumbres Borrascosas. Y creo que si hubiese sabido cuál era
el carácter y el verdadero estado de salud de su sobrino, ni
siquiera hubiera accedido a darle aquel pequeño consuelo.
306CUMBRES BORRASCOSAS
Capítulo veinticinco
-Todo esto, señor -dijo la señora Dean-, sucedió el in-
vierno pasado. Nunca se me hubiera ocurrido pensar que un
año más tarde, habría yo de distraer con el relato de ello a
un forastero ajeno a la familia. Ahora que, ¿quién sabe si
seguirá usted siendo un extraño siempre? Dudo mucho que
sea posible ver a Cati Linton sin enamorarse de ella. Sí, son-
ríase, pero lo cierto es que se le nota animado cada vez que
la menciono. Además, ¿por qué me ha pedido usted que
cuelgue su retrato sobre la chimenea y...?
-¡Bueno, bueno, amiga mía! -repuse. Suponga que yo
me enamorase de ella. ¿Cree usted que ella se enamoraría
de mí? Lo dudo, y no quiero arriesgarme. Además, yo perte-
nezco al mundo activo y debo volver a él. Vamos, siga con-
tándome.
-Catalina -continuó la señora Dean- obedeció a su pa-
dre, ya que le quería a él más que a nadie. El amo le habló
sin enojo, pero con la natural inquietud de quien se siente
próximo a dejar lo que más quiere entre riesgos y enemigos,
307E M I L Y
BRONTE
y en tales circunstancias, que sólo podría el objeto de su
afecto tener como guía el recuerdo de sus palabras.
A mí me dijo pocos días después:
-Me hubiera agradado que mi sobrino escribiera o vinie-
se. Dime sinceramente tu opinión sobre él, Elena. ¿Ha
mejorado? ¿Puede esperarse que mejore cuando se desarro-
lle?
-Está muy enfermo, señor, y no es fácil que viva. Sí le
puedo asegurar que no se parece a su padre. Si la señorita
Cati se casase con él se dejaría llevar por ella, siempre que
la señorita no extremase su indulgencia hasta la tontería.
Pero ya tendrá usted tiempo de conocerle y de pensar si
conviene o no... Le faltan cuatro años para ser mayor de
edad.
Eduardo suspiró, y a través de la ventana miró hacia la
iglesia de Gimmerton.
El sol de febrero iluminaba débilmente la tarde nebli-
nosa, y a su luz distinguíamos confusamente los abetos y las
lápidas del cementerio.
-A pesar de lo mucho que he rogado a Dios para que
ello sucediera, ahora me asusto -murmuró como para sí.
Creía que el recuerdo de la hora en que bajé a aquella igle-
sia para casarme no sería tan feliz como el pensamiento del
momento en que había de yacer en la fosa. Cati me ha he-
cho muy feliz, Elena. He pasado dichosamente al lado suyo
las veladas de invierno y los días de verano. Pero no he sido
menos feliz cuando erraba entre aquellas lápidas, al lado de
la vieja iglesia, en las tardes de junio, en que me sentaba
junto a la tumba de su madre y pensaba en la hora en que
308CUMBRES BORRASCOSAS
había de ir a reunirme con ella... y ahora, ¿qué me cabe ha-
cer en bien de Cati? Que Linton sea hijo de Heathcliff y se
la lleve, no me importaría nada, si ello pudiera consolarla de
mi falta. ¡Ni siquiera me importa que Heathcliff se conside-
re triunfante! Pero si Linton es un instrumento de su padre,
no puedo abandonarla en sus manos, mucho me duele hacer
sufrir a Catalina, pero es preferible. ¡Hija mía! ¡Preferiría
llevarla yo mismo a la tumba!
-Si usted faltase, lo que Dios no permita -contesté-, yo
seguiré siendo la amiga y la consejera de Cati. Pero ella es
una buena muchacha y no se empeñará en seguir el mal ca-
mino.
Avanzaba la primavera, mas mi amo no se reponía. A
veces paseaba por el parque con su hija, quien lo conside-
raba como una señal de que su padre estaba mejor. Y pen-
saba que curaría al ver encendidas sus mejillas y brillantes
sus ojos.
El día en que la señorita cumplía los diecisiete años, el
señor no fue al cementerio. Llovía. Yo le dije:
-No irá usted esta tarde, ¿verdad?
-Este año no iré más adelante -respondió.
Escribió de nuevo a Linton indicándole que deseaba
verle, y segura estoy de que si el aspecto del chico no hu-
biera sido calamitoso, hubiera ido. Contestó, sin duda acon-
sejado por Heathcliff, diciendo que éste no estaba de
acuerdo con que visitase la Granja; pero que podía encon-
trar a su tío alguna vez que éste saliese de paseo, ya que
deseaba verle. Añadía que le rogaba que no se obstinase en
separarle por más tiempo de Catalina.
309E M I L Y
BRONTE
«No pretendo -decía con sencilla elocuencia- que Cati
me visite aquí, pero le suplico que la acompañe usted algu-
na vez paseando hacia Cumbres Borrascosas y que nos
permita hablar un poco en su presencia. No hemos hecho
nada que justifique esta separación, y usted mismo lo reco-
noce. Querido tío, mándeme una nota mañana diciéndome
en qué sitio que no sea la Granja de los Tordos quiere que
nos encontremos. Espero que usted se convenza de que no
tengo el carácter de mi padre. Él afirma que tengo más de
sobrino de usted que de hijo suyo. Aunque mis defectos me
hagan indigno de Cati, ya que ella me los perdona, usted
debía seguir su ejemplo. Mi salud va mejorando; pero ¿có-
mo voy a curarme mientras esté rodeado de seres que no
me han querido ni querrán nunca?»
A Eduardo le hubiera complacido acceder, pero no se
sentía con fuerzas para acompañar a su hija. Escribió a su
sobrino diciéndole que aplazasen las entrevistas para el ve-
rano, y que, entretanto, no dejase de escribirle, y que él le
aconsejaría y haría en su obsequio cuanto pudiese.
Linton, de por sí, tal vez lo hubiera echado todo a per-
der con sus quejas; pero sin duda le vigilaba su padre, ya
que el muchacho se amoldó a todo, y en sus cartas se limi-
taba a decir que le angustiaba mucho la separación de su
prima, y que deseaba que su padre les procurase una entre-
vista lo antes posible, ya que, si no, pensaría que pretendía
entretenerle con vanas esperanzas.
Tenía en nuestra casa una poderosa aliada en la persona
de Cati, así que entre los dos acabaron convenciendo al se-
ñor de que una vez a la semana les dejase dar un paseo a
310CUMBRES BORRASCOSAS
caballo por los pantanos bajo mi vigilancia. Cuando llegó
junio, el señor se encontraba peor aún. Cada año guardaba
una parte de sus rentas para aumentar los bienes de su hija;
pero sentía el natural deseo de que ella, cuando él faltase,
no tuviese que abandonar la casa paterna. El mejor medio
de conseguirlo era que se casase con el heredero legal. No
podía suponer que el joven Linton se consumía casi tan rá-
pidamente como él, porque como ningún médico iba a las
Cumbres, no había posibilidad de saber noticia alguna del
verdadero estado del muchacho. Yo misma, viendo que él
hablaba de pasear a caballo por los pantanos con tanta se-
guridad, creí que acaso se engañasen mis suposiciones, por-
que no me cabía en la cabeza que un padre tratase con tal
crueldad a un hijo moribundo, como luego averigüé que
Heathcliff le había tratado, empeñándose en que sus planes
se realizaran antes de que la muerte del muchacho los impi-
diera.
311E M I L Y
BRONTE
Capítulo veintiséis
A principios de verano, Eduardo, aunque de mala gana,
accedió a que los primos se entrevistasen. Salimos Cati y
yo. El día era bochornoso y sin sol, mas no amenazaba llu-
via. Nos habíamos citado en el hito de piedra de la encru-
cijada. Pero no encontramos a nadie allí. Llegó a corto rato
un muchachito y nos dijo que el señorito Linton estaba un
poco más allá y que nos agradecería muchísimo que nos
acercásemos algo.
-El señorito Linton -repuse- ha olvidado que su tío pu-
so como condición que las entrevistas fueran en terrenos de
la Granja.
-Podemos hacerlo -dijo Cati- viniendo hacia aquí cuan-
do nos encontremos.
Le avistamos a medio kilómetro de su casa, tumbado
sobre los matorrales. No se levantó hasta que estuvimos
muy cerca de él. Nos apeamos, y él dio unos pasos hacia
nosotras. Estaba tan pálido y parecía tan débil, que no pude
por menos de exclamar:
312CUMBRES BORRASCOSAS
-Pero, ¡señorito Linton, hoy no está usted para pasear!
Me parece que se encuentra usted muy enfermo.
Cati le miró, asombrada y entristecida, y la bienvenida
que le preparaba se convirtió en una pregunta de si se ha-
llaba peor que otras veces.
-Estoy mejor -respondió él, ahogándose, temblando,
mientras le cogía la mano, como en busca de apoyo, y fijaba
en ella sus ojos azules.
-Entonces es que has empeorado desde la última vez
que te vi -insistió su prima. Estás más delgado, y...
-Es que estoy cansado -repuso el joven. Sentémonos:
hace demasiado calor para pasear. Suelo encontrarme mal
por las mañanas. Papá dice que es que estoy creciendo muy
deprisa.
Cati, disgustada, se sentó, y él se acomodó a su lado.
-Esto se parece al paraíso que tú anhelabas -dijo la joven,
esforzándose en bromear. ¿No te acuerdas que convinimos
en pasar dos días, uno como a ti te agradara y otro a mi gus-
to? Lo de hoy es tu ideal, aparte de que hay nubes; pero eso
resulta más bonito que el sol... Si la semana que viene te
encuentras bien, iremos a caballo al parque de la Granja y
pondremos en práctica mi concepto del paraíso.
Se notaba que Linton no recordaba nada de lo que ella
le decía, y que le costaba mucho trabajo mantener una con-
versación. Demostraba tal falta de interés, que Cati no po-
día ocultar su desilusión. La volubilidad del joven, que, con
mimos y caricias, solía hacerse acreedor al cariño, se había
convertido ahora en una apática dejadez. En lugar de su
desgana infantil de antes, se apreciaba en él el pesimismo
313E M I L Y
BRONTE
amargo del enfermo incurable que no quiere ser consolado y
que considera insultante la alegría de los demás. Catalina
reparó que él consideraba nuestra compañía más como una
carga que como un placer, y no vaciló en proponer que nos
marcháramos. Linton, al oírlo, cayó en una extraña agita-
ción. Miró horrorizado en dirección de las Cumbres, y nos
rogó que permaneciéramos con él media hora más.
-Yo creo -dijo Cati- que en tu casa te encontrarás mejor
que aquí. Hoy no te entretienen mi conversación, ni mis
canciones, ni nada... En estos seis meses te has hecho más
formal que yo. Ahora, que si creyese que ello te divertía, me
quedaría contigo con mucho gusto.
-Quédate un poco más, Cati -dijo el joven. No digas
que estoy mal, ni lo pienses. Es el calor y el bochorno que
me abruman. Antes de llegar tú, he andado mucho. No di-
gas al tío que me encuentro tan mal. Dile que estoy bastan-
te bien. ¿Lo harás?
-Le diré que me lo has dicho así, Linton. Pero no puedo
asegurarle que estés bien -dijo, extrañada, la señorita.
-Vuelve a verme el jueves, Cati -murmuró él, esquivan-
do su mirada. Y dale muchas gracias al tío por haberte de-
jado venir. Y, mira...: si te encuentras a mi padre, no le
digas que he estado taciturno, porque se enfadaría si...
-No me importa que se enfade -repuso Cati, creyendo
que el enfado sería hada ella.
-Pero a mí, sí -contestó, estremeciéndose, su primo. No
le hagas que se disguste conmigo, Cati, porque le temo.
-¿Así que es severo con usted, señorito? -intervine yo.
¿De modo que se ha cansado de ser tolerante?
314CUMBRES BORRASCOSAS
Linton me miró y guardó silencio. Inclinó la cabeza so-
bre el pecho, y durante diez minutos le oímos suspirar. Cati
se entretenía en coger arándanos, y los repartía conmigo, sin
ofrecerle a él por no incomodarle.
-¿Ha transcurrido ya la media hora, Elena? -me pregun-
tó Cati al oído. Yo creo que no debemos quedarnos más.
Linton se ha dormido, y papá nos espera.
-Tenga usted paciencia hasta que se despierte -
respondí-. ¡Qué prisa tiene en irse! Tanta como impaciencia
tenía por reunirse con él.
-¿Para qué quería verme? -contestó Catalina. Yo prefe-
riría que estuviese como antes, a pesar de su mal humor de
entonces. Da la impresión de que me quiere ver únicamente
por complacer a su padre. Y no me agrada venir sólo por
ese motivo. Me alegro de que Linton esté mejor, pero siento
que se haya vuelto menos cariñoso conmigo.
-¿Usted cree que está mejor? -pregunté.
-Creo que sí -repuso-, porque ya sabes cuánto le gusta-
ba exhibir sus propios sufrimientos. No es que esté tan bien
como me ha rogado que diga a papá, pero debe de estar
mejor.
-A mí me parece, señorita -contesté -, que está mucho
peor.
Linton despertó en aquel momento, sobresaltado, y
preguntó si alguien le había llamado por su nombre.
-No -dijo Cati. Debes de haberlo soñado. No compren-
do cómo puedes dormirte en el campo sobre todo por la
mañana.
315E M I L Y
BRONTE
-Me pareció oír a mi padre -dijo él. ¿Estás segura de
que no me ha llamado nadie?
-Segurísima -dijo su prima. Únicamente hablamos Ele-
na y yo acerca de ti. Dime, Linton: ¿estás en realidad más
fuerte que en el invierno? Porque si lo estás, es bien seguro
que me quieres menos... Anda, dime: ¿estás mejor?
Linton rompió en lágrimas al contestar:
-Sí...
Y seguía mirando a un lado y a otro, bajo la obsesión de
la voz de su padre.
Cati se puso en pie.
-Tenemos que marcharnos -le afirmó-, y me voy muy
decepcionada. Pero a nadie se lo diré. No te figures que por
miedo al señor Heathcliff.
-¡Cállate! -murmuró Linton. Mira: Allí está.
Cogió el brazo de Cati y quiso retenerla, pero ella se
soltó presurosamente y llamó a M inny,que acudió ensegui-
da.
-¡El jueves volveré, Linton! -gritó. ¡Adiós! ¡Vamos,
Elena!
Y nos fuimos. Él casi no reparó en nuestra marcha.
Tanta era la preocupación que le producía la llegada de su
padre.
En el camino, Cati sintió, en lugar del disgusto que la
había invadido, una especie de compasión y sentimiento,
combinado con dudas sobre las verdaderas circunstancias
mentales y físicas en que se hallaba Linton. Yo participaba
de ellas, pero le aconsejé que reservásemos nuestro juicio
hasta la siguiente entrevista. El señor nos pidió que le con-
316CUMBRES BORRASCOSAS
táramos lo sucedido. Cati se limitó a transmitirle la expre-
sión de la gratitud de su sobrino, refiriéndose muy somera-
mente a lo demás. Yo la imité, porque, en realidad, no sabía
qué decir.
317E M I L Y
BRONTE
Capítulo veintisiete
Pasaron otros siete días, y en el curso de ellos el estado
de salud de Eduardo Linton fue empeorando de día en día.
De hora en hora se agravaba tanto como antes en un mes.
Procurábamos, sin resultado, engañar a Cati. Ella adivinaba
la terrible probabilidad, que de minuto en minuto se con-
vertía en certidumbre. El jueves siguiente no se atrevió a
hablar a su padre de la cita, y lo hice yo. El mundo de Cati
estaba reducido a la biblioteca y a la alcoba de su padre. Su
rostro, con tantas vigilias y disgustos, había palidecido. Así
pues que el señor nos autorizó, gustoso, a hacer aquella ex-
cursión, que, según él pensaba, ofrecería un cambio en la
vida habitual de su hija. El señor se consolaba esperando
que, después que él faltase, ella no quedaría sola del todo.
Según entendí, el señor Linton creía que su sobrino se
le parecía en lo moral tanto como en lo físico. Naturalmen-
te, las cartas de Linton no hacían referencia alguna a sus
propios defectos. Claro está que yo tenía la debilidad, dis-
culpable, de no sacarle de su error, pues de nada hubiera
318CUMBRES BORRASCOSAS
servido amargarle sus últimos momentos con cosas que no
podían remediarse.
Salimos por la tarde, una dorada tarde de agosto. La
brisa de las colinas era tan saludable, que dijérase que tenía
el poder de hacer revivir a un moribundo. En el rostro de
Cati se reflejaba el paisaje: sombra y luz brillaban a inter-
valos en él, pero el sol se disipaba pronto, y se notaba que
su pobre corazoncito se reprochaba el haber abandonado,
siquiera fuese por poco tiempo, el cuidado de su querido
padre.
Vimos a Linton esperando donde la otra vez. Cati echó
pie a tierra y me dijo que, como se proponía estar allí poco
tiempo, valía más que yo no me apease siquiera y que me
quedase allí mismo al cuidado de la jaca. Pero yo la acom-
pañé, porque no quería alejarme ni un momento del tesoro
que estaba confiado a mi custodia. Linton nos recibió con
más animación que la otra vez, aunque no revelaba ni ener-
gía ni satisfacción, sino más bien temor.
-¡Cuánto has tardado! -dijo-: Creí que no ibas a venir...
¿Está mejor tu padre?
-Debías serme sincero -indicó Catalina- y decirme fran-
camente que no te hago falta. ¿Por qué me haces venir si
sabes que esto no vale más que para disgustarnos?
Linton tembló de pies a cabeza, y la miró suplicante y
avergonzado; pero ella no estaba en humor de soportar su
extraña conducta.
-Mi padre está muy enfermo -siguió Cati. Si no tenías
ganas de que te viniese a ver, debiste haberme avisado, y
así, no habría tenido que separarme de papá. Explícate cla-
319E M I L Y
BRONTE
ramente: no andemos con tonterías. No voy a estar andan-
do de la ceca a la meca por esas afectaciones tuyas.
-¡Mis afectaciones! -murmuró el muchacho. ¿A qué
afectaciones te refieres, Cati? No te enfades, ¡por Dios! ...
Despréciame si quieres, porque verdaderamente soy des-
preciable; pero no me odies. Reserva el odio para mi padre.
Respecto a mí, debe bastarte con el desdén.
-¡Chico!, ¿Qué absurdo estás diciendo? -exclamó Cati,
excitada. ¿Pues no estás temblando? ¡Cualquiera diría que
teme que le pegue! Anda, vete... Es una barbaridad hacerte
salir de casa con el propósito de que... ¿De qué? ¿Qué nos
proponemos? ¡Suéltame la ropa! Nunca debiste haberte
manifestado complacido de la compasión que yo sentía ha-
cia ti cuando te veía llorando. Elena, dile tú que ese proce-
der suyo es vergonzoso. Levántate. ¡No te arrastres como
un reptil!
Linton, sollozante, se había dejado caer en el suelo, y
parecía sentir un terror convulsivo.
-¡Oh, Cati! -exclamó, llorando. Estoy procediendo co-
mo un traidor, si, pero si tú me dejas, ellos me matarán.
Querida Cati: mi vida depende de ti. ¡Y tú has dicho que
me amabas! ¡No te vayas, mi buena, mi dulce y amada Cati!
Si tú quisieras,... él me dejaría morir a tu lado.
Viéndole tan acongojado, la señorita se compadeció.
-¿Si yo quisiera el qué? -preguntó. ¿Quedarme? Explí-
cate y te complaceré. Me vuelves loca con todo lo que di-
ces. Ábreme tu corazón, Linton. ¿Verdad que no te
propones ofenderme? ¿No es cierto que evitarías que me
hiciesen daño alguno si estuviera en tu mano? Yo creo que
320CUMBRES BORRASCOSAS
para ti mismo eres, en efecto, cobarde; pero que no serías
capaz de traicionar a tu mejor amiga.
-Mi padre me ha amenazado -declaró el muchacho, y le
tengo miedo... ¡No, no me atrevo a decírtelo!
-Pues guárdatelo -contestó Cati desdeñosamente. Yo no
soy cobarde. Ocúpate de ti. Yo por mí no tengo miedo.
Él se echó a llorar y comenzó a besar las manos de la
joven, pero no se resolvió a hablar. Yo, por mi parte, medi-
taba en aquel misterio, y había resuelto en mi interior que
ella no padeciese ni por Linton ni por nadie. Entretanto, oí
un ruido entre los matorrales y vi al señor Heathcliff, que se
dirigía hacia nosotros. Aunque oía, sin duda, los sollozos de
Linton, no miró a la pareja, sino que me habló a mí, em-
pleando el tono casi amistoso con que siempre me trataba,
creo que sinceramente, y me dijo:
-Me alegro de verte, Elena. ¿Cómo os va? -y agregó en
voz baja-: Me han dicho que Eduardo Linton se está mu-
riendo. ¿Es tal vez una exageración?
-Es absolutamente cierto -repuse-, y si para nosotros es
muy triste, creo que para él constituye una dicha.
-¿Cuánto tiempo crees que vivirá? -me preguntó. -No
sé.
-Es que -prosiguió, mirando a Linton, que no se atrevía
ni a levantar la cabeza (y la propia Cati parecía estar en el
mismo caso bajo el poder de su mirada)- se me figura que
este muchacho va a darme mucho que hacer aún, y sería de
desear que su tío se largase de este mundo antes que él.
¿Cuánto hace que este cachorro se dedica a esos lloros? Ya
321E M I L Y
BRONTE
le he dado algunas leccioncitas de llanto. ¿Suele encontrar-
se a gusto con la muchacha?
-¿A gusto? Lo que se muestra es angustiadísimo. Creo
que, en vez de pasear por el campo con su novia, debía es-
tar en la cama cuidadosamente atendido por un médico.
-Así sucederá dentro de dos días -respondió Heathcliff.
¡Linton, levántate! ¡No te arrastres por el suelo!
Linton había vuelto a dejarse caer, sin duda asustado
por la mirada de su padre. Trató de obedecerle, pero sus
escasas fuerzas se habían agotado, y volvió a caer lanzando
un gemido. Su padre le incorporó y le hizo recostarse sobre
un pequeño talud recubierto de césped.
-Levántate, maldito -dijo brutalmente, aunque procura-
ba reprimirse.
-Lo intentaré, padre -respondió, jadeando-; pero déjame
solo. Cati, dame la mano. Ella te podrá decir que... estuve
alegre, como tú querías.
-Cógete a mi mano -respondió Heathcliff. Cati ahora te
dará el brazo. ¡Así! Sin duda, pensará usted, joven, que soy
el diablo cuando tanto me teme. ¿Quiere usted acompa-
ñarle hasta casa? En cuanto le toco, se echa a temblar...
-Querido Linton -manifestó Catalina-, no puedo acom-
pañarte hasta Cumbres Borrascosas, porque papá no me lo
permite. Pero tu padre no te hará nada. ¿Por qué le temes?
-No entraré más en esa casa -aseguró él- si no me
acompañas tú.
-¡Silencio! -gritó su padre. Es preciso respetar los es-
crúpulos de Catalina. Elena, acompáñale tú. Será preciso
que siga tus consejos: llamaremos al médico.
322CUMBRES BORRASCOSAS
-Acertará usted -contesté- pero el acompañar a su hijo
no me es posible. Tengo que quedarme con mi señorita.
-Sigues tan altanera como de costumbre -comentó Hea-
thcliff. Y, ya que no te compadeces del chiquito, vas a ha-
cerme que le pinche sin quererlo. ¡Ea!, valiente, ven acá.
¿Quieres volver conmigo a casa?
E hizo ademán de sujetar al joven; pero él se apartó, se
cogió a su prima y le suplicó, frenético, que le acompañase.
Verdaderamente resultaba difícil negarse a lo que se pedía
de tal modo. Las causas de su terror permanecían ocultas;
pero lo cierto es que el muchacho estaba espantado y con
todas las apariencias de volverse loco si el acceso nervioso
aumentaba.
Llegamos, pues, a la casa. Cati entró y yo permanecí
fuera esperándola, pero el señor Heathcliff me empujó y me
forzó a entrar, diciéndome:
-Mi casa no está apestada, Elena. Me siento hospitala-
rio. Pasa. Con tu permiso, voy a cerrar la puerta.
Y echó la llave. Yo sentí un vuelco en el corazón.
-Tomaréis el té antes de volveros -siguió diciendo. Hoy
estoy solo. Hareton ha salido con el ganado, y Zillah. y José
se han ido a divertirse. Yo estoy acostumbrado a la soledad;
pero cuando encuentro buena compañía, lo prefiero. Siénte-
se junto al muchacho, señorita Linton. Ya ve que le ofrezco
lo que tengo, me refiero a Linton, y si no es gran cosa, lo
lamento mucho. ¡Cómo me mira usted! Es curioso que
siempre me siento atraído hacia los que parecen temerme.
De vivir en un país menos escrupuloso y donde la ley fuera
323E M I L Y
BRONTE
menos rígida, creo que me dedicaría a hacer la vivisección
de esos dos como entretenimiento vespertino.
Dio un puñetazo en la mesa y exclamó:
-¡Voto a... !¡Les odio!
-No tengo miedo de usted -dijo Cati, que no había per-
cibido la última parte de la charla de Heathcliff.
Y se acercó a él. Brillaban sus ojos.
-¡Venga la llave! -exigió. No comeré aquí aunque me
muera de hambre.
Heathcliff cogió la llave y se quedó mirando a Cati,
sorprendido. La joven se precipitó sobre él y casi logró
arrancársela. Heathcliff reaccionando, aferró la llave.
-Sepárese de mí, Catalina Linton -ordenó-, o la tiro al
suelo de un puñetazo, por mucho que ello conturbe a la se-
ñora Dean.
Pero ella, sin atenderle, volvió a agarrarse a la llave.
-¡Nos iremos! -exclamó. Y viendo que con las manos y
las uñas no lograba hacer abrir la mano cerrada de Hea-
thcliff, le clavó los dientes. Heathcliff me lanzó una mirada
que me paralizó momentáneamente. Cati, atenta a sus de-
dos, no le veía la cara. Entonces él abrió la mano. y soltó la
llave, pero a la vez cogió a Cati por los cabellos, la derribó
de rodillas y le golpeó violentamente la cabeza. Aquella
diabólica brutalidad me puso fuera de mí. Me lancé hacia él
gritando:
- ¡Villano, villano!
Pero un golpe en pleno pecho me hizo enmudecer. Co-
mo soy gruesa, me fatigo en seguida, y entre la rabia que me
dominaba y una cosa y otra sentí que el vértigo me ahogaba
324CUMBRES BORRASCOSAS
como si se me hubiera roto una vena. Todo concluyó en
dos minutos. Cati, al quedar suelta, se llevó las manos a las
sienes, cual si creyese que ya no tenía la cabeza en su sitio.
Temblando como un junco, la pobrecita fue a apoyarse en
la mesa.
-Ya ves -dijo el malvado, agachándose para coger la lla-
ve que había caído al suelo- que sé castigar a los niños tra-
viesos. Ahora vete con Linton y llora cuanto se te antoje.
Dentro de poco seré tu padre, y tu único padre, además, y
cosas como las de hoy te las encontrarás con frecuencia,
puesto que no eres débil y estás en condiciones de aguantar
lo que sea... ¡Cómo vuelva ese mal genio a subírsete a la
cabeza, tendrás todos los días una ración como la de ahora!
Cati corrió hacia mí, inclinó su cabeza sobre mi regazo
y rompió a llorar. Su primo permanecía silencioso en un rin-
cón, contento, al parecer, de que la tormenta hubiera des-
cargado sobre cabeza distinta a la suya. Heathcliff se
levantó, y él mismo preparó el té. El servicio ya estaba dis-
puesto. Vertió la bebida en las tazas.
-Fuera tristeza -me dijo, ofreciéndome una taza-, y sirve
a esos niños traviesos. No tengas miedo; no está envenena-
da. Me voy a buscar vuestros caballos.
En cuanto se fue, comenzamos a buscar una salida. Pe-
ro la puerta de la cocina estaba cerrada, y las ventanas eran
excesivamente angostas, incluso para la esbeltez de Cati.
-Señorito Linton -dije yo-, ahora va usted a decirnos
qué es lo que su padre se propone, y de lo contrario cuente
que yo le vapulearé a usted como él ha hecho con su prima.
325E M I L Y
BRONTE
-Sí, Linton, dínoslo -agregó Catalina. Todo ha sucedido
por venir a verte, y si te niegas a hablar serás un ingrato.
-Dame el té y luego te lo diré -repuso el joven. Señora
Dean, márchese un momento. Me molesta tenerla siempre
delante. Cati, te están cayendo las lágrimas en mi taza. No
quiero ésa. Dame otra.
Cati le entregó otra y se limpió las lágrimas. Me molestó
la serenidad del muchacho. Comprendí que había sido ame-
nazado por su padre con un castigo si no lograba atraernos
a aquella encerrona, y que, una vez conseguido, no temía ya
que cayese sobre él mal alguno.
-Papá quiere que nos casemos -dijo, después de beber
un sorbo de té. Y como sabe que tu padre no lo permitirá
ahora, y, además el mío tiene miedo de que yo me muera
antes, es preciso que nos casemos mañana por la mañana.
Así que tienes que quedarte toda la noche aquí y luego de
hacer lo que quiere mi padre venir a buscarme al día si-
guiente y llevarme contigo.
-¿Llevarle con ella? -exclamé. ¿Ese hombre está loco o
cree que los demás somos idiotas? Pero ¿es posible que us-
ted se imagine que esta robusta y hermosa joven se va a
casar con un miserable desdichado como usted? ¿Se figura
que nadie en el mundo le aceptaría a usted por marido? Se
merece usted una buena zurra por habernos hecho venir
con sus cobardes mañas y... ¡No me mire así, porque tengo
ganas de castigar su maldad y su estupidez con una paliza!
Le di un empujón y sufrió un ataque de tos. Enseguida
empezó a llorar. Cati me impidió hacerle nada.
326CUMBRES BORRASCOSAS
-¡Quedarme aquí toda la noche! -dijo. ¡Si es preciso,
quemaré la puerta para salir!
E iba a poner en práctica su amenaza. Pero Linton,
asustado por las consecuencias que ello acarrearía para él,
se incorporó, la sujetó entre sus débiles brazos y dijo entre
lágrimas:
-¿No quieres salvarme, Cati? ¿No quieres llevarme con-
tigo a la Granja? No me abandones, Catalina. Debes obede-
cer a mi padre.
-Debo obedecer al mío -replicó ella. ¿Qué ocurriría si
yo pasase toda la noche fuera de casa? Ya debe de estar an-
gustiado viendo que no vuelvo. He de salir de aquí a toda
costa. Tranquilízate, no te pasará nada. Pero no te opongas,
Linton. A mi padre le quiero más que a ti.
El muchacho sentía tanto miedo a Heathcliff, que se
sintió hasta elocuente. Cati, a punto de enloquecer, rogó a
Linton que dominase su vergonzoso miedo. Y, entretanto,
nuestro carcelero volvió a entrar.
-Vuestros caballos se han escapado -anunció. Pero,
¡Linton! ¿Estás llorando otra vez? ¿Qué te ha hecho tu pri-
ma? Anda, vete a acostar. Dentro de poco podrás devolver
a tu prima sus violencias. Suspiras de amor, ¿eh? ¡Claro, no
hay nada mejor en el mundo! Bueno, acuéstate. Zillah no
está hoy aquí, así que tendrás que arreglártelas solo. ¡Silen-
cio! Cuando estés acostado no temas que yo vaya. Has te-
nido la fortuna de hacer bastante bien las cosas. Yo me
ocuparé del resto.
Mientras hablaba, había abierto la puerta de la habita-
ción de su hijo, y éste penetró por ella con el aspecto de un
327E M I L Y
BRONTE
perro temeroso de un castigo. Cuando la puerta se hubo
cerrado tras él, Heathcliff se acercó al fuego, junto al cual
nosotras permanecíamos silenciosas. Cati levantó la mirada,
y de un modo instintivo se llevó la mano a la mejilla al ver
acercarse a Heathcliff. Él la miró y dijo:
-Conque no me temías, ¿eh? Pues ahora tu valentía está
bien escondida. Pareces terriblemente asustada.
-Claro que lo estoy -respondió la joven-, porque si me
quedo aquí, papá se llevará un disgusto horrible. ¡Oh, no
quiero causárselo cuando él se encuentra como está! ... Se-
ñor Heathcliff, déjeme marchar. Me casaré con Linton. Pa-
pá está conforme. ¿Para qué obligarme a lo que estoy
dispuesta a hacer?
-¡Que la obligue, si se atreve! -grité. Hay leyes, gracias a
Dios. ¡Las hay, hasta en este rincón del mundo! ¡Yo misma
lo denunciaría! ¡Lo haría aunque fuese mi propio hijo! ¡Qué
canallada!
-¡Silencio! -ordenó el malvado. ¡Demonio con el albo-
roto! No me interesa oíros. Catalina, me alegraría extraordi-
nariamente saber que tu padre está desconsolado. La
satisfacción no me dejaría dormir. No podías haber encon-
trado mejor medio para persuadirme a que te retenga vein-
ticuatro horas en mi casa. Y respecto a casarte con Linton,
es bien cierto que sucederá, puesto que no saldrás de aquí
hasta haberlo hecho.
-Entonces envíe a Elena a decir que no me pasa nada, y
cáseme ahora mismo -dijo Catalina, llorando con descon-
suelo. ¡Pobre papá! Va a pensar que nos hemos perdido.
¿Qué haremos, Elena?
328CUMBRES BORRASCOSAS
-Tu padre se figurará que te has cansado de cuidarle y
que te has ido a expansionarte un poco -contestó Hea-
thcliff. No negarás que has entrado en mi casa voluntaria-
mente, aunque él te lo tenía prohibido. Y es muy natural
que te aburras de cuidar a un enfermo que, al fin y al cabo,
no es más que tu padre. Mira, Catalina: cuando naciste, tu
padre había dejado ya de ser feliz. Probablemente te mal-
dijo por venir al mundo (y yo lo hice también, desde luego)
justo es, pues, que te maldiga al salir de él. Yo le imitaré.
Puedes estar segura de que disto mucho de quererte. Llora,
llora, ésta será en adelante tu principal distracción. ¡A no
ser que Linton te consuele, como parecía esperar tu previ-
sor padre! Me divertí de verdad leyendo sus cartas a Linton,
con sus consejos y los ánimos que le daba. En su última
carta encarecía a mi joya que cuidase de la suya cuando la
tuviera en su poder. ¡Qué cariñoso y qué paternal! Pero Lin-
ton tiene necesidad de su capacidad de afecto para sí mis-
mo. Y sabrá muy bien hacer el papel de tiranuelo
doméstico. Es muy capaz de atormentar a todos los gatos
que se le presenten, siempre y cuando se les limen los dien-
tes y se les corten las uñas. ¡Cuándo vuelvas a tu casa po-
drás contar a su tío mucho sobre sus gentilezas!
-Tiene usted razón -dije. Explíquele a Cati que el carác-
ter de su hijo se parece al de usted, y supongo que la señori-
ta Catalina lo pensará otra vez antes de consentir en
contraer matrimonio con semejante reptil...
-Por ahora no tengo ganas de hablar de sus buenas cua-
lidades -repuso él. O le acepta, o se queda encerrada aquí, y
tú con ella, hasta que se muera tu amo. Puedo teneros aquí
329E M I L Y
BRONTE
tan ocultas como haga falta. ¡Y si lo dudas, anímala a que
rectifique, y verás!
-No rectificaré -intervino Cati. Si es preciso, me casaré
ahora mismo, con tal de poder ir enseguida a la Granja. Se-
ñor Heathcliff, es usted un hombre cruel, pero no un demo-
nio, y creo que no se propondrá por maldad destrozar mi
felicidad de un modo irreparable. Si papá cree que he huido
de su lado y muere antes de mi regreso, no podré soportar la
vida. Mire: no lloro ya, pero me arrodillo ante usted y no me
levantaré ni apartaré mi vista de su rostro hasta que usted
me mire. ¡Míreme, no vuelva la cara! No estoy ofendida
porque me haya usted pegado. ¿No ha amado nunca a na-
die, tío? ¿Nunca? Míreme, y si me ve tan desdichada, no
podrá por menos de compadecerme.
-¡Suéltame y apártate, o te pateo! -gritó Heathcliff. ¡No
sueñes con halagarme! ¡Te odio!
Y una sacudida recorrió su cuerpo, como si, en efecto,
el contacto de Catalina le repugnase. Me puse en pie y me
preparé a lanzarle un torrente de insultos; pero al primero
que proferí me amenazó con encerrarme en una habitación
a mí sola, y hube de callar. Mientras tanto, empezaba a os-
curecer. A la puerta sentimos ruido de voces. Heathcliff se
precipitó fuera. Conservaba su perspicacia, bien al contrario
que nosotras. Le oímos hablar con alguien dos o tres minu-
tos. Volvió solo al cabo de un rato.
-Creí -dije a Cati- que sería su primo Hareton. ¡Si llega-
ra, tal vez se pusiese de nuestra parte!
-Eran tres criados de la Granja -replicó Heathcliff, que
me oyó. Podías haber abierto la ventana y chillar. Pero es-
330CUMBRES BORRASCOSAS
toy seguro que esa muchacha se alegra de que no lo hayas
hecho. En el fondo celebra tener que quedarse.
Ambas comenzamos a lamentarnos de la ocasión que
habíamos perdido. A las nueve nos mandó que subiésemos
al cuarto de Zillah. Yo aconsejé a mi compañera que obe-
deciésemos, pues tal vez desde allí podríamos salir por la
ventana o una claraboya. Pero la ventana era muy estrecha,
y una trampilla que daba al desván estaba bien cerrada, de
modo que nuestros intentos fueron inútiles. Ninguna de las
dos nos acostamos. Cati se sentó junto a la ventana espe-
rando que llegase la aurora, y sólo respondía con suspiros a
mis ruegos de que descansase un poco. Por mi parte, me
senté en una silla y comencé a hacer un severo examen de
conciencia sobre mis faltas, de las que me imaginaba que
provenían todas las desventuras de mis amos.
Heathcliff vino a las siete y preguntó si la señorita esta-
ba levantada. Ella misma corrió a la puerta y contestó afir-
mativamente.
-Vamos, pues -dijo Heathcliff, llevándosela fuera.
Quise seguirla, pero cerró la puerta con llave. Le rogué
me soltase.
-Ten un poco de paciencia -contestó. Dentro de un rato
te traerán el desayuno.
Golpeé la puerta furiosamente y sacudí con fuerza el
picaporte. Cati inquirió los motivos de prolongar mi encie-
rro. Él repuso que duraría una hora más. Y los dos se fue-
ron. Al cabo de dos o tres horas oí pasos, y una voz que no
era la de Heathcliff me dijo:
-Te traigo comida. Abre.
331E M I L Y
BRONTE
Obedecí, y vi a Hareton, que traía provisiones para to-
do el día.
-Toma -dijo, entregándomelas.
-Atiéndeme un minuto -comencé a decir.
-No -respondió, marchándose sin hacer caso de mis sú-
plicas.
Todo el día y la noche siguientes seguí encerrada. Pero
mi prisión se prolongó más aún: cinco noches y cuatro días
en total. A nadie vi sino a Hareton, que venía todas las ma-
ñanas. Cumplía bien su papel de carcelero, ya que era in-
sensible, sordo y mudo a todo intento de excitar sus
instintos de justicia o su compasión.
332CUMBRES BORRASCOSAS
Capítulo veintiocho
La mañana -mejor dicho, la tarde- del quinto día sentí
aproximarse a la habitación un paso breve y ligero, y Zillah
penetró en el aposento, ataviada con su chal encarnado y
con su sombrero de seda negra y llevando una cestilla col-
gada al brazo.
-¡Oh, querida señora Dean! -exclamó al verme. ¿No sa-
be usted que en Gimmerton se asegura que se había usted
ahogado en el pantano del Caballo Negro, con la señorita?
Lo creí hasta que el amo me dijo que las había encontrado y
las había hospedado aquí. ¿Cómo está usted? ¿Qué les pa-
só? Encontrarían ustedes alguna isla en el fango, ¿no es
eso? ¿Las salvó el amo, señora Dean? En fin: lo importante
es que no ha padecido usted mucho, por lo que veo.
-Su amo es un canalla -contesté-, y esto le costará caro.
El haber inventado esa historia no le servirá de nada. ¡Ya se
sabrá todo!
- ¿Qué quiere usted decir? -exclamó Zillah. En todo el
pueblo no se hablaba de otra cosa. Como que al entrar dije
a Hareton: «¡Qué lástima de aquella mocita y de la señora
333E M I L Y
BRONTE
Dean, señorito! ¡Qué cosas pasan!» Hareton me miró asom-
brado, y entonces le conté lo que se rumoreaba en el pue-
blo. El amo estaba oyéndonos, y me dijo:
»“Sí, Zillah, cayeron en el pantano, pero se salvaron.
Elena Dean está instalada en tu cuarto. Cuando vayas dile
que ya se puede ir; toma la llave. El agua del pantano se le
subió a la cabeza, y hubiera vuelto a su casa delirando. En
fin: la hice venir, y ya está bien. Dile que si quiere que se
vaya corriendo a la Granja y avise de mi parte que la señori-
ta llegará a tiempo para asistir al funeral del señor.”
-¡Oh, Zillah! -exclamé. ¿Acaso ha muerto el señor Lin-
ton?
-Cálmese, amiga mía; todavía, no. Siéntese, aún no está
usted bien. He encontrado al doctor Kennett en el camino y
me ha dicho que el enfermo quizá resista un día más.
Pero en vez de sentarme me precipité fuera. En el salón
busqué a alguien que pudiese hablarme de Cati. La habita-
ción tenía las ventanas abiertas y estaba llena de sol, pero
no se veía a nadie. No sabía adónde dirigirme, y vacilaba
sobre lo que debía hacer, cuando una tos que venía del lado
del fuego llamó mi atención. Y entonces vi a Linton junto a
la chimenea, chupando un terrón de azúcar y mirándome
con indolencia.
-¿Y la señorita Catalina? -pregunté, creyendo que, al
encontrarlo solo, le haría confesar por temor.
Pero él siguió chupando como un tonto.
-¿Se ha marchado? -pregunté.
-No -me contestó. Está arriba. No se irá; no la dejaría-
mos.
334CUMBRES BORRASCOSAS
-¿Que no la dejarían? ¡Mentecato! Dígame dónde está o
verá usted lo que es bueno.
-Papá sí que te hará ver lo que es bueno a ti como in-
tentes subir -contestó Linton. Él me ha dicho que no tengo
por qué andarme con contemplaciones con Cati. Es mi
mujer, y es vergonzoso que quiera marcharse de mi lado.
Papá asegura que ella desea que yo muera para quedarse
con mi dinero, pero no lo tendrá ni se irá a su casa, por mu-
cho que llore y patalee.
Siguió en su ocupación, entornando los ojos.
-Señorito -le dije, ¿ha olvidado lo bien que ella se portó
con usted el invierno pasado, cuando usted le aseguraba
que la quería y ella venía diariamente, lloviese o nevase,
para traerle libros y cantarle canciones? ¡Pobre Cati! Cada
vez que dejaba de venir lloraba pensando en que se entris-
tecería usted, y que entonces afirmaba que ella era dema-
siado buena para usted. Ahora, en cambio, finge creer en las
mentiras que le dice su padre y se pone con él de acuerdo, a
pesar de saber que les engaña a los dos... ¡Bonito modo de
demostrar gratitud!
Linton torció los labios y se quitó de ellos el terrón de
azúcar.
-¿Es que venía a Cumbres Borrascosas precisamente
porque le odiaba a usted? -proseguí. ¡Usted mismo lo diría!
¡Y de su dinero, ella no sabe siquiera si tiene usted un poco
o mucho! ¡Y la abandona, sola, ahí arriba, en una casa ex-
traña! ¡Usted, que tanto se lamentaba de su ausencia!
Cuando se quejaba de sus penas, ella se compadecía, y aho-
ra usted no se apiada de ella. Yo, que no soy más que una
335E M I L Y
BRONTE
antigua criada suya, he llorado por Cati, como puede ver, y
usted, que ha asegurado quererla y que tiene motivos para
adorarla, se reserva sus lágrimas para sí mismo y se está ahí
sentado tranquilamente... ¡Es usted un egoísta cruel!
-No puedo con ella -dijo él. No quiero estar a su lado.
Llora de un modo inaguantable. Y no cesa de llorar aunque
la amenace con llamar a mi padre. Ya le llamé una vez y él
la amenazó con ahogarla si no se callaba; pero en cuanto
salió, ella empezó otra vez con sus gemidos, a pesar de las
muchas veces que le grité que me estaba importunando y
no me dejaba dormir.
-¿Está ausente el señor Heathcliff? -me limité a pregun-
tar, viendo que aquel cretino era incapaz de comprender el
dolor de su prima.
-Está hablando en el patio con el doctor Kennett -
contestó. Creo que el tío, al fin, se está muriendo. Y lo ce-
lebro, porque de ese modo yo seré el dueño de su casa. Cati
dice siempre «mi casa», pero en realidad es mía. Míos son
sus lindos libros, y sus pájaros, y su jaca M inny.Así se lo
dije cuando ella me prometió regalármelo todo si le daba la
llave y la dejaba salir. Entonces se echó a llorar, se quitó un
dije que llevaba al cuello con un retrato de su madre y otro
del tío cuando eran jóvenes y me lo ofreció si le permitía
escaparse. Esto sucedió ayer. Le dije que también me per-
tenecían y fui a quitárselos.
»Entonces, esa vengativa mujer me dio un empellón y
me lastimó. Yo lancé un chillido -lo cual la espanta siem-
pre- y acudió papá. Al sentir que venía rompió en dos el
medallón, y me dio el retrato de su madre mientras intenta-
336CUMBRES BORRASCOSAS
ba esconder el otro, pero cuando papá llegó y yo le expliqué
lo que sucedía, me quitó el que ella me había dado y le
mandó que me entregase el otro. Ella no quiso y él la tiró al
suelo, le arrancó el retrato y lo pisoteó.
-¿Y qué le pareció a usted el espectáculo? -interrogué,
para llevar la conversación adonde me convenía.
-Yo hice un guiño -respondió. Siempre guiño los ojos
cuando mi padre pega a un perro o a un caballo, porque lo
hace muy reciamente. Al principio me alegré de que la cas-
tigara. También ella me había hecho daño al empujarme.
Cuando papá se fue, ella me hizo ver cómo le sangraba la
boca, porque se había cortado con los dientes cuando papá
le pegó. Después recogió los restos del retrato, se sentó con
la cara a la pared y no ha vuelto a dirigirme la palabra. Creo
a veces que la pena no la deja hablar. Pero es un ser avieso;
no hace más que llorar, y está tan pálida y tan huraña que
me asusta.
-¿Puede usted coger la llave cuando le parece bien?
-pregunté.
-Cuando estoy arriba, sí -contestó- pero ahora no puedo
subir.
-¿En qué sitio está? -volví a preguntar.
-Es un secreto, y no te lo diré –respondió. No lo saben
ni siquiera Hareton ni Zillah. ¡Ea! Estoy cansado de hablar
contigo. Márchate.
Apoyó la cara en un brazo y cerró los ojos.
Yo pensé que lo mejor era ir a la Granja sin ver a Hea-
thcliff y en ella buscar auxilio para la señorita. El asombro
de la servidumbre al verme llegar fue tan grande como su
337E M I L Y
BRONTE
alegría. Al advertirles que la señorita estaba a salvo tam-
bién, varios se precipitaron a anunciárselo al señor, pero yo
me anticipé a todos. Había cambiado mucho en tan pocos
días. Esperaba, resignado, la muerte. Estaba muy joven.
Aún no tenía más que treinta y nueve años, pero represen-
taba diez menos. Al verme entrar pronunció el nombre de
Cati. Me incliné hacia él y le dije:
-Luego vendrá Catalina, señor. Está bien, y creo que
vendrá esta noche.
Al principio temí que la alegría le perjudicase, y, en
efecto, se incorporó en el lecho, miró en torno suyo y se
desmayó. Pero se recobró enseguida, y entonces le conté lo
ocurrido, asegurando que Heathcliff me había obligado a
entrar, lo que, en rigor, no era totalmente cierto. De Linton
hablé lo menos que pude y no detallé las brutalidades de su
padre para no causar al señor mayor amargura. Él compren-
dió que uno de los objetivos que se proponía su enemigo
era apoderarse de su fortuna y de sus propiedades para su
hijo, pero no alcanzaba a adivinar el porqué no había queri-
do esperar hasta su muerte, ya que el señor Linton ignoraba
que él y su sobrino se llevarían poco tiempo el uno al otro
en abandonar este mundo. En todo caso, resolvió modificar
su testamento, dejando la herencia de Cati no en sus ma-
nos, sino en las de otros herederos, personas de confianza,
concediéndole sólo el usufructo y luego la plena posesión a
sus hijos, caso de que los tuviera. Así, los bienes de Catali-
na no irían a Heathcliff aunque muriese su hijo.
De acuerdo con sus instrucciones, envié a un hombre
en busca del procurador, y a otros cuatro, estos armados, a
338CUMBRES BORRASCOSAS
buscar a la señorita. El primero de ellos volvió anunciando
que había tenido que estar dos horas esperando al señor
Green, y que éste vendría al siguiente día, ya que tenía que
hacer en el pueblo. En cuanto a los otros, regresaron sin
cumplir su misión, y dijeron que Cati estaba tan enferma
que no podía salir de su cuarto, y que Heathcliff no había
permitido que la vieran. Les reproché como se merecían, y
resolví no decir nada a mi amo, porque estaba resuelta a
presentarme en Cumbres Borrascosas en cuanto amanecie-
ra, llevando una tropa entera, si era menester, para tomar al
asalto las Cumbres si no me entregaban a la cautiva. Me
juré repetidas veces que su padre había de verla, aunque
aquel endemoniado villano encontrara la muerte en su casa
intentando impedirlo.
Afortunadamente, no hubo necesidad de emplear tales
recursos. A eso de las tres, bajaba yo a buscar un jarro de
agua, cuando, atravesando el vestíbulo, sentí un golpe en la
puerta. Me sobresalté.
«Debe de ser Green», pensé, sosegándome.
Y seguí con la intención de mandar que abrieran. Pero
el golpe se repitió, y entonces, dejando el jarro, fui a abrir
yo misma. Fuera, brillaba la luna. El que venía no era el
procurador. La señorita me saltó al cuello, exclamando:
-¿Vive papá todavía?
-Sí, ángel mío -respondí. ¡Gracias a Dios que ha vuelto
usted con nosotros!
Ella quería ir sin descanso al cuarto del señor, pero yo
la hice sentarse un momento para que descansara, le di agua
y le froté el rostro con el delantal para que le salieran los
339E M I L Y
BRONTE
colores. Luego añadí que convenía que entrara yo primero
para anunciar su llegada y le rogué que dijese que era feliz
con el joven Heathcliff. Al principio me miró con asombro,
pero luego comprendió.
No pude asistir a la entrevista de ella y su padre, así
que me quedé fuera y esperé un cuarto de hora, al cabo del
cual me atreví a entrar y acercarme al enfermo. Todo estaba
tranquilo. La desesperación de Cati era tan silenciosa como
el placer que su padre experimentaba. Con los ojos extasia-
dos contemplaba el rostro de su hija.
Murió sintiéndose feliz, señor Lockwood... Besó a Cati
en las mejillas y dijo:
-Me voy a su lado, y tú, querida hija, vendrás después
con nosotros...
Y no hizo ni un movimiento ni dijo una palabra más. Su
mirada continuaba estática y fija. El pulso le fue faltando
gradualmente, hasta que su alma le abandonó. Murió tan
apaciblemente, que ninguno nos percatamos del momento
exacto en que había sucedido.
Catalina estuvo sentada allí hasta que salió el sol. Sus
ojos estaban secos, quizá porque ya no le quedaran lágrimas
en ellos o quizá por la intensidad de su dolor. A mediodía
continuaba lo mismo, y me costó trabajo lograr que fuese a
reposar un rato. A esa hora apareció el procurador, que ya
había pasado primero por Cumbres Borrascosas para recibir
instrucciones. El señor Heathcliff le había comprado, y por
ello se retrasó en venir a casa de mi amo. Felizmente éste
no se había vuelto a preocupar de nada desde que llegara su
hija.
340CUMBRES BORRASCOSAS
El señor Green se apresuró a dictar órdenes inmediatas.
Despidió a todos los criados, excepto a mí, y hasta hubiese
dispuesto que a Eduardo Linton se le enterrara en el pan-
teón familiar, a no haberme opuesto yo ateniéndome al tes-
tamento. Éste, por fortuna, estaba allí y hubo que cumplir
estrictamente sus disposiciones.
El sepelio se apresuró todo lo posible. A Catalina, que
era ya la señora Heathcliff, le consintieron estar en la
Granja hasta que sacaron el cuerpo de su padre. Según ella
me contó, su dolor había, por fin, inducido a Linton a po-
nerla en libertad. Oyó a Heathcliff discutir en la puerta con
los hombres que yo había enviado, y entendió lo que él les
decía. Entonces se desesperó de tal modo, que Linton, que
estaba en la salita en aquel momento, se aterrorizó, cogió la
llave antes de que su padre volviera, abrió, dejó la puerta
sin cerrar, bajó y pidió que le dejaran dormir con Hareton.
Catalina partió antes de romper el alba. No atreviéndose a
marchar por la puerta por temor a que los perros ladrasen,
buscó otra salida, y habiendo hallado la habitación de su
madre, se descolgó por el abeto que rozaba la ventana. Es-
tas precauciones no evitaron que su cómplice sufriera el
correspondiente castigo.
341E M I L Y
BRONTE
Capítulo veintinueve
La tarde después del entierro, la señorita y yo nos sen-
tamos en la biblioteca, meditando y hablando del sombrío
porvenir que se nos presentaba.
Pensábamos que lo mejor sería conseguir que Catalina
fuese autorizada a seguir habitando la Granja de los Tordos,
al menos mientras viviera Linton. Yo sería su ama de llaves,
y ello nos parecía tan relativamente bueno, que dudábamos
de conseguirlo. No obstante, yo tenía esperanzas. De pron-
to, un criado -ya que, aunque estaban despedidos, éste no
se había marchado aún- vino a advertirnos de que «aquel
diablo de Heathcliff» había entrado en el patio y quería sa-
ber si le daba con la puerta en las narices.
No estábamos tan locas como para mandar que lo hi-
ciese, ni él nos dio tiempo a nada. Entró sin llamar ni pedir
permiso; era el amo ya y usaba de sus derechos. Llegó a la
biblioteca, mandó salir al criado y cerró la puerta.
Estaba en la misma habitación donde dieciocho años
atrás entrara como visitante. A través de la ventana brillaba
la misma luna y se divisaba el mismo paisaje otoñal. No
342CUMBRES BORRASCOSAS
habíamos encendido la luz, pero había bastante claridad en
la cámara y se distinguían bien los retratos de la señora Lin-
ton y de su esposo. Heathcliff se acercó a la chimenea.
Desde aquella época no había cambiado mucho. El mismo
semblante, algo más pálido y más sereno tal vez, y el cuerpo
un tanto más pesado. No había más diferencia que ésta.
-¡Basta! -dijo sujetando a Catalina, que se había levan-
tado y se disponía a escaparse. ¿Adónde vas? He venido
para llevarte a casa. Espero que procederás como una hija
sumisa y que no inducirás a mi hijo a desobedecerme. No
supe de qué modo castigarle cuando descubrí lo que había
hecho. ¡Cómo es un alfeñique! Pero ya notarás en su aspec-
to que ha recibido su merecido. Mandé que le bajasen, le
hice sentarse en una silla, ordené que saliesen José y Hare-
ton, y durante dos horas estuvimos los dos solos en el cuar-
to. A las dos horas ordené a José que volviese a llevárselo, y
desde entonces cada vez que ve mi presencia le asusta más
que la de un fantasma. Según Hareton, se despierta por la
noche chillando o implorándote que le defiendas. De modo,
que quieras o no, tienes que venir a ver a tu marido. Te lo
cedo para ti sola, preocúpate tú de él.
-Podía usted dejar que Cati viviera aquí con Linton
-intercedí yo. Ya que los detesta usted, no les echará de
menos. No harán más que atormentarle con su presencia.
-Pienso alquilar la Granja -respondió-, y además deseo
que mis hijos estén a mi lado, y que esta muchacha trabaje
para ganarse su pan. No voy a sostenerla como una holga-
zana, ahora que Linton ha muerto. Vamos, date prisa y no
me obligues a apelar a la fuerza.
343E M I L Y
BRONTE
-Iré -dijo Cati. Aunque usted ha hecho todo lo posible
para que nos aborrezcamos el uno al otro, Linton es el úni-
co cariño que me queda en el mundo y le desafío a usted a
que le haga padecer cuando yo esté presente.
-Aunque te erijas en su defensor -respondió Heathcliff-,
no te quiero tan bien que vaya a quitarte el tormento de
atenderle mientras viva. No soy yo quien te hará aborrecer-
le. Su dulce carácter se encargará de ello. Como consecuen-
cia de tu fuga y de las consecuencias que tuvo para él, le
vas a hallar tan agrio como el vinagre. Ya le oí explicar a
Zillah lo que haría si fuese tan fuerte como yo: el cuadro
era admirable. Mala inclinación no le falta, y su misma de-
bilidad le hará encontrar algún medio con que sustituir la
fuerza de que carece.
-Al fin y al cabo es su hijo -dijo Cati. Sería milagroso
que no tuviera mal carácter. Gracias que el mío es mejor y
me permitirá perdonarle. Sé que me ama, y por eso le amo
yo también. En cambio, señor Heathcliff, a usted no le ama
nadie, y por muy desgraciados que nos haga ser, nos desqui-
taremos pensando que su crueldad procede de su desgracia.
¿Verdad que es usted desgraciado? Está usted tan solitario
como el demonio y es tan envidioso como él. Nadie le ama
y nadie le llorará cuando muera. ¡Le compadezco a usted!
Catalina habló en lúgubre tono de triunfo. Parecía dis-
puesta a amoldarse al ambiente de su futura familia y a go-
zarse, como ellos, en el mal de sus enemigos.
-Tendrás que compadecerte de ti misma -replicó su
suegro- si sigues aquí un minuto más. Coge tus cosas, bruja,
y vente.
344CUMBRES BORRASCOSAS
Ella se fue. Yo comencé a rogarle que me permitiera ir
a Cumbres Borrascosas para hacer los menesteres de Zillah,
mientras ésta se encargaba de mi puesto en la Granja, pero
él se negó rotundamente. Después de hacerme callar, exa-
minó el cuarto. Al ver los retratos, dijo:
-Voy a llevarme a casa el de Catalina. No me hace falta
para nada, pero...
Se acercó al fuego, y con una que llamaré sonrisa, ya
que no habría palabras con que definirlo, si no, dijo:
-Te voy a contar lo que hice ayer. Ordené al sepulture-
ro que cavaba la fosa de Linton que quitase la tierra que
cubría el ataúd de Catalina, y lo hice abrir. Creí que no sa-
bría separarme de allí cuando vi su cara. ¡Sigue siendo la
misma! El enterrador me dijo que se alteraría si seguía ex-
puesta al aire. Arranqué entonces una de las tablas laterales
del ataúd, cubrí el hueco con tierra (no el lado del maldito
Linton, que ojalá estuviera soldado con plomo, sino el
otro), y he sobornado al sepulturero para que cuando me
entierren a mí quite también el lado correspondiente de mi
féretro. Así nos confundiremos en una sola tumba, y si Lin-
ton nos busca no sabrá distinguirnos.
-Es usted un malvado -le dije. ¿No le da vergüenza tur-
bar el reposo de los muertos?
-A nadie le he turbado en su reposo, Elena, y, en cam-
bio, me he desahogado un poco. Me siento mucho más
tranquilo, y así es más fácil que podáis contar con que no
saldré de mi tumba cuando me llegue la hora. ¡Turbarla!
Dieciocho años lleva turbándome ella a mí, dieciocho años,
hasta anoche mismo... Pero desde ayer me he tranquilizado.
345E M I L Y
BRONTE
He soñado que dormía al lado de ella mi último sueño, con
la mejilla apoyada en la suya.
-¿Y qué hubiera usted soñado si ella se hubiera disuelto
bajo tierra, o cosa peor?
-¡Que me disolvía con ella, y entonces me hubiera sen-
tido aún más feliz! ¿Te figuras que me asustan esas trans-
formaciones? Esperaba que se hubiera descompuesto
cuando mandé abrir la caja; pero me alegro de que no co-
mience su descomposición hasta que la comparta conmigo.
Luego tú no sabes lo que me sucede... Pero empezó así: yo
creo en los espíritus y estoy convencido de que existen y
viven entre nosotros. Y desde que murió no hice más que
invocar al suyo para que me visitase. El día que la enterra-
ron nevó. Cuando oscureció me fui al cementerio. Soplaba
un viento helado y reinaba la soledad. Yo no temí que el
simple de su marido fuese tan tarde, y no era probable que
nadie merodease por allí. Al pensar que sólo me separaban
de ella dos metros de tierra blanda, me dije: «Quiero volver
a tenerla entre mis brazos. Si está fría, lo atribuiré a que el
viento del norte me hiela; si está inmóvil, pensaré que
duerme. »
»Cogí una azada y cavé con ella hasta que tropecé con
el ataúd. Entonces me puse a trabajar con las manos, y ya
crujía la madera cuando me pareció percibir un suspiro que
sonaba al mismo borde de la tumba. «¡Si pudiese quitar la
tapa -pensaba- y luego nos enterraran a los dos!» Y me es-
forzaba en hacerlo. Pero sentí otro suspiro. Y me pareció
notar un tibio aliento que caldeaba la frialdad del aire hela-
do. Bien sabía que allí no había nadie vivo; pero tan cierto
346CUMBRES BORRASCOSAS
como se siente un cuerpo en la oscuridad, aunque no se le
vea, tuve la sensación de que Catalina estaba allí y no en el
ataúd, sino a mi lado. Experimenté un inmediato alivio.
Suspendí mi trabajo y me sentí consolado. Ríete, si quieres,
pero después de que cubrí la fosa otra vez tuve la impresión
de que me acompañaba hasta casa. Estaba seguro de que se
hallaba conmigo y hasta le hablé. Cuando llegué a las Cum-
bres recuerdo que aquel condenado de Earnshaw y mi mu-
jer me cerraron la puerta. Me contuve para no romperle el
alma a golpes, y después subí precipitadamente a nuestro
cuarto. Miré en torno mío con impaciencia. ¡La sentía a mi
lado, casi la veía, y, sin embargo, no lograba divisarla! Creo
que sudé sangre de tanto como rogué que se me apareciese,
al menos un instante. Pero no lo conseguí. Fue tan diabóli-
ca para mí como lo había sido siempre durante mi vida.
Desde entonces, unas veces más y otras menos, he sido víc-
tima de esa misma tortura. Ello me ha sometido a una ten-
sión nerviosa tan grande, que si mis nervios no estuviesen
tan templados como cuerdas de violín, no hubiera resistido
sin hacerme un desgraciado, como Linton.
»Si me hallaba en el salón con Hareton, figurábaseme
que la vería cuando saliese. Cuando paseaba por los panta-
nos creía que la encontraría al volver. En cuanto salía de
casa regresaba creyendo que ella debía de andar por allá. Y
si se me ocurría pasar la noche en su alcoba me parecía que
me golpeaban. Dormir allí resultaba imposible. En cuanto
cerraba los ojos, la sentía al otro lado de la ventana, o en-
trar en el cuarto, correr las tablas y hasta descansar su ado-
rada cabeza en la misma almohada donde la ponía cuando
347E M I L Y
BRONTE
era niña. Entonces abría los ojos para verla, y cien veces los
cerraba y los volvía a abrir, y cada vez sufría una desilusión
más. Esto me aniquilaba hasta el punto de que a veces lan-
zaba gritos, y el viejo tuno de José me creía poseído del
demonio. Pero ahora que la he visto estoy más sosegado.
¡Bien me ha atormentado durante dieciocho años, no cen-
tímetro a centímetro, sino por fracciones del espesor de un
cabello, engañándome año tras año con una esperanza que
no se había realizado nunca!
Heathcliff salió y se secó la frente, húmeda de sudor.
Sus ojos contemplaban las rojas brasas del fuego. Tenía las
cejas levantadas hacia las sienes, y una apariencia de dolo-
rosa tensión cerebral le daba un aspecto conturbado. Al ha-
blar se dirigía a mí vagamente. Yo callaba. No me agradaba
aquel modo de expresarse.
Después de una breve pausa, descolgó el retrato de la
señora Linton, lo puso sobre el sofá y lo contempló fijamen-
te. Cati entró en aquel momento y dijo que estaba pronta a
marchar en cuanto ensillasen el caballo.
-Envíame eso mañana -me dijo Heathcliff. Y agregó,
dirigiéndose a ella: Hace una buena tarde y no necesitas
caballo. Cuando estés en Cumbres Borrascosas tendrás de
sobra con los pies.
-¡Adiós, Elena! -dijo mi señorita, besándome con sus
helados labios. No dejes de ir a verme.
-Te librarás muy bien -advirtió él. Cuando te necesite
para algo ya vendré a visitarte. No quiero que fisgues en mi
casa.
348CUMBRES BORRASCOSAS
Hizo señal a Cati de que le siguiera, y ella le obedeció,
lanzando una mirada hacia atrás que me desgarró el cora-
zón.
Los vi desde la ventana descender por el jardín. Hea-
thcliff cogió el brazo de Catalina, a pesar de que ella se ne-
gaba, y con rápido paso desaparecieron bajo los árboles del
camino.
349E M I L Y
BRONTE
Capítulo treinta
Una vez fui a las Cumbres, pero no pude verla más des-
de que se marchó. José no me dejó pasar. Me dijo que la
señora estaba bien y que el amo se hallaba fuera. Gracias a
Zillah, que me ha contado algo, puedo saber si viven o no.
Zillah considera a Cati muy orgullosa y no la quiere. Al
principio, la señorita le pidió que le hiciera algunos servi-
cios, pero el amo lo prohibió y Zillah se congratuló, por
holgazanería y por falta de juicio. Esto causó a Cati una
indignación pueril, y ha incluido a Zillah en el número de
sus enemigos. Hace seis semanas, poco antes de llegar us-
ted, mantuve una larga conversación con Zillah, y me contó
lo siguiente:
Al llegar a las Cumbres, la señora, sin saludarnos siquie-
ra, corrió al cuarto de Linton y se encerró en él. Por la ma-
ñana, mientras Hareton y el amo estaban desayunándose
entró en el salón temblando de pies a cabeza y preguntó si
se podía ir a buscar al médico, ya que su marido estaba muy
malo.
350CUMBRES BORRASCOSAS
-Ya lo sé -respondió Heathcliff- pero su vida no vale ni
un cuarto de penique, y ni eso me gastaré en él.
-Pues si no le auxilia, se morirá, porque yo no sé qué
hacer -dijo la joven.
-¡Sal de aquí -gritó el amo- y no me hables más de él!
No nos importa nada de lo que le ocurra. Si quieres, cuídate
tú, y si no, enciérrale y déjale.
Ella entonces pidió mi ayuda, pero yo le contesté que el
muchacho ya me había dado bastante que hacer, y que aho-
ra era ella quien debía cuidarle, según había ordenado el
amo.
No puedo decir cómo se las entendieron. Me figuro que
él debía pasarse gimiendo día y noche, sin dejarla descansar,
como se deducía por sus ojeras. Algunas veces venía a la
cocina como si quisiera pedir socorro, pero yo no estaba
dispuesta a desobedecer al señor. No me atrevía a contra-
riarle en nada, señora Dean, y aunque bien veía que debía
haberse llamado al médico, no era yo quién para tomar la
iniciativa, y por eso no intervine para nada. Una o dos ve-
ces, después que nos habíamos acostado, se me ocurría ir a
la escalera y veía a la señora llorando, sentada en los esca-
lones, de modo que enseguida me volvía, temiendo que me
pidiese ayuda. Aunque la compadecía, ya supondrá usted
que no era cosa de arriesgarme a perder mi empleo. Por fin,
una noche, entró resueltamente en mi cuarto y me dijo:
-Avisa al señor Heathcliff de que su hijo se muere. Es-
toy segura de ello.
Y se fue. Un cuarto de hora permanecí en la cama, es-
cuchando y temblando. Pero no sentí nada.
351E M I L Y
BRONTE
«Debe de haberse equivocado -pensé. Linton se habrá
repuesto; no hay por qué molestar a nadie» Y volví a dor-
mirme. Pero el sonido de la campanilla que tenía Linton
para su servicio me despertó y el amo me ordenó que fuera
a decirles que no quería volver a oír aquel ruido.
Entonces le comuniqué el recado de la señorita. Empe-
zó a maldecir, y luego encendió una vela y subió al cuarto
de su hijo. Le seguía y vi a la señora sentada junto a la ca-
ma, con las manos cruzadas sobre las rodillas. Su suegro
acercó la vela al rostro de Linton, le miró y le tocó, y dijo a
la señora:
-¿Qué te parece de esto, Catalina?
-Digo que qué te parece, Catalina -repitió él.
-Me parece -contestó ella que él se ha salvado y que yo
he recuperado la libertad... Debía parecerme muy bien, pero
-prosiguió con amargura- me ha dejado usted luchando sola
durante tanto tiempo contra la muerte, que sólo veo muerte
a mi alrededor, y hasta me parece estar muerta yo misma.
Y lo parecía en realidad. Yo le hice beber un poco de
vino. Hareton y José, a quienes nuestro ir y venir había des-
pertado, entraron entonces. José me parece que se alegró de
la muerte del muchacho. En cuanto a Hareton, estaba con-
fuso, y más que de pensar en Linton se preocupaba de mirar
a Catalina. El señor le hizo volverse a acostar. Mandó a Jo-
sé que llevara el cadáver a su habitación, y a mí me hizo
volverme a la mía. La señora se quedó sola.
Por la mañana me hizo llamarla para desayunar. Catali-
na se había desnudado y estaba a punto de acostarse. Me
352CUMBRES BORRASCOSAS
anunció que se sentía mal, lo que no me extrañó, y se lo
indiqué al señor Heathcliff. Este me dijo:
-Bueno, déjala que descanse. Sube de cuando en cuan-
do a llevarle lo que necesite, y después del entierro, cuando
creas que esté mejor, avísamelo.
Zillah siguió diciéndome qué Catalina había continuado
metida en su cuarto durante quince días. Ella le visitaba
dos veces diarias y procuraba mostrarse amable con la seño-
rita, pero ésta la rechazaba violentamente. Heathcliff subió
a verla una vez para mostrarle el testamento de Linton. Ce-
día a su padre todos sus bienes y cuantos habían perteneci-
do a su esposa. Le habían obligado a firmar aquello
mientras Cati estaba con su padre el día que éste falleció.
La herencia se refería a los bienes muebles, ya que las tie-
rras, por ser menor de edad, no tenía Linton derecho a le-
garlas. Pero Heathcliff ha hecho valer también sus derechos
a ellas en nombre de su difunta mujer y en el suyo propio.
Creo que legalmente tiene razón; pero, en todo caso, como
Catalina carece de dinero y de amigos, no ha podido dispu-
társelas.
-Sólo yo -siguió diciéndome Zillah-, excepto esa vez
que subió el amo, iba a su cuarto. Nadie se ocupaba de ella.
El primer día que bajó al salón fue domingo por la tarde. Al
llevarle la comida me había dicho que no podía soportar el
frío que hacía arriba. Le contesté que el amo iba a ir a la
Granja de los Tordos y que Hareton y yo no la incomoda-
ríamos. Así que en cuanto sintió el trote del caballo de Hea-
thcliff, bajó, vestida de negro, con sus rubios cabellos
peinados lisos por detrás de las orejas.
353E M I L Y
BRONTE
José y yo solemos ir los domingos a la iglesia (se refie-
ren a la capilla de los metodistas o baptistas, ya que la igle-
sia ahora no tiene pastor), pero yo creí que debía quedarme
en casa -continuó Zillah- porque no sobra que una persona
de edad vigile a los jóvenes, y Hareton, a pesar de su timi-
dez, no es precisamente un chico modelo. Yo le había ad-
vertido de que su prima bajaría seguramente a hacernos
compañía, y que como ella solía guardar la fiesta dominical,
valía más que él no trabajase ni estuviese repasando las es-
copetas mientras ella permanecía abajo. Se ruborizó al
oírme, se miró la ropa y las manos e hizo desaparecer el
aceite y la pólvora. Comprendí que quería ofrecerle su
compañía y que deseaba presentarse a ella con mejor aspec-
to, y para ayudarle a ello, le ofrecí mis servicios. Se puso
muy turbado y empezó a jurar.
-Señora Dean -dijo Zillah, comprendiendo que su con-
ducta me desagradaba-, usted podrá pensar que la señorita
es demasiado fina para Hareton, y puede que esté usted en
lo cierto; pero le aseguro que me gustaría rebajar un poco su
orgullo. Además, ahora es tan pobre como usted y como yo.
Es decir, más, porque seguramente usted tiene sus ahorros y
yo hago lo posible para reunirlos. Así que no está la señorita
como para andar con tonterías.
Hareton aceptó la ayuda de Zillah, y hasta se puso de
buen humor, y cuando Catalina llegó trató de hacerse agra-
dable a ella.
-La señorita -siguió contándome Zillah- entró tan fría
como el hielo y tan altanera como una princesa. Yo le ofrecí
354CUMBRES BORRASCOSAS
mi asiento y Hareton también, diciéndole que debía estar
transida de frío.
-Hace un mes que lo estoy -contestó ella tan despecti-
vamente como le fue posible.
Cogió una silla y se sentó separada de nosotros. Cuando
hubo entrado en calor miró en torno suyo, y al divisar unos
libros en el aparador intentó cogerlos. Pero estaban dema-
siado altos, y viendo sus inútiles esfuerzos, su primo se de-
cidió a ayudarla. Comenzó a echarle los libros según los iba
alcanzando y ella los recogía en su falda extendida.
El muchacho se sintió satisfecho con esto. Es verdad
que la señora no le dio las gracias, pero a él le bastaba con
haberle sido útil, y hasta se aventuró a mirar los libros
mientras lo hacía ella, señalando algunas páginas ilustradas
que le llamaban la atención. No se desanimó por el despre-
cio con que Catalina le quitaba las láminas de los dedos,
pero se separó un poco, y en vez de mirar los libros la miró
a ella.
Catalina siguió leyendo o intentando leer. Hareton, en-
tretanto, ya que no podía distinguir su cara, se contentaba
con contemplar su cabello. De pronto, casi inconsciente de
lo que hacía, y más bien como un niño que se resuelve a
tocar lo que está mirando, se le ocurrió alargar la mano y
acariciarle uno de sus rizos, más suavemente que lo hubiera
hecho un pájaro. Ella dio un salto como si le hubieran cla-
vado un cuchillo en la garganta.
-¡Vete! ¿Cómo te atreves a tocarme? -gritó, disgustadí-
sima. ¿Qué haces ahí plantado? ¡No puedo soportarte! Si te
acercas, me voy.
355E M I L Y
BRONTE
El señor Hareton retrocedió, se sentó y permaneció in-
móvil. Ella siguió absorta en los libros. Al cabo de media
hora Hareton me dijo por lo bajo:
-Ruégale que nos lea alto, Zillah... Estoy aburrido de
no hacer nada, y me gustaría oírla. No digas que soy yo
quien se lo pide. Hazlo como cosa tuya.
-El señor Hareton quisiera que usted nos leyese algo,
señorita -me apresuré a decir. Se lo agradecería mucho.
Ella frunció las cejas y contestó:
-Pues di al señor Hareton que no acepto ninguna de las
amabilidades hipócritas que me hagáis. ¡Os desprecio y no
quiero saber nada de vosotros! Cuando yo hubiera dado
hasta la vida por una palabra afectuosa, os mantuvisteis
apartados de mí. No me quejo. He bajado porque arriba
hacía mucho frío, pero no para entreteneros ni para disfru-
tar de vuestra compañía.
-Yo no te he hecho nada -comenzó a decir Earnshaw.
No tengo culpa de nada...
-Tú eres una cosa aparte -respondió la señora-, y no se
me ha ocurrido pensar en ti...
-Pues yo -contestó él- más de una vez he rogado al se-
ñor Heathcliff que me permitiera atenderte.
-Cállate -ordenó ella. Me iré por esa puerta, no sé adón-
de, antes de seguir oyendo tu desagradable voz.
Hareton musitó que por su parte podía irse, aunque
fuese al infierno; descolgó su escopeta y se marchó a cazar.
Y ahora él ya habla con todo desembarazo delante de ella, y
ella se ha retirado otra vez a su soledad. Pero a veces el frío
de las heladas la hace bajar y buscar nuestra compañía. Por
356CUMBRES BORRASCOSAS
mi parte yo me mantengo tan altiva como ella. Ninguno de
nosotros la quiere, ni ella se lo merece. En cuanto se le dice
la menor cosa, ya salta y replica sin respetar nada. Se atreve
a insultar hasta al amo, y cuanto más la castiga él, más ma-
ligna se vuelve ella.
-Al principio de oír contar esto a Zillah -siguió la seño-
ra Dean- decidí dejar este empleo, alquilar una casa y lle-
varme a Cati. Pero el señor Heathcliff hubiera permitido
esto tanto como a Hareton montar una casa por su cuenta
propia. Así que no veo solución al asunto, a no ser que la
señorita se case, y ésa es una cosa que no está en mi mano
conseguir.
De esta manera concluyó su historia la señora Dean.
Por mi parte, a pesar de los vaticinios del doctor, me voy
reponiendo muy rápidamente. Sólo estamos a mediados del
mes de enero, pero dentro de un par de días me propongo
montar a caballo, ir a Cumbres Borrascosas y notificar a mi
casero que pasaré en Londres los venideros seis meses, y
que se busque otro inquilino para la Granja cuando llegue
octubre. No quiero en modo alguno pasar otro invierno
aquí.
357E M I L Y
BRONTE
Capítulo treinta y uno
El día de ayer fue claro, frío y sereno. Como me había
propuesto, fui a las Cumbres. La señora Dean me rogó que
llevase una nota suya a su señorita, a lo que accedí, ya que
no creo que haya en ello segunda intención. La puerta prin-
cipal estaba abierta, pero la verja, no. Llamé a Earnshaw,
que estaba en el jardín, y me abrió. El muchacho es tan be-
llo que no se hallaría en la comarca otro parecido. Le miré
atentamente. Cualquiera diría que él se empeñaba en deslu-
cir sus cualidades con su zafiedad.
Pregunté si estaba en casa el señor Heathcliff, y me dijo
que no; pero que volvería a la hora de comer. Eran las on-
ce, y manifesté que le esperaría. Él entonces soltó los uten-
silios de trabajo y me acompañó, pero en calidad de perro
guardián y no para sustituir al dueño de la casa.
Entramos. Vi a Cati cocinando unas legumbres. Me pa-
reció aún más hosca y menos animada que la vez anterior.
Casi no levantó la vista para mirarme y continuó su faena
sin saludarme ni con un ademán.
358CUMBRES BORRASCOSAS
«No veo que sea tan afable -reflexioné yo- como se em-
peña en hacérmelo creer la señora Dean. Una beldad, sí lo
es, pero un ángel, no» Hareton le dijo con aspereza que se
llevase sus cosas a la cocina.
-Llévalas tú -contestó la joven.
Y se sentó en un taburete al lado de la ventana, entre-
teniéndose en recortar figuras de pájaros y animales en las
mondaduras de nabos que tenía a un lado. Yo me aproximé,
con el pretexto de contemplar el jardín, y dejé caer en su
falda la nota de la señora Dean.
-¿Qué es eso? -preguntó Cati en voz alta, tirándola al
suelo.
-Una carta de su amiga, el ama de llaves de la Granja -
contesté, incomodado por la publicidad que daba a mi dis-
creta acción y temiendo que creyera que el papel procedía
de mí.
Entonces quiso cogerla, pero ya Hareton se había ade-
lantado, guardándosela en el bolsillo del chaleco, y diciendo
que primero había de examinarla el señor Heathcliff.
Cati volvió la cara silenciosamente, sacó un pañuelo y
se lo llevó a los ojos. Su primo luchó un momento contra
sus buenos instintos, y al fin sacó la carta y se la tiró con un
ademán lo más despreciativo que pudo. Cati la recogió, la
leyó, me hizo algunas preguntas sobre los habitantes, tanto
personas como animales de la Granja, y al fin murmuró,
como para sí misma:
-¡Cuánto me gustaría ir montada en M inny!¡Cuánto me
gustaría subir allá! Estoy fatigada y hastiada, Hareton.
359E M I L Y
BRONTE
Apoyó su linda cabeza en el alféizar de la ventana, y
dejó escapar no sé si un bostezo o un suspiro, sin preocu-
parse de si la mirábamos o no. -Señora Heathcliff -dije al
cabo de un rato-, usted cree que yo no la conozco, y, sin
embargo, creo conocerla profundamente. Así que me extra-
ña que no me hable usted. La señora Dean no se cansa de
alabarla, y sufrirá una desilusión si me vuelvo sin llevarle
más noticias suyas que las de que no ha dicho nada sobre su
carta.
Me preguntó, extrañada:
-¿Elena le estima mucho a usted?
-Mucho -balbucí.
-Pues entonces dígale que le contestaría gustosamente,
pero que no tengo con qué. Ni siquiera poseo un libro del
que poder arrancar una hoja.
-¿Y cómo puede usted vivir aquí sin libros? -dije. Yo,
que tengo una gran biblioteca, me aburro en la Granja, así
que sin ellos debe de ser desesperante la existencia aquí.
-Antes yo tenía libros y me pasaba el día leyendo -me
contestó-, pero como el señor Heathcliff no lee nunca, se le
antojó destruirlos. Hace varias semanas que no veo ni som-
bra de ellos. Una vez revolví los libros teológicos de José,
con gran indignación de éste, y otra vez, Hareton, encontré
un almacén de ellos en tu cuarto: tomos latinos y griegos,
cuentos y poesías... Todos, antiguos conocidos míos... Me
los traje aquí, y tú me los has robado, como las urracas, por
el gusto de robar, ya que no puedes sacar partido de ellos.
¡Hasta puede que aconsejaras al señor Heathcliff, por envi-
dia, que me arrebatase mis tesoros! Pero la mayor parte de
360CUMBRES BORRASCOSAS
ellos los retengo en la memoria, y de eso sí que no podéis
privarme.
Hareton se ruborizó cuando su prima reveló el robo de
sus riquezas literarias y desmintió enérgicamente sus acusa-
ciones.
-Quizás el señor Hareton siente deseos de emular su
saber, señora -dije yo, acudiendo en socorro del joven, y se
prepara a ser un sabio dentro de algunos años mediante la
lectura.
-¡Sí, y que entretanto me embrutezca yo! -alegó Cati.
Es verdad: a veces le oigo cuando intenta deletrear, ¡y dice
cada tontería! ¿Por qué no repites aquel disparate que dijis-
te ayer? Me di cuenta cuando apelabas al diccionario para
comprender lo que significaba aquella palabra, y te oí jurar
y maldecir cuando no comprendiste nada.
Noté que el joven pensaba que era injusto burlarse de
su ignorancia y a la vez de sus esfuerzos para corregirla. Yo
compartí su sentimiento, y recordando lo que me contara la
señora Dean sobre el primer intento de Hareton para disipar
las tinieblas en que le habían educado, comenté:
-Todos hemos tenido que empezar alguna vez, señora,
y raro es el que no haya tropezado en el umbral del conoci-
miento. Si entonces nuestros maestros se hubiesen burlado
de nosotros, aún seguiríamos dando tropezones.
-Yo no me propongo limitar su derecho a instruirse
-repuso ella-, pero él no tiene derecho a apoderarse de lo
que me pertenece, y profanarlo con sus errores y faltas de
pronunciación. Mis libros de versos y en prosa eran sagra-
dos para mí, por los recuerdos que me despertaban, y me es
361E M I L Y
BRONTE
odioso verlos mancillados cuando los repite su boca. Ade-
más, ha elegido para aprender mis obras favoritas, como si
lo hiciera a propósito para molestarme...
Durante unos instantes, el pecho de Hareton se agitó
en silencio. Estaba colérico y mortificado, y le costó mucho
dominarse. Yo me puse en pie y me asomé a la puerta. Él
salió de la habitación, y a los pocos minutos volvió cargado
con media docena de libros. Se los echó a Cati en el regazo
y dijo:
-Ahí los tienes. No quiero volver a verlos más, ni a
leerlos, ni a ocuparme para nada de lo que dicen.
-Yo no los quiero -contestó ella. Me harían recordarte,
y los odiaría.
Sin embargo, abrió uno, que mostraba haber sido ma-
noseado muchas veces, y comenzó a leer un pasaje con la
pronunciación lenta y dificultosa de alguien que estuviera
aprendiendo a leer. Después se echó a reír y lo tiró.
-¡Escuchad! -dijo después. Y comenzó a recitar de la
misma manera los versos de una antigua balada.
Él no pudo aguantar más. Oí -sin sentirme inclinado a
censurarle del todo- un bofetón que hizo callar la provoca-
tiva lengua de la muchacha. Ella había hecho todo lo posi-
ble para exasperar los incultos, pero susceptibles,
sentimientos de amor propio de su primo, y a éste no se le
ocurría otro argumento que aquel tan contundente para sal-
dar la cuenta. Después él cogió los libros y los arrojó al fue-
go. Me di cuenta de que este holocausto que hacía en aras
de su rencor le era muy penoso. Supuse que mientras los
veía arder recordaba el placer que su lectura le había produ-
362CUMBRES BORRASCOSAS
cido, y también pensé en el entusiasmo con que había em-
pezado secretamente a estudiar. Él se había limitado a tra-
bajar y a hacer una vida vegetativa hasta que Cati se cruzó
en su camino. El desprecio que ella le demostraba y la espe-
ranza de que algún día le felicitase habían sido los motivos
de su afán de aprender, y he aquí que, por el contrario, ella
premiaba sus esfuerzos con burlas.
-¡Mira para lo que le valen a un bruto como tú! -gimió
Catalina, chupándose el labio lastimado y asistiendo al in-
cendio con indignados ojos.
-Más te valdría callar -repuso furioso.
Y se dirigió muy agitado hacia la puerta. Me aparté para
dejarle pasar; pero en el mismo umbral se tropezó con el
señor Heathcliff, que llegaba en aquel momento y que le
preguntó, poniéndole una mano en el hombro:
- ¿Qué te pasa, muchacho?
-Nada -contestó el joven. Y se alejó para devorar a so-
las su pena.
Heathcliff le miró y murmuró, ignorando que yo estaba
allí al lado:
-Sería extraordinario que yo me rectificase. Pero cada
vez que me propongo ver en su cara el rostro de su padre
veo el de ella. Me es insoportable mirarle.
Bajó la vista y entró. Estaba pensativo. Noté en su ros-
tro una expresión de inquietud que las otras veces no ob-
servara, y me pareció más delgado. Su nuera, al verle entrar,
había huido a la cocina.
-Me alegro de que ya pueda salir de casa, señor
Lockwood -dijo Heathcliff respondiendo a mi saludo-, aun-
363E M I L Y
BRONTE
que hasta cierto punto sea por egoísmo, ya que no me sería
fácil encontrar otro inquilino como usted en esta soledad.
No crea que no me he preguntado algunas veces cómo se le
ha ocurrido venir aquí.
-Sospecho que por un capricho tonto, como es un necio
capricho el que ahora me aconseja marcharme -contesté.
Me vuelvo a Londres la semana próxima, y creo oportuno
advertirle que no me propongo renovar el contrato de la
Granja de los Tordos cuando venza. No pienso volver a
vivir allí más.
-¿Se ha cansado usted de aislarse del mundo? Bueno,
pero si espera usted que le condone los alquileres de los
meses que le faltan, pierde usted el tiempo. No renuncio a
mis derechos jamás.
-No he venido a pedirle que renuncie a nada -respondí
incomodado. Y, sacando la cartera del bolsillo, agregué: Si
quiere, liquidaremos ahora mimo.
-No es necesario -respondió con frialdad, Seguramente
usted dejará objetos suficientes para cubrir su débito, en el
supuesto de que no vuelva usted. No me corre prisa. Tome
asiento y quédese a comer con nosotros. ¡Cati! Sirve la me-
sa.
Cati compareció trayendo los cubiertos.
-Tú puedes comer con José en la cocina -le dijo Hea-
thcliff, aparte-, y estarte allí hasta que éste se vaya.
Ella le obedeció y acaso no se le ocurrió siquiera lo
contrario. Viviendo como vivía entre palurdos y misántro-
pos es muy fácil que no supiese apreciar otra clase mejor de
gente cuando por casualidad la encontraba.
364CUMBRES BORRASCOSAS
La comida -con Heathcliff, melancólico y huraño, a un
lado y Hareton, mudo, a otro- transcurrió muy poco ale-
gremente. Me despedí en cuanto pude. Me hubiese gustado
salir por la puerta de atrás para ver otra vez a Cati y para
molestar al viejo José, pero no pude hacer lo que me propo-
nía porque mi huésped mandó a Hareton que me trajese el
caballo, y él mismo me acompañó hasta la salida.
« ¡Qué tristemente viven en esta casa! -medité mientras
bajaba por el camino. ¡Y qué hermoso y romántico cuento
de hadas hubiese sido para la señora Linton Heathcliff el
que nos hubiésemos enamorado, como su bondadosa aya
quería, y hubiésemos marchado juntos a la bulliciosa ciu-
dad»
365E M I L Y
BRONTE
Capítulo treinta y dos
En septiembre del año pasado un amigo me invitó a
hacer estragos con él en los cotos de caza que poseía en el
Norte, y, de camino, pasé, sin esperarlo, a poca distancia de
Gimmerton. El mozo de cuadra de la posada en que me
había parado para que mis caballos bebiesen, dijo al ver un
carro cargado de avena recién segada:
-Ese viene de Gimmerton. Siempre siegan tres semanas
después que en los demás sitios.
-¿Gimmerton? -dije.
El recuerdo de mi residencia en aquel lugar casi se ha-
bía esfumado en mi memoria.
- ¡Ah, ya! -agregué. ¿Está lejos de aquí?
-Unos veinte kilómetros de mal camino -me contestó el
mozo.
Sentí un repentino deseo de visitar la Granja de los
Tordos. No era mediodía aún, y pensé que pasaría la noche
bajo el techo de la que todavía era mi casa, tan bien por lo
menos como en una posada. Y, de paso, podía arreglar mis
cuentas con el dueño, lo que me evitaría más adelante hacer
366CUMBRES BORRASCOSAS
un viaje con aquel objeto. Así que, después de descansar un
rato, encargué a mi criado que averiguase el camino de la
aldea, y no sin fatigar a nuestras cabalgaduras, llegamos a
Gimmerton al cabo de tres horas.
Dejé al criado en el pueblo y me dirigí a través del va-
lle. La parda iglesia me pareció aún más parda y el desolado
cementerio más desolado aún. Una oveja pacía el exiguo
césped que cubría las tumbas. El aire, demasiado caluroso,
no me impidió gozar del bello panorama. Si no hubiera es-
tado la estación tan adelantada creo que me hubiese sentido
tentado a quedarme una temporada allí.
En invierno no había nada más sombrío, pero en verano
nada más agradable que aquellos bosquecillos escondidos
entre los montes y aquellas extensiones cubiertas de mato-
rrales.
Alcancé la Granja antes de ponerse el sol y llamé a la
puerta. Pero sus habitantes estaban en la parte trasera, a
juzgar por la ligera humareda que salía de la chimenea de la
cocina, y no me sintieron. Entonces entré en el patio. En la
puerta, una niña de nueve a diez años se entretenía hacien-
do calceta y una vieja fumaba una pipa.
-¿Está la señora Dean? -pregunté a la anciana.
- ¿La señora Dean? No. Vive en las Cumbres.
-¿Es usted la guardiana de la casa?
-Sí -contestó.
-Pues yo soy Lockwood, el inquilino de la casa. Quiero
pasar aquí la noche. ¿Hay alguna habitación preparada?
367E M I L Y
BRONTE
-¡El inquilino! -exclamó estupefacta. ¿Cómo no nos
avisó de su llegada? En toda la casa, señor, no hay siquiera
un cuarto en condiciones.
Se quitó la pipa de la boca y se lanzó dentro de la casa.
La niña la siguió, y yo la imité. Pude comprobar que la an-
ciana no había faltado a la verdad, y, además, que mi pre-
sencia la había trastornado. Procuré calmarla diciéndole que
iría a dar un paseo, y que entretanto me arreglase una alco-
ba para dormir y un rincón en la sala para cenar. No era
preciso andar con limpieza ni barridos. Me bastaban un fue-
go y unas sábanas limpias. Ella mostró deseo de hacer cuan-
to pudiera, y si bien en el curso de sus trabajos metió la
escoba en la lumbre confundiéndola con el atizador y come-
tió otras varias equivocaciones, no obstante me marché con
la confianza de que al volver encontraría donde instalarme.
El objetivo de mi paseo era Cumbres Borrascosas; pero an-
tes de salir del patio se me ocurrió una idea que me hizo
volverme.
-¿Están todos bien en las Cumbres? -pregunté a la an-
ciana.
-Que yo sepa, sí -me contestó mientras salía llevando
en la mano un cacharro lleno de ceniza.
Me hubiese gustado preguntarle la causa de que la se-
ñora Dean no estuviera ya en la Granja, pero, compren-
diendo que no era oportuno interrumpirla en sus faenas, le
volví la espalda y me fui lentamente. A mi espalda brillaba
aún el sol, y ante mí se levantaba la luna. Salía del parque y
escalé el pedregoso sendero que conducía a la casa de Hea-
thcliff. Cuando llegué a ella, del día sólo quedaba, en po-
368CUMBRES BORRASCOSAS
niente, una leve luz ambarina. Pero una espléndida luna
permitía divisar cada piedra del camino y cada brizna de
hierba. No tuve que llamar a la verja: cedió al empujarla,
Pensé que esto siempre era una mejora. Y aún aprecié otra:
una fragancia de enredaderas que inundaba el aire.
Puertas y ventanas estaban abiertas. Como es frecuente
ver en aquellas regiones, un gran fuego brillaba en la chi-
menea, a pesar del calor. El salón de Cumbres Borrascosas
es tan grande, que queda sitio de sobra para poder separarse
del hogar. Las personas que había allí estaban sentadas jun-
to a las ventanas. Antes de penetrar, las vi y las oí hablar, y
me fijé en ellas con un sentimiento de curiosidad que, a
medida que fui avanzando, se convirtió en envidia.
-Con-tra-rio -dijo una voz que sonaba tan dulcemente
como una campanilla de plata. ¡Van tres veces, torpón! No
te lo volveré a repetir. ¡Acuérdate, o te tiro de los pelos!
-Contrario -pronunció otra voz que procuraba suavizar
su robusto tono. Ahora dame un beso en recompensa de
haberlo dicho bien.
-No, no te lo daré hasta que lo pronuncies correctamen-
te.
El locutor masculino volvió a reanudar su lectura. Era
un hombre joven, correctamente vestido, que estaba senta-
do a la mesa y tenía un libro delante. Sus hermosas faccio-
nes brillaban de satisfacción, y sus ojos abandonaban con
frecuencia la página para fijarse en una blanca y pequeña
mano que se apoyaba en su hombro y le asestaba un cariño-
so golpecito cada vez que su poseedora descubría semejan-
tes faltas de atención. La dueña de la mano estaba en pie
369E M I L Y
BRONTE
detrás del joven, y a veces sus cabellos rubios se mezclaban
con los castaños de su compañero. Y su cara... Pero era una
suerte que él no pudiese verle la cara, porque no hubiera
podido conservar la serenidad. En cambio, yo sí la veía, y
me mordí los labios de despecho pensando en la ocasión
que había desperdiciado de hacer algo más que limitarme a
mirar aquella sorprendente belleza.
Terminada la lección, en la que no faltaron algunos tro-
pezones más, el alumno reclamó el premio ofrecido y lo re-
cibió en forma de cinco besos, que tuvo la generosidad de
devolver. A continuación se acercaron a la puerta, y por
todo lo que hablaban, saqué en limpio que iban a pasear por
los pantanos. Pensé que el corazón de Hareton Earnshaw,
por muy silenciosa que permaneciera su boca, me desearía
los más crueles tormentos de las profundidades infernales si
en aquel instante me presentaba yo ante ellos, y me apresu-
ré a refugiarme en la cocina.
Allí, sentada a la puerta, distinguí a mi antigua amiga
Elena Dean, cosiendo y cantando una canción, frecuente-
mente interrumpida por agrias palabras que salían del inte-
rior y cuyo tono destemplado distaba mucho de sonar
musicalmente.
-Aunque fuera así, valía más oírlos jurar de la mañana a
la noche que escucharte a ti -dijo aquella voz en respuesta a
algún comentario de Elena ignorado por mí. ¡Clama al Cielo
que no pueda uno abrir la Santa Biblia sin que inmediata-
mente comiences tú a cantar las alabanzas del demonio y
las vergonzosas maldades mundanas! ¡Oh!, las dos estáis
pervertidas y haréis que ese pobre muchacho pierda su al-
370CUMBRES BORRASCOSAS
ma! ¡Está embrujado! -añadía gruñendo. ¡Oh, Señor! ¡júz-
galas Tú, ya que no hay ley ni justicia en este país!
-Sí, no debe de haberlas cuando no estamos retorcién-
donos entre las llamas del suplicio, ¿verdad? Cállate, vejete,
y lee tu Biblia sin ocuparte de mí. Voy a cantar ahora Las
bodas del hada A nita, que, por cierto, es bailable.
Y la señora Dean iba a empezar, cuando yo me adelan-
té. Me reconoció al punto, y se levantó, gritando:
-¡Oh, señor Lockwood, bien venido sea! ¿Cómo es que
ha venido usted sin avisar? La Granja de los Tordos está
cerrada. Debió usted advertirnos que venía.
-Ya he dado órdenes allí, y podré arreglarme durante el
poco tiempo que pienso estar -contesté. Me marcho maña-
na. ¿Cómo la encuentro aquí ahora, señora Dean? Explí-
quemelo.
-Zillah se despidió, y el señor Heathcliff me hizo venir
cuando usted se fue a Londres. Entre, entre... ¿Ha venido
usted a pie desde Gimmerton?
-Vengo de la granja -repuse-, y quisiera aprovechar la
oportunidad para liquidar con su amo, ya que no es fácil
que se presente ocasión más propicia para los dos.
-¿Liquidar? -preguntó Elena, mientras me acompañaba
al salón. ¿Qué hay que liquidar, señor?
-¡El alquiler!
-Entonces tendrá usted que entenderse con la señora, o,
mejor dicho, conmigo, porque ella todavía no sabe llevar
bien sus cosas, y soy yo quien me ocupo de todo.
La miré asombrado.
371E M I L Y
BRONTE
-Veo que usted todavía no sabe que Heathcliff ha
muerto -añadió.
-¿Que ha muerto? ¿Cuándo?
-Hace tres meses. Siéntese, deme el sombrero, y se lo
contaré todo. No ha comido usted aún, ¿verdad?
-Ya he mandado en casa que preparen cena. Siéntese
usted también. No se me había ocurrido que aquel hombre
hubiera muerto. ¿Cómo fue? Los jóvenes no volverán pron-
to...
-Sí, tardarán. Siempre les estoy reprendiendo, pero tar-
dan más cada vez. Bien, por lo menos, tome usted un vaso
de cerveza. Está usted fatigado.
Y se fue por ella antes de que yo pudiera impedírselo.
Oí como José le reprochaba el tener amigos a su edad y el
hacerlos beber a costa de las bodegas del amo, lo que le pa-
recía tan escandaloso que se sentía avergonzado de no ha-
ber muerto antes de asistir a ello.
-A los quince días de irse usted -empezó-, me llamaron
para que fuese a Cumbres Borrascosas, lo que hice con el
mayor placer, pensando en Cati. Al verla, quedé asustada y
disgustadísima: tal era el cambio que aprecié en ella desde
que la viera por última vez. El señor Heathcliff no detalló
los motivos por los que me hiciera venir. Se limitó a decir-
me que me reservase la salita para su nuera y para mí, ya
que de sobra tenía con verla una o dos veces diarias. A ella
esto le gustó. Yo comencé a pasarle ocultamente libros y
cosas que tenía en la Granja y le agradaban, y esperábamos
pasarlo bastante bien. Pero no tardamos en desengañarnos.
Cati se volvió muy pronto melancólica y se irritaba por
372CUMBRES BORRASCOSAS
cualquier niñería. No le permitían salir del jardín, y esto
aumentaba su disgusto, sobre todo a medida que iba en-
trando la primavera. Además, yo tenía que atender a las co-
sas de la casa, y ella tenía que quedarse sola, lo que la
contrariaba hasta el extremo de que prefería bajar a la coci-
na para pelearse con José, que permanecer sola en su cuar-
to. Yo no hacía caso de todo eso; pero como Hareton tenía
muchas veces que irse a la cocina cuando el amo quería es-
tar solo en el salón, ella principió a cambiar de modo de ser
respecto a él. Siempre estaba hablándole, zahiriéndole, cri-
ticando la vida que llevaba.
-¿Verdad, Elena -dijo una vez-, que hace la misma vida
de un perro o de una caballería? Trabaja, come y duerme sin
preocuparse de más. ¡Qué vacía debe tener la cabeza y qué
oscuro el espíritu! ¿Sueñas alguna vez, Hareton? ¿Qué sue-
ñas? ¿Por qué no hablas?
Y miró a Hareton; pero él no se dignó contestarle, ni
mirarla siquiera.
-Puede que ahora esté soñando -continuó Cati. Ha he-
cho un movimiento como los que hace Juno.
-El señorito Hareton acabará pidiendo al amo que la
envié a usted arriba si no se porta usted bien con él -le dije.
Hareton no sólo había hecho un movimiento, sino que
hasta había llegado a cerrar amenazadoramente los puños.
-Ya sé por qué Hareton no habla nunca cuando yo es-
toy en la cocina -siguió ella. Tiene miedo de que me burle.
Una vez empezó él solo a aprender a leer, y porque me reía
de él, echó los libros al fuego. ¿Qué te parece, Elena?
- ¿Cree usted que hizo bien, señorita? -repuse.
373E M I L Y
BRONTE
-Puede que no me portase bien -contestó- pero yo no
creía que él fuera tan tonto. Hareton, ¿quieres un libro?
Y le entregó uno que ella había estado leyendo, pero él
lo tiró al suelo, amenazándola con partirle la cabeza si no le
dejaba en paz.
-Bueno, me voy a acostar -dijo ella. Lo dejo en el cajón
de la mesa.
Y se fue, después de advertirme por lo bajo que estu-
viese atenta para ver si Hareton cogía el libro. Pero, con
gran sentimiento de Cati, no lo cogió. Ella estaba disgusta-
da de la pereza de Hareton, y también de haber sido culpa-
ble de paralizar su deseo de aprender. Se aplicaba, pues, a
remediar el mal. Mientras yo planchaba o hacía cualquier
cosa, Cati solía leer en voz alta algún libro interesante. Si
Hareton estaba presente, acostumbraba a interrumpir la lec-
tura en los pasajes de más emoción. Luego dejaba el libro
allí mismo, pero él se mantenía terco como un mulo, y no
picaba el anzuelo. Los días lluviosos se sentaba al lado de
José, y los dos permanecían quietos como estatuas al calor
de la lumbre. Si la tarde era buena, Hareton salía a cazar, y
Cati bostezaba, suspiraba y se empeñaba en hacerme ha-
blar. Y luego, cuando lo conseguía, se marchaba al patio o
al jardín, y acababa echándose a llorar.
El señor Heathcliff se hundía cada vez más en su mi-
santropía y casi no permitía a Hareton que apareciese por la
sala. El muchacho sufrió a primeros de marzo un percance
que le relegó a vivir casi de continuo en la cocina. Mero-
deando por el monte, se le disparó la escopeta, y la carga le
374CUMBRES BORRASCOSAS
hirió en un brazo. Cuando llegó a casa, había perdido mu-
cha sangre.
Hasta que estuvo curado, tuvo que permanecer en la
cocina casi continuamente. A Cati le agradó que estuviera
allí. Me incitaba constantemente a hacer algo abajo para
tener motivos de bajar ella.
El lunes de Pascua, José fue a llevar ganado a la feria
de Gimmerton. Pasé la tarde en la cocina repasando ropa.
Earnshaw estaba sentado junto al fuego, tan sombrío como
de costumbre, y la señorita se divertía en echar el aliento a
los cristales de la ventana y trazar figuras con el dedo. De
cuando en cuando canturreaba o hacía alguna exclamación,
o bien miraba a su primo, que seguía inmóvil, fumando, mi-
rando al fuego. Dije a Cati que me tapaba la luz, y entonces
ella se acercó a la chimenea. Al principio no me fijé en na-
da, pero luego oí que decía.
-¿Sabes, Hareton, que... ahora... me gustaría que fueras
mi primo si no te mostraras tan rudo y enfadado?
Hareton guardó silencio:
-¿Me oyes, Hareton? ¡Hareton, Hareton! -siguió ella.
-¡Quítate de en medio! -dijo él hoscamente.
-Venga esa pipa -respondió la joven.
Y antes de que él pudiera reparar en nada, se la arrancó
de la boca y la echó al fuego. Él la insultó groseramente y
cogió la pipa.
-Espera -exclamó Cati. Quiero hablarte y no puedo ha-
cerlo teniendo esas nubes ante la cara.
Él repuso:
-¡Déjame y vete al diablo!
375E M I L Y
BRONTE
-No quiero -insistió ella. No sé qué hacer para que me
hables. Cuando te llamo tonto no pretendo insultarte ni
quiero dar a entender que te desprecie. Anda, Hareton,
atiéndeme, eres mi primo.
-No tengo nada que ver contigo, ni con tu soberbia, ni
con tus condenadas burlas -replicó el joven. ¡Antes me iré
al infierno que volver a mirarte! ¡Quítate de ahí!
Catalina frunció el entrecejo y se sentó junto a la ven-
tana mordiéndose los labios y tarareando para dominar sus
deseos de echarse a llorar.
-Debía usted hacer las paces con su prima, señorito Ha-
reton -le aconsejé-, puesto que ella está arrepentida de ha-
berle provocado. Si fuesen ustedes amigos, ella le
convertiría en otro hombre.
-¡Sí, sí! -contestó. Me odia y no me considera digno ni
de limpiarle los zapatos. Aunque me dieran una corona, no
me expondría más a ser motivo de burla para ella por inten-
tar agradarle.
-Yo no te odio -dijo Cati llorando. Eres tú el que me
odia a mí. ¡Me odias tanto o más que al señor Heathcliff!
-Eres una embustera -aseguró Earnshaw. ¡Después de
haberle incomodado tantas veces por defenderte! Y eso a
pesar de que me hacías enfadar y te burlabas de mí... Si si-
gues molestándome, iré a decirle que he tenido que mar-
charme de aquí por culpa tuya.
-Yo no sabía que me defendieras -contestó ella, secán-
dose los ojos-, me sentía desgraciada y os odiaba a todos.
Pero ahora te lo agradezco y te pido perdón. ¿Qué más
quieres que haga?
376CUMBRES BORRASCOSAS
Se acercó al hogar y le alargó la mano. Hareton se puso
sombrío como una nube de tormenta, apretó los puños y
miró al suelo. Pero ella comprendió que aquello no era
odio, sino testarudez, y, después de un instante de indeci-
sión, se inclinó hacia él y le besó en la mejilla. Enseguida,
creyendo que yo no la había visto, se volvió a la ventana.
Yo moví la cabeza en señal de censura, y ella murmuró:
-¿Qué iba a hacer, Elena? No quería mirarme ni darme
la mano, y no he sabido probarle de otro modo que le quie-
ro y que deseo que seamos buenos amigos.
Hareton tuvo la cara baja varios minutos, y cuando la
volvió a alzar no sabía dónde poner los ojos.
Catalina empaquetó en papel blanco un bonito libro, lo
ató con una cinta, escribió en el envoltorio estas palabras:
«Al señor Hareton Earnshaw», y me encargó que yo entre-
gase el regalo al destinatario.
-Si lo acepta -me dijo-, indícale que iré yo a enseñarle a
leerlo bien, y si lo rechaza, adviértele que me iré a mi habi-
tación.
Yo hice todo lo que me decía. Hareton no abrió los de-
dos para coger el libro, pero no lo rechazó tampoco, así que
se lo puse sobre las rodillas y me volví a mis ocupaciones.
Cati se apoyó de codos sobre la mesa. Sonó de pronto el
crujido del papel, que Hareton quitaba del libro, y ella en-
tonces se levantó y fue a sentarse junto a su primo. Él se
estremeció y se le encendió el rostro. La acritud y la aspere-
za huyeron de él. Al principio no supo pronunciar ni una
palabra mientras ella le hablaba:
377E M I L Y
BRONTE
-Anda, Hareton, dime que me perdonas. Me harás muy
dichosa si lo dices.
Él murmuró algo que yo no pude oír.
-¿Entonces seremos amigos? -agregó Cati.
-No -dijo él-, porque cuanto más me conozcas más te
avergonzarás de mí.
-¿Así que te niegas a ser amigo mío? -continuó ella son-
riendo dulcemente y aproximándose más al muchacho.
Ya no oí lo demás que se decían, pero al mirarles dis-
tinguí dos rostros tan alegres inclinados sobre el mismo li-
bro, que comprendí que, a partir de aquel momento, se
había hecho la paz entre los dos enemigos. El libro que mi-
raban tuvo la virtud de hacerles permanecer embelesados
hasta que llegó José. El pobre hombre se escandalizó al ver
a Cati y a Hareton sentados juntos, y a ella apoyando su
mano en el hombro de su primo. Tan asombrado quedó,
que ni siquiera supo exteriorizar su sorpresa, sino con pro-
fundos suspiros que lanzaba mientras abría su Biblia sobre
la mesa y apilaba sobre ella los sucios billetes de Banco,
que eran el producto de sus transacciones en la feria. Fi-
nalmente, llamó a Hareton.
-Toma ese dinero, muchacho, y llévaselo al amo -dijo.
Ya no podremos seguir aquí. Tenemos que buscarnos otro
sitio donde estar.
-Vámonos, Catalina -dije yo a mi vez-, ya he acabado
de planchar.
-Todavía no son las ocho -respondió la joven, levan-
tándose a su pesar. Voy a dejar ese libro en la chimenea,
Hareton, y mañana traeré más.
378CUMBRES BORRASCOSAS
-Cuantos libros traiga usted, los llevaré al salón
-intervino José-, y milagro será que vuelva usted a verlos.
Así que haga lo que le parezca.
Catalina le amenazó con que los libros de José respon-
derían de los daños que pudieran sufrir los suyos, se rió al
pasar al lado de Hareton y subió a su cuarto con el corazón
menos oprimido que hasta entonces. La intimidad entre los
muchachos se desarrolló rápidamente aunque tuvo algunos
eclipses. El buen deseo no era suficiente para civilizar a
Hareton y tampoco la señorita era un modelo de paciencia,
pero como los dos tendían a lo mismo, ya que uno amaba y
deseaba apreciar, y el otro se sentía amado y deseaba que le
apreciasen, los resultados no se hicieron esperar.
Como usted ve, señor Lockwood, no era tan difícil
conquistar el corazón de Cati. Pero ahora celebro que no lo
intentara usted. La unión de los dos muchachos coronará
todos mis anhelos. El día de su boda no envidiaré a nadie.
Me sentiré la mujer más feliz de toda Inglaterra.
379E M I L Y
BRONTE
Capítulo treinta y tres
El martes siguiente, Earnshaw estaba aún imposibilita-
do de trabajar. Me hice cargo enseguida de que en lo suce-
sivo no me sería fácil retener a la señorita a mi lado como
hasta entonces. Ella bajó antes que yo y salió al jardín,
donde había visitado a su primo. Al ir a llamarlos para de-
sayunar, vi que le había persuadido a arrancar varias matas
de grosellas, y que estaban trabajando en plantar en el espa-
cio resultante varias semillas de flores traídas de la Granja.
Quedé espantada de la devastación que en menos de media
hora habían operado. A Cati se le había ocurrido plantar
flores precisamente en el sitio que ocupaban los groselleros
negros, a los que José quería más que a las niñas de sus
ojos.
-¡Oh! -exclamé. En cuanto José vea esto se lo dirá al
señor. ¡Y no sé cómo va usted a disculparse! Vamos a tener
una buena rociada, se lo aseguro. No creía que tuviera us-
ted tan poco caletre, señor Hareton, como para hacer ese
desastre porque la señorita se lo haya dicho.
380CUMBRES BORRASCOSAS
-Me había olvidado que eran de José -repuso Earnshaw
desconcertado. Le diré que fue cosa mía.
Comíamos siempre con el señor Heathcliff, y yo ocupa-
ba el lugar del ama de casa, repartiendo la comida y prepa-
rando el té. Cati acostumbraba a sentarse a mi lado, pero
aquel día se sentó junto a Hareton. No era más discreta en
sus demostraciones de afecto que antes lo fuera en las de
enemistad.
-Procure no mirar ni hablar mucho a su primo -le acon-
sejé al entrar. Es seguro que ello ofendería al señor Hea-
thcliff y le indignaría contra los dos.
-Haré lo que me dices -repuso.
Pero al cabo de un momento empezó a darle con el co-
do y a echarle florcitas en el plato de la sopa.
Él no osaba hablarle ni casi mirarla, pero ella le provo-
caba hasta el punto de que el muchacho estuvo dos veces a
punto de soltar la risa. Yo fruncí el entrecejo. Ella miró al
amo, que al parecer estaba absorto en sus propios pensa-
mientos, como de costumbre. Se puso seria, pero al cabo de
un momento empezó otra vez a hacer niñerías, y esta vez
Hareton no pudo contener una ahogada carcajada. El señor
Heathcliff dio un respingo y nos miró. Cati le miró a su vez
con el aire rencoroso y provocativo que él odiaba tanto.
-Felicítate de que estás lejos de mi alcance -dijo él.
¿Qué demonio te aconseja mirarme con esos infernales
ojos? Bájalos y procura no recordarme que existes. Creí que
te había quitado ya las ganas de reírte.
-He sido yo -murmuró Hareton.
-¿Qué? -preguntó el amo.
381E M I L Y
BRONTE
Hareton bajó los ojos y guardó silencio. Heathcliff,
después de contemplarle un instante, volvió a quedar taci-
turno y se sumió en su comida y en sus meditaciones. Ter-
minábamos ya y los jóvenes se habían levantado
discretamente, lo que disipó mi temor a nuevas complica-
ciones, cuando José se presentó en la puerta. Le temblaban
los labios y le fulguraban los ojos. Comprendí que había
descubierto el atentado cometido contra sus preciados ar-
bustos. Empezó a hablar moviendo las mandíbulas como
una vaca al rumiar, lo que hacía difícil de entender sus pa-
labras:
-Quiero cobrar mi sueldo e irme. Había soñado morir
en la casa en que he servido sesenta años, y me proponía,
para estar tranquilo, subir todas mis cosas al desván y ce-
derles la cocina a ellos. Mucho me costaba abandonarles mi
puesto a la lumbre, pero lo podía soportar. Mas ahora tam-
bién me arrebatan el jardín, y eso, amo, es superior a mis
fuerzas. Hinque usted la cabeza bajo el yugo si le parece
bien, pero yo no tengo esa costumbre, y un viejo no se habi-
túa con facilidad a nuevas cargas. Prefiero ganarme el pan
picando piedra en los caminos.
-¡Silencio, idiota! -interrumpió Heathcliff. ¿Qué te ha
hecho? Yo no quiero saber nada de tus peleas con Elena.
Por mí, que te tire a la carbonera, si se le antoja.
-No se trata de Elena -dijo José. No me iría por Elena,
a pesar de que es una malvada. Gracias a Dios, no puede
contaminar el alma de los demás. No es tan linda como para
hacer caer a nadie en tentación. Se trata de esa desgraciada
mozuela, que ha embrujado a nuestro muchacho hasta el
382CUMBRES BORRASCOSAS
extremo de que -¡se me parte el corazón!-, no sólo ha olvi-
dado cuanto he hecho por él, sino que ha llevado su ingrati-
tud hasta arrancar una fila entera de las mejores plantas de
grosella que yo había plantado en el jardín.
Y comenzó a lamentarse de Earnshaw y de su ingrata
condición.
-Este imbécil debe de estar borracho -dijo Heathcliff.
¿De qué te acusa Hareton?
-He quitado dos o tres groselleros -repuso el joven, pe-
ro volveré a colocarlos.
Cati puso su lengua a contribución:
-Queríamos plantar flores allí -afirmó-, y yo tuve la cul-
pa, porque fui quien se lo dijo a Hareton.
-¿Y quién demonios te dio permiso para semejante co-
sa? Y a ti, Hareton, ¿quién te mandó obedecerla?
Él callaba, pero ella continuó:
-Bien puede usted cederme unos metros del jardín para
plantar flores después que me ha quitado todas mis tierras...
-¿Tus tierras, insolente bribona? ¿Cuándo has tenido
tierras tú?
-Y mi dinero -remachó ella, pagando la mirada de odio
de Heathcliff con otra igual, mientras mordisqueaba un tro-
zo de pan que le había sobrado de la comida.
El amo quedó un momento confuso, pero enseguida se
levantó y la miró rencorosamente.
-Vale más que se siente usted -dijo ella. Hareton me de-
fenderá si intenta pegarme.
-Si Hareton no te echa fuera del salón ahora mismo le
apalearé hasta enviarle al infierno -barbotó Heathcliff.
383E M I L Y
BRONTE
¡Condenada bruja! ¿Conque quieres rebelarte contra mí?
Échala, Hareton. ¿No me oyes? ¡Elena, como aparezca ante
mi vista otra vez, la mato!
Hareton, en voz baja, trataba de persuadirla a que se
fuera.
-Llévala a rastras -ordenó ferozmente Heathcliff. Nada
de charla.
Y se acercó, dispuesto a hacerlo él en persona.
-No le obedeceré nunca más, canalla -dijo Catalina. Y
Hareton no tardará en odiarle tanto como yo.
-Cállate - dijo el joven. No le hables así.
-¿Vas a dejar que me pegue? -preguntó ella.
-¡Vámonos! -respondió el joven.
Pero Heathcliff la había alcanzado ya.
-Ahora lárgate tú -intimó a Earnshaw. ¡Maldita bruja!
Esto es demasiado, haré que se arrepienta de una vez.
La había agarrado por el cabello. Hareton trató de sepa-
rarle de ella y le rogó que no la maltratase. Los ojos de Hea-
thcliff despedían centellas. Ya iba yo a auxiliar a Catalina,
cuando de pronto él le soltó el cabello, la cogió por el brazo
y la miró fijamente. Luego le tapó los ojos con la mano,
procuró dominarse y dijo a Catalina:
-Ten mucho cuidado en no enfurecerme, porque si no,
te aseguro que un día te mato. Vete con la señora Dean,
estate con ella y dile a ella todas las desvergüenzas que se
te antojen. ¡Y si Hareton Earnshaw te presta oído, ya le
haré que se vaya a ganarse el pan donde le parezca bien!
¡...Tú harás de él un perdido y un pordiosero! ¡Llévatela de
aquí, Elena! ¡Idos todos!
384CUMBRES BORRASCOSAS
Me llevé a la señorita que, contenta de haberse librado
de la tormenta, no se resistió. Hareton se fue detrás de no-
sotras y el señor Heathcliff se quedó solo. Yo había acon-
sejado a Cati que comiera en su cuarto, pero cuando
Heathcliff vio que el sitio de la joven estaba vacío, me
mandó llamarla. Él no habló con nadie, comió poco y se fue
enseguida diciendo que no volvería hasta el anochecer. Los
dos primos se instalaron, en ausencia del amo, en el salón, y
oí a Hareton reprochar a su prima la actitud que había
adoptado con Heathcliff. Le dijo que no quería oírla tratarle
así, que él le defendería aunque fuese el diablo en persona,
y que si ella quería injuriar a alguien, prefería que le injuria-
se a él mismo, como antiguamente. Cati comenzó a moles-
tarse, pero él le tapó la boca preguntándole si a ella le
gustaría oír hablar mal de su padre. Ella comprendió enton-
ces que Hareton estaba unido a Heathcliff por las cadenas
de la costumbre y que sería cruel intentar romperlas. Así
que en lo sucesivo se mostró bondadosa, y no creo desde
entonces haberle oído murmurar ni una sílaba contra Hea-
thcliff en presencia de su primo.
Después de este incidente, la intimidad de los jóvenes
aumentó, y continuaron sus tareas de maestra y alumno.
Cuando yo acababa de trabajar, entraba para verlos y el
tiempo se me iba mirándolos embobada. De Cati estaba or-
gullosa hacía mucho tiempo, y ahora empezaba a esperar
que también él me procuraría muchas satisfacciones, ya que
los quería a ambos casi como si fuesen hijos míos. El buen
natural de Hareton se libraba rápidamente de las sombras
que la ignorancia y el rebajamiento en que le criaran habían
385E M I L Y
BRONTE
acumulado sobre él, y los sinceros elogios que le dirigía Cati
estimulaban más aún su aplicación. A medida que interior-
mente se animaba, se animaba también su rostro y sus fac-
ciones se dignificaban. Ya no se parecía al tosco muchacho
a quien encontré el día que fui a buscar a la señorita al risco
de Penniston.
Mientras yo reflexionaba sobre estas cosas y ellos se-
guían entregados a su ocupación, volvió Heathcliff. Entró
de improviso y tuvo tiempo para examinarnos a su sabor
antes de que nosotros nos diéramos cuenta de que había
llegado. Yo pensé que era imposible contemplar un cuadro
más apacible, y que hubiera sido una diabólica indignidad
reprenderlos. Los rojos destellos de la lumbre iluminaban
sus cabezas inclinadas con pueril avidez, pues aunque ella
contaba ya dieciocho años y él veintitrés, ambos tenían aún
mucho que aprender.
Ambos levantaron simultáneamente la vista y se encon-
traron con la del señor Heathcliff. No sé si ha notado usted
lo semejantes que ambos tienen los ojos: son idénticos a los
de Catalina Earnshaw. Cati no se parece a su madre más
que en esto, y si acaso en la anchura de la frente y en cier-
tos detalles de la nariz que, sin que ella se lo proponga, le
hacen parecer altanera. Hareton se parece aún más a Catali-
na Earnshaw. Siempre lo habíamos notado, pero en aquella
época, en que sus sentidos y sus facultades mentales se ha-
bían despertado, la semejanza se acentuaba aún más. Acaso
ese parecido desarmara a Heathcliff. Se acercó a la lumbre
y, al mirar al joven, su agitación cambió de sentido. Le co-
gió el libro que tenía en la mano, y después de examinarlo
386CUMBRES BORRASCOSAS
se lo devolvió. Hizo señal a Cati de que se fuese, y Hareton
salió con ella. Yo iba a seguirles, pero Heathcliff me retuvo.
-¡Qué desenlace más pobre! ¿No es cierto? -me dijo
después de reflexionar un poco sobre la escena que había
presenciado. Es una consecuencia bastante absurda de mis
violentos esfuerzos. Después de que me proveo de herra-
mientas suficientes para echar abajo las dos casas y me en-
trego a unos trabajos casi hercúleos, resulta que me falta la
voluntad para consumar mi obra. He vencido a mis anti-
guos enemigos y ahora puedo, si quiero, completar mi ven-
ganza en sus descendientes. Pero ¿para qué? No me
interesa ya ni quiero molestarme en levantar siquiera la ma-
no contra ellos. Pero no te figures que me propongo des-
lumbraros ahora con un gesto magnánimo. ¡Nada de eso! Lo
que pasa es que he perdido el gusto de destruirles, y me
siento con muy pocas ganas de destruir nada. Estoy a punto
de sufrir un extraño cambio, Elena, y la sombra de esa
transformación me envuelve ya. La vida corriente no me
interesa, y casi no me ocupo de comer ni beber. Esos mu-
chachos son las únicas cosas que presentan una apariencia
material ante mis ojos, y una apariencia que me causa un
dolor de agonía. En ella no quisiera ni pensar, sólo el verla
me vuelve loco. Él me produce otra sensación, y, no obs-
tante, no quisiera volverle a ver. Si pretendo explicarte los
recuerdos que él me produce, puede que me creyeras de-
mente. Pero mi pensamiento está siempre tan oculto dentro
de mí mismo, que siento la tentación de transmitirlo a al-
guien. No digas a nadie nada de lo que estoy hablando. Ha-
ce cinco minutos, Hareton me parecía, más que un ser
387E M I L Y
BRONTE
humano, un símbolo de mi juventud. Si llego a hablarle,
hubiera parecido que mis palabras eran insensatas. Su pare-
cido con Catalina me la recordaba de un modo terrible.
Ahora que no es eso lo que más me impresiona en él, por-
que todo me recuerda a Catalina sin necesidad de Hareton.
Si miro al suelo creo ver las facciones de ella grabadas en
las baldosas. En los árboles y en las nubes, en todas las co-
sas durante el día y llenando el aire durante la noche, veo su
imagen. ¡Creo verla en las más vulgares facciones de cada
hombre y cada mujer, y hasta en mi rostro! El mundo es
para mí una espantosa colección de recuerdos diciéndome
que ella vivió y que la he perdido. Y es más: Hareton me
parecía el fantasma de mi amor, la encarnación de mis sal-
vajes esfuerzos para conservar mi derecho a él. ¡Y mi de-
gradación, y mi orgullo, y mi felicidad, y mis sufrimientos!
En fin: es una locura hablarte de estas cosas. Pero así com-
prenderás por qué no quiero estar con ellos. A pesar de mi
repugnancia hacia la soledad, su compañía no me conviene.
Al contrario, contribuye a agravar las torturas constantes
que me persiguen. Por otra parte, todo se combina para que
vea con indiferencia la intimidad de los dos. Ya no puedo
ocuparme de ellos.
-¿A qué cambio se refería usted, señor Heathcliff? -le
dije, alarmada.
En realidad no me parecía que corriese riesgo alguno.
Rebosaba salud y vigor, y su razón no me preocupaba, ya
que desde muy niño había sido aficionado a lo misterioso y
se complacía en hablar de cosas fantásticas. Podía estar más
o menos monomaníaco, a propósito de su amor perdido,
388CUMBRES BORRASCOSAS
pero en todo lo demás razonaba tan bien como yo. -No sa-
bré precisamente de qué se trata hasta que llegue -me con-
testó. Por ahora sólo lo intuyo.
-¿Presiente usted una enfermedad? -pregunté.
-No, Elena.
-¿Tiene usted miedo a morirse?
-No tengo miedo de morir, ni presiento la muerte, ni
espero morirme. ¿A santo de qué me moriría? Tengo buena
salud, y mis costumbres son muy ordenadas. Lógicamente
debo permanecer en este mundo, y permaneceré hasta que
no quede ni un pelo en mi cabeza. ¡Mas, con todo, no pue-
do seguir en esta situación! ¡A cada momento necesito re-
cordarme a mí mismo que he de respirar, que ha de latirme
el corazón...! Me pasa una cosa así como si tuviese que for-
zar a un muelle muy duro a que se mantuviese en la posi-
ción en que debe estar. He de violentarme para hacer el más
pequeño acto que no se relacione con el pensamiento con-
tinuo que me devora y he de violentarme para fijarme en
cualquier cosa, animada o inanimada, que no se refiera a la
única cosa que llena el mundo para mí. Sólo experimento
un deseo, y todo mi ser y todas mis facultades se concen-
tran en él. Durante tanto tiempo y de tal modo lo he desea-
do, que estoy seguro de conseguirlo pronto, ya que ha
devorado toda mi existencia. Y el deseo de que su realiza-
ción se anticipe me sofoca. ¡Vaya! Lo que te he dicho no
me ha aliviado, pero te explicará muchas cosas de mi modo
de ser. ¡Dios mío, qué horrible lucha y qué ganas de que se
acabe!
389E M I L Y
BRONTE
Comenzó a pasear por la habitación, murmurando para
sí cosas horrorosas. Llegué a sospechar que, como José ase-
guraba, la conciencia había convertido en un infierno su
vida terrena. Y estaba preocupada por el fin que todo aque-
llo podría tener. Él no solía mostrar una actitud semejante,
pero era indudable que no mentía cuando aseveraba que
aquel era su estado de ánimo habitual. Viéndole ordinaria-
mente, nadie se lo hubiera figurado. Usted, señor
Loockwood, no se lo figuró cuando trabó conocimiento con
él. Y en la época a la que ahora me refiero era igual, aunque
más amigo aún de la soledad y quizá más taciturno cuando
estaba con alguien.
390CUMBRES BORRASCOSAS
Capítulo treinta y cuatro
A los pocos días, el señor Heathcliff comenzó a pres-
cindir de comer con nosotros, aunque no llegó a excluir del
todo a Hareton y a Cati de su compañía. Optaba general-
mente por ausentarse él y, al parecer, le bastaba con comer
una vez cada veinticuatro horas.
Una noche, cuando toda la familia estaba acostada, le
sentí bajar la escalera y salir. A la mañana siguiente no ha-
bía regresado aún. Estábamos en abril. El tiempo era tibio y
hermoso. La lluvia y el sol habían dado verdor a la hierba, y
los manzanos que hay junto a la tapia del lado del sur esta-
ban en flor. Cati, después de desayunarse, se empeñó en
que yo cogiese una silla y fuese a hacer labor bajo los abe-
tos. Después persuadió a Hareton, que ya estaba curado,
para que cavase y arreglase un poco las flores, que al fin
habían trasladado a aquel sitio para calmar a José. Yo mira-
ba plácidamente el cielo azul y aspiraba el aroma del aire
primaveral. De pronto, la señorita, que había ido hasta la
entrada del parque a recoger raíces de primorosa para su
391E M I L Y
BRONTE
plantación, volvió diciendo que había visto llegar al señor
Heathcliff.
-Y, además, me ha hablado -agregó, asombrada.
-¿Qué te ha dicho? -preguntó Hareton.
-Que me fuera corriendo. Pero me lo dijo de un modo
tan raro y tenía un aspecto tan poco corriente, que no pude
por menos de pararme un momento para mirarle.
-Pues ¿qué le pasaba?
-Estaba muy excitado, alegre, hasta casi risueño...
¡Bueno, esto muy poco!
-Sin duda le sientan bien los paseos nocturnos -dije yo,
tan extrañada como ella. Y como ver al amo alegre no era
un espectáculo ordinario, me las imaginé para buscar un
pretexto y entrar. Heathcliff estaba ante la puerta, en pie,
pálido y temblando. Pero sus ojos irradiaban un extraño
placer que cambiaba completamente su semblante.
-¿Le sirvo el desayuno? -pregunté. Después de andar
por ahí fuera toda la noche, debe usted de estar hambriento.
Me hubiese agradado preguntarle adónde había ido, pe-
ro no me atrevía a hacerlo directamente.
-No tengo hambre -contestó, volviendo la cabeza.
Hablaba con displicencia, como si adivinase que yo de-
seaba conocer el motivo de su buen humor. Yo pensé que
tal vez aquel momento fuera oportuno para hacerle algunas
reflexiones.
-No creo que haga usted bien en salir -le amonesté- a la
hora de estar en la cama, sobre todo ahora que el aire es
muy húmedo. Va a coger usted un enfriamiento o unas fie-
bres. ¡A lo mejor lo ha cogido ya!
392CUMBRES BORRASCOSAS
-Puedo soportar lo que sea -me contestó-, y me alegrará
mucho si así consigo estar solo. Anda, entra y no me fasti-
dies.
Pasé y pude apreciar entonces que respiraba muy difi-
cultosamente.
«Sí -pensé- se ha puesto enfermo. ¡Cualquiera sabe lo
que habrá estado haciendo!» Al mediodía comió con noso-
tros. Le di un plato rebosante y pareció dispuesto a hacerle
los honores después de su largo ayuno.
-No tengo catarro ni fiebre, Elena -dijo, refiriéndose a
mis palabras de por la mañana-, y verás qué bien como.
Cogió el tenedor y el cuchillo, y cuando iba a probar el
plato cambió de actitud, como si hubiera perdido el apetito
súbitamente. Soltó los cubiertos, miró por la ventana ansio-
samente y se fue. Mientras comíamos estuvo dando vueltas
por el jardín. Hareton propuso irse a preguntarle por qué se
había marchado, temeroso de que le hubiésemos disgustado
con alguna cosa.
-¿Viene? -preguntó Cati a su primo, cuando éste regre-
saba.
-No -repuso Hareton-, pero no está enfadado. Al con-
trario, está muy contento. Se incomodó porque le llamé dos
veces y me mandó que me volviese contigo. Parecía muy
sorprendido de que a mí no me bastase con tu compañía.
Yo coloqué su plato al lado de la lumbre para que no se
enfriase. Heathcliff volvió dos horas después. No se había
calmado. Bajo sus negras cejas se notaba la misma anormal
expresión de alegría, la misma cara pálida y la misma sonrisa
en sus dientes entreabiertos. El cuerpo le temblaba, pero no
393E M I L Y
BRONTE
como cuando se tiembla de frío o de decaimiento, sino co-
mo cuando uno está excitado. Parecía una cuerda demasia-
do tensa.
-¿Ha tenido usted alguna buena noticia, señor Hea-
thcliff? -le pregunté. Me parece encontrarle muy animado.
-No sé de dónde me van a dar buenas noticias -
respondió. A lo único que me siento animado es a comer.
Y, al parecer, hoy no se come aquí.
-Tome, tome la comida -repuse. ¿ Por qué no come?
-No la quiero todavía -dijo inmediatamente. Elena, haz
el favor de decir a Hareton y a la muchacha que no vengan
por acá. Quiero estar solo.
-¿Le han dado algún motivo para que los destierre? -
pregunté. Vamos, señor Heathcliff; dígame qué le pasa.
¿Dónde estuvo usted anoche? No se lo pregunto por curio-
sidad. Es que...
-Me lo preguntas por una curiosidad tonta –respondió-,
pero, no obstante, te contestaré. Esta noche he estado a las
puertas del infierno. Hoy, en cambio, estoy a las puertas de
mi paraíso. Sólo un metro me separa de él. Y ahora, már-
chate. No verás nada que te asuste si dejas de espiarme.
Barrí el salón y limpié la mesa y me marché completa-
mente perpleja.
Heathcliff no salió del salón en toda la tarde y nadie in-
terrumpió su soledad. A las ocho, aunque no me había lla-
mado, creí conveniente llevarle luz y la comida. Le vi
apoyado en el antepecho de una ventana, pero no miraba
hacia fuera, sino hacia el interior. Del fuego sólo restaban
cenizas. El aire suave y húmedo de la tarde serena había
394CUMBRES BORRASCOSAS
invadido la habitación, y en la calma del crepúsculo podía
escucharse incluso el choque de la corriente contra las pie-
dras. Yo dejé escapar una exclamación de disgusto al ver el
fuego apagado y comencé a cerrar las ventanas, hasta que
llegué a aquella en que él estaba recostado.
-¿La cierro? -pregunté, notando que no se movía.
Mientras le hablaba, la luz de la bujía iluminó su rostro.
Y su expresión me causó, señor Lockwood, un terror indes-
criptible. Con sus negros ojos, su palidez de fantasma y su
terrible sonrisa, me pareció un espíritu del otro mundo.
Asustada, solté la vela y quedamos en tinieblas.
-Ciérrala -dijo él con su voz acostumbrada. ¡Qué torpe
eres! ¿Por qué sostenías la vela horizontalmente? Trae otra.
Salí, loca de horror, y dije a José:
-El amo dice que le lleves una luz y le enciendas el fue-
go.
Yo no me atrevía a volver a entrar. José entró en el sa-
lón llevando una palada de brasas y una bujía, pero salió
enseguida, trayendo de paso la comida del amo, y nos dijo
que éste se iba a acostar y que hasta el día siguiente no co-
mería nada.
Sentimos a Heathcliff subir la escalera, mas no se fue a
su habitación, sino a aquella donde está la cama con tabi-
ques de madera. Como la ventana de ese cuarto es bastante
ancha, se me figuró que acaso quería salir por ella sin que lo
averiguáramos.
« ¿Será un duende o un vampiro?», me pregunté.
Yo había leído cosas acerca de esos horribles demonios
encarnados. Pero al recordar que yo misma le había cuidado
395E M I L Y
BRONTE
cuando era niño, cómo había asistido a su desarrollo hasta
que llegó a la juventud y cómo había seguido paso a paso
casi toda su vida, reconocí que era absurdo dejarme llevar
de tales errores.
«Sí; pero ¿de dónde procedía aquella negra criatura que
un buen hombre recogió para su propio mal? », repetía den-
tro de mí la superstición. Y yo me debatía en un laberinto
de suposiciones, medio dormida ya, buscando alguna defi-
nición que concretase lo que era Heathcliff. En sueños
evoqué toda su vida, y al final me figuré que asistía a su
muerte y a su sepelio, de todo lo cual no recuerdo otra cosa
sino que me veía muy preocupada para saber qué inscrip-
ción habíamos de poner en su tumba, y hasta hablé sobre
ello con el sepulturero, concluyendo todo con poner única-
mente: «Heathcliff», ya que no tenía apellido conocido. Y,
en verdad, esto sucedió así, como verá usted, señor
Lockwood, si entra en el cementerio.
Con la aurora recuperé el sentido común. Me levanté y
fui a ver si en el jardín había huellas, pero no vi nada.
«Se habrá quedado en casa», pensé.
Preparé el desayuno y aconsejé a Hareton y a Cati que
ellos lo tomaran primero. Optaron por desayunar en el jar-
dín, bajo los árboles, y les llevé allí una mesa.
Cuando entré otra vez en la casa, encontré el amo ha-
blando con José sobre asuntos de la finca. Le dio claras y
precisas instrucciones sobre lo que trataban, pero noté que
hablaba muy deprisa y daba otras exageradas muestras de
excitación. José salió y Heathcliff se sentó en su sitio habi-
tual. Le llevé un tazón de café. Lo aproximó hacia sí, apoyó
396CUMBRES BORRASCOSAS
los brazos en la mesa y se puso a mirar a la pared de enfren-
te, examinándola de arriba abajo con tal concentración, que
hasta suspendió la respiración durante medio minuto.
-Coma -exclamé, poniéndole en la mano un pedazo de
pan- coma y tome el café antes de que se enfríe. Lo tiene
usted delante hace una hora...
No pareció fijarse en mí. Sonrió de un modo tan horri-
ble, que hubiera preferido verle rechinar los dientes antes
de sonreír de aquella manera.
-¡Señor Heathcliff! -grité. Me mira usted como si estu-
viese contemplando una visión del otro mundo. ¡Por amor
de Dios!
-Y tú habla más bajo, por amor de Dios también -
contestó. Mira alrededor y dime si estamos solos.
-Desde luego -contesté- desde luego que sí.
Pero, no obstante, miré como si lo dudara. Él separó el
tazón y lo demás y apoyó los codos sobre la mesa.
Reparé entonces en que no concentraba la vista en la
pared, sino como a unos dos metros de distancia. Viese lo
que viese, ello le hacía a la vez estremecerse de placer y de
dolor, o por lo menos, lo parecía, a juzgar por la expresión
de su rostro. Lo que creía ver no permanecía inmóvil, ya
que los ojos de Heathcliff cambiaban constantemente de
dirección. Yo traté de convencerle de que comiese, pero
estérilmente. Cuando a veces, atendiendo a mis ruegos,
tendí la mano hacia un trozo de pan, sus dedos se crispaban
antes de alcanzarlo, y enseguida se olvidaba de ello.
Me senté pacientemente y procuré distraerle de su ob-
sesión. Al fin se levantó disgustado y me dijo que yo le im-
397E M I L Y
BRONTE
pedía comer en paz. Agregó que en lo sucesivo le dejara el
servicio en la mesa y me fuera. Y después de pronunciar
estas palabras salió al jardín, bajó lentamente por el sendero
y desapareció a través de la verja.
Transcurrieron las horas muy angustiosamente para mí
y otra vez llegó la noche. Me acosté muy tarde y no pude
conciliar el sueño. Él volvió después de las doce, pero se
encerró en su habitación de abajo en lugar de irse a su alco-
ba. Escuché un rato y, al cabo, me vestí y bajé.
Percibí los pasos del señor Heathcliff, que paseaba len-
tamente. De cuando en cuando respiraba hondamente, de
un modo tan angustioso, que parecía gemir. También le oí
murmurar algunas palabras, entre las cuales distinguí clara-
mente el nombre de Catalina, acompañado de alguna otra
expresión de amor o de dolor. Parecía que hablaba con al-
guien con palabras que saliesen del fondo de su alma. No
me atreví a entrar en la habitación; pero para distraer su
atención empecé a revolver el fuego de la cocina. Él me
sintió antes de lo que yo esperaba. Salió y dijo:
-¿Es ya de día, Elena? Trae la luz.
-Están dando las cuatro -contesté. Si necesita vela para
subir, puede encenderla aquí, en la lumbre.
-No subo -respondió. Prepara este aposento.
-Tengo que encender bien las ascuas antes de traerlas
-dije, mientras tomaba una silla y empuñaba el fuelle.
Heathcliff paseaba de un lado a otro y parecía casi
completamente absorto en sí mismo. Los suspiros entrecor-
taban su respiración.
398CUMBRES BORRASCOSAS
-Cuando amanezca tengo que mandar a buscar a Green
-me dijo. Quiero hacerle unas consultas sobre cosas legales
ahora que todavía estoy en pleno juicio. Aún no tengo re-
dactado mi testamento y no sé qué haré con mis bienes.
Siento mucho no poder hacerlos desaparecer de la faz de la
Tierra.
-No diga eso, señor Heathcliff -respondí-, y déjese de
testamentos. Aún le quedará tiempo de arrepentirse de las
muchas injusticias que ha cometido usted. Nunca creí posi-
ble que sus nervios se alterasen tanto como lo están ahora.
Y es que lleva usted tres días haciendo una vida que no la
hubiera resistido ni un coloso. Coma algo y descanse. Míre-
se al espejo y verá que le urgen una y otra cosa. Tiene usted
chupadas las mejillas y los ojos inyectados en sangre. ¡Cla-
ro! Está muerto de hambre y de sueño...
-No creas que no como ni duermo porque dependa de
mí. No lo hago deliberadamente. En cuanto pueda, comeré
y dormiré. Pero pedírmelo ahora es como pedir a un náufra-
go que nade cuando está a una braza de la orilla. Primero
llegaré a ella y ya descansaré luego. Bueno, no pensemos en
el señor Green. Y respecto a mis injusticias, como no he
cometido ninguna, de ninguna tengo que arrepentirme. Soy
demasiado feliz, y, sin embargo, aún no lo soy tanto como
quisiera serlo. La felicidad de mi alma aniquila mi cuerpo, y,
no obstante, no le basta con lo que tiene...
-¡Extraña felicidad es la suya, señor! -comenté. Si usted
quisiera oírme sin enfadarse, le daría un consejo que le
permitiría sentirse más dichoso.
-¿Qué consejo? Dámelo.
399E M I L Y
BRONTE
-Ya sabe usted, señor Heathcliff, que desde los trece
años ha vivido usted una vida egoísta e impía. Seguramente
que desde entonces no ha cogido usted una Biblia. Debe
usted de haber olvidado las enseñanzas cristianas y quizá no
le sobrará volverlas a repasar. ¿Qué habría de malo en lla-
mar a un sacerdote para que le recordase las enseñanzas de
Cristo y le hiciese comprender cuánto se ha separado usted
de ellas y lo mal dispuesto que está su espíritu para salvarse,
a menos que no se arrepienta antes de morir?
-Más que enfadarme, te agradezco que me hables de
eso, Elena, porque así me recuerdas que tengo que darte
instrucciones sobre mi entierro. Mandarás que me sepulten
al atardecer. Tú y Hareton podéis acompañarme, si os pare-
ce bien, y no te olvides de hacer que el sepulturero obedez-
ca las instrucciones que le di. No hace falta que acuda cura
alguno ni que se recen responsos. ¡Te aseguro que yo he
alcanzado ya mi cielo, y si algún otro hay, no me interesa
nada!
-¿Y si por empeñarse en no comer se muriese y por esa
causa no le quisieran enterrar en tierra sagrada? -observé,
disgustada de su indiferencia. ¿Qué le parecería?
-No se dará ese caso -contestó-, pero, si ocurre, ocúpate
de que me entierren allí en secreto. Y si no lo haces así, ya
te demostraré de un modo tangible que los muertos no se
disuelven en la nada.
Cuando oyó que se levantaban los demás de la casa, se
fue a su cuarto, y yo respiré, aliviada. Pero, por la tarde,
después que salieron Hareton y José, me fue a buscar a la
cocina y me pidió que me sentase a su lado en el salón. Ne-
400CUMBRES BORRASCOSAS
cesitaba compañía, al parecer. Yo le contesté que su aspec-
to y su conversación me intimidaban, y que ni mi voluntad
ni mi estado de nervios me permitían acompañarle.
-Ya veo que me tienes por un demonio -dijo, riendo lú-
gubremente. Me consideras demasiado horrible para vivir
en una casa normal -y volviéndose a Cati, que se escondía
detrás de mí al acercarse él, añadió, medio en broma: Y tú,
¿no quieres venir conmigo? No, claro. Para ti debo de ser
peor que el diablo todavía. Pero allí dentro hay alguien que
no me rehusará su compañía.
No pidió a nadie más que le acompañase. Al oscurecer
se fue a su cuarto. Toda la noche le oímos quejarse y hablar
solo. Hareton quería entrar, pero yo le mandé a buscar al
señor Kennett. Cuando éste vino, encontramos que la puer-
ta del amo estaba cerrada por dentro. Heathcliff nos mandó
al diablo, aseguró que se encontraba mejor y ordenó que le
dejásemos en paz. Así que el médico se marchó.
La noche siguiente fue muy lluviosa. Estuvo diluviando
hasta el amanecer. Cuando salí al jardín por la mañana, vi
que la ventana del cuarto de la cama de tablas, donde esta-
ba Heathcliff, se hallaba abierta y la lluvia entraba por ella a
raudales.
«Si estuviese en la cama -dije para mí-, se hubiera cala-
do. Debe de haberse levantado o salido. ¡Vaya, voy a verle
sin más miramientos!» Encontré otra llave que servía para
abrir la puerta de la habitación, y entré. No viendo a nadie
en el cuarto separé los paneles corredizos del lecho de ta-
blas. El señor Heathcliff estaba en él, tendido de espaldas.
Tenía en los labios una especie de sonrisa, y sus ojos mira-
401E M I L Y
BRONTE
ban fijamente de un modo agudo y feroz. El corazón se me
heló.
Pero no podía creer que estuviese muerto. Mas su ca-
beza y su cuerpo, así como las sábanas, estaban chorreando,
y él no se movía. Los postigos de la ventana, movidos por
el viento, se agitaban de un lado a otro y le habían lastima-
do una mano que tenía apoyada en el alféizar. No obstante,
no sangraba. Cuando le toqué, no dudé más. Estaba muerto
y rígido. Cerré la ventana, separé de la frente de Heathcliff
su largo cabello y traté de cerrarle los párpados para ocultar
aquella terrible mirada, pero no lo conseguí. Sus ojos pare-
cían burlarse de mí, y sus dientes, brillando entre los labios
entreabiertos, también. Asustada, llamé a José. El viejo al-
borotó y rezongó y se negó en redondo a hacer nada con el
cadáver.
¡El diablo se ha llevado su alma! -gritó. ¡Y por lo que
dependa de mí, también cargará con sus restos! ¡Mira qué
malvado! Está enseñando los dientes a la Muerte...
Y el viejo trató de imitar su mueca para mofarse de él.
Por su aspecto, creí que hasta iba a bailar de alegría alrede-
dor del lecho. Sin embargo, recobró su compostura, e hin-
cándose de rodillas y levantando las manos al cielo, dio
gracias a Dios de que el amo legítimo y la antigua estirpe
recuperasen al fin los derechos que les correspondían.
El suceso me dejó anonadada, y sin querer recordé con
tristeza los antiguos tiempos. El pobre Hareton fue el que
más se disgustó de todos nosotros. Toda la noche veló jun-
to al cadáver, llorando amargamente. Apretaba la mano del
muerto, besaba su áspero y sarcástico rostro, que sólo él se
402CUMBRES BORRASCOSAS
atrevía a mirar, y mostraba el dolor sincero que brota siem-
pre de los pechos nobles, aunque sean duros como el acero
bien templado.
El señor Kennett se vio bastante perplejo para diagnos-
ticar las causas de la muerte. No le hablé de que el amo ha-
bía pasado sin comer los cuatro últimos días para evitar que
esto acarreara complicaciones. Por mi parte, estoy segura de
que aquello fue efecto y no causa de su singular enferme-
dad.
Le dimos sepultura como había ordenado, no sin que el
vecindario se escandalizase. Hareton, yo, el sepulturero y
los seis hombres que transportaban el ataúd compusimos
todo el cortejo fúnebre. Los seis hombres se marcharon
después que se bajó el ataúd a la fosa, pero nosotros nos
quedamos aún. Hareton, con la cara arrasada en lágrimas,
cubrió la tumba de verde hierba. Ahora creo que su sepul-
cro está tan florido como los otros dos que se hallan junto a
él, y espero que también su ocupante descanse en paz. Pero
si preguntara usted a los lugareños, le dirían que el fantasma
de Heathcliff se pasea por los contornos. Hay quien asegura
haberle visto junto a la iglesia y en los pantanos, y hasta
dentro de esta casa. «Eso son habladurías», diría usted, y yo
opino lo mismo. Y no obstante, ese viejo que está junto al
fuego, en la cocina, jura, que, desde que murió Heathcliff,
lo ve a él, y a Catalina Earnshaw, todas las noches de llu-
via, siempre que mira por las ventanas de su cuarto. Y a mí
me sucedió una cosa muy rara hace alrededor de un mes.
Había ido yo a la Granja una oscura noche que amenazaba
tempestad, y al volver a las Cumbres encontré a un mucha-
403E M I L Y
BRONTE
cho que conducía una oveja y dos corderos. Lloraba des-
consoladamente, y me figuré que los corderos eran díscolos
y no se dejaban conducir.
¿Qué te pasa, chiquillo? -le pregunté.
Ahí abajo están Heathcliff y una mujer –balbució- y no
me atrevo a pasar, porque quieren cogerme.
Yo no vi nada, pero ni él ni las ovejas quisieron seguir
su camino y le aconsejé que siguiera por otro. Seguramente
iba pensando, mientras andaba a campo traviesa, en las ton-
terías que habría oído contar y se figuraría ver el fantasma.
Pero, con todo, y con eso, ahora no me gusta salir de noche,
ni me agrada quedarme sola en esta casa tan tétrica. No lo
puedo remediar. Así que tendré una gran alegría el día en
que los primos se vayan a vivir a la Granja.
-¿Así que se instalan en la Granja?
-En cuanto se casen -repuso la señora Dean -, y piensan
casarse el día de Año Nuevo.
-¿Quién se queda a vivir aquí?
-Pues José, y acaso un mozo para acompañarle. Se arre-
glarán en la cocina, y cerraremos el resto de la casa.
Yo comenté:
-A disposición de los fantasmas que quieran habitar en
ella, ¿no?
-No, señor Lockwood -contestó Elena, moviendo la
cabeza. Yo creo que los muertos reposan en sus tumbas;
pero, sin embargo, no se debe hablar de ellos con ligereza.
En aquel momento crujió la verja del jardín. Los pa-
seantes volvían a casa.
404CUMBRES BORRASCOSAS
Cuando se detuvieron en la puerta para mirar una vez la
luna -o, más exactamente, para mirarse el uno mas al otro, a
la luz luna -, sentí otra vez un irresistible impulso de mar-
charme. Así que, deslizando un pequeño recuerdo en la ma-
no de la señora Dean, y desoyendo sus protestas por la
brusquedad con que marchaba, salí por la cocina mientras
los novios abrían la puerta del salón.
Esta manera de partir hubiera confirmado las opiniones
de José sobre los que suponía galantes devaneos de su
compañera de servicio, a no haberle dado una garantía de
mi respetabilidad el dulce sonido de un soberano de oro que
arrojé a sus pies.
De regreso, di un rodeo para pasar al lado de la iglesia.
Observé cuánto había avanzado en seis meses la paulatina
ruina del edificio. Más de una ventana ostentaba negros
agujeros en lugar de cristales, y aquí y allá sobresalían piza-
rras sobre el alero, lentamente desgastado por las lluvias del
otoño.
No tardé en descubrir las tres lápidas sepulcrales, colo-
cadas en un talud, cerca del páramo. La de en medio estaba
amarillenta y cubierta de matorrales, la de Linton sólo
adornada por el musgo y la hierba que crecía a su pie, y la
de Heathcliff, todavía completamente desnuda.
Yo no me detuve a su lado, bajo el cielo sereno. Y si-
guiendo con los ojos el vuelo de las libélulas entre las plan-
tas silvestres y las campánulas y escuchando el rumor de la
suave brisa entre el césped, me admiró que alguien pudiera
atribuir inquietos sueños a los que dormían en tumbas tan
apacibles .
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